{"id":40674,"date":"2016-10-06T14:33:15","date_gmt":"2016-10-06T19:33:15","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-agosto-de-2005-santa-misa-en-la-explanada-di-marienfeld-xx-jornada-mundial-de-la-juventud\/"},"modified":"2016-10-06T14:33:15","modified_gmt":"2016-10-06T19:33:15","slug":"21-de-agosto-de-2005-santa-misa-en-la-explanada-di-marienfeld-xx-jornada-mundial-de-la-juventud","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-agosto-de-2005-santa-misa-en-la-explanada-di-marienfeld-xx-jornada-mundial-de-la-juventud\/","title":{"rendered":"21 de agosto de 2005, Santa Misa en la explanada di Marienfeld &#8211; XX Jornada Mundial de la Juventud"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <b><font color=\"#663300\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A COLONIA <br \/>CON MOTIVO DE LA XX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><b>SANTA MISA<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i>Colonia &#8211; E<\/i><\/font><i><font color=\"#663300\">xplanada de Marienfeld<br \/>Domingo 21 de agosto de 2005<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Palabras del Papa Benedicto XVI al inicio de la solemne concelebraci&oacute;n <\/i><\/p>\n<p><i>Querido cardenal Meisner; <br \/>queridos j&oacute;venes:<\/i>&nbsp; <\/p>\n<p> Quisiera agradecerte cordialmente, querido hermano en el episcopado, tus conmovedoras palabras, que nos introducen tan oportunamente en esta celebraci&oacute;n lit&uacute;rgica. Habr&iacute;a querido recorrer en el coche descubierto toda la explanada, a lo largo y a lo ancho, para estar lo m&aacute;s cerca posible de cada uno. <\/p>\n<p> El mal estado de los pasillos no lo ha permitido. Pero os saludo a cada uno de todo coraz&oacute;n. El Se&ntilde;or ve y ama a cada persona. Todos juntos formamos la Iglesia viva y damos gracias al Se&ntilde;or por esta hora en la que nos dona el misterio de su presencia y la posibilidad de estar en comuni&oacute;n con &eacute;l. <\/p>\n<p> Todos sabemos que somos imperfectos, que no podemos ser para &eacute;l una casa adecuada. Por eso comenzamos la santa misa recogi&eacute;ndonos y rogando al Se&ntilde;or que elimine en nosotros todo lo que nos separa de &eacute;l y lo que nos separa unos de otros, y as&iacute; nos conceda celebrar dignamente los santos misterios. <\/p>\n<p align=\"center\">* * *<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Queridos j&oacute;venes:<\/i>&nbsp; <\/p>\n<p> Ante la sagrada Hostia, en la cual Jes&uacute;s se ha hecho pan para nosotros, que interiormente sostiene y nutre nuestra vida (cf. <i>Jn<\/i> 6, 35), comenzamos ayer por la tarde el camino interior de la adoraci&oacute;n. En la Eucarist&iacute;a la adoraci&oacute;n debe llegar a ser uni&oacute;n. Con la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica nos encontramos en aquella &quot;hora&quot; de Jes&uacute;s, de la cual habla el evangelio de san Juan. Mediante la Eucarist&iacute;a, esta &quot;hora&quot; suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con los disc&iacute;pulos, &eacute;l celebr&oacute; la cena pascual de Israel, el memorial de la acci&oacute;n liberadora de Dios que hab&iacute;a guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jes&uacute;s sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oraci&oacute;n de alabanza y bendici&oacute;n. Sin embargo, sucede algo nuevo. Da gracias a Dios non solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltaci&oacute;n que se realizar&aacute; mediante la cruz y la Resurrecci&oacute;n, dirigi&eacute;ndose a los disc&iacute;pulos tambi&eacute;n con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas:&nbsp; &quot;Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este c&aacute;liz es la nueva alianza sellada con mi Sangre&quot;. Y as&iacute; distribuye el pan y el c&aacute;liz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento. <\/p>\n<p> &iquest;Qu&eacute; est&aacute; sucediendo? &iquest;C&oacute;mo Jes&uacute;s puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo m&aacute;s &iacute;ntimo y la transforma en una acci&oacute;n de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal <font face=\"Times New Roman\">&#x2015;<\/font>la crucifixi&oacute;n&#x2015;, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformaci&oacute;n sustancial que se realiz&oacute; en el Cen&aacute;culo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo &uacute;ltimo fin &nbsp;es &nbsp;la &nbsp;transformaci&oacute;n &nbsp;del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf.<i>&nbsp;1&nbsp;Co<\/i> 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su coraz&oacute;n, de alg&uacute;n modo, un cambio, una transformaci&oacute;n del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformaci&oacute;n capaz de renovar verdaderamente el mundo:&nbsp; la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. Dado que este acto convierte la muerte en amor, la muerte como tal est&aacute; ya, desde su interior, superada; en ella est&aacute; ya presente la resurrecci&oacute;n. La muerte ha sido, por as&iacute; decir, profundamente herida, tanto que, de ahora en adelante, no puede ser la &uacute;ltima palabra. <\/p>\n<p> Esta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros, la fisi&oacute;n nuclear llevada en lo m&aacute;s &iacute;ntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta &iacute;ntima explosi&oacute;n del bien que vence al mal puede suscitar despu&eacute;s la cadena de transformaciones que poco a poco cambiar&aacute;n el mundo. Todos los dem&aacute;s cambios son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redenci&oacute;n:&nbsp; lo que desde lo m&aacute;s &iacute;ntimo era necesario ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jes&uacute;s puede distribuir su Cuerpo, porque se entrega realmente a s&iacute; mismo. <\/p>\n<p> Esta primera transformaci&oacute;n fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida lleva consigo las dem&aacute;s transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformaci&oacute;n no puede detenerse, antes bien, es aqu&iacute; donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que tambi&eacute;n nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consangu&iacute;neos. Todos comemos el &uacute;nico pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoraci&oacute;n, como hemos dicho, llega a ser, de este modo, uni&oacute;n. Dios no solamente est&aacute; frente a nosotros, como el totalmente Otro. Est&aacute; dentro de nosotros, y nosotros estamos en &eacute;l. Su din&aacute;mica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los dem&aacute;s y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro una alusi&oacute;n muy bella a este nuevo paso que la &uacute;ltima Cena nos indica con la diferente acepci&oacute;n de la palabra &quot;adoraci&oacute;n&quot; en griego y en lat&iacute;n. La palabra griega es <i>proskynesis<\/i>. Significa el gesto<i> <\/i>de sumisi&oacute;n, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente aut&oacute;nomo, sino orientarse seg&uacute;n la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra s&oacute;lo ser&aacute; posible en el segundo paso que nos presenta la &uacute;ltima Cena. La palabra latina para adoraci&oacute;n es <i>ad-oratio<\/i>, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisi&oacute;n se hace uni&oacute;n, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. As&iacute; la sumisi&oacute;n adquiere sentido, porque no nos impone cosas extra&ntilde;as, sino que nos libera desde lo m&aacute;s &iacute;ntimo de nuestro ser. <\/p>\n<p> Volvamos de nuevo a la &uacute;ltima Cena. La novedad que all&iacute; se verific&oacute;, estaba en la nueva profundidad de la antigua oraci&oacute;n de bendici&oacute;n de Israel, que ahora se hac&iacute;a palabra de transformaci&oacute;n y nos conced&iacute;a el poder participar en la &quot;hora&quot; de Cristo. Jes&uacute;s no nos ha encargado la tarea de repetir la Cena pascual que, por otra parte, en cuanto aniversario, no es repetible a voluntad. Nos ha dado la tarea de entrar en su &quot;hora&quot;. Entramos en ella mediante la palabra del poder sagrado de la consagraci&oacute;n, una transformaci&oacute;n que se realiza mediante la oraci&oacute;n de alabanza, que nos sit&uacute;a en continuidad con Israel y con toda la historia de la salvaci&oacute;n, y al mismo tiempo nos concede la novedad hacia la cual aquella oraci&oacute;n tend&iacute;a por su &iacute;ntima naturaleza. <\/p>\n<p> Esta oraci&oacute;n, llamada por la Iglesia &quot;plegaria eucar&iacute;stica&quot;, hace