{"id":40693,"date":"2016-10-06T14:34:32","date_gmt":"2016-10-06T19:34:32","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/19-de-octubre-de-2006-concelebracion-eucaristica-en-el-estadio-municipal-de-verona\/"},"modified":"2016-10-06T14:34:32","modified_gmt":"2016-10-06T19:34:32","slug":"19-de-octubre-de-2006-concelebracion-eucaristica-en-el-estadio-municipal-de-verona","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/19-de-octubre-de-2006-concelebracion-eucaristica-en-el-estadio-municipal-de-verona\/","title":{"rendered":"19 de octubre de 2006, Concelebraci\u00f3n Eucar\u00edstica en el Estadio municipal de Verona"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">VISITA PASTORAL A VERONA CON OCASI&Oacute;N DEL <br \/>IV CONGRESO NACIONAL DE LA IGLESIA ITALIANA<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HOMIL&Iacute;A<\/i><\/b><\/font><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\"> DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i>Es<\/i><\/font><i><font color=\"#663300\">tadio municipal &quot;Bentegodi&quot;<br \/> Jueves 19 de octubre de 2006<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/>queridos hermanos y hermanas:<\/i>&nbsp; <\/p>\n<p>En esta celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica vivimos el momento central de la IV Asamblea nacional de la Iglesia en Italia, que se re&uacute;ne hoy en torno al Sucesor de Pedro. El coraz&oacute;n de todo acontecimiento eclesial es la Eucarist&iacute;a, en la cual Cristo nuestro Se&ntilde;or nos convoca, nos habla, nos alimenta y nos env&iacute;a. Es significativo que el lugar escogido para esta solemne liturgia sea el estadio de Verona:&nbsp; un espacio donde habitualmente no se celebran ritos religiosos, sino manifestaciones deportivas, implicando a miles de aficionados. Hoy este espacio acoge a Jes&uacute;s resucitado, realmente presente en su Palabra, en la asamblea del pueblo de Dios con sus pastores y, de modo eminente, en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. <\/p>\n<p>Cristo viene hoy a este are&oacute;pago moderno para derramar su Esp&iacute;ritu sobre la Iglesia que est&aacute; en Italia, a fin de que, reavivada con el soplo de un nuevo Pentecost&eacute;s, sepa &quot;comunicar el Evangelio en un mundo que cambia&quot;, como proponen las Orientaciones pastorales de la Conferencia episcopal italiana para el decenio 2000-2010. <\/p>\n<p>A vosotros, venerados hermanos en el episcopado, con los presb&iacute;teros y los di&aacute;conos; a vosotros, queridos delegados de las di&oacute;cesis y de las asociaciones laicales; a vosotros, religiosas, religiosos y laicos comprometidos, dirijo mi m&aacute;s cordial saludo, que extiendo a todos los que est&aacute;n unidos a nosotros mediante la radio y la televisi&oacute;n. <\/p>\n<p>Saludo y abrazo espiritualmente a toda la comunidad eclesial italiana, Cuerpo vivo de Cristo. Deseo expresar de modo especial mi aprecio a los que han trabajado largamente en la preparaci&oacute;n y la organizaci&oacute;n de esta Asamblea:&nbsp; al presidente de la Conferencia episcopal, cardenal Camillo Ruini; al secretario general, mons. Giuseppe Betori, as&iacute; como a los colaboradores de las diversas oficinas; al cardenal Dionigi Tettamanzi y a los dem&aacute;s miembros del comit&eacute; preparatorio; al obispo de Verona, mons. Flavio Roberto Carraro, al que agradezco las amables palabras que me ha dirigido al inicio de la celebraci&oacute;n, tambi&eacute;n en nombre de esta amada comunidad veronesa que nos acoge. <br \/> Saludo asimismo con deferencia al se&ntilde;or presidente del Gobierno y a las dem&aacute;s distinguidas autoridades presentes; un cordial agradecimiento, por &uacute;ltimo, a los agentes de la comunicaci&oacute;n social que siguen los trabajos de esta importante asamblea de la Iglesia en Italia. <\/p>\n<p>Las lecturas b&iacute;blicas, que se acaban de proclamar, iluminan el tema de la Asamblea:&nbsp; &quot;Testigos de Jes&uacute;s resucitado, esperanza del mundo&quot;. La palabra de Dios