{"id":40748,"date":"2016-10-06T14:56:10","date_gmt":"2016-10-06T19:56:10","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-octubre-de-2007-concelebracion-eucaristica-en-la-plaza-del-plebiscito-de-napoles-2\/"},"modified":"2016-10-06T14:56:10","modified_gmt":"2016-10-06T19:56:10","slug":"21-de-octubre-de-2007-concelebracion-eucaristica-en-la-plaza-del-plebiscito-de-napoles-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-octubre-de-2007-concelebracion-eucaristica-en-la-plaza-del-plebiscito-de-napoles-2\/","title":{"rendered":"21 de octubre de 2007: Concelebraci\u00f3n Eucar\u00edstica en la Plaza del Plebiscito de N\u00e1poles"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2007\/index_napoli.html\">VISITA PASTORAL <br \/>DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <br \/>A N&Aacute;POLES<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <b><font color=\"#663300\">CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA <\/font><\/b> <\/p>\n<p align=\"center\"> <i><b><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <i><font color=\"#663300\">Plaza del Plebiscito<br \/>Domingo 21 de octubre de 2007<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Antes del rito penitencial el Santo Padre agradeci&oacute; al cardenal Sepe su intervenci&oacute;n:&nbsp;<\/i><\/p>\n<p>Gracias, eminencia, por sus palabras estimulantes, por el esp&iacute;ritu de fe, por el esp&iacute;ritu de esperanza que brota de la fe, de la capacidad de amor, y que supera la violencia. <\/p>\n<p><i>Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/> distinguidas autoridades; queridos hermanos y hermanas:&nbsp; <\/i> <\/p>\n<p>Con gran alegr&iacute;a he aceptado la invitaci&oacute;n a visitar la comunidad cristiana que vive en esta hist&oacute;rica ciudad de N&aacute;poles. A vuestro arzobispo, el cardenal Crescenzio Sepe, va ante todo mi abrazo fraterno y mi agradecimiento, en particular por las palabras que, tambi&eacute;n en vuestro nombre, me ha dirigido al inicio de esta solemne celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica. Lo he enviado a vuestra comunidad conociendo su celo apost&oacute;lico, y me alegra constatar que lo apreci&aacute;is por sus dotes de mente y de coraz&oacute;n. <\/p>\n<p>Saludo con afecto a los obispos auxiliares y al presbiterio diocesano, as&iacute; como a los religiosos, a las religiosas y a las dem&aacute;s personas consagradas, a los catequistas y a los laicos, particularmente a los j&oacute;venes comprometidos activamente en las diferentes iniciativas pastorales, apost&oacute;licas y sociales. Saludo a las distinguidas autoridades civiles y militares que nos honran con su presencia, comenzando por el presidente del Gobierno italiano, el alcalde de N&aacute;poles y los presidentes de la provincia y la regi&oacute;n. <\/p>\n<p>A todos los que hab&eacute;is venido a esta plaza delante de la monumental bas&iacute;lica dedicada a san Francisco de Paula, de cuya muerte se conmemora este a&ntilde;o el quinto centenario, os dirijo mi cordial saludo, que extiendo de buen grado a cuantos est&aacute;n unidos a nosotros mediante la radio y la televisi&oacute;n, especialmente a las comunidades de clausura, a las personas ancianas, a quienes est&aacute;n en los hospitales, a los detenidos en las c&aacute;rceles y a aquellos con quienes no podr&eacute; encontrarme en mi breve estancia napolitana. En una palabra, saludo a toda la familia de los creyentes y a todos los ciudadanos de N&aacute;poles:&nbsp; estoy entre vosotros, queridos amigos, para compartir con vosotros la Palabra y el Pan de vida, y el mal tiempo no nos desalienta, porque N&aacute;poles siempre es hermosa. <\/p>\n<p>Al meditar en las lecturas b&iacute;blicas de este domingo y al pensar en la realidad de N&aacute;poles, me ha impresionado el hecho de que hoy la palabra de Dios tiene como tema principal la oraci&oacute;n, m&aacute;s