{"id":40676,"date":"2016-10-06T14:33:18","date_gmt":"2016-10-06T19:33:18","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-2005-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo\/"},"modified":"2016-10-06T14:33:18","modified_gmt":"2016-10-06T19:33:18","slug":"29-de-junio-de-2005-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-2005-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo\/","title":{"rendered":"29 de junio de 2005, Solemnidad de san Pedro y san Pablo"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <br \/> DURANTE LA CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA <br \/>EN LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO<\/font><\/b><\/p>\n<p>Mi&eacute;rcoles 29 de junio de 2005<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:&nbsp; <\/i><\/p>\n<p> La fiesta de San Pedro y San Pablo, ap&oacute;stoles, es una grata memoria de los grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, una solemne confesi&oacute;n de fe en la Iglesia <i>una, santa, cat&oacute;lica y apost&oacute;lica<\/i>. <br \/> Ante todo es una fiesta de la <i>catolicidad<\/i>. El signo de Pentecost&eacute;s &#x2015;la nueva comunidad que habla en todas las lenguas y une a todos los pueblos en un &uacute;nico pueblo, en una familia de Dios&#x2015; se ha hecho realidad. Nuestra asamblea lit&uacute;rgica, en la que se encuentran reunidos obispos procedentes de todas las partes del mundo, personas de numerosas culturas y naciones, es una imagen de la familia de la Iglesia extendida por toda la tierra. Los extranjeros se han convertido en amigos; superando todos los confines, nos reconocemos hermanos. As&iacute; se ha cumplido la misi&oacute;n de san Pablo, que estaba convencido de ser &quot;ministro de Cristo Jes&uacute;s para con los gentiles, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Esp&iacute;ritu Santo, agrade a Dios&quot; (<i>Rm<\/i> 15, 16). <\/p>\n<p> La finalidad de la misi&oacute;n es una humanidad transformada en una glorificaci&oacute;n viva de Dios, el culto verdadero que Dios espera:&nbsp; este es el sentido m&aacute;s profundo de la <i>catolicidad<\/i>, una <i>catolicidad <\/i>que ya nos ha sido donada y hacia la cual, sin embargo, debemos avanzar siempre de nuevo. <i> Catolicidad<\/i> no s&oacute;lo expresa una dimensi&oacute;n horizontal, la reuni&oacute;n de muchas personas en la unidad; tambi&eacute;n entra&ntilde;a una dimensi&oacute;n vertical:&nbsp; s&oacute;lo dirigiendo nuestra mirada a Dios, s&oacute;lo abri&eacute;ndonos a &eacute;l, podemos llegar a ser realmente uno. Como san Pablo, tambi&eacute;n san Pedro vino a Roma, a la ciudad a donde conflu&iacute;an todos los pueblos y que, precisamente por eso, pod&iacute;a convertirse, antes que cualquier otra, en manifestaci&oacute;n de la universalidad del Evangelio. Al emprender el viaje de Jerusal&eacute;n a Roma, ciertamente sab&iacute;a que lo guiaban las palabras de los profetas, la fe y la oraci&oacute;n de Israel. <\/p>\n<p> En efecto, la misi&oacute;n hacia todo el mundo tambi&eacute;n forma parte del anuncio de la antigua alianza:&nbsp; el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasi&oacute;n, el salmo 21, cuyo primer vers&iacute;culo &quot;Dios m&iacute;o, Dios m&iacute;o, &iquest;por qu&eacute; me has abandonado?&quot; pronunci&oacute; Jes&uacute;s en la cruz, terminaba con la visi&oacute;n:&nbsp; &quot;Volver&aacute;n al Se&ntilde;or de todos los confines del orbe; en su presencia se postrar&aacute;n las familias de los pueblos&quot; (<i>Sal<\/i> 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Se&ntilde;or, que hab&iacute;a iniciado ese salmo en la cruz, hab&iacute;a resucitado; ahora se deb&iacute;a anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo as&iacute; la promesa con la que conclu&iacute;a el Salmo. <br \/> <i>Catolicidad<\/i> significa <i>universalidad<\/i>, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la <i>universalidad<\/i> de la Iglesia nos han explicado que de esta <i>unidad<\/i> forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a s&iacute; mismos para mirar hacia el &uacute;nico Dios. <\/p>\n<p> El fundador de la teolog&iacute;a