{"id":40679,"date":"2016-10-06T14:33:22","date_gmt":"2016-10-06T19:33:22","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-mayo-de-2005-solemnidad-de-pentecostes-ordenacion-sacerdotal-de-diaconos-de-la-diocesis-de-roma\/"},"modified":"2016-10-06T14:33:22","modified_gmt":"2016-10-06T19:33:22","slug":"15-de-mayo-de-2005-solemnidad-de-pentecostes-ordenacion-sacerdotal-de-diaconos-de-la-diocesis-de-roma","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-mayo-de-2005-solemnidad-de-pentecostes-ordenacion-sacerdotal-de-diaconos-de-la-diocesis-de-roma\/","title":{"rendered":"15 de mayo de 2005: Solemnidad de Pentecost\u00e9s &#8211; Ordenaci\u00f3n sacerdotal de di\u00e1conos de la di\u00f3cesis de Roma"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">MISA CON ORDENACIONES SACERDOTALES<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<br \/><\/font><\/b><br \/>Domingo 15 de mayo de 2005<br \/>Solemnidad de Pentecost&eacute;s <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/>queridos ordenandos; <br \/>queridos hermanos y hermanas:&nbsp; <\/i><\/p>\n<p> La primera lectura y el evangelio del domingo de Pentecost&eacute;s nos presentan dos grandes im&aacute;genes de la misi&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo. La lectura de los Hechos de los Ap&oacute;stoles narra c&oacute;mo el Esp&iacute;ritu Santo, el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s, bajo los signos de un viento impetuoso y del fuego, irrumpe en la comunidad orante de los disc&iacute;pulos de Jes&uacute;s y as&iacute; da origen a la Iglesia. <\/p>\n<p> Para Israel, Pentecost&eacute;s se hab&iacute;a transformado de fiesta de la cosecha en fiesta conmemorativa de la conclusi&oacute;n de la alianza en el Sina&iacute;. Dios hab&iacute;a mostrado su presencia al pueblo a trav&eacute;s del viento y del fuego, despu&eacute;s le hab&iacute;a dado su ley, los diez mandamientos. S&oacute;lo as&iacute; la obra de liberaci&oacute;n, que comenz&oacute; con el &eacute;xodo de Egipto, se hab&iacute;a cumplido plenamente:&nbsp; la libertad humana es siempre una libertad compartida, un conjunto de libertades. S&oacute;lo en una armon&iacute;a ordenada de las libertades, que muestra a cada uno el propio &aacute;mbito, puede mantenerse una libertad com&uacute;n. <\/p>\n<p> Por eso el don de la ley en el Sina&iacute; no fue una restricci&oacute;n o una abolici&oacute;n de la libertad, sino el fundamento de la verdadera libertad. Y, dado que un justo ordenamiento humano s&oacute;lo puede mantenerse si proviene de Dios y si une a los hombres en la perspectiva de Dios, a una organizaci&oacute;n ordenada de las libertades humanas no pueden faltarle los mandamientos que Dios mismo da. As&iacute;, Israel lleg&oacute; a ser pueblo de forma plena precisamente a trav&eacute;s de la alianza con Dios en el Sina&iacute;. El encuentro con Dios en el Sina&iacute; podr&iacute;a considerarse como el fundamento y la garant&iacute;a de su existencia como pueblo. <\/p>\n<p> El viento y el fuego, que bajaron sobre la comunidad de los disc&iacute;pulos de Cristo reunida en el Cen&aacute;culo, constituyeron un desarrollo ulterior del acontecimiento del Sina&iacute; y le dieron nueva amplitud. En aquel d&iacute;a, como refieren los Hechos de los Ap&oacute;stoles, se encontraban en Jerusal&eacute;n, &quot;jud&iacute;os piadosos (&#8230;) de todas las naciones que hay bajo el cielo&quot; (<i>Hch<\/i> 2, 5). Y entonces se manifest&oacute; el don caracter&iacute;stico del