a&uacute;n, &quot;la necesidad de orar siempre sin desfallecer&quot; (cf. <i>Lc<\/i> 18, 1), como dice el Evangelio. A primera vista, podr&iacute;a parecer un mensaje poco pertinente, poco realista, poco incisivo con respecto a una realidad social con tantos problemas como la vuestra. Pero, si se reflexiona bien, se comprende que esta Palabra contiene un mensaje que ciertamente va contra corriente, pero est&aacute; destinado a iluminar en profundidad la conciencia de vuestra Iglesia y de vuestra ciudad. <\/p>\n<p>Se puede resumir as&iacute;:&nbsp; la fe es la fuerza que en silencio, sin hacer ruido, cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios, y la oraci&oacute;n es expresi&oacute;n de la fe. Cuando la fe se colma de amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, la oraci&oacute;n se hace perseverante, insistente; se convierte en un gemido del esp&iacute;ritu, un grito del alma que penetra en el coraz&oacute;n de Dios. De este modo, la oraci&oacute;n se convierte en la mayor fuerza de transformaci&oacute;n del mundo. <\/p>\n<p>Ante realidades sociales dif&iacute;ciles y complejas, como seguramente es tambi&eacute;n la vuestra, es preciso reforzar la esperanza, que se funda en la fe y se expresa en una oraci&oacute;n incansable. La oraci&oacute;n es la que mantiene encendida la llama de la fe. Como hemos escuchado, al final del evangelio, Jes&uacute;s pregunta:&nbsp; &quot;Cuando venga el Hijo del hombre, &iquest;encontrar&aacute; fe en la tierra?&quot; (<i>Lc<\/i> 18, 8). Es una pregunta que nos hace pensar. &iquest;Cu&aacute;l ser&aacute; nuestra respuesta a este inquietante interrogante? Hoy queremos repetir juntos con humilde valent&iacute;a:&nbsp; Se&ntilde;or, tu venida a nosotros en esta celebraci&oacute;n dominical nos encuentra reunidos con la l&aacute;mpara de la fe encendida. Creemos y confiamos en ti. Aumenta nuestra fe. <\/p>\n<p>Las lecturas b&iacute;blicas que hemos escuchado nos presentan algunos modelos en los que podemos inspirarnos para hacer nuestra profesi&oacute;n de fe, que es siempre tambi&eacute;n profesi&oacute;n de esperanza, porque la fe es esperanza, abre la tierra a la fuerza divina, a la fuerza del bien. Son las figuras de la viuda, que encontramos en la par&aacute;bola evang&eacute;lica, y la de Mois&eacute;s, de la que habla el libro del &Eacute;xodo. La viuda del evangelio (cf. <i>Lc<\/i> 18, 1-8) nos impulsa a pensar en los &quot;peque&ntilde;os&quot;, en los &uacute;ltimos, pero tambi&eacute;n en tantas personas sencillas y rectas que sufren por los atropellos, se sienten impotentes ante la persistencia del malestar social y tienen la tentaci&oacute;n de desalentarse. A ellos Jes&uacute;s les repite:&nbsp; observad con qu&eacute; tenacidad esta pobre viuda insiste y al final logra que un juez injusto la escuche. &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;ais pensar que vuestro Padre celestial, bueno, fiel y poderoso, que s&oacute;lo desea el bien de sus hijos, no os haga justicia a su tiempo? <\/p>\n<p>La fe nos asegura que Dios escucha nuestra oraci&oacute;n y nos ayuda en el momento oportuno, aunque la experiencia diaria parezca desmentir esta certeza. En efecto, ante ciertos hechos de cr&oacute;nica, o ante tantas dificultades diarias de la vida, de las que los peri&oacute;dicos ni siquiera hablan, surge espont&aacute;neamente en el coraz&oacute;n la s&uacute;plica del antiguo profeta:&nbsp; &quot;&iquest;Hasta cu&aacute;ndo, Se&ntilde;or, pedir&eacute; auxilio, sin que t&uacute; me escuches, clamar&eacute; a ti:&nbsp; &quot;&iexcl;Violencia!&quot; sin que t&uacute; me salves?