{"id":40682,"date":"2016-10-06T14:33:27","date_gmt":"2016-10-06T19:33:27","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-abril-de-2005-santa-misa-en-el-solemne-inicio-de-pontificado-de-su-santidad-benedicto-xvi\/"},"modified":"2016-10-06T14:33:27","modified_gmt":"2016-10-06T19:33:27","slug":"24-de-abril-de-2005-santa-misa-en-el-solemne-inicio-de-pontificado-de-su-santidad-benedicto-xvi","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-abril-de-2005-santa-misa-en-el-solemne-inicio-de-pontificado-de-su-santidad-benedicto-xvi\/","title":{"rendered":"24 de abril de 2005: Santa Misa en el solemne inicio de pontificado de Su Santidad Benedicto XVI"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <b><font color=\"#663300\">SANTA MISA <br \/>IMPOSICI&Oacute;N DEL PALIO <br \/>Y ENTREGA DEL ANILLO DEL PESCADOR <br \/> EN EL SOLEMNE INICIO DEL MINISTERIO PETRINO <br \/>DEL OBISPO DE ROMA<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <i><font color=\"#663300\" size=\"4\"><b>HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <i><font color=\"#663300\">Plaza de San Pedro<br \/> Domingo 24 de abril de 2005<\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Se&ntilde;or Cardenales,&nbsp;<br \/>venerables Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,&nbsp;<br \/>distinguidas Autoridades y Miembros del Cuerpo diplom&aacute;tico,&nbsp;<br \/>queridos Hermanos y Hermanas&nbsp;<\/i><\/p>\n<p>Por tres veces nos ha acompa&ntilde;ado en estos d&iacute;as tan intensos el canto de las letan&iacute;as de los santos: durante los funerales de nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasi&oacute;n de la entrada de los Cardenales en C&oacute;nclave, y tambi&eacute;n hoy, cuando las hemos cantado de nuevo con la invocaci&oacute;n: <i>Tu illum adiuva<\/i>, asiste al nuevo sucesor de San Pedro. He o&iacute;do este canto orante cada vez de un modo completamente singular, como un gran consuelo. &iexcl;C&oacute;mo nos hemos sentido abandonados tras el fallecimiento de Juan Pablo II! El Papa que durante 26 a&ntilde;os ha sido nuestro pastor y gu&iacute;a en el camino a trav&eacute;s de nuestros tiempos. &Eacute;l cruz&oacute; el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios. Pero no dio este paso en solitario. Quien cree, nunca est&aacute; solo; no lo est&aacute; en la vida ni tampoco en la muerte. En aquellos momentos hemos podido invocar a los santos de todos los siglos, sus amigos, sus hermanos en la fe, sabiendo que ser&iacute;an el cortejo viviente que lo acompa&ntilde;ar&iacute;a en el m&aacute;s all&aacute;, hasta la gloria de Dios. Nosotros sab&iacute;amos que all&iacute; se esperaba su llegada. Ahora sabemos que &eacute;l est&aacute; entre los suyos y se encuentra realmente en su casa. Hemos sido consolados de nuevo realizando la solemne entrada en c&oacute;nclave para elegir al que Dios hab&iacute;a escogido. &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;amos reconocer su nombre? &iquest;C&oacute;mo 115 Obispos, procedentes de todas las culturas y pa&iacute;ses, pod&iacute;an encontrar a quien Dios quer&iacute;a otorgar la misi&oacute;n de atar y desatar? Una vez m&aacute;s, lo sab&iacute;amos; sab&iacute;amos que no estamos solos, que estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. Y ahora, en este momento, yo, d&eacute;bil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. &iquest;C&oacute;mo puedo hacerlo? &iquest;C&oacute;mo ser&eacute; capaz de llevarlo a cabo? Todo vosotros, queridos amigos, acab&aacute;is de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, tambi&eacute;n en m&iacute; se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podr&iacute;a soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompa&ntilde;an, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen s&oacute;lo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Esp&iacute;ritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a s&iacute; mismo. S&iacute;, la Iglesia est&aacute; viva; &eacute;sta es la maravillosa experiencia de estos d&iacute;as. Precisamente en los tristes d&iacute;as de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia est&aacute; viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en s&iacute; misma el futuro del mundo y, por tanto, indica tambi&eacute;n a cada uno de nosotros la v&iacute;a hacia el futuro. La Iglesia