{"id":40511,"date":"2016-10-05T23:47:08","date_gmt":"2016-10-06T04:47:08","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-septiembre-de-2002-funeral-del-cardenal-francois-xavier-nguyen-van-thuan\/"},"modified":"2016-10-05T23:47:08","modified_gmt":"2016-10-06T04:47:08","slug":"20-de-septiembre-de-2002-funeral-del-cardenal-francois-xavier-nguyen-van-thuan","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-septiembre-de-2002-funeral-del-cardenal-francois-xavier-nguyen-van-thuan\/","title":{"rendered":"20 de septiembre de 2002, Funeral del cardenal Fran\u00e7ois-Xavier Nguy\u00ean Van Thu\u00e2n"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL PAPA JUAN PABLO II<br \/>&nbsp;DURANTE EL FUNERAL DEL CARDENAL<br \/>FRAN&Ccedil;OIS-XAVIER NGUY&Ecirc;N VAN THU&Acirc;N<\/font><\/b><\/p>\n<p>&nbsp;Viernes 20 de septiembre de 2002&nbsp;<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1.&nbsp;<i>&quot;Su esperanza estaba llena de inmortalidad&quot; <\/i> (<i>Sb<\/i> 3, 4).<\/p>\n<p> Estas consoladoras palabras del libro de la Sabidur&iacute;a nos invitan a elevar, <i>a la luz de la esperanza<\/i>, nuestra oraci&oacute;n de sufragio por el alma elegida del llorado cardenal Fran&ccedil;ois-Xavier Nguy&ecirc;n Van Thu&acirc;n, que puso toda su vida precisamente bajo el signo de la esperanza.<br \/> Ciertamente, su muerte entristece a cuantos lo han conocido y amado:&nbsp; a sus familiares, en particular a su madre, a la que renuevo la expresi&oacute;n de mi afectuosa cercan&iacute;a. Pienso tambi&eacute;n en la amada Iglesia que est&aacute; en Vietnam, que lo engendr&oacute; a la fe; y pienso tambi&eacute;n en todo el pueblo vietnamita, al que el venerado cardenal record&oacute; expresamente en su testamento espiritual, afirmando que lo am&oacute; siempre. Siente la muerte del cardenal Nguy&ecirc;n Van Thu&acirc;n la Santa Sede, a cuyo servicio dedic&oacute; sus &uacute;ltimos a&ntilde;os, primero como vicepresidente y despu&eacute;s como presidente del Consejo pontificio Justicia y paz.<\/p>\n<p> A todos, tambi&eacute;n en este momento, parece dirigir con afecto persuasivo <i>la invitaci&oacute;n a la esperanza<\/i>. Cuando, en el a&ntilde;o 2000, le ped&iacute; que predicara las meditaciones para los ejercicios espirituales de la Curia romana, eligi&oacute; como tema:&nbsp; &quot;Testigos de la esperanza&quot;. Ahora que el Se&ntilde;or lo ha probado &quot;como oro en el crisol&quot; y lo ha aceptado &quot;como holocausto&quot;, podemos decir con verdad que &quot;su esperanza estaba llena de inmortalidad&quot; (cf. <i>Sb<\/i> 3, 4.&nbsp;6). Estaba llena de Cristo, vida y resurrecci&oacute;n de cuantos conf&iacute;an en &eacute;l.<\/p>\n<p> 2.<i>&nbsp;&iexcl;Espera en Dios!<\/i> Con esta invitaci&oacute;n a confiar en el Se&ntilde;or el querido purpurado inici&oacute; las meditaciones de los ejercicios espirituales. Sus exhortaciones se me han quedado grabadas en la memoria por la profundidad de las reflexiones, enriquecidas por continuos recuerdos personales, en gran parte relativos a los trece a&ntilde;os pasados en la c&aacute;rcel. Contaba que precisamente en la c&aacute;rcel hab&iacute;a comprendido que el fundamento de la vida cristiana consiste en &quot;elegir a Dios solo&quot;, abandon&aacute;ndose totalmente en sus manos paternales.<\/p>\n<p> Estamos llamados -afirmaba a la luz de su experiencia personal- a anunciar a todos el &quot;evangelio de la esperanza&quot;; y precisaba:&nbsp; s&oacute;lo con el radicalismo del sacrificio se puede cumplir esta vocaci&oacute;n, aun en medio de las pruebas m&aacute;s duras. &quot;Valorar todo dolor -dec&iacute;a- como uno de los innumerables rostros de Jes&uacute;s crucificado y unirlo al suyo, significa entrar en su misma din&aacute;mica de dolor-amor; significa participar de su luz, de su fuerza y de su paz; significa volver a encontrar en nosotros una presencia nueva y m&aacute;s plena de Dios&quot; (<i>Testigos de esperanza<\/i>, Roma 2001, p. 124).<\/p>\n<p> 3.&nbsp;Podr&iacute;amos preguntarnos de d&oacute;nde sacaba la paciencia y la valent&iacute;a que lo caracterizaron siempre. A este prop&oacute;sito, explicaba que su vocaci&oacute;n sacerdotal estaba vinculada de modo misterioso, pero real, <i>a la sangre de los m&aacute;rtires<\/i> ca&iacute;dos durante el siglo pasado mientras anunciaban el Evangelio en Vietnam. &quot;Los m&aacute;rtires -dec&iacute;a- nos han ense&ntilde;ado a decir s&iacute;:&nbsp; un s&iacute; sin condiciones ni l&iacute;mites al amor del Se&ntilde;or; pero tambi&eacute;n un no a los halagos, a las componendas y a la injusticia, aunque fuera con la finalidad de salvar la propia vida&quot; (<i>ib.