&quot; (<i>Ha<\/i> 1, 2). <\/p>\n<p>La respuesta a esta apremiante invocaci&oacute;n es una sola:&nbsp; Dios no puede cambiar las cosas sin nuestra conversi&oacute;n, y nuestra verdadera conversi&oacute;n comienza con el &quot;grito&quot; del alma, que implora perd&oacute;n y salvaci&oacute;n. Por tanto, la oraci&oacute;n cristiana no es expresi&oacute;n de fatalismo o de inercia; m&aacute;s bien, es lo opuesto a la evasi&oacute;n de la realidad, al intimismo consolador:&nbsp; es fuerza de esperanza, expresi&oacute;n m&aacute;xima de la fe en el poder de Dios, que es Amor y no nos abandona. <\/p>\n<p>La oraci&oacute;n que Jes&uacute;s nos ense&ntilde;&oacute; y que culmin&oacute; en Getseman&iacute;, tiene el car&aacute;cter de &quot;combatividad&quot;, es decir, de lucha, porque nos pone decididamente del lado del Se&ntilde;or para combatir la injusticia y vencer el mal con el bien; es el arma de los peque&ntilde;os y de los pobres de esp&iacute;ritu, que repudian todo tipo de violencia. M&aacute;s a&uacute;n, responden a ella con la no violencia evang&eacute;lica, testimoniando as&iacute; que la verdad del Amor es m&aacute;s fuerte que el odio y la muerte. <\/p>\n<p>Esto se puede ver tambi&eacute;n en la primera lectura, la c&eacute;lebre narraci&oacute;n de la batalla entre los israelitas y los amalecitas (cf. <i>Ex<\/i> 17, 8-13). Fue precisamente la oraci&oacute;n elevada con fe al verdadero Dios lo que determin&oacute; el desenlace de aquella dura batalla. Mientras Josu&eacute; y sus hombres afrontaban en el campo a sus adversarios, en la cima del monte Mois&eacute;s ten&iacute;a levantadas las manos, en la posici&oacute;n de la persona en oraci&oacute;n. Las manos levantadas del gran caudillo garantizaron la victoria de Israel. Dios estaba con su pueblo, quer&iacute;a su victoria, pero condicionaba su intervenci&oacute;n a que Mois&eacute;s tuviera en alto las manos. <\/p>\n<p>Parece incre&iacute;ble, pero es as&iacute;:&nbsp; Dios necesita las manos levantadas de su siervo. Los brazos elevados de Mois&eacute;s hacen pensar en los de Jes&uacute;s en la cruz:&nbsp; brazos extendidos y clavados con los que el Redentor venci&oacute; la batalla decisiva contra el enemigo infernal. Su lucha, sus manos alzadas hacia el Padre y extendidas sobre el mundo piden otros brazos, otros corazones que sigan ofreci&eacute;ndose con su mismo amor, hasta el fin del mundo. <\/p>\n<p>Me dirijo en particular a vosotros, queridos pastores de la Iglesia que est&aacute; en N&aacute;poles, haciendo m&iacute;as las palabras que san Pablo dirige a Timoteo y hemos escuchado en la segunda lectura:&nbsp; permaneced firmes en lo que hab&eacute;is aprendido y en lo que cre&eacute;is. Proclamad la palabra, insistid en toda ocasi&oacute;n, a tiempo y a destiempo, reprended, reprochad, exhortad con toda paciencia y doctrina (cf. <i> 2 Tm<\/i> 3, 14.&nbsp;16; 4, 2). Y, como Mois&eacute;s en el monte, perseverad en la oraci&oacute;n por y con los fieles encomendados a vuestro cuidado pastoral, para que juntos pod&aacute;is afrontar cada d&iacute;a el buen combate del Evangelio. <\/p>\n<p>Y ahora, iluminados interiormente por la palabra de Dios, volvamos a mirar la realidad de vuestra ciudad, donde no faltan energ&iacute;as sanas, gente buena, culturalmente preparada y con un vivo sentido de la familia. Pero para muchos vivir no es sencillo:&nbsp; son numerosas las situaciones de pobreza, de carencia de viviendas, de desempleo o subempleo, de falta de perspectivas de futuro. Adem&aacute;s, est&aacute; el triste fen&oacute;meno de la violencia. No se trata s&oacute;lo del deplorable n&uacute;mero de delitos de la camorra, sino tambi&eacute;n de que, por desgracia, la violencia tiende a convertirse en una mentalidad generalizada, insinu&aacute;ndose en los entresijos de la vida social, en los barrios hist&oacute;ricos del centro y en las periferias nuevas y an&oacute;nimas, y corre el riesgo de atraer especialmente a la juventud, que crece en ambientes en los que prospera la ilegalidad, la econom&iacute;a sumergida y la cultura del &quot;apa&ntilde;arse&quot;. <\/p>\n<p>&iexcl;Cu&aacute;n importante es, por tanto, intensificar los esfuerzos con vistas a una seria estrategia