presente la Eucarist&iacute;a. Es palabra de poder, que transforma los dones de la tierra de modo totalmente nuevo en la donaci&oacute;n de Dios mismo y que nos compromete en este proceso de transformaci&oacute;n. Por eso llamamos a este acontecimiento Eucarist&iacute;a, que es la traducci&oacute;n de la palabra hebrea <i>beracha, <\/i>agradecimiento, alabanza, bendici&oacute;n, y asimismo transformaci&oacute;n a partir del Se&ntilde;or:&nbsp; presencia de su &quot;hora&quot;. La hora de Jes&uacute;s es la hora en la cual vence el amor. En otras palabras:&nbsp; es Dios quien ha vencido, porque &eacute;l es Amor. La hora de Jes&uacute;s quiere llegar a ser nuestra hora y lo ser&aacute;, si nosotros, mediante la celebraci&oacute;n de la Eucarist&iacute;a, nos dejamos arrastrar por aquel proceso de transformaciones que el Se&ntilde;or pretende. La Eucarist&iacute;a debe llegar a ser el centro de nuestra vida. <\/p>\n<p> No se trata de positivismo o ansia de poder, cuando la Iglesia nos dice que la Eucarist&iacute;a es parte del domingo. En la ma&ntilde;ana de Pascua, primero las mujeres y luego los disc&iacute;pulos tuvieron la gracia de ver al Se&ntilde;or. Desde entonces supieron que el primer d&iacute;a de la semana, el domingo, ser&iacute;a el d&iacute;a de &eacute;l, de Cristo. El d&iacute;a del inicio de la creaci&oacute;n ser&iacute;a el d&iacute;a de la renovaci&oacute;n de la creaci&oacute;n. Creaci&oacute;n y redenci&oacute;n caminan juntas. Por esto es tan importante el domingo. Est&aacute; bien que hoy, en muchas culturas, el domingo sea un d&iacute;a libre o, juntamente con el s&aacute;bado, constituya el denominado &quot;fin de semana&quot; libre. Pero este tiempo libre permanece vac&iacute;o si en &eacute;l no est&aacute; Dios. <\/p>\n<p> Queridos amigos, a veces, en principio, puede resultar inc&oacute;modo tener que programar en el domingo tambi&eacute;n la misa. Pero si tom&aacute;is este compromiso, constatar&eacute;is m&aacute;s tarde que es exactamente esto lo que da sentido al tiempo libre. No os dej&eacute;is disuadir de participar en la Eucarist&iacute;a dominical y ayudad tambi&eacute;n a los dem&aacute;s a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegr&iacute;a que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez m&aacute;s profundamente, debemos aprender a amarla. Compromet&aacute;monos a ello, &iexcl;vale la pena!<br \/>Descubramos la &iacute;ntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza:&nbsp; no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucarist&iacute;a redescubrir&eacute;is tambi&eacute;n el sacramento de la Reconciliaci&oacute;n, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida. <\/p>\n<p> Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia &eacute;l. Una gran alegr&iacute;a no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extra&ntilde;o olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin &eacute;l. Pero al mismo tiempo existe tambi&eacute;n un sentimiento de frustraci&oacute;n, de insatisfacci&oacute;n de todo y de todos. Dan ganas de exclamar:&nbsp; &iexcl;No es posible que la vida sea as&iacute;! Verdaderamente no. Y de este modo, junto al olvido de Dios existe como un &quot;boom&quot; de lo religioso. No quiero desacreditar todo lo que se sit&uacute;a en este contexto. Puede darse tambi&eacute;n la alegr&iacute;a sincera del descubrimiento. Pero, a menudo la religi&oacute;n se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que agrada, y algunos saben tambi&eacute;n sacarle provecho. Pero la religi&oacute;n buscada a la &quot;medida de cada uno&quot; a la postre no nos ayuda. Es c&oacute;moda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino:&nbsp; Jesucristo. <\/p>\n<p> Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez mejor para poder guiar tambi&eacute;n, de modo convincente, a los dem&aacute;s hacia &eacute;l. Por esto es tan importante el amor a la sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura. Es el Esp&iacute;ritu Santo el que gu&iacute;a a la Iglesia en su fe creciente y la ha hecho y hace penetrar cada vez m&aacute;s en las profundidades de la verdad (cf. <i>Jn<\/i> 16, 13). El Papa Juan Pablo II nos ha dejado una obra maravillosa, en la cual la fe secular se explica