Esp&iacute;ritu Santo:&nbsp; todos ellos comprend&iacute;an las palabras de los Ap&oacute;stoles:&nbsp; &quot;La gente (&#8230;) les o&iacute;a hablar cada uno en su propia lengua&quot; (<i>Hch<\/i> 2, 6). <\/p>\n<p> El Esp&iacute;ritu Santo da el don de comprender. Supera la ruptura iniciada en Babel -la confusi&oacute;n de los corazones, que nos enfrenta unos a otros-, y abre las fronteras. El pueblo de Dios, que hab&iacute;a encontrado en el Sina&iacute; su primera configuraci&oacute;n, ahora se ampl&iacute;a hasta la desaparici&oacute;n de todas las fronteras. El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es cat&oacute;lica, esta es su esencia m&aacute;s profunda. <\/p>\n<p> San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:&nbsp; &quot;Porque en un solo Esp&iacute;ritu hemos sido todos bautizados, para no formar m&aacute;s que un cuerpo, jud&iacute;os y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Esp&iacute;ritu&quot; (<i>1 Co<\/i> 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es:&nbsp; debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay s&oacute;lo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. <\/p>\n<p> El viento y el fuego del Esp&iacute;ritu Santo deben abrir sin cesar las fronteras que los hombres seguimos levantando entre nosotros; debemos pasar siempre nuevamente de Babel, de encerrarnos en nosotros mismos, a Pentecost&eacute;s. Por tanto, debemos orar siempre para que el Esp&iacute;ritu Santo nos abra, nos otorgue la gracia de la comprensi&oacute;n, de modo que nos convirtamos en el pueblo de Dios procedente de todos los pueblos; m&aacute;s a&uacute;n, san Pablo nos dice:&nbsp; en Cristo, que como &uacute;nico pan nos alimenta a todos en la Eucarist&iacute;a y nos atrae a s&iacute; en su cuerpo desgarrado en la cruz, debemos llegar a ser un solo cuerpo y un solo esp&iacute;ritu. <\/p>\n<p> La segunda imagen del env&iacute;o del Esp&iacute;ritu Santo, que encontramos en el evangelio, es mucho m&aacute;s discreta. Pero precisamente as&iacute; permite percibir toda la grandeza del acontecimiento de Pentecost&eacute;s. El Se&ntilde;or resucitado, a trav&eacute;s de las puertas cerradas, entra en el lugar donde se encontraban los disc&iacute;pulos y los saluda dos veces diciendo:&nbsp; &quot;La paz con vosotros&quot;. <\/p>\n<p> Nosotros cerramos continuamente nuestras puertas; continuamente buscamos la seguridad y no queremos que nos molesten ni los dem&aacute;s ni Dios. Por consiguiente, podemos suplicar continuamente al Se&ntilde;or s&oacute;lo para que venga a nosotros, superando nuestra cerraz&oacute;n, y nos traiga su saludo. &quot;La paz con vosotros&quot;:&nbsp; este saludo del Se&ntilde;or es un puente, que &eacute;l tiende entre el cielo y la tierra. &Eacute;l desciende por este puente hasta nosotros, y nosotros podemos subir por este puente de paz hasta &eacute;l. <\/p>\n<p> Por este puente, siempre junto a &eacute;l, debemos llegar tambi&eacute;n hasta el pr&oacute;jimo, hasta aquel que tiene necesidad de nosotros. Precisamente abaj&aacute;ndonos con Cristo, nos elevamos hasta &eacute;l y hasta Dios:&nbsp; Dios es amor y, por eso, el descenso, el abajamiento que nos pide el amor, es al mismo tiempo la verdadera subida. Precisamente as&iacute;, al abajarnos, al salir de nosotros mismos, alcanzamos la altura de Jesucristo, la verdadera altura del ser humano. <\/p>\n<p> Al saludo de paz del Se&ntilde;or siguen dos gestos decisivos para Pentecost&eacute;s; el Se&ntilde;or quiere que su misi&oacute;n contin&uacute;e en los disc&iacute;pulos:&nbsp; &quot;Como el Padre me envi&oacute;, tambi&eacute;n yo os env&iacute;o&quot; (<i>Jn<\/i> 20, 21).