est&aacute; viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegr&iacute;a que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia est&aacute; viva; est&aacute; viva porque Cristo est&aacute; vivo, porque &eacute;l ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparec&iacute;a en el rostro del Santo Padre en los d&iacute;as de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasi&oacute;n de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos d&iacute;as tambi&eacute;n hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegr&iacute;a que &eacute;l ha prometido, despu&eacute;s de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrecci&oacute;n.&nbsp;<\/p>\n<p>La Iglesia est&aacute; viva: de este modo saludo con gran gozo y gratitud a todos vosotros que est&aacute;is aqu&iacute; reunidos, venerables Hermanos Cardenales y Obispos, queridos sacerdotes, di&aacute;conos, agentes de pastoral y catequistas. Os saludo a vosotros, religiosos y religiosas, testigos de la presencia transfigurante de Dios. Os saludo a vosotros, fieles laicos, inmersos en el gran campo de la construcci&oacute;n del Reino de Dios que se expande en el mundo, en cualquier manifestaci&oacute;n de la vida. El saludo se llena de afecto al dirigirlo tambi&eacute;n a todos los que, renacidos en el sacramento del Bautismo, a&uacute;n no est&aacute;n en plena comuni&oacute;n con nosotros; y a vosotros, hermanos del pueblo hebreo, al que estamos estrechamente unidos por un gran patrimonio espiritual com&uacute;n, que hunde sus ra&iacute;ces en las irrevocables promesas de Dios. Pienso, en fin \u2013casi como una onda que se expande\u2013 en todos los hombres de nuestro tiempo, creyente y no creyentes.&nbsp;<\/p>\n<p>&iexcl;Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Alg&uacute;n rasgo de lo que considero mi tarea, la he podido exponer ya en mi mensaje del mi&eacute;rcoles, 20 de abril; no faltar&aacute;n otras ocasiones para hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Se&ntilde;or y dejarme conducir por &Eacute;l, de tal modo que sea &eacute;l mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia. En lugar de exponer un programa, desear&iacute;a m&aacute;s bien intentar comentar simplemente los dos signos con los que se representa lit&uacute;rgicamente el inicio del Ministerio petrino; por lo dem&aacute;s, ambos signos reflejan tambi&eacute;n exactamente lo que se ha proclamado en las lecturas de hoy.&nbsp;<\/p>\n<p>El primer signo es el palio, tejido de lana pura, que se me pone sobre los hombros. Este signo antiqu&iacute;simo, que los Obispos de Roma llevan desde el siglo IV, puede ser considerado como una imagen del yugo de Cristo, que el Obispo de esta ciudad, el Siervo de los Siervos de Dios, toma sobre sus hombros. El yugo de Dios es la voluntad de Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad. Conocer lo que Dios quiere, conocer cu&aacute;l es la v&iacute;a de la vida, era la alegr&iacute;a de Israel, su gran privilegio. &Eacute;sta es tambi&eacute;n nuestra alegr&iacute;a: la voluntad de Dios, en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica \u2013quiz&aacute;s a veces de manera dolorosa\u2013 y nos hace volver de este modo a nosotros mismos. Y as&iacute;, no servimos solamente &Eacute;l, sino tambi&eacute;n a la salvaci&oacute;n de todo el mundo, de toda la historia. En realidad, el simbolismo del Palio es m&aacute;s concreto a&uacute;n: la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o d&eacute;bil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La par&aacute;bola de la oveja perdida, que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad \u2013todos nosotros\u2013 es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la humanidad a una situaci&oacute;n tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues &Eacute;l es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte as&iacute; en el s&iacute;mbolo de la misi&oacute;n del pastor del que hablan la segunda lectura y el Evangelio de hoy. La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para &eacute;l que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe tambi&eacute;n el desierto de la oscuridad de Dios, del vac&iacute;o de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no est&aacute;n al servicio del cultivo del jard&iacute;n de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotaci&oacute;n y la destrucci&oacute;n. La Iglesia en su conjunto, as&iacute; como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud. El s&iacute;mbolo del cordero tiene todav&iacute;a otro aspecto. Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a s&iacute; mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen c&iacute;nica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor pod&iacute;a disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho &eacute;l mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente as&iacute; se revela &Eacute;l como el verdadero pastor: \u201cYo soy el buen pastor [&#8230;]. Yo doy mi vida por las ovejas\u201d, dice Jes&uacute;s de s&iacute; mismo (<i>Jn<\/i> 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. &Eacute;ste es el distintivo de Dios: &Eacute;l mismo es amor. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces desear&iacute;amos que Dios se mostrara m&aacute;s fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideolog&iacute;as del poder se justifican as&iacute;, justifican la destrucci&oacute;n de lo que se opondr&iacute;a al progreso y a la liberaci&oacute;n de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.&nbsp;<\/p>\n<p>Una de las caracter&iacute;sticas fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio est&aacute;. \u201cApacienta mis ovejas\u201d, dice Cristo a Pedro, y tambi&eacute;n a m&iacute;, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir tambi&eacute;n estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que &eacute;l nos da en el Sant&iacute;simo Sacramento. Queridos amigos, en este momento s&oacute;lo puedo decir: rogad por m&iacute;, para que aprenda a amar cada vez m&aacute;s al Se&ntilde;or. Rogad por m&iacute;, para que aprenda a querer cada vez m&aacute;s a su reba&ntilde;o, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por m&iacute;, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Se&ntilde;or quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros.&nbsp;<\/p>\n<p>El segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo del Ministerio petrino es la entrega del anillo del pescador. La llamada de Pedro a ser pastor, que hemos o&iacute;do en el Evangelio, viene despu&eacute;s de la narraci&oacute;n de una pesca abundante; despu&eacute;s de una noche en la que echaron las redes sin &eacute;xito, los disc&iacute;pulos vieron en la orilla al Se&ntilde;or resucitado. &Eacute;l les manda volver a pescar otra vez, y he aqu&iacute; que la red se llena tanto que no ten&iacute;an fuerzas para sacarla; hab&iacute;a 153 peces grandes y, \u201caunque eran tantos, no se rompi&oacute; la red\u201d (<i>Jn<\/i> 21, 11). Este relato al final del camino terrenal de Jes&uacute;s con sus disc&iacute;pulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los disc&iacute;pulos hab&iacute;an pescado nada durante toda la noche; tambi&eacute;n entonces Jes&uacute;s invit&oacute; a Sim&oacute;n a remar mar adentro. Y Sim&oacute;n, que todav&iacute;a no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: \u201cMaestro, por tu palabra echar&eacute; las redes\u201d. Se le confi&oacute; entonces la misi&oacute;n: \u201cNo temas, desde ahora ser&aacute;s pescador de hombres\u201d (<i>Lc<\/i> 5, 1.11). Tambi&eacute;n hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los ap&oacute;stoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado tambi&eacute;n un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen as&iacute;: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misi&oacute;n del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. As&iacute; es, efectivamente: en la misi&oacute;n de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. As&iacute; es, en verdad: nosotros existimos para ense&ntilde;ar Dios a los hombres. Y &uacute;nicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. S&oacute;lo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evoluci&oacute;n. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay m&aacute;s hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada m&aacute;s bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con &eacute;l. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegr&iacute;a, a la alegr&iacute;a de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.