<\/i>, pp. 139-140). Y a&ntilde;ad&iacute;a que no se trataba de hero&iacute;smo, sino de fidelidad madurada contemplando a Jes&uacute;s, modelo de todo testigo y de todo m&aacute;rtir. Una herencia que hay que acoger cada d&iacute;a en una vida llena de amor y mansedumbre.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;Al despedir a este <i>heroico heraldo del Evangelio de Cristo<\/i>, damos gracias al Se&ntilde;or por habernos concedido en &eacute;l un ejemplo luminoso de coherencia cristiana hasta el martirio. Afirm&oacute; de s&iacute; con impresionante sencillez:&nbsp; &quot;En el abismo de mis sufrimientos (&#8230;) jam&aacute;s he dejado de amar a todos; no he excluido a nadie de mi coraz&oacute;n&quot; (<i>ib.<\/i>, p. 124).<\/p>\n<p> Su secreto era una inquebrantable confianza en Dios, alimentada con la oraci&oacute;n y el sufrimiento aceptado con amor. En la c&aacute;rcel celebraba cada d&iacute;a la Eucarist&iacute;a con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano. Este era su altar, su catedral. El cuerpo de Cristo era su &quot;medicina&quot;. Contaba con emoci&oacute;n:&nbsp; &quot;Todos los d&iacute;as ten&iacute;a la oportunidad de extender mis manos y clavarme en la cruz con Cristo, de beber con &eacute;l el c&aacute;liz m&aacute;s amargo. Todos los d&iacute;as, al pronunciar las palabras de la consagraci&oacute;n, confirmaba con todo mi coraz&oacute;n y con toda mi alma una nueva alianza, una alianza eterna entre Jes&uacute;s y yo, mediante su sangre mezclada con la m&iacute;a&quot; (<i>ib.<\/i>, p. 168).<\/p>\n<p> 5.<i>&nbsp;&quot;Mihi vivere Christus est&quot;<\/i> (<i>Flp<\/i> 1, 21). Fiel hasta la muerte, el cardenal Nguy&ecirc;n Van Thu&acirc;n hizo suya la expresi&oacute;n del ap&oacute;stol san Pablo que acabamos de escuchar. Conserv&oacute; la serenidad e incluso la alegr&iacute;a tambi&eacute;n durante su larga y sufrida hospitalizaci&oacute;n. En los &uacute;ltimos d&iacute;as, cuando ya no pod&iacute;a hablar, permanec&iacute;a con la mirada fija en el crucifijo, que ten&iacute;a delante &eacute;l. Rezaba en silencio, mientras culminaba su extremo sacrificio como coronamiento de una existencia marcada por su <i>heroica configuraci&oacute;n con Cristo en la cruz<\/i>. Se le aplican bien las palabras pronunciadas por Jes&uacute;s en v&iacute;speras de su Pascua:&nbsp; &quot;Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda &eacute;l solo; pero si muere, da mucho fruto&quot; (<i>Jn<\/i> 12, 24).<\/p>\n<p> S&oacute;lo con el sacrificio de s&iacute; mismo el cristiano contribuye a la salvaci&oacute;n del mundo. As&iacute; sucedi&oacute; con nuestro venerado hermano cardenal. Nos deja, pero queda su ejemplo. La fe nos asegura que no ha muerto, sino que ha entrado en el d&iacute;a eterno que no conoce ocaso.<br \/> 6.&nbsp;&quot;Santa Mar&iacute;a&#8230;, ruega por nosotros&#8230;, ahora y en la hora de nuestra muerte&quot;. En la c&aacute;rcel, cuando le era imposible rezar, recurr&iacute;a a Mar&iacute;a:&nbsp; &quot;Madre, t&uacute; ves que estoy extenuado, que no logro rezar ninguna oraci&oacute;n. Entonces, &#8230; poniendo todo en tus manos, repetir&eacute; sencillamente:&nbsp; &quot;Ave Mar&iacute;a&quot;&quot; (<i>Testigos de esperanza<\/i>, p. 253).<\/p>\n<p> En su testamento espiritual, despu&eacute;s de pedir perd&oacute;n, el cardenal asegura que seguir&aacute; amando a todos. &quot;Parto serenamente -afirma-, y no tengo odio hacia nadie. Ofrezco todos los sufrimientos que he soportado a Mar&iacute;a Inmaculada y a san Jos&eacute;&quot;.<\/p>\n<p> El testamento termina con una triple recomendaci&oacute;n:&nbsp; &quot;Amad a la Virgen sant&iacute;sima y confiad en san Jos&eacute;, sed fieles a la Iglesia, estad unidos y sed caritativos con todos&quot;. Aqu&iacute; est&aacute;, en s&iacute;ntesis, su misma existencia.<\/p>\n<p> Que Dios lo acoja ahora, junto a Jos&eacute; y a Mar&iacute;a, para que contemple en la gloria del para&iacute;so el rostro glorioso de Cristo, a quien en la tierra busc&oacute; ardientemente como su &uacute;nica esperanza. Am&eacute;n. <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">&copy; Copyright 2002 &#8211; Libreria Editrice Vaticana <\/font> <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>HOMIL&Iacute;A DEL PAPA JUAN PABLO II&nbsp;DURANTE EL FUNERAL DEL CARDENALFRAN&Ccedil;OIS-XAVIER NGUY&Ecirc;N VAN THU&Acirc;N &nbsp;Viernes 20 de septiembre de 2002&nbsp; &nbsp; 1.&nbsp;&quot;Su esperanza estaba llena de inmortalidad&quot; (Sb 3, 4). 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