cat&oacute;lica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expres&oacute; de un modo muy hermoso este v&iacute;nculo entre catolicidad y unidad:&nbsp; &quot;la Iglesia recibi&oacute; esta predicaci&oacute;n y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo coraz&oacute;n, y la predica, ense&ntilde;a y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, seg&uacute;n las diversas regiones, pero la fuerza de la tradici&oacute;n es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de Espa&ntilde;a, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, as&iacute; como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, as&iacute; como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, as&iacute; tambi&eacute;n la luz de la predicaci&oacute;n de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad&quot; (<i>Adversus haereses<\/i>, I, 10, 2). <\/p>\n<p> La <i>unidad<\/i> de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el &uacute;nico Dios del cielo y de la tierra, se nos manifest&oacute;; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando &eacute;l se nos manifest&oacute; y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos revel&oacute; a s&iacute; mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. <i>Catolicidad<\/i> y <i>unidad<\/i> van juntas. Y la <i> unidad<\/i> tiene un contenido:&nbsp; la fe que los Ap&oacute;stoles nos transmitieron de parte de Cristo. <\/p>\n<p> Me alegra haber entregado a la Iglesia ayer <font face=\"Times New Roman\">&#x2015;<\/font>en la fiesta de san Ireneo y en la v&iacute;spera de la solemnidad de San Pedro y San Pablo&#x2015; una nueva gu&iacute;a para la transmisi&oacute;n de la fe, que nos ayuda a conocer mejor y tambi&eacute;n a vivir mejor la fe que nos une:&nbsp; el <i>Compendio del Catecismo de la Iglesia cat&oacute;lica<\/i>. Lo que en el gran Catecismo, mediante los testimonios de los santos de todos los siglos y con las reflexiones maduradas en la teolog&iacute;a, se presenta de manera detallada, aqu&iacute;, en este libro, se encuentra recapitulado en sus contenidos esenciales, que luego se han de traducir al lenguaje diario y se han de concretar siempre de nuevo. <\/p>\n<p> El libro est&aacute; estructurado en forma de di&aacute;logo, con preguntas y respuestas; catorce im&aacute;genes asociadas a los diversos campos de la fe invitan a la contemplaci&oacute;n y a la meditaci&oacute;n. Resumen, por decir as&iacute;, de modo visible lo que la palabra desarrolla detalladamente. Al inicio est&aacute; un icono de Cristo del siglo VI, que se encuentra en el monte Athos y representa a Cristo en su dignidad de Se&ntilde;or de la tierra, pero a la vez como heraldo del Evangelio, que lleva en la mano. &quot;Yo soy el que soy&quot; &#x2015;este misterioso nombre de Dios, propuesto en la antigua alianza&#x2015; se halla escrito all&iacute; como su nombre propio:&nbsp; todo lo que existe viene de &eacute;l; &eacute;l es la fuente originaria de todo ser. Y por ser &uacute;nico, tambi&eacute;n est&aacute; siempre presente, siempre est&aacute; cerca de nosotros y, al mismo tiempo, siempre nos precede, como &quot;se&ntilde;al&quot; en el camino de nuestra vida; m&aacute;s a&uacute;n, &eacute;l mismo es el camino. <\/p>\n<p> No se puede leer este libro como se lee una novela. Hace falta meditarlo con calma en cada una de sus partes, dejando que su contenido, mediante las im&aacute;genes, penetre en el alma. Espero que as&iacute; sea acogido, a fin de que se convierta en una buena gu&iacute;a para la transmisi&oacute;n de la fe. <br \/> Hemos dicho que <i>catolicidad<\/i> de la Iglesia y <i>unidad <\/i>de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Ap&oacute;stoles nos indica ya la caracter&iacute;stica sucesiva de la Iglesia:&nbsp; <i>apost&oacute;lica.