{"id":40741,"date":"2016-10-06T14:56:03","date_gmt":"2016-10-06T19:56:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-noviembre-de-2007-concelebracion-de-la-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-y-entrega-del-anillo-cardenalicio\/"},"modified":"2016-10-06T14:56:03","modified_gmt":"2016-10-06T19:56:03","slug":"25-de-noviembre-de-2007-concelebracion-de-la-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-y-entrega-del-anillo-cardenalicio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-noviembre-de-2007-concelebracion-de-la-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-y-entrega-del-anillo-cardenalicio\/","title":{"rendered":"25 de noviembre de 2007: Concelebraci\u00f3n de la Santa Misa con los nuevos Cardenales y entrega del anillo cardenalicio"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/2007\/documents\/ns_lit_doc_20071124_index-concistoro_sp.html\"> CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO <br \/> PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES <\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA CON LOS NUEVOS CARDENALES <br \/> Y ENTREGA DEL ANILLO CARDENALICIO<\/b> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI <\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Solemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo, Rey del Universo<br \/> Domingo 25 de noviembre de 2007<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Se&ntilde;ores cardenales;<br \/> venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/> ilustres se&ntilde;ores y se&ntilde;oras; <br \/> queridos hermanos y hermanas:&nbsp; <\/i> <\/p>\n<p>Este a&ntilde;o la solemnidad de Cristo, Rey del universo, coronamiento del a&ntilde;o lit&uacute;rgico, se enriquece con la acogida en el Colegio cardenalicio de veintitr&eacute;s nuevos miembros, a quienes, seg&uacute;n la tradici&oacute;n, he invitado hoy a concelebrar conmigo la Eucarist&iacute;a. A cada uno de ellos dirijo mi saludo cordial, extendi&eacute;ndolo con afecto fraterno a todos los cardenales presentes. Adem&aacute;s, me alegra saludar a las delegaciones que han venido de diversos pa&iacute;ses y al Cuerpo diplom&aacute;tico acreditado ante la Santa Sede; a los numerosos obispos y sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, y a todos los fieles, especialmente a los provenientes de las di&oacute;cesis encomendadas a la solicitud pastoral de algunos de los nuevos cardenales. <\/p>\n<p>La solemnidad lit&uacute;rgica de Cristo Rey da a nuestra celebraci&oacute;n una perspectiva muy significativa, delineada e iluminada por las lecturas b&iacute;blicas. Nos encontramos como ante un imponente fresco con tres grandes escenas:&nbsp; en el centro, la crucifixi&oacute;n, seg&uacute;n el relato del evangelista san Lucas; a un lado, la unci&oacute;n real de David por parte de los ancianos de Israel; al otro, el himno cristol&oacute;gico con el que san Pablo introduce la carta a los Colosenses. En el conjunto destaca la figura de Cristo, el &uacute;nico Se&ntilde;or, ante el cual todos somos hermanos. Toda la jerarqu&iacute;a de la Iglesia, todo carisma y todo ministerio, todo y todos estamos al servicio de su se&ntilde;or&iacute;o. <\/p>\n<p>Debemos partir del acontecimiento central:&nbsp; la cruz. En ella Cristo manifiesta su realeza singular. En el Calvario se confrontan dos actitudes opuestas. Algunos personajes que est&aacute;n al pie de la cruz, y tambi&eacute;n uno de los dos ladrones, se dirigen con desprecio al Crucificado:&nbsp; &quot;Si eres t&uacute; el Cristo, el Rey Mes&iacute;as \u2014dicen\u2014, s&aacute;lvate a ti mismo, bajando del pat&iacute;bulo&quot;. Jes&uacute;s, en cambio, revela su gloria permaneciendo all&iacute;, en la cruz, como Cordero inmolado. <\/p>\n<p>Con &eacute;l se solidariza inesperadamente el otro ladr&oacute;n, que confiesa impl&iacute;citamente