{"id":40635,"date":"2016-10-05T23:52:16","date_gmt":"2016-10-06T04:52:16","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-2004-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo-homilias-de-bartolome-i-y-de-juanpablo-ii\/"},"modified":"2016-10-05T23:52:16","modified_gmt":"2016-10-06T04:52:16","slug":"29-de-junio-de-2004-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo-homilias-de-bartolome-i-y-de-juanpablo-ii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-2004-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo-homilias-de-bartolome-i-y-de-juanpablo-ii\/","title":{"rendered":"29 de junio de 2004, Solemnidad de san Pedro y san Pablo &#8211; Homil\u00edas de Bartolom\u00e9 I y de JuanPablo II"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <b><i><font face=\"Times\" size=\"4\" color=\"#663300\">HOMIL<\/font><font size=\"4\" color=\"#663300\" face=\"Times New Roman\">&Iacute;A<\/font><font face=\"Times\" size=\"4\" color=\"#663300\"> DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<br \/>Y HOMIL<\/font><font size=\"4\" color=\"#663300\" face=\"Times New Roman\">&Iacute;A<\/font><font face=\"Times\" size=\"4\" color=\"#663300\"> DEL PATRIARCA ECUM<\/font><font size=\"4\" color=\"#663300\" face=\"Times New Roman\">&Eacute;<\/font><font face=\"Times\" size=\"4\" color=\"#663300\">NICO BARTOLOM<\/font><font size=\"4\" color=\"#663300\" face=\"Times New Roman\">&Eacute;<\/font><font face=\"Times\" size=\"4\" color=\"#663300\"> I &nbsp; <\/font><\/i><\/b> <\/p>\n<p align=\"center\"> <i><font face=\"Times\" color=\"#663300\">Martes 29 de junio de 2004<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p align=\"left\"><i>Despu&eacute;s del Evangelio, Juan Pablo II present&oacute; as&iacute; al Patriarca ecum&eacute;nico, introduciendo su homil&iacute;a:&nbsp; <\/p>\n<p> <\/i>Amad&iacute;simos hermanos y hermanas, el pasaje del Evangelio, que acabamos de escuchar en lat&iacute;n y griego, nos invita a profundizar en el significado de esta fiesta de los ap&oacute;stoles San Pedro y San Pablo. Deseo invitaros ahora a escuchar las reflexiones que el Patriarca ecum&eacute;nico, Su Santidad Bartolom&eacute; I, nos propondr&aacute;, teniendo presente que ambos hablamos de unidad. <\/p>\n<p align=\"left\"><i>Homil&iacute;a del Patriarca ecum&eacute;nico Bartolom&eacute; I<br \/><\/i><\/p>\n<p align=\"left\"><i>Santidad<\/i>:&nbsp; <\/p>\n<p> Con sentimientos de alegr&iacute;a y de tristeza, venimos a Vuestra Santidad durante este importante d&iacute;a de la fiesta de los ap&oacute;stoles San Pedro y San Pablo, para manifestar nuestro amor a la persona de Vuestra Santidad y a todos los miembros de la Iglesia hermana de Roma, que celebra la fiesta de sus patronos. A la vez que compartimos vuestra alegr&iacute;a, sentimos tristeza porque falta lo que hubiera colmado la alegr&iacute;a de ambos, es decir, el restablecimiento de la plena comuni&oacute;n entre nuestras Iglesias. <\/p>\n<p> Hoy centramos nuestra atenci&oacute;n en el feliz 40&deg; aniversario del encuentro, celebrado en Jerusal&eacute;n en el a&ntilde;o 1964, de nuestros predecesores de venerada memoria, un encuentro que puso fin al camino de nuestro mutuo alejamiento y constituy&oacute; el inicio de un nuevo camino de acercamiento de nuestras Iglesias. <\/p>\n<p> Durante este nuevo camino se han dado muchos pasos hacia el acercamiento rec&iacute;proco. Se han entablado di&aacute;logos, se han realizado encuentros, se han intercambiado cartas; el amor ha crecido, pero a&uacute;n no hemos llegado a la meta anhelada. En cuarenta a&ntilde;os no ha sido posible superar las divergencias que se han acumulado durante m&aacute;s de novecientos a&ntilde;os. <\/p>\n<p> La esperanza -que va unida a la fe y al amor, que siempre