<\/i> &iquest;Qu&eacute; significa? <\/p>\n<p> El Se&ntilde;or instituy&oacute; doce Ap&oacute;stoles, como eran doce los hijos de Jacob, se&ntilde;al&aacute;ndolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jes&uacute;s llam&oacute; a los Ap&oacute;stoles para que &quot;estuvieran&nbsp;con&nbsp;&eacute;l&nbsp;y tambi&eacute;n para enviarlos&quot; (<i>Mc<\/i> 3, 14). Casi parece una contradicci&oacute;n. Nosotros dir&iacute;amos:&nbsp; o est&aacute;n con &eacute;l o son enviados y&nbsp;se&nbsp;ponen&nbsp;en camino. <\/p>\n<p> El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los &aacute;ngeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicci&oacute;n. Dice que los &aacute;ngeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, est&aacute;n siempre en presencia de Dios, y contin&uacute;a:&nbsp; &quot;Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios&quot; (<i>Homil&iacute;a<\/i> 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como &quot;&aacute;ngeles&quot; de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicaci&oacute;n:&nbsp; los Ap&oacute;stoles y sus sucesores deber&iacute;an estar siempre en presencia del Se&ntilde;or y precisamente as&iacute;, dondequiera que vayan, estar&aacute;n siempre en comuni&oacute;n con &eacute;l y vivir&aacute;n de esa comuni&oacute;n. <\/p>\n<p> La Iglesia es <i>apost&oacute;lica<\/i> porque confiesa la fe de los Ap&oacute;stoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Se&ntilde;or, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misi&oacute;n apost&oacute;lica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a s&iacute; mismo como &quot;co-presb&iacute;tero&quot; con los presb&iacute;teros a los que escribe (cf. <i>1 P<\/i> 5, 1). As&iacute; expres&oacute; el principio de la sucesi&oacute;n apost&oacute;lica:&nbsp; el mismo ministerio que &eacute;l hab&iacute;a recibido del Se&ntilde;or prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenaci&oacute;n sacerdotal. La palabra de Dios no es s&oacute;lo escrita; gracias a los testigos que el Se&ntilde;or, por el sacramento, insert&oacute; en el ministerio apost&oacute;lico,&nbsp;sigue siendo&nbsp;palabra viva. <\/p>\n<p> As&iacute; ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos en el episcopado. Os saludo con afecto, juntamente con vuestros familiares y con los peregrinos de las respectivas di&oacute;cesis. Est&aacute;is a punto de recibir el palio de manos del Sucesor de Pedro. Lo hemos hecho bendecir, como por el mismo san Pedro, poni&eacute;ndolo junto a su tumba. Ahora es expresi&oacute;n de nuestra responsabilidad com&uacute;n ante el &quot;Pastor supremo&quot;, Jesucristo, del que habla san Pedro (cf. <i>1 P<\/i> 5, 4). <\/p>\n<p> El palio es expresi&oacute;n de nuestra misi&oacute;n apost&oacute;lica. Es expresi&oacute;n de nuestra comuni&oacute;n, que en el ministerio petrino tiene su garant&iacute;a visible. Con la <i> unidad<\/i>, al igual que con la <i>apostolicidad<\/i>, est&aacute; unido el servicio petrino, que re&uacute;ne visiblemente a la Iglesia de todas las partes y de todos los tiempos, impidi&eacute;ndonos de este modo a cada uno de nosotros caer en falsas autonom&iacute;as, que con demasiada facilidad se transforman en particularizaciones de la Iglesia y as&iacute; pueden poner en peligro su independencia. <\/p>\n<p> Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que &quot;lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud&quot;, de modo que crezca el cuerpo de Cristo &quot;para construcci&oacute;n de s&iacute; mismo en el amor&quot; (<i>Ef<\/i> 4, 13.&nbsp;16). <\/p>\n<p> Desde esta perspectiva, saludo con afecto y gratitud a la delegaci&oacute;n de la Iglesia ortodoxa de Constantinopla, que ha enviado el Patriarca ecum&eacute;nico Bartolom&eacute; I, al que dirijo un saludo cordial. Encabezada por el metropolita Ioannis, ha venido a nuestra fiesta y participa en nuestra celebraci&oacute;n. Aunque a&uacute;n no estamos de acuerdo en la cuesti&oacute;n de la interpretaci&oacute;n y el alcance del ministerio petrino, estamos juntos en la sucesi&oacute;n apost&oacute;lica, estamos profundamente unidos unos a otros por el ministerio episcopal y por el sacramento del sacerdocio, y confesamos juntos la fe de los Ap&oacute;stoles como se nos ha transmitido en la Escritura y como ha sido interpretada en los grandes concilios. <\/p>\n<p> En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero tambi&eacute;n rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misi&oacute;n com&uacute;n de testimoniar juntos a Cristo nuestro Se&ntilde;or y, sobre