{"id":40715,"date":"2016-10-06T14:35:04","date_gmt":"2016-10-06T19:35:04","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-abril-de-2006-santa-misa-crismal\/"},"modified":"2016-10-06T14:35:04","modified_gmt":"2016-10-06T19:35:04","slug":"13-de-abril-de-2006-santa-misa-crismal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-abril-de-2006-santa-misa-crismal\/","title":{"rendered":"13 de abril de 2006, Santa Misa crismal"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SANTA MISA CRISMAL<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<br \/><\/font><\/b><br \/>Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/>Jueves santo 13 de abril de 2006 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><i> <br \/> &nbsp;<\/i><\/p>\n<p align=\"left\"><i>Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/>queridos hermanos y hermanas:<\/i>&nbsp; <\/p>\n<p> El Jueves santo es el d&iacute;a en el que el Se&ntilde;or encomend&oacute; a los Doce la tarea sacerdotal de celebrar, con el pan y el vino, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su regreso. En lugar del cordero pascual y de todos los sacrificios de la Antigua Alianza est&aacute; el don de su Cuerpo y de su Sangre, el don de s&iacute; mismo. As&iacute;, el nuevo culto se funda en el hecho de que, ante todo, Dios nos hace un don a nosotros, y nosotros, colmados por este don, llegamos a ser suyos:&nbsp; la creaci&oacute;n vuelve al Creador. Del mismo modo tambi&eacute;n el sacerdocio se ha transformado en algo nuevo:&nbsp; ya no es cuesti&oacute;n de descendencia, sino que es encontrarse en&nbsp;el misterio de Jesucristo. <\/p>\n<p> Jesucristo es siempre el que hace el don y nos eleva hacia s&iacute;. S&oacute;lo &eacute;l puede decir:&nbsp; &quot;Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre&quot;. El misterio del sacerdocio de la Iglesia radica en el hecho de que nosotros, seres humanos miserables, en virtud del Sacramento podemos hablar con su &quot;yo&quot;:&nbsp; <i>in persona Christi<\/i>. Jesucristo quiere ejercer <i>su <\/i>sacerdocio por medio de nosotros. Este conmovedor misterio, que en cada celebraci&oacute;n del Sacramento nos vuelve a impresionar, lo recordamos de modo particular en el Jueves santo. Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos ese recuerdo espec&iacute;fico, necesitamos volver al momento en que &eacute;l nos impuso sus manos y nos hizo part&iacute;cipes de este misterio. <\/p>\n<p> Por eso, reflexionemos nuevamente en los signos mediante los cuales se nos don&oacute; el Sacramento. En el centro est&aacute; el gesto antiqu&iacute;simo de la imposici&oacute;n de las manos, con el que Jesucristo tom&oacute; posesi&oacute;n de m&iacute;, dici&eacute;ndome:&nbsp; &quot;T&uacute; me perteneces&quot;. Pero con ese gesto tambi&eacute;n me dijo:&nbsp; &quot;T&uacute; est&aacute;s bajo la protecci&oacute;n de mis manos. T&uacute; est&aacute;s bajo la protecci&oacute;n de mi coraz&oacute;n. T&uacute; quedas custodiado en el hueco de mis manos y precisamente as&iacute; te encuentras dentro de la inmensidad de mi amor. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas&quot;. <\/p>\n<p> Recordemos, asimismo, que nuestras manos han sido ungidas con el &oacute;leo, que es el signo del Esp&iacute;ritu Santo y de su fuerza. &iquest;Por qu&eacute; precisamente las manos? La mano del hombre es el instrumento de su acci&oacute;n, es el s&iacute;mbolo de su capacidad de afrontar el mundo, de &quot;dominarlo&quot;. El Se&ntilde;or nos impuso las manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las suyas. Quiere que ya no sean instrumentos para tomar las cosas, los hombres, el mundo para nosotros, para tomar posesi&oacute;n de &eacute;l, sino que transmitan su toque divino, poni&eacute;ndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumentos para servir y, por tanto, expresi&oacute;n de la misi&oacute;n de toda la persona que se hace garante de &eacute;l y lo lleva a los hombres. <\/p>\n<p> Si las manos del hombre representan simb&oacute;licamente sus facultades y, por lo general, la t&eacute;cnica como poder de disponer del mundo, entonces las manos ungidas deben ser un signo de su capacidad de donar, de la creatividad para modelar el mundo con amor; y para eso, sin duda, tenemos necesidad del Esp&iacute;ritu Santo. En el Antiguo Testamento la unci&oacute;n es signo de asumir un servicio:&nbsp; el rey, el profeta, el sacerdote hace y dona m&aacute;s de lo que deriva de &eacute;l mismo. En cierto modo, est&aacute; expropiado de s&iacute; mismo en funci&oacute;n de un servicio, en el que se pone a disposici&oacute;n de alguien que es mayor que &eacute;l. <\/p>\n<p> Si en el evangelio de hoy Jes&uacute;s se presenta como el Ungido de Dios, el Cristo, entonces quiere decir precisamente que act&uacute;a por misi&oacute;n del Padre y en la unidad del Esp&iacute;ritu Santo, y que, de esta manera, dona al mundo una nueva realeza, un nuevo sacerdocio, un nuevo modo de ser profeta, que no se busca a s&iacute; mismo, sino que vive por Aquel con vistas al cual el mundo ha sido creado. Pongamos hoy de nuevo nuestras manos a su disposici&oacute;n y pid&aacute;mosle que nos vuelva a tomar siempre de la mano y nos gu&iacute;e. <\/p>\n<p> En el gesto sacramental de la imposici&oacute;n de las manos por parte del obispo fue el mismo Se&ntilde;or quien nos impuso las manos. Este signo sacramental resume todo un itinerario existencial. En cierta ocasi&oacute;n, como sucedi&oacute; a los primeros disc&iacute;pulos, todos nosotros nos encontramos con el Se&ntilde;or y escuchamos su invitaci&oacute;n:&nbsp; &quot;S&iacute;gueme&quot;. Tal vez al inicio lo seguimos con vacilaciones, mirando hacia atr&aacute;s y pregunt&aacute;ndonos si ese era realmente nuestro camino. Y tal vez en alg&uacute;n punto del recorrido vivimos la misma experiencia de Pedro despu&eacute;s de la pesca milagrosa, es decir, nos hemos sentido sobrecogidos ante su grandeza, ante la grandeza de la tarea y ante la insuficiencia de nuestra pobre persona, hasta el punto de querer dar marcha atr&aacute;s:&nbsp; &quot;Al&eacute;jate de m&iacute;, Se&ntilde;or, que soy un hombre pecador&quot; (<i>Lc<\/i> 5, 8). <\/p>\n<p> Pero luego &eacute;l, con gran bondad, nos tom&oacute; de la mano, nos atrajo hacia s&iacute; y nos dijo:&nbsp; &quot;No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Y t&uacute; no me abandones a m&iacute;&quot;. Tal vez en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n a cada uno de nosotros nos ha acontecido lo mismo que a Pedro cuando, caminando sobre las aguas al encuentro del Se&ntilde;or, repentinamente sinti&oacute; que el agua no lo sosten&iacute;a y que estaba a punto de hundirse. Y, como Pedro, gritamos:&nbsp; &quot;Se&ntilde;or, &iexcl;s&aacute;lvame!&quot; (<i>Mt<\/i> 14, 30). Al levantarse la tempestad, &iquest;c&oacute;mo pod&iacute;amos atravesar las aguas fragorosas y espumantes del siglo y del milenio pasados? Pero entonces miramos hacia &eacute;l&#8230; y &eacute;l nos aferr&oacute; la mano y nos dio un nuevo &quot;peso espec&iacute;fico&quot;:&nbsp; la ligereza que deriva de la fe y que nos impulsa hacia arriba. Y luego, nos da la mano que sostiene y lleva. &Eacute;l nos sostiene. Volvamos a fijar nuestra mirada en &eacute;l y extendamos las manos hacia &eacute;l.