<br \/>Despu&eacute;s de lo cual, sopla sobre ellos y dice:&nbsp; &quot;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo. A quienes perdon&eacute;is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng&aacute;is, les quedan retenidos&quot; (<i>Jn<\/i> 20, 23). El Se&ntilde;or sopla sobre sus disc&iacute;pulos, y as&iacute; les da el Esp&iacute;ritu Santo, su Esp&iacute;ritu. El soplo de Jes&uacute;s es el Esp&iacute;ritu Santo. <\/p>\n<p> Aqu&iacute; reconocemos, ante todo, una alusi&oacute;n al relato de la creaci&oacute;n del hombre en el G&eacute;nesis, donde se dice:&nbsp; &quot;El Se&ntilde;or Dios form&oacute; al hombre con polvo del suelo, e insufl&oacute; en sus narices aliento de vida&quot; (<i>Gn<\/i> 2, 7). El hombre es esta criatura misteriosa, que proviene totalmente de la tierra, pero en la que se insufl&oacute; el soplo de Dios. Jes&uacute;s sopla sobre los Ap&oacute;stoles y les da de modo nuevo, m&aacute;s grande, el soplo de Dios. En los hombres, a pesar de todos sus l&iacute;mites, hay ahora algo absolutamente nuevo, el soplo de Dios. La vida de Dios habita en nosotros. El soplo de su amor, de su verdad y de su bondad. <\/p>\n<p> As&iacute;, tambi&eacute;n podemos ver aqu&iacute; una alusi&oacute;n al bautismo y a la confirmaci&oacute;n, a esta nueva pertenencia a Dios, que el Se&ntilde;or nos da. El texto del evangelio nos invita a vivir siempre en el espacio del soplo de Jesucristo, a recibir la vida de &eacute;l, de modo que &eacute;l inspire en nosotros la vida aut&eacute;ntica, la vida que ya ninguna muerte puede arrebatar. <\/p>\n<p> Al soplo, al don del Esp&iacute;ritu Santo, el Se&ntilde;or une el poder de perdonar. Hemos escuchado antes que el Esp&iacute;ritu Santo une, derriba las fronteras, conduce a unos hacia los otros. La fuerza, que abre y permite superar Babel, es la fuerza del perd&oacute;n. Jes&uacute;s puede dar el perd&oacute;n y el poder de perdonar, porque &eacute;l mismo sufri&oacute; las consecuencias de la culpa y las disolvi&oacute; en las llamas de su amor. El perd&oacute;n viene de la cruz; &eacute;l transforma el mundo con el amor que se entrega. Su coraz&oacute;n abierto en la cruz es la puerta a trav&eacute;s de la cual entra en el mundo la gracia del perd&oacute;n. Y s&oacute;lo esta gracia puede transformar el mundo y construir la paz. <\/p>\n<p> Si comparamos los dos acontecimientos de Pentecost&eacute;s, el viento impetuoso del quincuag&eacute;simo d&iacute;a y el soplo leve de Jes&uacute;s en el atardecer de Pascua, podemos pensar en el contraste entre dos episodios que sucedieron en el Sina&iacute;, de los que nos habla el Antiguo Testamento. Por una parte, est&aacute; el relato del fuego, del trueno y del viento, que preceden a la promulgaci&oacute;n de los diez mandamientos y a la conclusi&oacute;n de la alianza (cf. <i>Ex<\/i> 19 ss); por otra, el misterioso relato de El&iacute;as en el Horeb. Despu&eacute;s de los dram&aacute;ticos acontecimientos del monte Carmelo, El&iacute;as hab&iacute;a escapado de la ira de Ajab y Jezabel. Luego, cumpliendo el mandato de Dios, hab&iacute;a peregrinado hasta el monte Horeb. <\/p>\n<p> El don de la alianza divina, de la fe en el Dios &uacute;nico, parec&iacute;a haber desaparecido en Israel. El&iacute;as, en cierto modo, deb&iacute;a reavivar en el monte de Dios la llama