sint&eacute;ticamente:&nbsp; el <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/ESL0022\/_INDEX.HTM\">Catecismo de la Iglesia cat&oacute;lica<\/a><\/i>. Yo mismo, recientemente, he presentado el <i>Compendio<\/i> de ese Catecismo, que ha sido elaborado a petici&oacute;n del difunto Papa. Son dos libros fundamentales que querr&iacute;a recomendaros a todos vosotros. <\/p>\n<p> Obviamente, los libros por s&iacute; solos no bastan. Construid comunidades basadas en la fe. En los &uacute;ltimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Buscad la comuni&oacute;n en la fe como compa&ntilde;eros de camino que juntos contin&uacute;an el itinerario de la gran peregrinaci&oacute;n que primero nos se&ntilde;alaron los Magos de Oriente. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comuni&oacute;n con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se est&aacute;n buscando senderos particulares, sino que a su vez se est&aacute; viviendo en aquella gran familia de Dios que el Se&ntilde;or ha fundado con los doce Ap&oacute;stoles. <\/p>\n<p> Una vez m&aacute;s, debo volver a la Eucarist&iacute;a. &quot;Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan&quot;, dice san Pablo (<i>1 Co<\/i> 10, 17). Con esto quiere decir:&nbsp; puesto que recibimos al mismo Se&ntilde;or y &eacute;l nos acoge y nos atrae hacia s&iacute;, seamos tambi&eacute;n una sola cosa entre nosotros. Esto debe manifestarse en la vida. Debe mostrarse en la capacidad de perd&oacute;n. Debe manifestarse en la sensibilidad hacia las necesidades de los dem&aacute;s. Debe manifestarse en la disponibilidad para compartir. Debe manifestarse en el compromiso con el pr&oacute;jimo, tanto con el cercano como con el externamente lejano, que, sin embargo, nos ata&ntilde;e siempre de cerca. <\/p>\n<p> Existen hoy formas de voluntariado, modelos de servicio mutuo, de los cuales justamente nuestra sociedad tiene necesidad urgente. No debemos, por ejemplo, abandonar a los ancianos en su soledad, no debemos pasar de largo ante los que sufren. Si pensamos y vivimos en virtud de la comuni&oacute;n con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos m&aacute;s a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos d&oacute;nde y c&oacute;mo somos necesarios. Viviendo y actuando as&iacute; nos daremos cuenta bien pronto que es mucho m&aacute;s bello ser &uacute;tiles y estar a disposici&oacute;n de los dem&aacute;s que preocuparse s&oacute;lo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo s&eacute; que vosotros como j&oacute;venes aspir&aacute;is a cosas grandes, que quer&eacute;is comprometeros por un mundo mejor. Demostr&aacute;dselo a los hombres, demostr&aacute;dselo al mundo, que espera exactamente este testimonio de los disc&iacute;pulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante vuestro amor, podr&aacute; descubrir la estrella que como creyentes seguimos. <\/p>\n<p> &iexcl;Caminemos con Cristo y vivamos nuestra vida como verdaderos adoradores de Dios! Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2005 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A COLONIA CON MOTIVO DE LA XX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD SANTA MISA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Colonia &#8211; Explanada de MarienfeldDomingo 21 de agosto de 2005 &nbsp; Palabras del Papa Benedicto XVI al inicio de la solemne concelebraci&oacute;n Querido cardenal Meisner; queridos j&oacute;venes:&nbsp; Quisiera agradecerte cordialmente, querido hermano en &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-agosto-de-2005-santa-misa-en-la-explanada-di-marienfeld-xx-jornada-mundial-de-la-juventud\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab21 de agosto de 2005, Santa Misa en la explanada di Marienfeld &#8211; XX Jornada Mundial de la Juventud\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40674","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40674","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40674"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40674\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40674"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40674"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40674"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}