pone de relieve la resurrecci&oacute;n de Cristo, acontecimiento que ha reengendrado a los creyentes a una esperanza viva, como dice el ap&oacute;stol san Pedro al inicio de su primera carta (cf. <i>1 P<\/i> 1, 3). Este texto ha constituido la base del itinerario de preparaci&oacute;n para este gran encuentro nacional. <\/p>\n<p>Como sucesor suyo, tambi&eacute;n yo exclamo con alegr&iacute;a:&nbsp; &quot;Bendito sea Dios, Padre de nuestro Se&ntilde;or Jesucristo&quot; (<i>1 P<\/i> 1, 3), porque mediante la resurrecci&oacute;n de su Hijo nos ha reengendrado y, en la fe, nos ha dado una esperanza invencible en la vida eterna, a fin de que vivamos en el presente siempre proyectados hacia la meta, que es el encuentro final con nuestro Se&ntilde;or y Salvador. Con la fuerza de esta esperanza no tenemos miedo a las pruebas, las cuales, por m&aacute;s dolorosas y pesadas que sean, nunca pueden alterar la profunda alegr&iacute;a que brota en nosotros del hecho de ser amados por Dios. &Eacute;l, en su providente misericordia, entreg&oacute; a su Hijo por nosotros, y nosotros, aun sin verlo, creemos en &eacute;l y lo amamos (cf. <i>1 P<\/i> 1, 3-9). Su amor nos basta. <\/p>\n<p>De la fuerza de este amor, de la firme fe en la resurrecci&oacute;n de Jes&uacute;s que funda la esperanza, nace y se renueva constantemente nuestro testimonio cristiano. Ah&iacute; radica nuestro &quot;Credo&quot;, el s&iacute;mbolo de fe en el que se bas&oacute; la predicaci&oacute;n inicial y que, inalterado, sigue alimentando al pueblo de Dios. El contenido del <i>kerygma<\/i>, del anuncio, que constituye &nbsp;la esencia de todo el mensaje evang&eacute;lico, es Cristo, &nbsp;el &nbsp;Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros. <\/p>\n<p>Su resurrecci&oacute;n es el misterio fundamental del cristianismo, el cumplimiento sobreabundante de todas las profec&iacute;as de salvaci&oacute;n, tambi&eacute;n de la que hemos escuchado en la primera lectura, tomada de la parte final del libro del profeta Isa&iacute;as. De Cristo resucitado, primicia de la humanidad nueva, regenerada y regeneradora, naci&oacute; en realidad, como anunci&oacute; el profeta, el pueblo de los &quot;pobres&quot; que han abierto su coraz&oacute;n al Evangelio y se han convertido, y se siguen convirtiendo, en &quot;robles de justicia&quot;, &quot;plantaci&oacute;n del Se&ntilde;or para manifestar su gloria&quot;, reconstructores de edificios en ruinas, restauradores de ciudades desoladas, reconocidos por todos como linaje bendito del Se&ntilde;or (cf. <i> Is<\/i> 61, 3-4.&nbsp;9). <\/p>\n<p>El misterio de la resurrecci&oacute;n del Hijo de Dios, que, al subir al cielo para estar con el Padre, derram&oacute; sobre nosotros el Esp&iacute;ritu Santo, nos hace contemplar con la misma mirada a Cristo y a la Iglesia:&nbsp; el Resucitado y los resucitados, la Primicia y el campo de Dios, la Piedra angular y las piedras vivas, seg&uacute;n otra imagen de la primera carta de san Pedro (cf. <i>1 P<\/i> 2, 4-8). As&iacute; sucedi&oacute; al inicio con la primera comunidad apost&oacute;lica y as&iacute; debe suceder tambi&eacute;n ahora. <\/p>\n<p>Desde el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s la luz del Se&ntilde;or resucitado transfigur&oacute; la vida de los Ap&oacute;stoles. Ya ten&iacute;an la clara percepci&oacute;n de que no eran simplemente disc&iacute;pulos de una doctrina nueva e interesante, sino testigos elegidos y responsables de una revelaci&oacute;n a la que estaba vinculada la salvaci&oacute;n de sus contempor&aacute;neos y de todas las generaciones futuras. <\/p>\n<p>La fe pascual colmaba su coraz&oacute;n con un ardor y un celo extraordinario, que los dispon&iacute;a a afrontar cualquier dificultad e incluso la muerte, e imprim&iacute;a a sus palabras una fuerza de persuasi&oacute;n irresistible. As&iacute;, un pu&ntilde;ado de personas desprovistas de recursos humanos, contando s&oacute;lo con la fuerza de su fe, afront&oacute; sin miedo duras persecuciones y el martirio. El ap&oacute;stol