{"id":40489,"date":"2016-10-05T23:46:16","date_gmt":"2016-10-06T04:46:16","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-enero-de-2001-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios\/"},"modified":"2016-10-05T23:46:16","modified_gmt":"2016-10-06T04:46:16","slug":"1-de-enero-de-2001-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-enero-de-2001-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios\/","title":{"rendered":"1 de enero de 2001, Solemnidad de Santa Mar\u00eda, Madre de Dios"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <b><font color=\"#663300\">SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA MADRE DE DIOS<br \/>XXXIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ<\/font><\/b><\/font><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\"><i><b><font face=\"Times\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A<\/font><\/b> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p>1 de enero de 2001 <\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font> <\/i><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1.&nbsp;<i>&quot;Los pastores fueron corriendo y encontraron a Mar&iacute;a y a Jos&eacute; y al Ni&ntilde;o acostado en el pesebre&quot;<\/i> (<i>Lc<\/i> 2, 19).<\/p>\n<p> Hoy, Octava de Navidad, la liturgia nos estimula con estas palabras a caminar, con nuevo y consciente fervor, hacia Bel&eacute;n, <i>para adorar al Ni&ntilde;o divino<\/i>, que ha nacido por nosotros. Nos invita a seguir los pasos de los pastores que, al entrar en la gruta, reconocen en aquel peque&ntilde;o ser humano, &quot;nacido de una mujer, nacido bajo la ley&quot; (<i>Ga<\/i> 4, 4), al Omnipotente que se hizo uno de nosotros. Junto a &eacute;l, Jos&eacute; y Mar&iacute;a son testigos silenciosos del prodigio de la Navidad. Este es el misterio que tambi&eacute;n nosotros, hoy, contemplamos asombrados:&nbsp; ha nacido por nosotros el Se&ntilde;or. Mar&iacute;a dio &quot;a luz al Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos&quot; (cf. <i>Sedulio<\/i>).<br \/> Permanecemos extasiados ante la escena que nos narra el evangelista. Contemplemos, de modo particular, a <i>los pastores<\/i>. Ellos, modelos sencillos y gozosos de la b&uacute;squeda humana, especialmente en el marco del gran jubileo, ponen de manifiesto cu&aacute;les deben ser las condiciones interiores para encontrar a Jes&uacute;s.<\/p>\n<p> La desarmante ternura del Ni&ntilde;o, la pobreza sorprendente en la que se halla, y la humilde sencillez de Mar&iacute;a y Jos&eacute; transforman la vida de los pastores:&nbsp; se convierten as&iacute; en mensajeros de salvaci&oacute;n, evangelistas <i>ante litteram<\/i>. Escribe san Lucas:&nbsp; &quot;Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que hab&iacute;an visto y o&iacute;do; todo como les hab&iacute;an dicho&quot; (<i>Lc<\/i> 2, 20). Se fueron felices y enriquecidos por un acontecimiento que hab&iacute;a cambiado su existencia. En sus palabras se percibe el eco de una alegr&iacute;a interior que se transforma en canto:&nbsp; &quot;Se volvieron dando gloria y alabanza a Dios&quot;.<\/p>\n<p> 2.&nbsp;Tambi&eacute;n nosotros, en este A&ntilde;o jubilar, <i>nos hemos puesto en camino para encontrar a Cristo<\/i>, el Redentor del hombre. Al cruzar la Puerta santa, hemos experimentado su presencia misteriosa, que da al hombre la posibilidad de pasar del pecado a la gracia, de la muerte a la vida. El Hijo de Dios, que se encarn&oacute; por nosotros, nos ha hecho o&iacute;r su fuerte exhortaci&oacute;n a la conversi&oacute;n y al amor.