{"id":40749,"date":"2016-10-06T14:56:10","date_gmt":"2016-10-06T19:56:10","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-septiembre-de-2007-ordenacion-episcopal-de-seis-presbiteros\/"},"modified":"2016-10-06T14:56:10","modified_gmt":"2016-10-06T19:56:10","slug":"29-de-septiembre-de-2007-ordenacion-episcopal-de-seis-presbiteros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-septiembre-de-2007-ordenacion-episcopal-de-seis-presbiteros\/","title":{"rendered":"29 de septiembre de 2007: Ordenaci\u00f3n episcopal de seis presb\u00edteros"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA <br \/> CON LA ORDENACI&Oacute;N EPISCOPAL DE SEIS PRESB&Iacute;TEROS<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<br \/> <\/font><\/b><br \/> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> S&aacute;bado 29 de septiembre de 2007 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i> <\/p>\n<p>Nos encontramos reunidos en torno al altar del Se&ntilde;or para una circunstancia solemne y alegre al mismo tiempo: la ordenaci&oacute;n episcopal de seis nuevos obispos, llamados a desempe&ntilde;ar diversas misiones al servicio de la &uacute;nica Iglesia de Cristo. Son mons. Mieczyslaw Mokrzycki, mons. Francesco Brugnaro, mons. Gianfranco Ravasi, mons. Tommaso Caputo, mons. Sergio Pagano y mons. Vincenzo Di Mauro. A todos dirijo mi cordial saludo, con un abrazo fraterno. <\/p>\n<p>Saludo en particular a mons. Mokrzycki, que, juntamente con el actual cardenal Stanislaw Dziwisz, durante muchos a&ntilde;os estuvo al servicio del Santo Padre Juan Pablo II como secretario y luego, despu&eacute;s de mi elecci&oacute;n como Sucesor de Pedro, tambi&eacute;n me ha ayudado a m&iacute; como secretario con gran humildad, competencia y dedicaci&oacute;n. <\/p>\n<p>Saludo, asimismo, al amigo del Papa Juan Pablo II, cardenal Marian Jaworski, con quien mons. Mokrzycki colaborar&aacute; como coadjutor. Saludo tambi&eacute;n a los obispos latinos de Ucrania, que est&aacute;n aqu&iacute; en Roma para su visita &quot;ad limina Apostolorum&quot;. Mi pensamiento se dirige, adem&aacute;s, a los obispos grecocat&oacute;licos, con algunos de los cuales me encontr&eacute; el lunes pasado, y a la Iglesia ortodoxa de Ucrania. A todos les deseo las bendiciones del cielo para sus esfuerzos encaminados a mantener operante en su tierra y a transmitir a las futuras generaciones la fuerza sanadora y fortalecedora del Evangelio de Cristo. <\/p>\n<p>Celebramos esta ordenaci&oacute;n episcopal en la fiesta de los tres Arc&aacute;ngeles que la sagrada Escritura menciona por su propio nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. Esto nos trae a la mente que en la Iglesia antigua, ya en el Apocalipsis, a los obispos se les llamaba &quot;&aacute;ngeles&quot; de su Iglesia, expresando as&iacute; una &iacute;ntima correspondencia entre el ministerio del obispo y la misi&oacute;n del &aacute;ngel. <\/p>\n<p>A partir de la tarea del &aacute;ngel se puede comprender el servicio del obispo. Pero, &iquest;qu&eacute; es un &aacute;ngel? La sagrada Escritura y la tradici&oacute;n de la Iglesia nos hacen descubrir dos aspectos. Por una parte, el &aacute;ngel es una criatura que est&aacute; en la presencia de Dios, orientada con todo su ser hacia Dios. Los tres nombres de los Arc&aacute;ngeles acaban con la palabra &quot;<i>El<\/i>&quot;, que significa &quot;Dios&quot;. Dios est&aacute; inscrito en sus nombres, en su naturaleza. <\/p>\n<p>Su verdadera naturaleza es estar en &eacute;l y para &eacute;l. <\/p>\n<p>Precisamente as&iacute; se explica tambi&eacute;n el segundo aspecto que caracteriza a los &aacute;ngeles: son mensajeros de Dios. Llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y as&iacute; abren la tierra. Precisamente porque est&aacute;n en la presencia de Dios, pueden estar tambi&eacute;n muy cerca del hombre. En efecto, Dios es m&aacute;s &iacute;ntimo a cada uno de nosotros de lo que somos nosotros mismos. <\/p>\n<p>Los &aacute;ngeles hablan al hombre de lo que constituye su verdadero ser, de lo que en su vida con mucha frecuencia est&aacute; encubierto y sepultado. Lo invitan a volver a entrar en s&iacute; mismo, toc&aacute;ndolo de parte de Dios. En este sentido, tambi&eacute;n nosotros, los seres humanos, deber&iacute;amos convertirnos continuamente en &aacute;ngeles los unos para los otros, &aacute;ngeles que nos apartan de los caminos equivocados y nos orientan siempre de nuevo hacia Dios. <\/p>\n<p>Cuando la Iglesia antigua llama a los obispos &quot;&aacute;ngeles&quot; de su Iglesia, quiere decir precisamente que los obispos mismos deben ser hombres de Dios, deben vivir orientados hacia Dios. &quot;<i>Multum orat pro