la realeza del justo inocente e implora:&nbsp; &quot;Acu&eacute;rdate de m&iacute; cuando llegues a tu reino&quot; (<i>Lc<\/i> 23, 42). San Cirilo de Alejandr&iacute;a comenta:&nbsp; &quot;Lo ves crucificado y lo llamas rey. Crees que el que soporta la burla y el sufrimiento llegar&aacute; a la gloria divina&quot; (<i>Comentario a san Lucas<\/i>, homil&iacute;a 153). Seg&uacute;n el evangelista san Juan, la gloria divina ya est&aacute; presente, aunque escondida por la desfiguraci&oacute;n de la cruz. Pero tambi&eacute;n en el lenguaje de san Lucas el futuro se anticipa al presente cuando Jes&uacute;s promete al buen ladr&oacute;n:&nbsp; &quot;Hoy estar&aacute;s conmigo en el para&iacute;so&quot; (<i>Lc<\/i> 23, 43).<\/p>\n<p>San Ambrosio observa:&nbsp; &quot;Este rogaba que el Se&ntilde;or se acordara de &eacute;l cuando llegara a su reino, pero el Se&ntilde;or le respondi&oacute;:&nbsp; &quot;En verdad, en verdad te digo, <i>hoy<\/i> estar&aacute;s conmigo en el para&iacute;so&quot;. La vida es estar con Cristo, porque donde est&aacute; Cristo all&iacute; est&aacute; el Reino&quot; (<i>Exposici&oacute;n sobre el evangelio seg&uacute;n san Lucas<\/i> 10, 121). As&iacute;, la acusaci&oacute;n:&nbsp; &quot;Este es el rey de los jud&iacute;os&quot;, escrita en un letrero clavado sobre la cabeza de Jes&uacute;s, se convierte en la proclamaci&oacute;n de la verdad. San Ambrosio afirma tambi&eacute;n:&nbsp; &quot;Justamente la inscripci&oacute;n est&aacute; sobre la cruz, porque el Se&ntilde;or Jes&uacute;s, aunque estuviera en la cruz, resplandec&iacute;a desde lo alto de la cruz con una majestad real&quot; (<i>ib.<\/i>, 10, 113).<\/p>\n<p>La escena de la crucifixi&oacute;n en los cuatro evangelios constituye el momento de la verdad, en el que se rasga el &quot;velo del templo&quot; y aparece el Santo de los santos. En Jes&uacute;s crucificado se realiza la m&aacute;xima revelaci&oacute;n posible de Dios en este mundo, porque Dios es amor, y la muerte de Jes&uacute;s en la cruz es el acto de amor m&aacute;s grande de toda la historia. <\/p>\n<p>Pues bien, en el anillo cardenalicio que &nbsp;dentro &nbsp;de poco entregar&eacute; a los nuevos miembros del sagrado Colegio est&aacute; &nbsp;representada &nbsp;precisamente la crucifixi&oacute;n. Queridos hermanos neo-cardenales, para vosotros ser&aacute; siempre una invitaci&oacute;n a recordar de qu&eacute; Rey sois servidores, a qu&eacute; trono fue elevado y c&oacute;mo fue fiel hasta el final para vencer el pecado y &nbsp;la muerte con la fuerza de la &nbsp;misericordia divina. La madre Iglesia, esposa de Cristo, os da esta insignia como recuerdo de su Esposo, que la am&oacute; y se entreg&oacute; a s&iacute; mismo por ella (cf. <i> Ef<\/i> 5, 25). As&iacute;, al llevar el anillo cardenalicio, record&aacute;is constantemente que deb&eacute;is dar la vida por la Iglesia. <\/p>\n<p>Si dirigimos ahora la mirada a la escena de la unci&oacute;n real de David, presentada por la primera lectura, nos impresiona un aspecto importante de la realeza, es decir, su dimensi&oacute;n &quot;corporativa&quot;. Los ancianos de Israel van a Hebr&oacute;n y sellan una alianza con David, declarando que se consideran unidos a &eacute;l y quieren ser uno con &eacute;l. Si referimos esta figura a Cristo, me parece que vosotros, queridos hermanos cardenales, pod&eacute;is muy bien hacer vuestra esta profesi&oacute;n de alianza. Tambi&eacute;n vosotros, que form&aacute;is el &quot;senado&quot; de la Iglesia, pod&eacute;is decir a Jes&uacute;s:&nbsp; &quot;Nos consideramos como tus &nbsp;huesos &nbsp;y &nbsp;tu carne&quot; (<i>2 S<\/i> 5, 1). Pertenecemos &nbsp;a &nbsp;ti, &nbsp;y contigo queremos ser &nbsp;uno. T&uacute; &nbsp;eres el pastor del pueblo de &nbsp;Dios; &nbsp;t&uacute; &nbsp;eres el jefe de la Iglesia (cf. <i>2 S<\/i> 5, 2). En esta solemne celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica queremos renovar nuestro pacto contigo, nuestra amistad, porque s&oacute;lo en esta relaci&oacute;n &iacute;ntima y profunda contigo, Jes&uacute;s, nuestro Rey y Se&ntilde;or, asumen sentido y valor la dignidad que nos ha sido conferida y la responsabilidad que implica. <\/p>\n<p>Ahora nos queda por admirar la tercera parte del &quot;tr&iacute;ptico&quot; que la palabra de Dios pone ante nosotros:&nbsp; el himno cristol&oacute;gico &nbsp;de la carta a los Colosenses. Ante todo, hagamos nuestro el sentimiento &nbsp;de alegr&iacute;a y de gratitud del que &nbsp;brota, &nbsp;porque &nbsp;el reino de Cristo, la &quot;herencia del pueblo santo en la luz&quot;, no es &nbsp;algo &nbsp;que s&oacute;lo se vislumbre a lo lejos, sino que es una realidad de la que hemos sido llamados a formar parte, a la &nbsp;que hemos sido &quot;trasladados&quot;, gracias a &nbsp;la obra redentora del Hijo de Dios (cf. <i>Col<\/i> 1, 12-14). <\/p>\n<p>Esta acci&oacute;n de gracias impulsa el alma de san Pablo a la contemplaci&oacute;n de Cristo y de su misterio en sus dos dimensiones principales:&nbsp; la creaci&oacute;n de todas las cosas y su reconciliaci&oacute;n. En el primer aspecto, el se&ntilde;or&iacute;o de Cristo consiste en que &quot;todo fue creado por &eacute;l y para &eacute;l (&#8230;) y todo se mantiene en &eacute;l&quot; (<i>Col<\/i> 1, 16). La segunda dimensi&oacute;n se centra en el misterio pascual:&nbsp; mediante la muerte en la cruz del Hijo, Dios ha reconciliado consigo a todas las criaturas y ha pacificado el cielo y la tierra; al resucitarlo de entre los muertos, lo ha hecho primicia de la nueva creaci&oacute;n, &quot;plenitud&quot; de toda realidad y &quot;cabeza del Cuerpo&quot; m&iacute;stico que es la Iglesia (cf. <i>Col<\/i> 1, 18-20). Estamos nuevamente ante la cruz, acontecimiento central del misterio de Cristo. En la visi&oacute;n paulina, la cruz se enmarca en el conjunto de la econom&iacute;a de la salvaci&oacute;n, donde la realeza de Jes&uacute;s se manifiesta en toda su amplitud c&oacute;smica. <\/p>\n<p>Este texto del Ap&oacute;stol expresa una s&iacute;ntesis de verdad y de fe tan fuerte que no podemos menos de admirarnos profundamente. La Iglesia es depositaria del misterio de Cristo:&nbsp; lo es con toda humildad y sin sombra de orgullo o arrogancia, porque se trata del m&aacute;ximo don que ha recibido sin m&eacute;rito alguno y que est&aacute; llamada a ofrecer gratuitamente a la humanidad de todas las &eacute;pocas, como horizonte de significado y de salvaci&oacute;n. No es una filosof&iacute;a, no es una gnosis, aunque incluya tambi&eacute;n la sabidur&iacute;a y el conocimiento. Es el misterio de Cristo; es Cristo mismo, <i>Logos<\/i> encarnado, muerto y resucitado, constituido Rey del universo. <\/p>\n<p>&iquest;C&oacute;mo no experimentar un intenso entusiasmo, lleno de gratitud, por haber sido admitidos a contemplar el esplendor de esta revelaci&oacute;n? &iquest;C&oacute;mo no sentir al mismo tiempo la alegr&iacute;a y la responsabilidad de servir a este Rey, de testimoniar con la vida y con la palabra su se&ntilde;or&iacute;o? <br \/> Venerados hermanos cardenales, esta es, de modo particular, nuestra misi&oacute;n:&nbsp; anunciar al mundo la verdad de Cristo, esperanza para&nbsp;todo hombre y para toda la familia&nbsp;humana.