{"id":40668,"date":"2016-10-06T14:33:06","date_gmt":"2016-10-06T19:33:06","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-diciembre-de-2005-solemne-concelebracion-eucaristica-en-el-40-aniversario-de-la-clausura-del-concilio-ecumenico-vaticano-ii\/"},"modified":"2016-10-06T14:33:06","modified_gmt":"2016-10-06T19:33:06","slug":"8-de-diciembre-de-2005-solemne-concelebracion-eucaristica-en-el-40-aniversario-de-la-clausura-del-concilio-ecumenico-vaticano-ii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-diciembre-de-2005-solemne-concelebracion-eucaristica-en-el-40-aniversario-de-la-clausura-del-concilio-ecumenico-vaticano-ii\/","title":{"rendered":"8 de diciembre de 2005, Solemne concelebraci\u00f3n eucar\u00edstica en el 40\u00b0 aniversario de la clausura del Concilio Ecum\u00e9nico Vaticano II"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <br \/>DURANTE LA SOLEMNE CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA <br \/>EN LA BAS&Iacute;LICA DE SAN PEDRO<\/font><\/b> <\/p>\n<p>Jueves 8 de diciembre de 2005<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><b><\/b><\/p>\n<p align=\"left\"><i>Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/>queridos hermanos y hermanas:&nbsp; <\/i><\/p>\n<p> Hace cuarenta a&ntilde;os, el 8 de diciembre de 1965, en la plaza de San Pedro, junto a esta bas&iacute;lica, el Papa Pablo VI concluy&oacute; solemnemente el concilio Vaticano II. Hab&iacute;a sido inaugurado, por decisi&oacute;n de Juan XXIII, el 11 de octubre de 1962, entonces fiesta de la Maternidad de Mar&iacute;a, y concluy&oacute; el d&iacute;a de la Inmaculada. Un marco mariano rodea al Concilio. En realidad, es mucho m&aacute;s que un marco:&nbsp; es una orientaci&oacute;n de todo su camino. Nos remite, como remit&iacute;a entonces a los padres del Concilio, a la imagen de la Virgen que escucha, que vive de la palabra de Dios, que guarda en su coraz&oacute;n las palabras que le vienen de Dios y, uni&eacute;ndolas como en un mosaico, aprende a comprenderlas (cf. <i>Lc<\/i> 2, 19.&nbsp;51); nos remite a la gran creyente que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandon&aacute;ndose a su voluntad; nos remite a la humilde Madre que, cuando la misi&oacute;n del Hijo lo exige, se aparta; y, al mismo tiempo, a la mujer valiente que, mientras los disc&iacute;pulos huyen, est&aacute; al pie de la cruz. <\/p>\n<p> Pablo VI, en su discurso con ocasi&oacute;n de la promulgaci&oacute;n de la constituci&oacute;n conciliar &nbsp;sobre &nbsp;la Iglesia, hab&iacute;a calificado &nbsp;a &nbsp;Mar&iacute;a &nbsp;como <i>&quot;tutrix huius Concilii&quot;<\/i>, &quot;protectora de este Concilio&quot; (cf. <i>Concilio ecum&eacute;nico Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones, <\/i>BAC, Madrid 1993, p. 1147), y, con una alusi&oacute;n inconfundible al relato de Pentecost&eacute;s, transmitido por san Lucas (cf. <i>Hch<\/i> 1, 12-14), hab&iacute;a dicho que los padres se hab&iacute;an reunido en la sala del Concilio <i>&quot;cum Maria, Matre Iesu&quot;<\/i>, y que tambi&eacute;n en su nombre saldr&iacute;an ahora (<i>ib., <\/i>p. 1038). <\/p>\n<p> Permanece indeleble en mi memoria el momento en que, oyendo sus palabras:&nbsp; <i>&quot;Mariam sanctissimam declaramus Matrem Ecclesiae&quot;<\/i>, &quot;declaramos a Mar&iacute;a sant&iacute;sima Madre de la Iglesia&quot;, los padres se pusieron espont&aacute;neamente de pie y aplaudieron, rindiendo homenaje a la Madre de Dios, a nuestra Madre, a la Madre de la Iglesia. De hecho, con este t&iacute;tulo el Papa resum&iacute;a la doctrina mariana del Concilio y daba la clave para su comprensi&oacute;n. <\/p>\n<p> Mar&iacute;a no s&oacute;lo tiene una relaci&oacute;n singular con Cristo, el Hijo de Dios, que como hombre quiso convertirse en hijo suyo. Al estar totalmente unida a Cristo, nos pertenece tambi&eacute;n totalmente a nosotros. S&iacute;, podemos decir que Mar&iacute;a est&aacute; cerca de nosotros como ning&uacute;n otro ser humano, porque Cristo es hombre para los hombres y todo su ser es un &quot;ser para nosotros&quot;. <\/p>\n<p> Cristo, dicen los Padres, como Cabeza es inseparable de su Cuerpo que es la Iglesia, formando con ella, por decirlo as&iacute;, un &uacute;nico sujeto vivo. La Madre de la Cabeza es tambi&eacute;n la Madre de toda la Iglesia; ella est&aacute;, por decirlo as&iacute;, por