{"id":40673,"date":"2016-10-06T14:33:14","date_gmt":"2016-10-06T19:33:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/2-de-octubre-de-2005-xi-asamblea-general-ordinaria-del-sinodo-de-los-obispos\/"},"modified":"2016-10-06T14:33:14","modified_gmt":"2016-10-06T19:33:14","slug":"2-de-octubre-de-2005-xi-asamblea-general-ordinaria-del-sinodo-de-los-obispos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/2-de-octubre-de-2005-xi-asamblea-general-ordinaria-del-sinodo-de-los-obispos\/","title":{"rendered":"2 de octubre de 2005, XI Asamblea General Ordinaria del S\u00ednodo de los Obispos"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SOLEMNE MISA DE APERTURA DE LA<br \/> XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL S&Iacute;NODO DE LOS OBISPOS<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/>Domingo 2 de octubre de 2005 <\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/>queridos hermanos y hermanas:&nbsp; <\/i><\/p>\n<p> La lectura tomada del profeta Isa&iacute;as y el evangelio de este d&iacute;a ponen ante nuestros ojos una de las grandes im&aacute;genes de la sagrada Escritura:&nbsp; la imagen de la vid. En la sagrada Escritura el pan representa todo lo que el hombre necesita para su vida diaria. El agua da fertilidad a la tierra:&nbsp; es el don fundamental, que hace posible la vida. El vino, en cambio, expresa la exquisitez de la creaci&oacute;n, nos da la fiesta, en la que superamos los l&iacute;mites de lo cotidiano:&nbsp; el vino, dice el Salmo, &quot;alegra el coraz&oacute;n&quot;. As&iacute;, el vino y con &eacute;l la vid se han convertido tambi&eacute;n en imagen del don del amor, en el que podemos experimentar de alguna manera el sabor de lo divino. Y as&iacute; la lectura del profeta, que acabamos de escuchar, comienza como c&aacute;ntico de amor:&nbsp; Dios plant&oacute; una vi&ntilde;a. Es una imagen de su historia de amor con la humanidad, de su amor a Israel, que &eacute;l eligi&oacute;. Por consiguiente, el primer pensamiento de las lecturas de hoy es este:&nbsp; al hombre, creado a su imagen, Dios le infundi&oacute; la capacidad de amar y, por tanto, la capacidad de amarlo tambi&eacute;n a &eacute;l, su Creador. <\/p>\n<p> Con el c&aacute;ntico de amor del profeta Isa&iacute;as, Dios quiere hablar al coraz&oacute;n de su pueblo y tambi&eacute;n a cada uno de nosotros. &quot;Te he creado a mi imagen y semejanza&quot;, nos dice. &quot;Yo mismo soy el amor, y t&uacute; eres mi imagen en la medida en que brilla en ti el esplendor del amor, en la medida en que me respondes con amor&quot;. Dios nos espera. Quiere que lo amemos:&nbsp; &iquest;no debe tocar nuestro coraz&oacute;n esta invitaci&oacute;n? Precisamente en esta hora, en la que celebramos la Eucarist&iacute;a, en la que inauguramos el S&iacute;nodo sobre la Eucarist&iacute;a, &eacute;l viene a nuestro encuentro, viene a mi encuentro. &iquest;Hallar&aacute; una respuesta? &iquest;O nos sucede lo que a la vi&ntilde;a de la que habla Isa&iacute;as:&nbsp; Dios &quot;esperaba que diese uvas, pero dio agrazones&quot;? &iquest;Nuestra vida cristiana no es a menudo mucho m&aacute;s vinagre que vino? &iquest;Auto-compasi&oacute;n, conflicto, indiferencia? <\/p>\n<p> Con esto hemos llegado autom&aacute;ticamente al segundo pensamiento fundamental de las lecturas de hoy. Como hemos escuchado, hablan ante todo de la bondad de la creaci&oacute;n de Dios y de la grandeza de la elecci&oacute;n con la que &eacute;l nos busca y nos ama. Pero tambi&eacute;n hablan de la historia desarrollada sucesivamente, del fracaso del hombre. Dios plant&oacute; cepas muy selectas y, sin embargo, dieron agrazones. Y nos preguntamos:&nbsp; &iquest;En qu&eacute; consisten estos agrazones? La uva buena que Dios esperaba -dice el profeta-, ser&iacute;a el derecho y la justicia. En cambio, los agrazones son la violencia, el derramamiento de sangre y la opresi&oacute;n, que hacen sufrir a la gente bajo el yugo de la injusticia. <\/p>\n<p> En el evangelio la imagen cambia:&nbsp; la vid produce uva buena, pero los labradores se quedan con ella. No quieren