populo<\/i>&quot;, &quot;Ora mucho por el pueblo&quot;, dice el Breviario de la Iglesia a prop&oacute;sito de los obispos santos. El obispo debe ser un orante, uno que intercede por los hombres ante Dios. Cuanto m&aacute;s lo hace, tanto m&aacute;s comprende tambi&eacute;n a las personas que le han sido encomendadas y puede convertirse para ellas en un &aacute;ngel, un mensajero de Dios, que les ayuda a encontrar su verdadera naturaleza, a encontrarse a s&iacute; mismas, y a vivir la idea que Dios tiene de ellas. <\/p>\n<p>Todo esto resulta a&uacute;n m&aacute;s claro si contemplamos las figuras de los tres Arc&aacute;ngeles cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Ante todo, san <i>Miguel<\/i>. En la sagrada Escritura lo encontramos sobre todo en el libro de Daniel, en la carta del ap&oacute;stol san Judas Tadeo y en el Apocalipsis. En esos textos se ponen de manifiesto dos funciones de este Arc&aacute;ngel. Defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunci&oacute;n del drag&oacute;n, de la &quot;serpiente antigua&quot;, como dice san Juan. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que Dios obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de &eacute;l. <\/p>\n<p>Pero el drag&oacute;n no s&oacute;lo acusa a Dios. El Apocalipsis lo llama tambi&eacute;n &quot;el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa d&iacute;a y noche delante de nuestro Dios&quot; (<i>Ap<\/i> 12, 10). Quien aparta a Dios, no hace grande al hombre, sino que le quita su dignidad. Entonces el hombre se transforma en un producto defectuoso de la evoluci&oacute;n. Quien acusa a Dios, acusa tambi&eacute;n al hombre. La fe en Dios defiende al hombre en todas sus debilidades e insuficiencias: el esplendor de Dios brilla en cada persona. <\/p>\n<p>El obispo, en cuanto hombre de Dios, tiene por misi&oacute;n hacer espacio a Dios en el mundo contra las negaciones y defender as&iacute; la grandeza del hombre. Y &iquest;qu&eacute; cosa m&aacute;s grande se podr&iacute;a decir y pensar sobre el hombre que el hecho de que Dios mismo se ha hecho hombre? <\/p>\n<p>La otra funci&oacute;n del arc&aacute;ngel Miguel, seg&uacute;n la Escritura, es la de protector del pueblo de Dios (cf. <i>Dn<\/i> 10, 21; 12, 1). Queridos amigos, sed de verdad &quot;&aacute;ngeles custodios&quot; de las Iglesias que se os encomendar&aacute;n. Ayudad al pueblo de Dios, al que deb&eacute;is preceder en su peregrinaci&oacute;n, a encontrar la alegr&iacute;a en la fe y a aprender el discernimiento de esp&iacute;ritus: a acoger el bien y rechazar el mal, a seguir siendo y a ser cada vez m&aacute;s, en virtud de la esperanza de la fe, personas que aman en comuni&oacute;n con el Dios-Amor. <\/p>\n<p>Al Arc&aacute;ngel <i>Gabriel<\/i> lo encontramos sobre todo en el magn&iacute;fico relato del anuncio de la encarnaci&oacute;n de Dios a Mar&iacute;a, como nos lo refiere san Lucas (cf. <i> Lc<\/i> 1, 26-38). Gabriel es el mensajero de la encarnaci&oacute;n de Dios. Llama a la puerta de Mar&iacute;a y, a trav&eacute;s de &eacute;l, Dios mismo pide a Mar&iacute;a su &quot;s&iacute;&quot; a la propuesta de convertirse en la Madre del Redentor: de dar su carne humana al Verbo eterno de Dios, al Hijo de Dios. <\/p>\n<p>En repetidas ocasiones el Se&ntilde;or llama a las puertas del coraz&oacute;n humano. En el Apocalipsis dice al &quot;&aacute;ngel&quot; de la Iglesia de Laodicea y, a trav&eacute;s de &eacute;l, a los hombres de todos los tiempos: &quot;Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entrar&eacute; en su casa y cenar&eacute; con &eacute;l y &eacute;l conmigo&quot; (<i>Ap<\/i> 3, 20). El Se&ntilde;or est&aacute; a la puerta, a la puerta del mundo y a la puerta de cada coraz&oacute;n. Llama para que le permitamos entrar: la encarnaci&oacute;n de Dios, su hacerse carne, debe continuar hasta el final de los tiempos. <\/p>\n<p>Todos deben estar reunidos en Cristo en un solo cuerpo: esto nos lo dicen los grandes himnos sobre Cristo en la carta a los Efesios y en la carta a los Colosenses. Cristo llama. Tambi&eacute;n hoy necesita personas que, por decirlo as&iacute;, le ponen a disposici&oacute;n su carne, le proporcionan la materia del mundo y de su vida, contribuyendo as&iacute; a la unificaci&oacute;n entre Dios y el mundo, a la reconciliaci&oacute;n del universo. <\/p>\n<p>Queridos amigos, vosotros ten&eacute;is la misi&oacute;n de llamar en nombre de Cristo a los corazones de los hombres. Entrando vosotros mismos en uni&oacute;n con Cristo, podr&eacute;is tambi&eacute;n asumir la funci&oacute;n de Gabriel: llevar la llamada de Cristo a los hombres. <\/p>\n<p>San Rafael se nos presenta, sobre todo en el libro de Tob&iacute;as, como el &aacute;ngel