completo despojada de s&iacute; misma; se entreg&oacute; totalmente a Cristo, y con &eacute;l se nos da como don a todos nosotros. En efecto, cuanto m&aacute;s se entrega la persona humana, tanto m&aacute;s se encuentra a s&iacute; misma. <\/p>\n<p> El Concilio quer&iacute;a decirnos esto:&nbsp; Mar&iacute;a est&aacute; tan unida al gran misterio de la Iglesia, que ella y la Iglesia son inseparables, como lo son ella y Cristo. Mar&iacute;a refleja a la Iglesia, la anticipa en su persona y, en medio de todas las turbulencias que afligen a la Iglesia sufriente y doliente, ella sigue siendo siempre la estrella de la salvaci&oacute;n. Ella es su verdadero centro, del que nos fiamos, aunque muy a menudo su periferia pesa sobre nuestra alma. <\/p>\n<p> El Papa Pablo VI, en el contexto de la promulgaci&oacute;n de la constituci&oacute;n sobre la Iglesia, puso de relieve todo esto mediante un nuevo t&iacute;tulo profundamente arraigado en la Tradici&oacute;n, precisamente con el fin de iluminar la estructura interior de la ense&ntilde;anza sobre la Iglesia desarrollada en el Concilio. El Vaticano II deb&iacute;a expresarse sobre los componentes institucionales de la Iglesia:&nbsp; sobre los obispos y sobre el Pont&iacute;fice, sobre los sacerdotes, los laicos y los religiosos en su comuni&oacute;n y en sus relaciones; deb&iacute;a describir a la Iglesia en camino, la cual, &quot;abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificaci&oacute;n&#8230;&quot; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/i>, 8). Pero este aspecto &quot;petrino&quot; de la Iglesia est&aacute; incluido en el &quot;mariano&quot;. En Mar&iacute;a, la Inmaculada, encontramos &nbsp;la &nbsp;esencia de la Iglesia de un modo no deformado. De ella debemos aprender a convertirnos nosotros mismos en &quot;almas eclesiales&quot; \u2014as&iacute; se &nbsp;expresaban &nbsp;los Padres\u2014, para poder presentarnos tambi&eacute;n nosotros, seg&uacute;n &nbsp;la palabra de san Pablo, &quot;inmaculados&quot; delante del Se&ntilde;or, tal como &eacute;l nos quiso desde el principio (cf. <i>Col<\/i> 1, 21; <i>Ef<\/i> 1, 4). <\/p>\n<p> Pero ahora debemos preguntarnos:&nbsp; &iquest;Qu&eacute; significa &quot;Mar&iacute;a, la Inmaculada&quot;? &iquest;Este t&iacute;tulo tiene algo que decirnos? La liturgia de hoy nos aclara el contenido de esta palabra con dos grandes im&aacute;genes. Ante todo, el relato maravilloso del anuncio a Mar&iacute;a, la Virgen de Nazaret, de la venida del Mes&iacute;as.<br \/>El saludo del &aacute;ngel est&aacute; entretejido con hilos del Antiguo Testamento, especialmente del profeta Sofon&iacute;as. Nos hace comprender que Mar&iacute;a, la humilde mujer de provincia, que proviene de una estirpe sacerdotal y lleva en s&iacute; el gran patrimonio sacerdotal de Israel, es el &quot;resto santo&quot; de Israel, al que hac&iacute;an referencia los profetas en todos los per&iacute;odos turbulentos y tenebrosos. En ella est&aacute; presente la verdadera Si&oacute;n, la pura, la morada viva de Dios. En ella habita el Se&ntilde;or, en ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el coraz&oacute;n del hombre vivo. <\/p>\n<p> Ella es el reto&ntilde;o que, en la oscura noche invernal de la historia, florece del tronco abatido de David. En ella se cumplen las palabras del <i>salmo<\/i>:&nbsp;<i> <\/i>&quot;La tierra ha dado su fruto&quot; (<i>Sal<\/i> 67, 7). Ella es el v&aacute;stago, del que deriva el &aacute;rbol de la redenci&oacute;n y de los redimidos. Dios no ha fracasado, como pod&iacute;a parecer al inicio de la historia con Ad&aacute;n y Eva, o durante el per&iacute;odo del exilio babil&oacute;nico, y como parec&iacute;a nuevamente en el tiempo de Mar&iacute;a, cuando Israel se hab&iacute;a convertido en un pueblo sin importancia en una regi&oacute;n ocupada, con muy pocos signos reconocibles de su santidad. Dios no ha fracasado. En la humildad de la casa de Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salv&oacute; y salva a su pueblo. Del tronco abatido resplandece nuevamente su historia, convirti&eacute;ndose en una nueva fuerza viva que orienta e impregna el mundo. Mar&iacute;a es el Israel santo; ella dice &quot;s&iacute;&quot; al Se&ntilde;or, se pone plenamente a su disposici&oacute;n, y as&iacute; se convierte en el templo vivo de Dios. <\/p>\n<p> La segunda imagen es mucho