san Juan escribe:&nbsp; &quot;Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe&quot; (<i>1 Jn<\/i> 5, 4). La verdad de esta afirmaci&oacute;n est&aacute; documentada tambi&eacute;n en Italia por casi dos milenios de historia cristiana, con innumerables testimonios de m&aacute;rtires, santos y beatos, que han dejado huellas indelebles en todos los rincones de la hermosa pen&iacute;nsula en la que vivimos. Algunos de ellos han sido recordados al inicio de la Asamblea y sus rostros acompa&ntilde;an los trabajos. <\/p>\n<p>Nosotros somos hoy los herederos de estos testigos victoriosos. Pero precisamente de esta constataci&oacute;n surge la pregunta:&nbsp; &iquest;Qu&eacute; es de nuestra fe? &iquest;En qu&eacute; medida sabemos comunicarla hoy?<br \/>La certeza de que Cristo resucit&oacute; nos asegura que ninguna fuerza contraria podr&aacute; jam&aacute;s destruir la Iglesia. Nos anima tambi&eacute;n la conciencia de que s&oacute;lo Cristo puede colmar plenamente las expectativas profundas de todo coraz&oacute;n humano y responder a los interrogantes m&aacute;s inquietantes sobre el dolor, la injusticia y el mal, sobre la muerte y el m&aacute;s all&aacute;. <\/p>\n<p>As&iacute; pues, nuestra fe est&aacute; fundada, pero es necesario que esta fe se transforme en vida en cada uno de nosotros. Es preciso realizar un esfuerzo amplio y capilar para que cada cristiano se convierta en &quot;testigo&quot; capaz y dispuesto a asumir el compromiso de dar a todos y siempre raz&oacute;n de la esperanza que lo impulsa (cf. <i>1 P<\/i> 3, 15). Por esto, hace falta volver a anunciar con vigor y alegr&iacute;a el acontecimiento de la muerte y la resurrecci&oacute;n de Cristo, centro del cristianismo, fulcro fundamental de nuestra fe, palanca poderosa de nuestras certezas, viento impetuoso que barre todo miedo e indecisi&oacute;n, toda duda y c&aacute;lculo humano. <\/p>\n<p>S&oacute;lo de Dios puede venir el cambio decisivo del mundo. S&oacute;lo a partir de la Resurrecci&oacute;n se comprende la verdadera naturaleza de la Iglesia y de su testimonio, que no es algo separado del misterio pascual, sino que es su fruto, manifestaci&oacute;n y actuaci&oacute;n por parte de los que, recibiendo al Esp&iacute;ritu Santo, son enviados por Cristo a proseguir su misma misi&oacute;n (cf. <i>Jn<\/i> 20, 21-23). <\/p>\n<p>&quot;Testigos de Jes&uacute;s resucitado&quot;:&nbsp; esta definici&oacute;n de los cristianos deriva directamente del pasaje evang&eacute;lico de san Lucas que se ha proclamado hoy, pero tambi&eacute;n de los Hechos de los Ap&oacute;stoles (cf. <i>Hch<\/i> 1, 8.&nbsp;22). Testigos <i>de<\/i> Jes&uacute;s resucitado. Es necesario entender bien ese &quot;de&quot;. Quiere decir que el testigo es &quot;de&quot; Jes&uacute;s resucitado, o sea, que pertenece a &eacute;l, y precisamente en cuanto tal puede dar un testimonio eficaz de &eacute;l, puede hablar de &eacute;l, darlo a conocer, llevar a &eacute;l, transmitir su presencia. <\/p>\n<p>Es exactamente lo contrario de lo que sucede con la otra parte de la frase:&nbsp; &quot;esperanza del mundo&quot;. Aqu&iacute; la preposici&oacute;n &quot;del&quot; no indica pertenencia, porque Cristo no es <i>del<\/i> mundo, como los cristianos no deben ser del mundo. La esperanza, que es Cristo, est&aacute; <i>en <\/i>el mundo, es <i>para<\/i> el mundo, pero lo es precisamente porque Cristo es Dios, es &quot;el Santo&quot; (en hebreo <i>Qadosh<\/i>). Cristo es esperanza para el mundo porque resucit&oacute;, y resucit&oacute; porque es Dios. Tambi&eacute;n los cristianos pueden llevar al mundo la esperanza porque son de Cristo y de Dios en la medida en que mueren con &eacute;l al pecado y resucitan con &eacute;l a la vida nueva del amor, del perd&oacute;n, del servicio, de la no violencia. <\/p>\n<p>Como dice san Agust&iacute;n:&nbsp; &quot;Has cre&iacute;do, has sido bautizado:&nbsp; ha muerto la vida antigua, ha quedado muerta en la cruz, sepultada &nbsp;en el bautismo. Ha sido sepultada la vida antigua, en la que has vivido mal; que resucite la nueva&quot; (<i>Serm&oacute;n Guelf.