entreg&aacute;rsela al propietario. Apalean y matan a sus mensajeros y asesinan a su Hijo. Su motivaci&oacute;n es simple:&nbsp; quieren convertirse en propietarios; se apoderan de lo que no les pertenece. En el Antiguo Testamento destaca la acusaci&oacute;n por violaci&oacute;n de la justicia social, el desprecio del hombre por el hombre. Pero, en el fondo, es evidente que despreciar la Torah, el derecho dado por Dios, es despreciar a Dios mismo; s&oacute;lo se quiere gozar del propio poder. <\/p>\n<p> Este aspecto resalta plenamente en la par&aacute;bola de Jes&uacute;s:&nbsp; los labradores no quieren tener un amo, y esos labradores constituyen un espejo tambi&eacute;n para nosotros. Los hombres usurpamos la creaci&oacute;n que, por decirlo as&iacute;, nos ha sido dada para administrarla. Queremos ser sus &uacute;nicos propietarios.<br \/>Queremos poseer el mundo y nuestra misma vida de modo ilimitado. Dios es un estorbo para nosotros. O se hace de &eacute;l una simple frase devota o se lo niega del todo, excluy&eacute;ndolo de la vida p&uacute;blica, de modo que pierda todo significado. La tolerancia que, por decirlo as&iacute;, admite a Dios como opini&oacute;n privada, pero le niega el &aacute;mbito p&uacute;blico, la realidad del mundo y de nuestra vida, no es tolerancia sino hipocres&iacute;a. Sin embargo, donde el hombre se convierte en &uacute;nico amo del mundo y propietario de s&iacute; mismo, no puede existir la justicia. All&iacute; s&oacute;lo puede dominar el arbitrio del poder y de los intereses. Ciertamente, se puede echar al Hijo fuera de la vi&ntilde;a y asesinarlo, para gozar de forma ego&iacute;sta, solos, de los frutos de la tierra. Pero entonces la vi&ntilde;a se transforma muy pronto en un terreno yermo, pisoteado por los jabal&iacute;es, como dice el salmo responsorial (cf. <i>Sal <\/i>79, 14). <\/p>\n<p> As&iacute; llegamos al tercer elemento de las lecturas de hoy. El Se&ntilde;or, tanto en el &nbsp;Antiguo Testamento como en el Nuevo, anuncia el juicio a la vi&ntilde;a infiel. El juicio que Isa&iacute;as preve&iacute;a se realiz&oacute; en las grandes guerras y exilios por obra de los asirios y los babilonios. El juicio anunciado por el Se&ntilde;or Jes&uacute;s se refiere sobre todo a la destrucci&oacute;n de Jerusal&eacute;n en el a&ntilde;o 70. Pero la amenaza de juicio nos ata&ntilde;e tambi&eacute;n a nosotros, a la Iglesia en Europa, a Europa y a Occidente en general. Con este evangelio, el Se&ntilde;or nos dirige tambi&eacute;n a nosotros las palabras que en el Apocalipsis dirigi&oacute; a la Iglesia de &Eacute;feso:&nbsp; &quot;Arrepi&eacute;ntete. (&#8230;) Si no, ir&eacute; donde ti y cambiar&eacute; de su lugar tu candelero&quot; (<i>Ap <\/i>2, 5). Tambi&eacute;n a nosotros nos pueden quitar la luz; por eso, debemos dejar que resuene con toda su seriedad en nuestra alma esa amonestaci&oacute;n, diciendo al mismo tiempo al Se&ntilde;or:&nbsp; &quot;Ay&uacute;danos a convertirnos. Conc&eacute;denos a todos la gracia de una verdadera renovaci&oacute;n. No permitas que se apague tu luz entre nosotros. Afianza nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, para que podamos dar frutos buenos&quot;. <\/p>\n<p> Sin embargo, en este punto nos surge la pregunta:&nbsp; &quot;Pero, &iquest;no hay ninguna promesa, ninguna palabra de consuelo en la lectura y en la p&aacute;gina evang&eacute;lica de hoy? &iquest;La amenaza es la &uacute;ltima palabra?&quot;. &iexcl;No! La promesa existe, y es la &uacute;ltima palabra, la palabra esencial. La escuchamos en el vers&iacute;culo del Aleluya, tomado del evangelio seg&uacute;n san Juan:&nbsp; &quot;Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en m&iacute; y yo en &eacute;l, ese da mucho fruto&quot; (<i>Jn <\/i>15, 5). <\/p>\n<p> Con estas palabras del Se&ntilde;or, san Juan nos ilustra el desenlace &uacute;ltimo, el verdadero desenlace de la historia de la vi&ntilde;a de Dios. Dios no fracasa. Al final, &eacute;l vence, vence el amor. En la par&aacute;bola de la vi&ntilde;a propuesta por el evangelio de hoy y en sus palabras