de la fe y llevarla a Israel. En aquel lugar experimenta el hurac&aacute;n, el temblor de tierra y el fuego. Pero Dios no est&aacute; presente en todo ello. Entonces, percibe el susurro &nbsp;de una brisa suave. Y Dios le habla desde esa brisa suave (cf. <i>1 R<\/i> 19, 11-18). <\/p>\n<p> &iquest;No es precisamente lo que sucedi&oacute; en la tarde de Pascua, cuando Jes&uacute;s se apareci&oacute; a sus Ap&oacute;stoles, lo que nos ense&ntilde;a qu&eacute; es lo que se quiere decir aqu&iacute;? &iquest;No podemos ver aqu&iacute; una prefiguraci&oacute;n del siervo de Yahveh, del que Isa&iacute;as dice:&nbsp; &quot;No vociferar&aacute; ni alzar&aacute; el tono, y no har&aacute; o&iacute;r en la calle su voz&quot;? (<i>Is<\/i> 42, 2) &iquest;No se presenta as&iacute; la humilde figura de Jes&uacute;s como la verdadera revelaci&oacute;n en la que Dios se manifiesta a nosotros y nos habla? &iquest;No son la humildad y la bondad de Jes&uacute;s la verdadera epifan&iacute;a de Dios? <\/p>\n<p> El&iacute;as, en el monte Carmelo, hab&iacute;a tratado de combatir el alejamiento de Dios con el fuego y con la espada, matando a los profetas de Baal. Pero, de ese modo no hab&iacute;a podido restablecer la fe. En el Horeb debe aprender que Dios no est&aacute; ni en el hurac&aacute;n, ni en el temblor de tierra ni en el fuego; El&iacute;as debe aprender a percibir el susurro de Dios y, as&iacute;, a reconocer anticipadamente a aquel que ha vencido el pecado no con la fuerza, sino con su Pasi&oacute;n; a aquel que, con su sufrimiento, nos ha dado el poder del perd&oacute;n. Este es el modo como Dios vence. <\/p>\n<p> Queridos ordenandos, de este modo el mensaje de Pentecost&eacute;s se dirige ahora directamente a vosotros. La escena de Pentecost&eacute;s, en el evangelio de san Juan, habla de vosotros y a vosotros. A cada uno de vosotros, de modo muy personal, el Se&ntilde;or le dice:&nbsp; &iexcl;la paz con vosotros!, &iexcl;la paz contigo! Cuando el Se&ntilde;or &nbsp;dice esto, no da algo, sino que se da a s&iacute; mismo, pues &eacute;l mismo es la paz (cf. <i>Ef<\/i> 2, 14). <\/p>\n<p> En este saludo del Se&ntilde;or podemos vislumbrar tambi&eacute;n una referencia al gran misterio de la fe, a la santa Eucarist&iacute;a, en la que &eacute;l se nos da continuamente a s&iacute; mismo y, de este modo, nos da la verdadera paz. As&iacute;, este saludo se sit&uacute;a en el centro de vuestra misi&oacute;n sacerdotal:&nbsp; el Se&ntilde;or os conf&iacute;a el misterio de este sacramento. En su nombre pod&eacute;is decir:&nbsp; &quot;este es mi cuerpo&quot;, &quot;esta es mi sangre&quot;. Dejaos atraer siempre de nuevo a la santa Eucarist&iacute;a, a la comuni&oacute;n de vida con Cristo.<br \/>Considerad como centro de toda jornada el poder celebrarla de modo digno. Conducid siempre de nuevo a los hombres a este misterio. A partir de ella, ayudadles a llevar la paz de Cristo al mundo. <\/p>\n<p> En el evangelio que acabamos de escuchar resuena tambi&eacute;n una segunda expresi&oacute;n &nbsp;del &nbsp;Resucitado:&nbsp; &nbsp;&quot;Como el Padre me envi&oacute;, tambi&eacute;n yo os env&iacute;o&quot; (<i>Jn<\/i> 20, 21). Cristo os dice esto, de modo muy personal, a cada uno de vosotros. Con la ordenaci&oacute;n sacerdotal, os insert&aacute;is en la misi&oacute;n de los Ap&oacute;stoles. El Esp&iacute;ritu Santo es viento, pero no es amorfo. Es un Esp&iacute;ritu ordenado.