<\/p>\n<p> &iexcl;Cu&aacute;ntos dones, cu&aacute;ntas ocasiones extraordinarias ha ofrecido el gran jubileo a los creyentes! En la experiencia del perd&oacute;n recibido y dado, en el recuerdo de los m&aacute;rtires, en la escucha del grito de los pobres del mundo y en los testimonios llenos de fe que nos han transmitido nuestros hermanos creyentes de todos los tiempos, tambi&eacute;n nosotros hemos percibido la presencia salv&iacute;fica de Dios en la historia. Hemos palpado su amor que renueva la faz de la tierra. Dentro de algunos d&iacute;as concluir&aacute; este tiempo especial de gracia. Como a los pastores que fueron a adorarlo, Cristo pide a los creyentes, a quienes ha dado la alegr&iacute;a de encontrarlo, <i>una valiente disponibilidad a ponerse nuevamente en camino <\/i>para anunciar su Evangelio, antiguo y siempre nuevo. Los env&iacute;a a vivificar la historia y las culturas de los hombres con su mensaje salv&iacute;fico.<\/p>\n<p> 3.&nbsp;&quot;Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios&quot; (<i>Lc<\/i> 2, 30). Tambi&eacute;n nosotros, animados y enriquecidos por la gracia jubilar, iniciemos este nuevo a&ntilde;o que nos da el Se&ntilde;or. Nos confortan las palabras de la primera lectura, que renuevan la bendici&oacute;n del Creador:&nbsp; &quot;El Se&ntilde;or te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Se&ntilde;or se fije en ti y te conceda la paz&quot; (<i>Nm<\/i> 6, 24-25). El Se&ntilde;or nos d&eacute; su paz, la paz que no es fruto de componendas humanas, sino del sorprendente efecto de su mirada ben&eacute;vola sobre nosotros. Esta es la paz que invocamos hoy, al celebrar la XXXIV <i>Jornada mundial de la paz<\/i>.<\/p>\n<p> Saludo con gran afecto a los ilustres se&ntilde;ores embajadores del Cuerpo diplom&aacute;tico acreditado ante la Santa Sede, presentes en esta solemne liturgia. Saludo, de modo particular, al querido monse&ntilde;or Fran&ccedil;ois Xavier Nguy&ecirc;n Van Thu&acirc;n, presidente del Consejo pontificio Justicia y paz, as&iacute; como a los colaboradores de ese dicasterio, que tiene la misi&oacute;n espec&iacute;fica de representar la solicitud del Papa y de la Sede apost&oacute;lica por la promoci&oacute;n de un mundo m&aacute;s justo y concorde. Saludo a las autoridades y a cuantos han querido intervenir en este encuentro de oraci&oacute;n por la paz. A todos quisiera volver a proponer idealmente el <i>Mensaje para la jornada mundial de la paz<\/i> de este a&ntilde;o, en el que he afrontado un tema particularmente actual, el &quot;Di&aacute;logo entre las culturas para una civilizaci&oacute;n del amor y la paz&quot;.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;Hoy, en este sugestivo marco lit&uacute;rgico, renuevo a toda persona de buena voluntad la invitaci&oacute;n apremiante a <i>recorrer con confianza y tenacidad el camino privilegiado del di&aacute;logo<\/i>. S&oacute;lo as&iacute; no se dilapidar&aacute;n las riquezas espec&iacute;ficas, que caracterizan la historia y la vida de los hombres y los pueblos, sino que, por el contrario, podr&aacute;n contribuir a la construcci&oacute;n de una era nueva de solidaridad fraterna. Ojal&aacute; que todos se esfuercen por promover una aut&eacute;ntica cultura de la solidaridad y de la justicia, estrechamente &quot;unida al valor de la paz, objetivo primordial de toda sociedad y de la convivencia nacional e internacional&quot; (<i>Mensaje para la XXXIV Jornada mundial de la paz<\/i>, 8 de diciembre de 2000, n. 18:&nbsp; <i>L&#8217;Osservatore Romano<\/i>, edici&oacute;n en lengua espa&ntilde;ola, 15 de diciembre de 2000, p. 11).