conclusivas se encuentra ya una velada alusi&oacute;n a esta verdad. Tambi&eacute;n all&iacute; la muerte del Hijo no es tampoco el fin de la historia, aunque no se narra directamente el desenlace del relato. Pero Jes&uacute;s expresa esta muerte mediante una nueva imagen tomada del Salmo:&nbsp; &quot;La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular&quot; (<i>Mt<\/i> 21, 42; <i>Sal <\/i>117, 22). De la muerte del Hijo brota la vida, se forma un nuevo edificio, una nueva vi&ntilde;a. &Eacute;l, que en Can&aacute; transform&oacute; el agua en vino, convirti&oacute; su sangre en el vino del verdadero amor, y as&iacute; convierte el vino en su sangre. En el Cen&aacute;culo anticip&oacute; su muerte, y la transform&oacute; en el don de s&iacute; mismo, en un acto de amor radical. Su sangre es don, es amor y, por eso, es el verdadero vino que el Creador esperaba. De este modo, Cristo mismo se ha convertido en la vid, y esta vid da siempre buen fruto:&nbsp; la presencia de su amor por nosotros, que es indestructible. <\/p>\n<p> As&iacute;, estas par&aacute;bolas desembocan al final en el misterio de la Eucarist&iacute;a, en la que el Se&ntilde;or nos da el pan de la vida y el vino de su amor, y nos invita a la fiesta del amor eterno. Celebramos la Eucarist&iacute;a con la certeza de que su precio fue la muerte del Hijo, el sacrificio de su vida, que en ella sigue presente. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este c&aacute;liz, anunciamos la muerte del Se&ntilde;or hasta que vuelva, dice san Pablo (cf. <i>1 Co <\/i>11, 26). Pero sabemos tambi&eacute;n que de esta muerte brota la vida, porque Jes&uacute;s la transform&oacute; en un gesto de ofrenda, en un acto de amor, cambi&aacute;ndola as&iacute; profundamente:&nbsp; el amor ha vencido a la muerte. En la santa Eucarist&iacute;a, &eacute;l, desde la cruz, nos atrae a todos hacia s&iacute; (cf. <i>Jn <\/i>12, 32) y nos convierte en sarmientos de la vid, que es &eacute;l mismo. Si permanecemos unidos a &eacute;l, entonces daremos fruto tambi&eacute;n nosotros, entonces ya no produciremos el vinagre de la autosuficiencia, del descontento de Dios y de su creaci&oacute;n, sino el vino bueno de la alegr&iacute;a en Dios y del amor al pr&oacute;jimo. Pidamos al Se&ntilde;or que nos conceda su gracia, para que en las tres semanas del S&iacute;nodo que estamos iniciando no s&oacute;lo digamos cosas hermosas sobre la Eucarist&iacute;a, sino que sobre todo vivamos de su fuerza. Invoquemos este don por medio de Mar&iacute;a, queridos padres sinodales, a quienes saludo con gran afecto, as&iacute; como a las diversas comunidades de las que proven&iacute;s y que aqu&iacute; represent&aacute;is, para que, d&oacute;ciles a la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo, podamos ayudar al mundo a convertirse, en Cristo y con Cristo, en la vid fecunda de Dios.<br \/>Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2005 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SOLEMNE MISA DE APERTURA DE LA XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL S&Iacute;NODO DE LOS OBISPOS HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica VaticanaDomingo 2 de octubre de 2005 &nbsp; Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:&nbsp; La lectura tomada del profeta Isa&iacute;as y el evangelio de este d&iacute;a ponen ante &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/2-de-octubre-de-2005-xi-asamblea-general-ordinaria-del-sinodo-de-los-obispos\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab2 de octubre de 2005, XI Asamblea General Ordinaria del S\u00ednodo de los Obispos\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40673","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40673","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40673"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40673\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40673"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40673"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40673"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}