de prevenci&oacute;n, que se oriente a la escuela, al trabajo y a ayudar a los j&oacute;venes a aprovechar el tiempo libre. Es necesaria una intervenci&oacute;n que implique a todos en la lucha contra cualquier forma de violencia, partiendo de la formaci&oacute;n de las conciencias y transformando las mentalidades, las actitudes y los comportamientos de todos los d&iacute;as. Dirijo esta invitaci&oacute;n a todo hombre y a toda mujer de buena voluntad, mientras se celebra aqu&iacute;, en N&aacute;poles, el encuentro de los l&iacute;deres religiosos por la paz, que tiene como tema:&nbsp; &quot;Por un mundo sin violencia:&nbsp; religiones y culturas en di&aacute;logo&quot;. <\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, el amado Papa Juan Pablo II visit&oacute; N&aacute;poles por primera vez en 1979:&nbsp; era, como hoy, el domingo 21 de octubre. La segunda vez vino en noviembre de 1990:&nbsp; una visita que promovi&oacute; el renacimiento de la esperanza. La Iglesia tiene la misi&oacute;n de alimentar siempre la fe y la esperanza del pueblo cristiano. Eso es lo que est&aacute; haciendo con celo apost&oacute;lico tambi&eacute;n vuestro arzobispo, que escribi&oacute; recientemente una carta pastoral con el significativo t&iacute;tulo:&nbsp; &quot;La sangre y la esperanza&quot;. S&iacute;, la verdadera esperanza nace s&oacute;lo de la sangre de Cristo y de la sangre derramada por &eacute;l. Hay sangre que es signo de muerte; pero hay sangre que expresa amor y vida:&nbsp; la sangre de Jes&uacute;s y de los m&aacute;rtires, como la de vuestro amado patrono san Jenaro, es manantial de vida nueva. <\/p>\n<p>Concluyo haciendo m&iacute;a una expresi&oacute;n contenida en la carta pastoral de vuestro arzobispo, que reza as&iacute;:&nbsp; &quot;La semilla de la esperanza es quiz&aacute; la m&aacute;s peque&ntilde;a, pero de ella puede surgir un &aacute;rbol lozano y producir muchos frutos&quot;. Esta semilla existe y act&uacute;a en N&aacute;poles, a pesar de los problemas y las dificultades. Oremos al Se&ntilde;or para que haga crecer en la comunidad cristiana una fe aut&eacute;ntica y una esperanza firme, capaz de contrastar eficazmente el desaliento y la violencia. <\/p>\n<p>Ciertamente, N&aacute;poles necesita intervenciones pol&iacute;ticas adecuadas, pero antes a&uacute;n necesita una profunda renovaci&oacute;n espiritual; necesita creyentes que pongan plenamente su confianza en Dios y que, con su ayuda, se comprometan a difundir en la sociedad los valores del Evangelio. Para ello pidamos la ayuda de Mar&iacute;a y de vuestros santos protectores, en particular de san Jenaro. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2007 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"> <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A N&Aacute;POLES CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Plaza del PlebiscitoDomingo 21 de octubre de 2007 &nbsp; Antes del rito penitencial el Santo Padre agradeci&oacute; al cardenal Sepe su intervenci&oacute;n:&nbsp; Gracias, eminencia, por sus palabras estimulantes, por el esp&iacute;ritu de fe, por el esp&iacute;ritu de esperanza &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-octubre-de-2007-concelebracion-eucaristica-en-la-plaza-del-plebiscito-de-napoles-2\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab21 de octubre de 2007: Concelebraci\u00f3n Eucar\u00edstica en la Plaza del Plebiscito de N\u00e1poles\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40748","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40748","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40748"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40748\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40748"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40748"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40748"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}