&nbsp;<\/p>\n<p>Quisiera ahora destacar todav&iacute;a una cosa: tanto en la imagen del pastor como en la del pescador, emerge de manera muy expl&iacute;cita la llamad a la unidad. \u201cTengo , adem&aacute;s, otras ovejas que no son de este redil; tambi&eacute;n a &eacute;sas las tengo que traer, y escuchar&aacute;n mi voz y habr&aacute; un solo reba&ntilde;o, un solo Pastor\u201d (<i>Jn<\/i> 10, 16), dice Jes&uacute;s al final del discurso del buen pastor. Y el relato de los 153 peces grandes termina con la gozosa constataci&oacute;n: \u201cY aunque eran tantos, no se rompi&oacute; la red\u201d (<i>Jn<\/i> 21, 11). &iexcl;Ay de m&iacute;, Se&ntilde;or amado! ahora la red se ha roto, quisi&eacute;ramos decir doloridos. Pero no, &iexcl;no debemos estar tristes! Alegr&eacute;monos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad que t&uacute; has prometido. Hagamos memoria de ella en la oraci&oacute;n al Se&ntilde;or, como mendigos; s&iacute;, Se&ntilde;or, acu&eacute;rdate de lo que prometiste. &iexcl;Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! &iexcl;No permitas que se rompa tu red y ay&uacute;danos a ser servidores de la unidad!<\/p>\n<p>En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inici&oacute; su ministerio aqu&iacute; en la Plaza de San Pedro. Todav&iacute;a, y continuamente, resuenan en mis o&iacute;dos sus palabras de entonces: \u201c&iexcl;No tem&aacute;is! &iexcl;Abrid, m&aacute;s todav&iacute;a, abrid de par en par las puertas a Cristo!\u201d El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales ten&iacute;an miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. S&iacute;, &eacute;l ciertamente les habr&iacute;a quitado algo: el dominio de la corrupci&oacute;n, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habr&iacute;a quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificaci&oacute;n de una sociedad justa. Adem&aacute;s, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los j&oacute;venes. &iquest;Acaso no tenemos todos de alg&uacute;n modo miedo \u2013si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a &eacute;l\u2013, miedo de que &eacute;l pueda quitarnos algo de nuestra vida? &iquest;Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, &uacute;nico, que hace la vida m&aacute;s bella? &iquest;No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todav&iacute;a el Papa quer&iacute;a decir: &iexcl;no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada \u2013absolutamente nada\u2013&nbsp;de lo que hace la vida libre, bella y grande. &iexcl;No! S&oacute;lo con esta amistad se abren&nbsp;las puertas de la vida. S&oacute;lo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condici&oacute;n humana. S&oacute;lo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. As&iacute;, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicci&oacute;n, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos j&oacute;venes: &iexcl;No teng&aacute;is miedo de Cristo! &Eacute;l no quita nada, y lo da todo. Quien se da a &eacute;l, recibe el ciento por uno. S&iacute;, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontrar&eacute;is la verdadera vida. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">Copyright &copy; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA IMPOSICI&Oacute;N DEL PALIO Y ENTREGA DEL ANILLO DEL PESCADOR EN EL SOLEMNE INICIO DEL MINISTERIO PETRINO DEL OBISPO DE ROMA HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Plaza de San Pedro Domingo 24 de abril de 2005 &nbsp; Se&ntilde;or Cardenales,&nbsp;venerables Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,&nbsp;distinguidas Autoridades y Miembros del Cuerpo diplom&aacute;tico,&nbsp;queridos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-abril-de-2005-santa-misa-en-el-solemne-inicio-de-pontificado-de-su-santidad-benedicto-xvi\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab24 de abril de 2005: Santa Misa en el solemne inicio de pontificado de Su Santidad Benedicto XVI\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40682","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40682","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40682"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40682\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40682"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40682"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40682"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}