a quien est&aacute; encomendada la misi&oacute;n de curar. Cuando Jes&uacute;s env&iacute;a a sus disc&iacute;pulos en misi&oacute;n, adem&aacute;s de la tarea de anunciar el Evangelio, les encomienda siempre tambi&eacute;n la de curar. El buen samaritano, al recoger y curar a la persona herida que yac&iacute;a a la vera del camino, se convierte sin palabras en un testigo del amor de Dios. Este hombre herido, necesitado de curaci&oacute;n, somos todos nosotros. Anunciar el Evangelio significa ya de por s&iacute; curar, porque el hombre necesita sobre todo la verdad y el amor. <\/p>\n<p>El libro de Tob&iacute;as refiere dos tareas emblem&aacute;ticas de curaci&oacute;n que realiza el Arc&aacute;ngel Rafael. Cura la comuni&oacute;n perturbada entre el hombre y la mujer. Cura su amor. Expulsa los demonios que, siempre de nuevo, desgarran y destruyen su amor. Purifica el clima entre los dos y les da la capacidad de acogerse mutuamente para siempre. El relato de Tob&iacute;as presenta esta curaci&oacute;n con im&aacute;genes legendarias. <\/p>\n<p>En el Nuevo Testamento, el orden del matrimonio, establecido en la creaci&oacute;n y amenazado de muchas maneras por el pecado, es curado por el hecho de que Cristo lo acoge en su amor redentor. Cristo hace del matrimonio un sacramento: su amor, al subir por nosotros a la cruz, es la fuerza sanadora que, en todas las confusiones, capacita para la reconciliaci&oacute;n, purifica el clima y cura las heridas. <\/p>\n<p>Al sacerdote est&aacute; confiada la misi&oacute;n de llevar a los hombres continuamente al encuentro de la fuerza reconciliadora del amor de Cristo. Debe ser el &quot;&aacute;ngel&quot; sanador que les ayude a fundamentar su amor en el sacramento y a vivirlo con empe&ntilde;o siempre renovado a partir de &eacute;l. <\/p>\n<p>En segundo lugar, el libro de Tob&iacute;as habla de la curaci&oacute;n de la ceguera. Todos sabemos que hoy nos amenaza seriamente la ceguera con respecto a Dios. Hoy es muy grande el peligro de que, ante todo lo que sabemos sobre las cosas materiales y lo que con ellas podemos hacer, nos hagamos ciegos con respecto a la luz de Dios. <\/p>\n<p>Curar esta ceguera mediante el mensaje de la fe y el testimonio del amor es el servicio de Rafael, encomendado cada d&iacute;a al sacerdote y de modo especial al obispo. As&iacute;, nos viene espont&aacute;neamente tambi&eacute;n el pensamiento del sacramento de la Reconciliaci&oacute;n, del sacramento de la Penitencia, que, en el sentido m&aacute;s profundo de la palabra, es un sacramento de curaci&oacute;n. En efecto, la verdadera herida del alma, el motivo de todas nuestras dem&aacute;s heridas, es el pecado. Y s&oacute;lo podemos ser curados, s&oacute;lo podemos ser redimidos, si existe un perd&oacute;n en virtud del poder de Dios, en virtud del poder del amor de Cristo. <\/p>\n<p>&quot;Permaneced en mi amor&quot;, nos dice hoy el Se&ntilde;or en el evangelio (<i>Jn<\/i> 15, 9). En el momento de la ordenaci&oacute;n episcopal lo dice de modo particular a vosotros, queridos amigos. Permaneced en su amor. Permaneced en la amistad con &eacute;l, llena del amor que &eacute;l os regala de nuevo en este momento. Entonces vuestra vida dar&aacute; fruto, un fruto que permanece (cf. <i>Jn<\/i> 15, 16). Todos oramos en este momento por vosotros, queridos hermanos, para que Dios os conceda este regalo. Am&eacute;n<\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2007 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"> <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\"> <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA CON LA ORDENACI&Oacute;N EPISCOPAL DE SEIS PRESB&Iacute;TEROS HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Pedro S&aacute;bado 29 de septiembre de 2007 Queridos hermanos y hermanas: Nos encontramos reunidos en torno al altar del Se&ntilde;or para una circunstancia solemne y alegre al mismo tiempo: la ordenaci&oacute;n episcopal de seis nuevos obispos, llamados &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-septiembre-de-2007-ordenacion-episcopal-de-seis-presbiteros\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab29 de septiembre de 2007: Ordenaci\u00f3n episcopal de seis presb\u00edteros\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40749","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40749","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40749"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40749\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40749"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40749"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40749"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}