<\/p>\n<p>Dejemos que su mano nos aferre; as&iacute; no nos hundiremos, sino que nos pondremos al servicio de la vida que es m&aacute;s fuerte que la muerte, y al servicio del amor que es m&aacute;s fuerte que el odio. <\/p>\n<p> La fe en Jes&uacute;s, Hijo del Dios vivo, es el medio por el cual volvemos a aferrar siempre la mano de Jes&uacute;s y mediante el cual &eacute;l aferra nuestra mano y nos gu&iacute;a. Una de mis oraciones preferidas es la petici&oacute;n que la liturgia pone en nuestros labios antes de la Comuni&oacute;n:&nbsp; &quot;Jam&aacute;s permitas que me separe de ti&quot;. Pedimos no caer nunca fuera de la comuni&oacute;n con su Cuerpo, con Cristo mismo; no caer nunca fuera del misterio eucar&iacute;stico. Pedimos que &eacute;l no suelte nunca nuestra mano&#8230; <\/p>\n<p> El Se&ntilde;or nos impuso sus manos. El significado de ese gesto lo explic&oacute; con las palabras:&nbsp; &quot;Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he o&iacute;do a mi Padre os lo he dado a conocer&quot; (<i>Jn<\/i> 15, 15). Ya no os llamo siervos, sino amigos:&nbsp; en estas palabras se podr&iacute;a ver incluso la instituci&oacute;n del sacerdocio. El Se&ntilde;or nos hace sus amigos:&nbsp; nos encomienda todo; nos encomienda a s&iacute; mismo, de forma que podamos hablar con su &quot;yo&quot;, &quot;<i>in persona Christi capitis<\/i>&quot;. &iexcl;Qu&eacute; confianza! Verdaderamente se ha puesto en nuestras manos. <\/p>\n<p> Todos los signos esenciales de la ordenaci&oacute;n sacerdotal son, en el fondo, manifestaciones de esa palabra:&nbsp; la imposici&oacute;n de las manos; la entrega del libro, de su Palabra, que &eacute;l nos encomienda; la entrega del c&aacute;liz, con el que nos transmite su misterio m&aacute;s profundo y personal. De todo ello forma parte tambi&eacute;n el poder de absolver:&nbsp; nos hace participar tambi&eacute;n en su conciencia de la miseria del pecado y de toda la oscuridad del mundo, y pone en nuestras manos la llave para abrir la puerta de la casa del Padre. <\/p>\n<p> Ya no os llamo siervos, sino amigos. Este es el significado profundo del ser sacerdote:&nbsp; llegar a ser amigo de Jesucristo. Por esta amistad debemos comprometernos cada d&iacute;a de nuevo. Amistad significa comuni&oacute;n de pensamiento y de voluntad. En esta comuni&oacute;n de pensamiento con Jes&uacute;s debemos ejercitarnos, como nos dice san Pablo en la <i>carta a los Filipenses<\/i> (cf. <i>Flp<\/i> 2, 2-5). Y esta comuni&oacute;n de pensamiento no es algo meramente intelectual, sino tambi&eacute;n una comuni&oacute;n de sentimientos y de voluntad, y por tanto tambi&eacute;n del obrar. Eso significa que debemos conocer a Jes&uacute;s de un modo cada vez m&aacute;s personal, escuch&aacute;ndolo, viviendo con &eacute;l, estando con &eacute;l. Debemos escucharlo en la <i> lectio divina<\/i>, es decir, leyendo la sagrada Escritura de un modo no acad&eacute;mico, sino espiritual. As&iacute; aprendemos a encontrarnos con el Jes&uacute;s presente que nos habla. Debemos razonar y reflexionar, delante de &eacute;l y con &eacute;l, en sus palabras y en su manera de actuar. La lectura de la sagrada Escritura es oraci&oacute;n, debe ser oraci&oacute;n, debe brotar de la oraci&oacute;n y llevar a la oraci&oacute;n. <\/p>\n<p> Los evangelistas nos dicen que el Se&ntilde;or en muchas ocasiones -durante noches enteras- se retiraba &quot;al monte&quot; para orar a solas. Tambi&eacute;n nosotros necesitamos retirarnos a ese &quot;monte&quot;, el monte interior que debemos escalar, el monte de la oraci&oacute;n. S&oacute;lo as&iacute; se desarrolla la amistad. S&oacute;lo as&iacute; podemos desempe&ntilde;ar nuestro servicio sacerdotal; s&oacute;lo as&iacute; podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres. <\/p>\n<p> El simple activismo puede ser incluso heroico. Pero la actividad exterior, en resumidas cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e &iacute;ntima comuni&oacute;n con Cristo. El tiempo que dedicamos a esto es realmente un tiempo de actividad pastoral, de actividad aut&eacute;nticamente pastoral. El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oraci&oacute;n. El