espera- es uno de los dones importantes de Dios. Tambi&eacute;n nosotros esperamos que lo que no ha sido posible hasta hoy se obtenga en el futuro, y ojal&aacute; que sea en un futuro pr&oacute;ximo. Tal vez sea un futuro lejano, pero nuestra esperanza y nuestro amor no deben quedar restringidos en breves l&iacute;mites temporales. Nuestra presencia hoy, aqu&iacute;, expresa con evidencia nuestro deseo sincero de eliminar todos los obst&aacute;culos eclesiales&nbsp;que&nbsp;no sean dogm&aacute;ticos o esenciales, para que nuestro inter&eacute;s se centre en el estudio&nbsp;de las diferencias esenciales y de las verdades dogm&aacute;ticas que hasta hoy dividen a nuestras Iglesias, as&iacute; como en el modo de vivir la verdad cristiana de la Iglesia unida. <\/p>\n<p> Sin pretender unir nuestro nombre a metas que s&oacute;lo el Esp&iacute;ritu Santo puede obtener, no atribuyamos a nuestras acciones una eficacia mayor que la que Dios tenga a bien darles. Sin embargo, manifestando nuestro deseo, trabajemos incansablemente para conseguir lo que cada d&iacute;a pedimos en nuestra oraci&oacute;n:&nbsp; &quot;la uni&oacute;n de todos&quot;. Conscientes de que nuestro Se&ntilde;or Jesucristo nos manifest&oacute; en la oraci&oacute;n sacerdotal cu&aacute;n necesaria es nuestra unidad, para que el mundo crea que &eacute;l viene de Dios, colaboramos con vosotros para alcanzar esta unidad, y exhortamos a todos a orar con fervor por el &eacute;xito de nuestros esfuerzos comunes. <\/p>\n<p> Amad&iacute;simos cristianos, la unidad de las Iglesias, de la que hablamos y por la que pedimos vuestras oraciones, no es una uni&oacute;n mundana, como las de los Estados, de las asociaciones de personas y de organismos, en las que se crea una uni&oacute;n organizativa m&aacute;s elevada. Ese tipo de uni&oacute;n es muy f&aacute;cil de conseguir y todas las Iglesias ya han creado diversas organizaciones, en cuyo &aacute;mbito colaboran en&nbsp;distintos sectores. <\/p>\n<p> La unidad a la que las Iglesias aspiran es una b&uacute;squeda espiritual orientada a vivir juntos la comuni&oacute;n espiritual con la persona de nuestro Se&ntilde;or Jesucristo. Podr&aacute; conseguirse cuando todos tengamos &quot;la mente de Cristo&quot;, &quot;el amor de Cristo&quot;, &quot;la fe de Cristo&quot;, &quot;la humildad de Cristo&quot;, &quot;la disposici&oacute;n de Cristo al sacrificio&quot; y, en general,&nbsp;cuando&nbsp;vivamos todo lo que es&nbsp;de&nbsp;Cristo&nbsp;como &eacute;l lo vivi&oacute;, o al menos cuando anhelemos sinceramente vivir&nbsp;como&nbsp;&eacute;l&nbsp;quiere que vivamos. <\/p>\n<p> En este delicad&iacute;simo esfuerzo espiritual emergen dificultades debidas a que la mayor parte de nosotros, los hombres, muy a menudo presentamos nuestras posiciones, opiniones y valoraciones como si fueran expresi&oacute;n de la mente, del amor y, en general, del esp&iacute;ritu de Cristo. Dado que estas opiniones y valoraciones personales, y a veces tambi&eacute;n las vivencias personales, no coinciden ni entre s&iacute; ni con la vida de Cristo, surgen las discordias. De buena fe, mediante los di&aacute;logos intereclesiales, tratamos de comprendernos mutuamente con sobreabundancia de amor; como tambi&eacute;n tratamos de constatar en qu&eacute; y por qu&eacute; se diferencian nuestras vivencias, que se expresan con diversas formulaciones dogm&aacute;ticas. No hagamos discursos abstractos sobre cuestiones te&oacute;ricas, acerca de las cuales nuestra posici&oacute;n no tiene consecuencias para la vida. Busquemos entre las muchas vivencias, que se expresan con diversas formulaciones, lo que manifiesta correctamente, o al menos lo m&aacute;s perfectamente posible, el esp&iacute;ritu de Cristo. <\/p>\n<p> Recordad el comportamiento