la base de la <i>unidad<\/i> que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro coraz&oacute;n al Se&ntilde;or que nos gu&iacute;e a la <i>unidad <\/i>plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la &uacute;nica que puede crear la <i>unidad<\/i>, sea de nuevo visible en el mundo. <\/p>\n<p> El evangelio de este d&iacute;a nos habla de la confesi&oacute;n de san Pedro, con la que inici&oacute; la Iglesia:&nbsp; &quot;T&uacute; eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo&quot; (<i>Mt<\/i> 16, 16). He hablado de la Iglesia <i>una, cat&oacute;lica <\/i>y <i>apost&oacute;lica<\/i>, pero no lo he hecho a&uacute;n de la Iglesia <i>santa<\/i>; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesi&oacute;n de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono:&nbsp; &quot;Nosotros creemos y sabemos que t&uacute; eres el Santo de Dios&quot; (<i>Jn<\/i> 6, 69). &iquest;Qu&eacute; significa? Jes&uacute;s, en la gran oraci&oacute;n sacerdotal, dice que se santifica por los disc&iacute;pulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf.<i>&nbsp;Jn <\/i>17, 19). De esta forma Jes&uacute;s expresa impl&iacute;citamente su funci&oacute;n de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del &quot;D&iacute;a de la reconciliaci&oacute;n&quot;, ya no s&oacute;lo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre. <\/p>\n<p> En el Antiguo Testamento, las palabras &quot;el Santo de Dios&quot; indicaban a Aar&oacute;n como sumo sacerdote que ten&iacute;a la misi&oacute;n de realizar la santificaci&oacute;n de Israel (cf. <i>Sal<\/i> 105, 16; <i>Si<\/i> 45, 6). La confesi&oacute;n de Pedro en favor de Cristo, a quien llama &quot;el Santo de Dios&quot;, est&aacute; en el contexto del discurso eucar&iacute;stico, en el cual Jes&uacute;s anuncia el gran D&iacute;a de la reconciliaci&oacute;n mediante la ofrenda de s&iacute; mismo en sacrificio:&nbsp; &quot;El pan que yo dar&eacute; es mi carne para la vida del mundo&quot; (<i>Jn<\/i> 6, 51). <\/p>\n<p> As&iacute;, sobre el tel&oacute;n de fondo de esa confesi&oacute;n, est&aacute; el misterio sacerdotal de Jes&uacute;s, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es <i>santa<\/i> por s&iacute; misma, pues est&aacute; compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. M&aacute;s bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no s&oacute;lo ha hablado; adem&aacute;s, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelaci&oacute;n, que en cierto modo ha infligido las heridas al coraz&oacute;n de Dios mismo. As&iacute; pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo:&nbsp; &quot;Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me am&oacute; y se entreg&oacute; a s&iacute; mismo por m&iacute;&quot; (<i>Ga<\/i> 2, 20). <\/p>\n<p> Pidamos al Se&ntilde;or que la verdad de estas palabras penetre profundamente, con su alegr&iacute;a y con su responsabilidad, en nuestro coraz&oacute;n. Pid&aacute;mosle que, irradi&aacute;ndose desde la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica, sea cada vez m&aacute;s la fuerza que transforme nuestra vida. <\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2005 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI DURANTE LA CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO Mi&eacute;rcoles 29 de junio de 2005 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas:&nbsp; La fiesta de San Pedro y San Pablo, ap&oacute;stoles, es una grata memoria de los grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, una solemne &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-2005-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab29 de junio de 2005, Solemnidad de san Pedro y san Pablo\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40676","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40676","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40676"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40676\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40676"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40676"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40676"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}