<\/p>\n<p> Esto es m&aacute;s necesario a&uacute;n en la actual situaci&oacute;n mundial, que se ha vuelto compleja a causa de la difundida movilidad humana, la comunicaci&oacute;n global y el encuentro, no siempre f&aacute;cil, entre culturas diversas. Al mismo tiempo, hay que reafirmar con vigor <i>la urgencia de defender la vida<\/i>, bien fundamental de la humanidad, ya que &quot;no se puede invocar la paz y despreciar la vida&quot; (<i>ib.<\/i>,&nbsp;19).<br \/> Elevemos al Se&ntilde;or nuestra oraci&oacute;n para que el respeto de estos valores de fondo, patrimonio de toda cultura, contribuya a la construcci&oacute;n de la deseada civilizaci&oacute;n del amor y de la paz. Que nos lo obtenga Cristo, Pr&iacute;ncipe de la paz, a quien contemplamos en la pobreza del pesebre.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;&quot;Mar&iacute;a &nbsp;conservaba todas &nbsp;estas cosas, medit&aacute;ndolas &nbsp;en &nbsp;su &nbsp;coraz&oacute;n&quot; (<i>Lc<\/i> 2, 19).<br \/> Hoy la Iglesia celebra la <i>solemnidad de Mar&iacute;a, Madre de Dios<\/i>. Despu&eacute;s de presentarla como la Madre que ofrece el Ni&ntilde;o a los pastores que lo buscaban con solicitud, el evangelista san Lucas nos brinda un icono de Mar&iacute;a, sencillo y majestuoso a la vez. Mar&iacute;a es <i>la mujer de fe<\/i>, que acogi&oacute; a Dios en su coraz&oacute;n, en sus proyectos, en su cuerpo y en su experiencia de esposa y madre. Es la creyente capaz de captar en el ins&oacute;lito nacimiento del Hijo la llegada de la &quot;plenitud de los tiempos&quot; (<i>Ga<\/i> 4, 4), en la que Dios, eligiendo los caminos sencillos de la existencia humana, decidi&oacute; comprometerse personalmente en la obra de la salvaci&oacute;n.<\/p>\n<p> La fe lleva a la Virgen sant&iacute;sima a recorrer sendas desconocidas e imprevisibles, conservando todo en su coraz&oacute;n, es decir, en la intimidad de su esp&iacute;ritu, para responder con renovada adhesi&oacute;n a Dios y a su designio de amor.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;A ella dirigimos, al comienzo de este nuevo a&ntilde;o, nuestra oraci&oacute;n.<br \/> Ay&uacute;danos tambi&eacute;n a nosotros, oh Mar&iacute;a, a renovar con esp&iacute;ritu de fe nuestra existencia. Ay&uacute;danos a saber salvaguardar espacios de silencio y de contemplaci&oacute;n en la fren&eacute;tica vida diaria. Haz que tendamos siempre hacia las exigencias de la paz verdadera, don de la Navidad de Cristo.<\/p>\n<p> A ti, en este primer d&iacute;a del a&ntilde;o 2001, te encomendamos las expectativas y las esperanzas de toda la humanidad:&nbsp; &quot;Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no desoigas la oraci&oacute;n de tus hijos necesitados; antes bien, l&iacute;branos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita&quot; (<i>Liturgia de las Horas<\/i>).<\/p>\n<p> Virgen Madre de Dios, intercede por nosotros ante tu Hijo, para que su rostro resplandezca en el camino del nuevo milenio y todo hombre pueda vivir en la justicia y la paz. Am&eacute;n. <\/p>\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA MADRE DE DIOSXXXIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ HOMIL&Iacute;A 1 de enero de 2001 &nbsp; 1.&nbsp;&quot;Los pastores fueron corriendo y encontraron a Mar&iacute;a y a Jos&eacute; y al Ni&ntilde;o acostado en el pesebre&quot; (Lc 2, 19). 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