de los dos disc&iacute;pulos de Cristo cuando fue rechazado por algunos habitantes de cierta regi&oacute;n. Los dos disc&iacute;pulos se indignaron y preguntaron a Cristo si pod&iacute;an pedir a Dios que hiciera bajar fuego del cielo contra los que se hab&iacute;an negado a acogerlo. La respuesta del Se&ntilde;or fue la que se ha dado a muchos cristianos a lo largo de los siglos:&nbsp; &quot;No sab&eacute;is de qu&eacute; esp&iacute;ritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas&quot; (<i>Lc<\/i> 9, 55-56). En muchas ocasiones, algunos fieles, en el decurso de los siglos, han pedido a Cristo que apruebe obras que no estaban de acuerdo con su <i>mente<\/i>. M&aacute;s a&uacute;n, han atribuido a Cristo sus propias opiniones y ense&ntilde;anzas, sosteniendo unos y otros que interpretaban el esp&iacute;ritu de Cristo. De all&iacute; han surgido discordias entre los fieles, que, como consecuencia, se han dividido en grupos, asumiendo la forma actual de las diversas Iglesias. <\/p>\n<p> Hoy los esfuerzos comunes tienden a vivir el esp&iacute;ritu de Cristo del modo que &eacute;l aprobar&iacute;a si se le consultara. Esos esfuerzos presuponen pureza de coraz&oacute;n, finalidades desinteresadas, santa humildad; en pocas palabras, santidad de vida. Contrastes acumulados e intereses seculares no nos permiten ver claramente y retrasan la comprensi&oacute;n com&uacute;n del esp&iacute;ritu de Cristo, tras la cual llegar&aacute; la tan anhelada unidad de las Iglesias, como su uni&oacute;n en Cristo, en el mismo esp&iacute;ritu, en el mismo Cuerpo y en su misma Sangre. Naturalmente, desde el punto de vista espiritual, no tiene sentido la aceptaci&oacute;n y la realizaci&oacute;n de una uni&oacute;n exterior, cuando sigue existiendo la divergencia con respecto al esp&iacute;ritu. <\/p>\n<p> As&iacute; se comprende que no se ha de buscar igualar las tradiciones, los usos y las costumbres de todos los fieles, sino que se ha de buscar s&oacute;lo vivir en com&uacute;n la persona del uno y &uacute;nico e inmutable Jesucristo, en el Esp&iacute;ritu Santo, la comuni&oacute;n vital del acontecimiento de la Encarnaci&oacute;n del Logos de Dios, y de la venida del Esp&iacute;ritu Santo a la Iglesia, as&iacute; como vivir en com&uacute;n el acontecimiento de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, que lo recapitula todo en s&iacute; mismo. Esta vivencia espiritual que buscamos constituye la vivencia suprema del hombre, representa su uni&oacute;n con Cristo y, por consiguiente, el di&aacute;logo sobre este punto es el m&aacute;s importante de todos. Por eso hemos pedido y pedimos a los cristianos que oren con fervor a nuestro Se&ntilde;or Jesucristo para que oriente los corazones a alcanzar la meta de esa aspiraci&oacute;n, de modo que, una vez obtenida, podamos festejar juntos, con la gracia de Dios, todas las celebraciones eclesiales en plena comuni&oacute;n espiritual y alegr&iacute;a. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\">* * *<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Homil&iacute;a del Santo Padre Juan Pablo II<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">1.&nbsp;&quot;T&uacute; eres el Mes&iacute;as, el Hijo de Dios vivo&quot; (<i>Mt<\/i> 16, 16). Tras la pregunta del Se&ntilde;or, Pedro, tambi&eacute;n &nbsp;en nombre de los dem&aacute;s Ap&oacute;stoles, hace su profesi&oacute;n de fe. <\/p>\n<p> En ella se afirma el fundamento seguro de nuestro camino hacia la comuni&oacute;n plena. En efecto, si queremos la unidad de los disc&iacute;pulos de Cristo, debemos <i> recomenzar desde Cristo<\/i>. Como a Pedro, tambi&eacute;n a nosotros se nos pide que confesemos que &eacute;l es la piedra angular, la Cabeza de la Iglesia. En la carta enc&iacute;clica <i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/edocs\/ESL0043\/__P3.HTM\">Ut unum sint<\/a> <\/i>escrib&iacute;:&nbsp; &quot;Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad &nbsp;significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comuni&oacute;n de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad&quot; (n. 9). <\/p>\n<p> 2.