<br \/>Se manifiesta precisamente ordenando la misi&oacute;n, en el sacramento del sacerdocio, con la que contin&uacute;a el ministerio de los Ap&oacute;stoles. A trav&eacute;s de este ministerio, os insert&aacute;is en la gran multitud de quienes, desde Pentecost&eacute;s, han recibido la misi&oacute;n apost&oacute;lica. Os insert&aacute;is en la comuni&oacute;n del presbiterio, en la comuni&oacute;n con el obispo y con el Sucesor de san Pedro, que aqu&iacute;, en Roma, es tambi&eacute;n vuestro obispo. <\/p>\n<p> Todos nosotros estamos insertados en la red de la obediencia a la palabra de Cristo, a la palabra de aquel que nos da la verdadera libertad, porque nos conduce a los espacios libres y a los amplios horizontes de la verdad. Precisamente en este v&iacute;nculo com&uacute;n con el Se&ntilde;or podemos y debemos vivir el dinamismo del Esp&iacute;ritu. Como el Se&ntilde;or sali&oacute; del Padre y nos dio luz, vida y amor, as&iacute; la misi&oacute;n debe ponernos continuamente en movimiento, impulsarnos a llevar la alegr&iacute;a de Cristo a los que sufren, a los que dudan y tambi&eacute;n a los reacios. <\/p>\n<p> Por &uacute;ltimo, est&aacute; el poder del perd&oacute;n. El sacramento de la penitencia es uno de los tesoros preciosos de la Iglesia, porque s&oacute;lo en el perd&oacute;n se realiza la verdadera renovaci&oacute;n del mundo.<br \/>Nada puede mejorar en el mundo, si no se supera el mal. Y el mal s&oacute;lo puede superarse con el perd&oacute;n. Ciertamente, debe ser un perd&oacute;n eficaz. Pero este perd&oacute;n s&oacute;lo puede d&aacute;rnoslo el Se&ntilde;or. Un perd&oacute;n que no aleja el mal s&oacute;lo con palabras, sino que realmente lo destruye. Esto s&oacute;lo puede suceder con el sufrimiento, y sucedi&oacute; realmente con el amor sufriente de Cristo, del que recibimos el poder del perd&oacute;n. <\/p>\n<p> Finalmente, queridos ordenandos, os recomiendo el amor a la Madre del Se&ntilde;or. Haced como san Juan, que la acogi&oacute; en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de su coraz&oacute;n. Dejaos renovar constantemente por su amor materno. Aprended de ella a amar a Cristo. Que el Se&ntilde;or bendiga vuestro camino sacerdotal. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">Copyright &copy; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA CON ORDENACIONES SACERDOTALES HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVIDomingo 15 de mayo de 2005Solemnidad de Pentecost&eacute;s &nbsp; Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos ordenandos; queridos hermanos y hermanas:&nbsp; La primera lectura y el evangelio del domingo de Pentecost&eacute;s nos presentan dos grandes im&aacute;genes de la misi&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo. La &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-mayo-de-2005-solemnidad-de-pentecostes-ordenacion-sacerdotal-de-diaconos-de-la-diocesis-de-roma\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab15 de mayo de 2005: Solemnidad de Pentecost\u00e9s &#8211; Ordenaci\u00f3n sacerdotal de di\u00e1conos de la di\u00f3cesis de Roma\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40679","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40679","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40679"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40679\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40679"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40679"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40679"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}