{"id":40740,"date":"2016-10-06T14:56:03","date_gmt":"2016-10-06T19:56:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-diciembre-de-2007-celebracion-de-las-primeras-visperas-del-primer-domingo-de-adviento-2\/"},"modified":"2016-10-06T14:56:03","modified_gmt":"2016-10-06T19:56:03","slug":"1-de-diciembre-de-2007-celebracion-de-las-primeras-visperas-del-primer-domingo-de-adviento-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-diciembre-de-2007-celebracion-de-las-primeras-visperas-del-primer-domingo-de-adviento-2\/","title":{"rendered":"1 de diciembre de 2007: Celebraci\u00f3n de las Primeras V\u00edsperas del Primer Domingo de Adviento"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">CELEBRACI&Oacute;N DE LAS PRIMERAS V&Iacute;SPERAS DEL I DOMINGO DE ADVIENTO<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Domingo 1 de diciembre de 2007<\/font> <\/i><\/p>\n<p align=\"left\">\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas: <\/i> <\/p>\n<p>El Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza. Cada a&ntilde;o, esta actitud fundamental del esp&iacute;ritu se renueva en el coraz&oacute;n de los cristianos que, mientras se preparan para celebrar la gran fiesta del nacimiento de Cristo Salvador, reavivan la esperanza de su vuelta gloriosa al final de los tiempos. La primera parte del Adviento insiste precisamente en la <i>parus&iacute;a<\/i>, la &uacute;ltima venida del Se&ntilde;or. Las ant&iacute;fonas de estas primeras V&iacute;speras, con diversos matices, est&aacute;n orientadas hacia esa perspectiva. La lectura breve, tomada de la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses (<i>1 Ts<\/i> 5, 23-24) hace referencia expl&iacute;cita a la venida final de Cristo, usando precisamente el t&eacute;rmino griego <i>parus&iacute;a<\/i> (v. 23). El Ap&oacute;stol exhorta a los cristianos a ser irreprensibles, pero sobre todo los anima a confiar en Dios, que es &laquo;fiel&raquo; (v. 24) y no dejar&aacute; de realizar la santificaci&oacute;n en quienes correspondan a su gracia. <\/p>\n<p>Toda esta liturgia vespertina invita a la esperanza, indicando en el horizonte de la historia la luz del Salvador que viene: &laquo;Aquel d&iacute;a brillar&aacute; una gran luz&raquo; (segunda ant&iacute;fona); &laquo;vendr&aacute; el Se&ntilde;or con toda su gloria&raquo; (tercera ant&iacute;fona); &laquo;su resplandor ilumina toda la tierra&raquo; (ant&iacute;fona del Magn&iacute;ficat). Esta luz, que proviene del futuro de Dios, ya se ha manifestado en la plenitud de los tiempos. Por eso nuestra esperanza no carece de fundamento, sino que se apoya en un acontecimiento que se sit&uacute;a en la historia y, al mismo tiempo, supera la historia: el acontecimiento constituido por Jes&uacute;s de Nazaret. El evangelista san Juan aplica a Jes&uacute;s el t&iacute;tulo de &laquo;luz&raquo;: es un t&iacute;tulo que pertenece a Dios. En efecto, en el Credo profesamos que Jesucristo es &laquo;Dios de Dios, Luz de Luz&raquo;. <\/p>\n<p>Al tema de la esperanza he dedicado mi <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_ben-xvi_enc_20071130_spe-salvi.html\">segunda enc&iacute;clica<\/a>, publicada ayer. Me alegra entregarla idealmente a toda la Iglesia en este primer domingo de Adviento a fin de que, durante la preparaci&oacute;n para la santa Navidad, tanto las comunidades como los fieles individualmente puedan leerla y meditarla, de modo que redescubran <i>la belleza y la profundidad de la esperanza cristiana<\/i>. En efecto, la esperanza cristiana