m&aacute;s dif&iacute;cil y oscura. Esta met&aacute;fora, tomada del <i> libro del G&eacute;nesis<\/i>, nos habla de una gran distancia hist&oacute;rica, que s&oacute;lo con esfuerzo se puede aclarar; s&oacute;lo a lo largo de la historia ha sido posible desarrollar una comprensi&oacute;n m&aacute;s profunda de lo que all&iacute; se refiere. Se predice que, durante toda la historia, continuar&aacute; la lucha entre el hombre y la serpiente, es decir, entre el hombre y las fuerzas del mal y de la muerte. Pero tambi&eacute;n se anuncia que &quot;el linaje&quot; de la mujer un d&iacute;a vencer&aacute; y aplastar&aacute; la cabeza de la serpiente, la muerte; se anuncia que el linaje de la mujer \u2014y en &eacute;l la mujer y la madre misma\u2014 vencer&aacute;, y as&iacute;, mediante el hombre, Dios vencer&aacute;. Si junto con la Iglesia creyente y orante nos ponemos a la escucha ante este texto, entonces podemos comenzar a comprender qu&eacute; es el pecado original, el pecado hereditario, y tambi&eacute;n cu&aacute;l es la defensa contra este pecado hereditario, qu&eacute; es la redenci&oacute;n. <\/p>\n<p> &iquest;Cu&aacute;l es el cuadro que se nos presenta en esta p&aacute;gina? El hombre no se f&iacute;a de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita nuestra libertad, y que s&oacute;lo seremos plenamente seres humanos cuando lo dejemos de lado; es decir, que s&oacute;lo de este modo podemos realizar plenamente nuestra libertad. <\/p>\n<p> El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia y que necesita desembarazarse de esta dependencia para ser plenamente &eacute;l mismo. El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. &Eacute;l quiere tomar por s&iacute; mismo del &aacute;rbol del conocimiento el poder de plasmar el mundo, de hacerse dios, elev&aacute;ndose a su nivel, y de vencer con sus fuerzas a la muerte y las tinieblas. No quiere contar con el amor que no le parece fiable; cuenta &uacute;nicamente con el conocimiento, puesto que le confiere el poder. M&aacute;s que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo aut&oacute;nomo su vida. Al hacer esto, se f&iacute;a de la mentira m&aacute;s que de la verdad, y as&iacute; se hunde con su vida en el vac&iacute;o, en la muerte. <\/p>\n<p> Amor no es dependencia, sino don que nos hace vivir. La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y, por tanto, es limitada ella misma. S&oacute;lo podemos poseerla como libertad compartida, en la comuni&oacute;n de las libertades:&nbsp; la libertad s&oacute;lo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros. Vivimos como debemos, si vivimos seg&uacute;n la verdad de nuestro ser, &nbsp;es decir, seg&uacute;n la voluntad de Dios. Porque la voluntad de Dios no es para el hombre una ley impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intr&iacute;nseca de su naturaleza, una medida que est&aacute; inscrita en &eacute;l y lo hace imagen de Dios, y as&iacute; criatura libre. <\/p>\n<p> Si vivimos contra el amor y contra la verdad \u2014contra Dios\u2014, entonces nos destruimos rec&iacute;procamente y destruimos el mundo. As&iacute; no encontramos la vida, sino que obramos en inter&eacute;s de la muerte. Todo esto est&aacute; relatado, con im&aacute;genes inmortales, en la historia de la ca&iacute;da original y de la expulsi&oacute;n del hombre del Para&iacute;so terrestre. <\/p>\n<p> Queridos hermanos y hermanas, si reflexionamos sinceramente sobre nosotros mismos y sobre nuestra historia, debemos decir que con este relato no s&oacute;lo se describe la historia del inicio, sino tambi&eacute;n la historia de todos los tiempos, y que todos llevamos dentro de nosotros una gota del veneno de ese modo de pensar reflejado en las im&aacute;genes del <i>libro del G&eacute;nesis<\/i>. Esta gota de veneno la llamamos pecado original. <\/p>\n<p> Precisamente &nbsp;en &nbsp;la &nbsp;fiesta &nbsp;de &nbsp;la &nbsp;Inmaculada Concepci&oacute;n brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida:&nbsp; la dimensi&oacute;n dram&aacute;tica de ser aut&oacute;nomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por s&iacute; mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que s&oacute;lo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser.<br \/>Pensamos que Mefist&oacute;feles \u2014el tentador\u2014 tiene raz&oacute;n cuando dice que es la fuerza &quot;que siempre quiere el mal y siempre obra el bien&quot; (Johann Wolfgang von Goethe, <i>Fausto<\/i> I, 3). Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo est&aacute; bien, e incluso&nbsp;que es necesario. <\/p>\n<p> Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es as&iacute;, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace m&aacute;s grande, m&aacute;s puro y m&aacute;s rico, sino que lo da&ntilde;a y lo empeque&ntilde;ece. En el d&iacute;a de la Inmaculada debemos aprender m&aacute;s bien esto:&nbsp; el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un t&iacute;tere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. S&oacute;lo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace m&aacute;s peque&ntilde;o, sino m&aacute;s grande, porque gracias a Dios y junto con &eacute;l se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente &eacute;l mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los dem&aacute;s, retir&aacute;ndose a su salvaci&oacute;n privada; al contrario, s&oacute;lo entonces su coraz&oacute;n se despierta verdaderamente y &eacute;l se transforma en una persona sensible y, por tanto, ben&eacute;vola y abierta. <\/p>\n<p> Cuanto m&aacute;s cerca est&aacute; el hombre de Dios, tanto m&aacute;s cerca est&aacute; de los hombres. Lo vemos en Mar&iacute;a. El hecho de que est&aacute; totalmente en Dios es la raz&oacute;n por la que est&aacute; tambi&eacute;n tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creativa. <\/p>\n<p> En ella Dios graba su propia imagen, la imagen de Aquel que sigue la oveja perdida hasta las monta&ntilde;as y hasta los espinos y abrojos de los pecados de este mundo, dej&aacute;ndose herir por la corona de espinas de estos pecados, para tomar la oveja sobre sus hombros y llevarla a casa.<br \/>Como Madre que se compadece, Mar&iacute;a es la figura anticipada y el retrato permanente del Hijo. Y as&iacute; vemos que tambi&eacute;n la imagen de la Dolorosa, de la Madre que comparte el sufrimiento y el amor, es una verdadera imagen de la Inmaculada. Su coraz&oacute;n, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanch&oacute;. En ella, la bondad de Dios se acerc&oacute; y se acerca mucho a nosotros. As&iacute;, Mar&iacute;a est&aacute; ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo:&nbsp; &quot;Ten la valent&iacute;a de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de &eacute;l. Ten la valent&iacute;a de arriesgar con la fe. Ten la valent&iacute;a de arriesgar con la bondad. Ten la valent&iacute;a de arriesgar con el coraz&oacute;n puro. Comprom&eacute;tete con Dios; y entonces ver&aacute;s que precisamente as&iacute; tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jam&aacute;s&quot;. <\/p>\n<p> En este d&iacute;a de fiesta queremos dar gracias al Se&ntilde;or por el gran signo de su bondad que nos dio en Mar&iacute;a, su Madre y Madre de la Iglesia. Queremos implorarle que ponga a Mar&iacute;a en nuestro camino como luz que nos ayude a convertirnos tambi&eacute;n nosotros en luz y a llevar esta luz en las noches de la historia. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2005 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI DURANTE LA SOLEMNE CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA BAS&Iacute;LICA DE SAN PEDRO Jueves 8 de diciembre de 2005 Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:&nbsp; Hace cuarenta a&ntilde;os, el 8 de diciembre de 1965, en la plaza de San Pedro, junto a esta bas&iacute;lica, &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-diciembre-de-2005-solemne-concelebracion-eucaristica-en-el-40-aniversario-de-la-clausura-del-concilio-ecumenico-vaticano-ii\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab8 de diciembre de 2005, Solemne concelebraci\u00f3n eucar\u00edstica en el 40\u00b0 aniversario de la clausura del Concilio Ecum\u00e9nico Vaticano II\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40668","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40668","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40668"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40668\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40668"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40668"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40668"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}