mundo, con su activismo fren&eacute;tico, a menudo pierde la orientaci&oacute;n. Su actividad y sus capacidades resultan destructivas si fallan las fuerzas de la oraci&oacute;n, de las que brotan las aguas de la vida capaces de fecundar la tierra &aacute;rida. <\/p>\n<p> Ya no os llamo siervos, sino amigos. El n&uacute;cleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. S&oacute;lo as&iacute; podemos hablar verdaderamente <i>in persona Christi<\/i>, aunque nuestra lejan&iacute;a interior de Cristo no puede poner en peligro la validez del Sacramento. Ser amigo de Jes&uacute;s, ser sacerdote significa, por tanto, ser hombre de oraci&oacute;n. As&iacute; lo reconocemos y salimos de la ignorancia de los simples siervos. As&iacute; aprendemos a vivir, a sufrir y a obrar con &eacute;l y por &eacute;l. <\/p>\n<p> La amistad con Jes&uacute;s siempre es, por antonomasia, amistad con los suyos. S&oacute;lo podemos ser amigos de Jes&uacute;s en la comuni&oacute;n con el Cristo entero, con la cabeza y el cuerpo; en la frondosa vid de la Iglesia, animada por su Se&ntilde;or. S&oacute;lo en ella la sagrada Escritura es, gracias al Se&ntilde;or, palabra viva y actual. Sin la Iglesia, el sujeto vivo que abarca todas las &eacute;pocas, la Biblia se fragmenta en escritos a menudo heterog&eacute;neos y as&iacute; se transforma en un libro del pasado. En el presente s&oacute;lo es elocuente donde est&aacute; la &quot;Presencia&quot;, donde Cristo sigue siendo contempor&aacute;neo nuestro:&nbsp; en el cuerpo de su Iglesia. <\/p>\n<p> Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez m&aacute;s con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos am&oacute; hasta morir por nosotros, que resucit&oacute; y cre&oacute; en s&iacute; mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en &eacute;l. Esta es nuestra vocaci&oacute;n sacerdotal:&nbsp; s&oacute;lo as&iacute; nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto. <\/p>\n<p> Quisiera concluir esta homil&iacute;a con unas palabras de don Andrea Santoro, el sacerdote de la di&oacute;cesis de Roma que fue asesinado en Trebisonda mientras oraba; el cardenal C&egrave; nos las refiri&oacute; durante los Ejercicios espirituales. Son las siguientes:&nbsp; &quot;Estoy aqu&iacute; para vivir entre esta gente y permitir que Jes&uacute;s lo haga prest&aacute;ndole mi carne&#8230; S&oacute;lo seremos capaces de salvaci&oacute;n ofreciendo nuestra propia carne. Debemos cargar con el mal del mundo, debemos compartir el dolor, absorbi&eacute;ndolo en nuestra propia carne hasta el fondo, como hizo Jes&uacute;s&quot;. <\/p>\n<p> Jes&uacute;s asumi&oacute; nuestra carne. D&eacute;mosle nosotros la nuestra, para que de este modo pueda venir al mundo y transformarlo. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2006 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA CRISMAL HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVIBas&iacute;lica de San PedroJueves santo 13 de abril de 2006 &nbsp; Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:&nbsp; El Jueves santo es el d&iacute;a en el que el Se&ntilde;or encomend&oacute; a los Doce la tarea sacerdotal de celebrar, con el pan &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-abril-de-2006-santa-misa-crismal\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab13 de abril de 2006, Santa Misa crismal\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40715","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40715","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40715"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40715\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40715"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40715"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40715"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}