est&aacute; inseparablemente unida al conocimiento del rostro de Dios, el rostro que Jes&uacute;s, el Hijo unig&eacute;nito, nos revel&oacute; con su encarnaci&oacute;n, con su vida terrena y su predicaci&oacute;n, y sobre todo con su muerte y resurrecci&oacute;n. <\/p>\n<p>La esperanza verdadera y segura est&aacute; fundamentada en la fe en Dios Amor, Padre misericordioso, que &laquo;tanto am&oacute; al mundo que le dio a su Hijo unig&eacute;nito&raquo; (<i>Jn<\/i> 3, 16), para que los hombres, y con ellos todas las criaturas, puedan tener vida en abundancia (cf. <i>Jn<\/i> 10, 10). Por tanto, el Adviento es tiempo favorable para redescubrir una esperanza no vaga e ilusoria, sino cierta y fiable, por estar &laquo;anclada&raquo; en Cristo, Dios hecho hombre, roca de nuestra salvaci&oacute;n. <\/p>\n<p>Como se puede apreciar en el Nuevo Testamento y en especial en las cartas de los Ap&oacute;stoles, desde el inicio una nueva esperanza distingui&oacute; a los cristianos de las personas que viv&iacute;an la religiosidad pagana. San Pablo, en su carta a los Efesios, les recuerda que, antes de abrazar la fe en Cristo, estaban &laquo;sin esperanza y sin Dios en este mundo&raquo; (<i>Ef<\/i> 2, 12). Esta expresi&oacute;n resulta sumamente actual para el paganismo de nuestros d&iacute;as: podemos referirla en particular al nihilismo contempor&aacute;neo, que corroe la esperanza en el coraz&oacute;n del hombre, induci&eacute;ndolo a pensar que dentro de &eacute;l y en torno a &eacute;l reina la nada: nada antes del nacimiento y nada despu&eacute;s de la muerte. <\/p>\n<p>En realidad, si falta Dios, falla la esperanza. Todo pierde sentido. Es como si faltara la dimensi&oacute;n de profundidad y todas las cosas se oscurecieran, privadas de su valor simb&oacute;lico; como si no &laquo;destacaran&raquo; de la mera materialidad. Est&aacute; en juego la relaci&oacute;n entre la existencia aqu&iacute; y ahora y lo que llamamos el &laquo;m&aacute;s all&aacute;&raquo;. El m&aacute;s all&aacute; no es un lugar donde acabaremos despu&eacute;s de la muerte, sino la realidad de Dios, la plenitud de vida a la que todo ser humano, por decirlo as&iacute;, tiende. A esta espera del hombre Dios ha respondido en Cristo con el don de la esperanza. <\/p>\n<p>El hombre es la &uacute;nica criatura libre de decir s&iacute; o no a la eternidad, o sea, a Dios. El ser humano puede apagar en s&iacute; mismo la esperanza eliminando a Dios de su vida. &iquest;C&oacute;mo puede suceder esto? &iquest;C&oacute;mo puede acontecer que la criatura &laquo;hecha para Dios&raquo;, &iacute;ntimamente orientada a &eacute;l, la m&aacute;s cercana al Eterno, pueda privarse de esta riqueza? <\/p>\n<p>Dios conoce el coraz&oacute;n del hombre. Sabe que quien lo rechaza no ha conocido su verdadero rostro; por eso no cesa de llamar a nuestra puerta, como humilde peregrino en busca de acogida. El Se&ntilde;or concede un nuevo tiempo a la humanidad precisamente para que todos puedan llegar a conocerlo. Este es tambi&eacute;n <i>el sentido de un nuevo a&ntilde;o lit&uacute;rgico que comienza<\/i>: es un don de Dios, el cual quiere revelarse de nuevo en el misterio de Cristo, mediante la Palabra y los sacramentos. <\/p>\n<p>Mediante la Iglesia quiere hablar a la humanidad y salvar a los hombres de hoy. Y lo hace saliendo a su encuentro, para &laquo;buscar y salvar lo que estaba perdido&raquo; (<i>Lc<\/i> 19, 10). Desde esta perspectiva, la celebraci&oacute;n del Adviento es la respuesta de la Iglesia Esposa a la iniciativa continua de Dios