<\/i> IX, en M. Pellegrino, <i>Vox Patrum<\/i>, 177). Los cristianos &nbsp;s&oacute;lo pueden ser esperanza <i>en<\/i> el mundo y <i>para<\/i> el mundo &nbsp;si, como Cristo, no son <i>del<\/i> mundo. <\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, mi deseo, que seguramente todos vosotros compart&iacute;s, es que la Iglesia en Italia recomience desde esta Asamblea como impulsada por la palabra del Se&ntilde;or resucitado, que repite a todos y cada uno:&nbsp; sed en el mundo de hoy testigos de mi pasi&oacute;n y mi resurrecci&oacute;n (cf. <i>Lc<\/i> 24, 48). En un mundo que cambia, el Evangelio no cambia. La buena nueva sigue siendo siempre la misma:&nbsp; Cristo muri&oacute; y resucit&oacute; por nuestra salvaci&oacute;n. <\/p>\n<p>En su nombre llevad a todos el anuncio de la conversi&oacute;n y del perd&oacute;n de los pecados, pero sed vosotros los primeros en dar testimonio de una vida de conversi&oacute;n y perd&oacute;n. Sabemos bien que esto no es posible sin estar &quot;revestidos de poder desde lo alto&quot; (<i>Lc<\/i> 24, 49), es decir, sin la fuerza interior del Esp&iacute;ritu del Resucitado. Para recibirla es necesario, como dijo Jes&uacute;s a sus disc&iacute;pulos, no alejarse de Jerusal&eacute;n, permanecer en la &quot;ciudad&quot; donde se consum&oacute; el misterio de la salvaci&oacute;n, el acto supremo de amor de Dios a la humanidad. Es preciso permanecer en oraci&oacute;n con Mar&iacute;a, la Madre que Cristo nos dio desde la cruz. <\/p>\n<p>Para los cristianos, ciudadanos del mundo, permanecer en Jerusal&eacute;n no puede significar m&aacute;s que permanecer en la Iglesia, la &quot;ciudad de Dios&quot;, donde a trav&eacute;s de los sacramentos recibe &quot;la unci&oacute;n&quot; del Esp&iacute;ritu Santo. <\/p>\n<p>En estos d&iacute;as de la Asamblea eclesial nacional, la Iglesia que est&aacute; en Italia, obedeciendo el mandato del Se&ntilde;or resucitado, se ha reunido, ha revivido la experiencia originaria del Cen&aacute;culo, para recibir de nuevo el don de lo alto. Ahora, consagrados por su &quot;unci&oacute;n&quot;, id; llevad la buena nueva a los pobres, vendad los corazones destrozados, proclamad a los cautivos la liberaci&oacute;n y a los reclusos la libertad, pregonad el a&ntilde;o de misericordia del Se&ntilde;or (cf. <i>Is<\/i> 61, 1-2).<\/p>\n<p>Reconstruid los antiguos edificios en ruinas, levantad de nuevo las antiguas construcciones, restaurad las ciudades desoladas (cf. <i>Is<\/i> 61, 4). Son muchas las situaciones dif&iacute;ciles que esperan una intervenci&oacute;n salvadora. Llevad al mundo la esperanza de Dios, que es Cristo Se&ntilde;or, el cual resucit&oacute; de entre los muertos y vive y reina por los siglos de los siglos. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2006 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL A VERONA CON OCASI&Oacute;N DEL IV CONGRESO NACIONAL DE LA IGLESIA ITALIANA HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Estadio municipal &quot;Bentegodi&quot; Jueves 19 de octubre de 2006 &nbsp; Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:&nbsp; En esta celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica vivimos el momento central de la IV Asamblea &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/19-de-octubre-de-2006-concelebracion-eucaristica-en-el-estadio-municipal-de-verona\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab19 de octubre de 2006, Concelebraci\u00f3n Eucar\u00edstica en el Estadio municipal de Verona\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40693","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40693","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40693"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40693\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40693"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40693"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40693"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}