&nbsp;En la&nbsp;misma l&iacute;nea del concilio ecum&eacute;nico Vaticano II, mis venerados predecesores los siervos de Dios Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II fueron aut&eacute;nticos heraldos de la realeza de Cristo en el mundo contempor&aacute;neo. Y es para m&iacute; motivo de consuelo poder contar siempre con vosotros, sea colegialmente, sea de modo individual, para cumplir tambi&eacute;n yo esta misi&oacute;n fundamental del ministerio petrino. <\/p>\n<p>Hay un aspecto, unido estrechamente a &nbsp;esta &nbsp;misi&oacute;n, &nbsp;que quiero tratar al final y &nbsp;encomendar &nbsp;a &nbsp;vuestra oraci&oacute;n:&nbsp; la &nbsp;paz entre todos los disc&iacute;pulos de Cristo, como signo de la paz que Jes&uacute;s vino a establecer en el mundo. Hemos escuchado &nbsp;en el himno cristol&oacute;gico la gran noticia:&nbsp; Dios quiso &quot;pacificar&quot; el universo &nbsp;mediante &nbsp;la cruz de Cristo (cf. <i>Col<\/i> 1, 20). Pues &nbsp;bien, la &nbsp;Iglesia es la porci&oacute;n de humanidad en la que ya se manifiesta la realeza de Cristo, que tiene como expresi&oacute;n privilegiada la paz. Es la nueva Jerusal&eacute;n, a&uacute;n imperfecta porque peregrina en la historia, pero capaz de anticipar, en cierto modo, la Jerusal&eacute;n celestial. <\/p>\n<p>Por &uacute;ltimo, podemos referirnos aqu&iacute; al texto del salmo responsorial, el 121:&nbsp;pertenece a los as&iacute; llamados &quot;cantos de las subidas&quot;, y es el himno de alegr&iacute;a de los peregrinos que suben hacia la ciudad santa y, al llegar a sus puertas, le dirigen el saludo de paz:&nbsp; <i>shalom<\/i>. Seg&uacute;n una etimolog&iacute;a popular, Jerusal&eacute;n significaba precisamente &quot;ciudad de la paz&quot;, la paz que el Mes&iacute;as, hijo de David, establecer&iacute;a en la plenitud de los tiempos. En Jerusal&eacute;n reconocemos la figura de la Iglesia, sacramento de Cristo y de su reino. <\/p>\n<p>Queridos hermanos cardenales, este salmo expresa bien el ardiente canto de amor a la Iglesia que vosotros ciertamente llev&aacute;is en el coraz&oacute;n. Hab&eacute;is dedicado vuestra vida al servicio de la Iglesia, y ahora est&aacute;is llamados a asumir en ella una tarea de mayor responsabilidad. Deb&eacute;is hacer plenamente vuestras las palabras del salmo:&nbsp; &quot;Desead la paz a Jerusal&eacute;n&quot; (v. 6). Que la oraci&oacute;n por la paz y la unidad constituya vuestra primera y principal misi&oacute;n, para que la Iglesia sea &quot;segura y compacta&quot; (v. 3), signo e instrumento de unidad para todo el g&eacute;nero humano (cf. <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/i>, 1). <\/p>\n<p>Pongo, m&aacute;s bien, pongamos todos juntos esta misi&oacute;n bajo la protecci&oacute;n sol&iacute;cita de la Madre de la Iglesia, Mar&iacute;a sant&iacute;sima. A ella, unida al Hijo en el Calvario y elevada como Reina a su derecha en la gloria, le encomendamos a los nuevos purpurados, al Colegio cardenalicio y a toda la comunidad cat&oacute;lica, comprometida a sembrar en los surcos de la historia el reino de Cristo, Se&ntilde;or de la vida y Pr&iacute;ncipe de la paz. <\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2007 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA CON LOS NUEVOS CARDENALES Y ENTREGA DEL ANILLO CARDENALICIO HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Solemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo, Rey del Universo Domingo 25 de noviembre de 2007 &nbsp; Se&ntilde;ores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; ilustres &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-noviembre-de-2007-concelebracion-de-la-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-y-entrega-del-anillo-cardenalicio\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab25 de noviembre de 2007: Concelebraci\u00f3n de la Santa Misa con los nuevos Cardenales y entrega del anillo cardenalicio\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40741","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40741","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40741"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40741\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40741"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40741"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40741"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}