<i>&nbsp;Ut unum sint!<\/i> De aqu&iacute; brota nuestro compromiso de comuni&oacute;n, en respuesta al ardiente deseo de Cristo. No se trata de una vaga relaci&oacute;n de buenos vecinos, sino del <i>v&iacute;nculo indisoluble de la fe teologal, por el que estamos destinados no a la separaci&oacute;n, sino a la comuni&oacute;n.<\/i> <\/p>\n<p> Hoy vivimos con dolor lo que, a lo largo de la historia, ha roto nuestro v&iacute;nculo de unidad en Cristo. Desde esta perspectiva, nuestro encuentro de hoy no es s&oacute;lo un gesto de cortes&iacute;a, sino una respuesta al mandato del Se&ntilde;or. Cristo es la Cabeza de la Iglesia y nosotros queremos seguir haciendo juntos todo lo humanamente posible para superar lo que a&uacute;n nos divide y nos impide comulgar con el mismo Cuerpo y Sangre del Se&ntilde;or. <\/p>\n<p> 3.&nbsp;Con estos sentimientos, deseo expresarle profunda gratitud a usted, Santidad, por su presencia y por las reflexiones que ha querido proponernos. Tambi&eacute;n me alegra celebrar con usted el recuerdo de san Pedro y san Pablo, que este a&ntilde;o coincide con el cuadrag&eacute;simo aniversario del <i>bendito encuentro celebrado en Jerusal&eacute;n, el 5 y 6 de enero de 1964, entre el Papa Pablo VI y el Patriarca Aten&aacute;goras I<\/i>. <\/p>\n<p> Santidad, deseo agradecerle de coraz&oacute;n el haber aceptado mi invitaci&oacute;n a hacer visible y reafirmar hoy, con este encuentro, el esp&iacute;ritu que animaba a aquellos dos peregrinos singulares, que dirigieron sus pasos el uno hacia el otro, y eligieron abrazarse por primera vez precisamente en el lugar donde naci&oacute; la Iglesia. <\/p>\n<p> 4.&nbsp;Aquel encuentro no puede ser s&oacute;lo un recuerdo. <i>Es un desaf&iacute;o para nosotros.<\/i> Nos indica el camino del redescubrimiento rec&iacute;proco y la reconciliaci&oacute;n. Ciertamente, se trata de un camino dif&iacute;cil, lleno de obst&aacute;culos. En el conmovedor gesto de nuestros predecesores en Jerusal&eacute;n podemos encontrar la fuerza para superar cualquier malentendido y dificultad, a fin de consagrarnos sin cesar a este compromiso de unidad. <\/p>\n<p> La Iglesia de Roma est&aacute; avanzando con voluntad firme y gran sinceridad por el camino de la reconciliaci&oacute;n plena, mediante iniciativas que se han ido revelando posibles y &uacute;tiles. <i>Hoy deseo expresar el anhelo de que todos los cristianos intensifiquen, cada uno por su parte, los esfuerzos <\/i>para que llegue cuanto antes el d&iacute;a en que se realice plenamente el deseo del Se&ntilde;or:&nbsp; &quot;Que todos sean uno&quot; (<i>Jn<\/i> 17, 11.&nbsp;21). Que la conciencia no nos reproche haber omitido pasos, haber desaprovechado oportunidades y no haber probado todos los caminos. <\/p>\n<p> 5.&nbsp;Como sabemos muy bien, la unidad que buscamos <i>es ante todo don de Dios<\/i>. Pero somos conscientes de que apresurar la hora de su realizaci&oacute;n plena tambi&eacute;n depende de nosotros, de nuestra oraci&oacute;n y de nuestra conversi&oacute;n a Cristo. <\/p>\n<p> Santidad, por lo que a m&iacute; respecta, deseo confesar que en el camino de la b&uacute;squeda de la unidad siempre me ha guiado, como una <i>br&uacute;jula segura, la doctrina del concilio Vaticano II<\/i>. La carta enc&iacute;clica <i>Ut unum sint<\/i>, publicada pocos d&iacute;as antes de la memorable visita de Vuestra Santidad a Roma, en 1995, reafirm&oacute; precisamente lo que el Concilio hab&iacute;a enunciado en el decreto sobre el ecumenismo <i>Unitatis redintegratio<\/i>, de cuya promulgaci&oacute;n este a&ntilde;o se celebra el cuadrag&eacute;simo aniversario. <\/p>\n<p> Varias veces, en circunstancias solemnes, he destacado, y lo reafirmo tambi&eacute;n hoy, que el compromiso asumido por la Iglesia cat&oacute;lica con el concilio Vaticano II <i>es irrevocable<\/i>. <i>&iexcl;No se puede renunciar a &eacute;l!