Esposo, &laquo;que es, que era y que viene&raquo; (<i>Ap<\/i> 1, 8). A la humanidad, que ya no tiene tiempo para &eacute;l, Dios le ofrece otro tiempo, un nuevo espacio para volver a entrar en s&iacute; misma, para ponerse de nuevo en camino, para volver a encontrar el sentido de la esperanza. <\/p>\n<p>He aqu&iacute; el descubrimiento sorprendente: mi esperanza, nuestra esperanza, est&aacute; precedida por la espera que Dios cultiva con respecto a nosotros. S&iacute;, Dios nos ama y precisamente por eso espera que volvamos a &eacute;l, que abramos nuestro coraz&oacute;n a su amor, que pongamos nuestra mano en la suya y recordemos que somos sus hijos. <\/p>\n<p>Esta espera de Dios precede siempre a nuestra esperanza, exactamente como su amor nos abraza siempre primero (cf. <i>1 Jn<\/i> 4, 10). En este sentido, la esperanza cristiana se llama &laquo;teologal&raquo;: Dios es su fuente, su apoyo y su t&eacute;rmino. &iexcl;Qu&eacute; gran consuelo nos da este misterio! Mi Creador ha puesto en mi esp&iacute;ritu un reflejo de su deseo de vida para todos. Cada hombre est&aacute; llamado a esperar correspondiendo a lo que Dios espera de &eacute;l. Por lo dem&aacute;s, la experiencia nos demuestra que eso es precisamente as&iacute;. &iquest;Qu&eacute; es lo que impulsa al mundo sino la confianza que Dios tiene en el hombre? Es una confianza que se refleja en el coraz&oacute;n de los peque&ntilde;os, de los humildes, cuando a trav&eacute;s de las dificultades y las pruebas se esfuerzan cada d&iacute;a por obrar de la mejor forma posible, por realizar un bien que parece peque&ntilde;o, pero que a los ojos de Dios es muy grande: en la familia, en el lugar de trabajo, en la escuela, en los diversos &aacute;mbitos de la sociedad. La esperanza est&aacute; indeleblemente escrita en el coraz&oacute;n del hombre, porque Dios nuestro Padre es vida, y estamos hechos para la vida eterna y bienaventurada. <\/p>\n<p>Todo ni&ntilde;o que nace es signo de la confianza de Dios en el hombre y es una confirmaci&oacute;n, al menos impl&iacute;cita, de la esperanza que el hombre alberga en un futuro abierto a la eternidad de Dios. A esta esperanza del hombre respondi&oacute; Dios naciendo en el tiempo como un ser humano peque&ntilde;o. San Agust&iacute;n escribi&oacute;: &laquo;De no haberse tu Verbo hecho carne y habitado entre nosotros, hubi&eacute;ramos podido juzgarlo apartado de la naturaleza humana y desesperar de nosotros&raquo; (<i>Confesiones <\/i>X, 43, 69, citado en <i> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_ben-xvi_enc_20071130_spe-salvi.html\">Spe salvi<\/a><\/i>, 29). <\/p>\n<p>Dej&eacute;monos guiar ahora por Aquella que llev&oacute; en su coraz&oacute;n y en su seno al Verbo encarnado. &iexcl;Oh Mar&iacute;a, Virgen de la espera y Madre de la esperanza, reaviva en toda la Iglesia el esp&iacute;ritu del Adviento, para que la humanidad entera se vuelva a poner en camino hacia Bel&eacute;n, donde vino y de nuevo vendr&aacute; a visitarnos el Sol que nace de lo alto (cf.<i> Lc<\/i> 1, 78), Cristo nuestro Dios! Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2007 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"> <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CELEBRACI&Oacute;N DE LAS PRIMERAS V&Iacute;SPERAS DEL I DOMINGO DE ADVIENTO HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Pedro Domingo 1 de diciembre de 2007 Queridos hermanos y hermanas: El Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza. 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