<\/i> <\/p>\n<p> 6.<i>&nbsp;El rito de la imposici&oacute;n de los palios a los nuevos metropolitanos<\/i> contribuye a completar la solemnidad y la alegr&iacute;a de esta celebraci&oacute;n, a hacerla m&aacute;s rica en contenido espiritual y eclesial. <\/p>\n<p> Venerados hermanos, el palio que hoy recibir&eacute;is en presencia del Patriarca ecum&eacute;nico, nuestro hermano en Cristo, es signo de la comuni&oacute;n que os une de modo especial al testimonio apost&oacute;lico de Pedro y Pablo. Os une al Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, llamado a prestar un peculiar servicio eclesial con respecto a todo el Colegio episcopal. Os doy las gracias por vuestra presencia y os expreso los mejores deseos para vuestro ministerio en favor de Iglesias metropolitanas esparcidas por varias naciones. Os acompa&ntilde;o de buen grado con el afecto y la oraci&oacute;n. <\/p>\n<p> 7.&nbsp;&quot;T&uacute; eres el Mes&iacute;as, el Hijo de Dios vivo&quot;. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces vuelven a mi oraci&oacute;n diaria estas palabras, que constituyen la profesi&oacute;n de fe de Pedro! En el precioso icono donado por el Patriarca Aten&aacute;goras I al Papa Pablo VI el 5 de enero de 1964, <i>los dos santos Ap&oacute;stoles, Pedro el &quot;Corifeo&quot;, y Andr&eacute;s el &quot;Prot&oacute;clito&quot;, se abrazan<\/i> en un elocuente lenguaje de amor, debajo del Cristo glorioso. Andr&eacute;s fue el primero en seguir al Se&ntilde;or; Pedro fue llamado a confirmar a sus hermanos en el fe. <\/p>\n<p> Su abrazo bajo la mirada de Cristo es una invitaci&oacute;n a proseguir por el camino emprendido, hacia la meta de unidad que queremos alcanzar juntos. <\/p>\n<p> <i>Que ninguna dificultad nos frene<\/i>. Al contrario, sigamos avanzando con esperanza, sostenidos por la intercesi&oacute;n de los Ap&oacute;stoles y la maternal protecci&oacute;n de Mar&iacute;a, Madre de Cristo, Hijo de Dios vivo. <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"> &copy; Copyright 2004 &#8211; Libreria Editrice Vaticana <\/font> <\/p>\n<p align=\"center\">\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO IIY HOMIL&Iacute;A DEL PATRIARCA ECUM&Eacute;NICO BARTOLOM&Eacute; I &nbsp; Martes 29 de junio de 2004 &nbsp; Despu&eacute;s del Evangelio, Juan Pablo II present&oacute; as&iacute; al Patriarca ecum&eacute;nico, introduciendo su homil&iacute;a:&nbsp; Amad&iacute;simos hermanos y hermanas, el pasaje del Evangelio, que acabamos de escuchar en &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-2004-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo-homilias-de-bartolome-i-y-de-juanpablo-ii\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab29 de junio de 2004, Solemnidad de san Pedro y san Pablo &#8211; Homil\u00edas de Bartolom\u00e9 I y de JuanPablo II\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40635","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40635","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40635"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40635\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40635"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40635"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40635"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}