{"id":40754,"date":"2016-10-06T14:56:15","date_gmt":"2016-10-06T19:56:15","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/9-de-septiembre-de-2007-santa-misa-en-la-catedral-de-san-esteban-austria-2\/"},"modified":"2016-10-06T14:56:15","modified_gmt":"2016-10-06T19:56:15","slug":"9-de-septiembre-de-2007-santa-misa-en-la-catedral-de-san-esteban-austria-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/9-de-septiembre-de-2007-santa-misa-en-la-catedral-de-san-esteban-austria-2\/","title":{"rendered":"9 de septiembre de 2007: Santa Misa en la catedral de San Esteban (Austria)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2007\/index_austria.html\">VIAJE APOST&Oacute;LICO <br \/> DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<br \/> A AUSTRIA <br \/> CON OCASI&Oacute;N DEL 850 ANIVERSARIO<br \/> DE LA FUNDACI&Oacute;N DEL SANTUARIO DE MARIAZELL<\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA CATEDRAL DE SAN ESTEBAN<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Viena, domingo 9 de septiembre de 2007 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>&quot;<i>Sine dominico non possumus<\/i>!&quot; Sin el don del Se&ntilde;or, sin el D&iacute;a del Se&ntilde;or no podemos vivir:&nbsp; as&iacute; respondieron en el a&ntilde;o 304 algunos cristianos de Abitina, en la actual T&uacute;nez, cuando, sorprendidos en la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica dominical, que estaba prohibida, fueron conducidos ante el juez y se les pregunt&oacute; por qu&eacute; hab&iacute;an celebrado en domingo la funci&oacute;n religiosa cristiana, sabiendo que esto se castigaba con la muerte. &quot;<i>Sine dominico non possumus<\/i>&quot;. <\/p>\n<p>En la palabra <i>dominicum \/ dominico <\/i>se encuentran entrelazados indisolublemente dos significados, cuya unidad debemos aprender de nuevo a percibir. Est&aacute; ante todo el don del Se&ntilde;or. Este don es &eacute;l mismo, el Resucitado, cuyo contacto y cercan&iacute;a los cristianos necesitan para ser de verdad cristianos. Sin embargo, no se trata s&oacute;lo de un contacto espiritual, interno, subjetivo:&nbsp;el encuentro con el Se&ntilde;or se inscribe en el tiempo a trav&eacute;s de un d&iacute;a preciso. Y de esta manera se inscribe en nuestra existencia concreta, corp&oacute;rea y comunitaria, que es temporalidad. Da un centro, un orden interior a nuestro tiempo y, por tanto, a nuestra vida en su conjunto. Para aquellos cristianos la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica dominical no era un precepto, sino una necesidad interior. Sin Aquel que sostiene nuestra vida, la vida misma queda vac&iacute;a. Abandonar o traicionar este centro quitar&iacute;a a la vida misma su fundamento, su dignidad interior y su belleza. <\/p>\n<p>Esa actitud de los cristianos de entonces, &iquest;tiene importancia tambi&eacute;n para nosotros, los cristianos de hoy? S&iacute;, es v&aacute;lida tambi&eacute;n para nosotros, que necesitamos una relaci&oacute;n que nos sostenga y d&eacute; orientaci&oacute;n y contenido a nuestra vida. Tambi&eacute;n nosotros necesitamos el contacto con el Resucitado, que nos sostiene m&aacute;s all&aacute; de la muerte. Necesitamos este encuentro que nos re&uacute;ne, que nos da un espacio de libertad, que nos hace mirar m&aacute;s all&aacute; del activismo de la vida diaria hacia el amor creador de Dios, del cual provenimos y hacia el cual vamos en camino. <\/p>\n<p>Si reflexionamos en el pasaje evang&eacute;lico de hoy y escuchamos al Se&ntilde;or, que en &eacute;l nos habla, nos asustamos. &quot;Quien no renuncia a todas sus propiedades y no deja tambi&eacute;n todos sus lazos familiares, no puede ser mi disc&iacute;pulo&quot;. Quisi&eacute;ramos objetar:&nbsp; pero, &iquest;qu&eacute; dices, Se&ntilde;or? &iquest;Acaso el mundo no tiene precisamente necesidad de la familia? &iquest;Acaso no tiene necesidad del amor paterno y materno, del amor entre padres e hijos, entre el hombre y la mujer? &iquest;Acaso no tenemos necesidad del amor de la vida, de la alegr&iacute;a de vivir? &iquest;Acaso no hacen falta tambi&eacute;n personas que inviertan en los bienes de este mundo y construyan la tierra que nos ha sido dada, de modo que todos puedan participar de sus dones? &iquest;Acaso no nos ha sido confiada tambi&eacute;n la tarea de proveer al desarrollo de la tierra y de sus bienes? <\/p>\n<p>Si escuchamos mejor al Se&ntilde;or y, sobre todo, si lo escuchamos en el conjunto de todo lo que nos dice, entonces comprendemos que Jes&uacute;s no exige a todos lo mismo. Cada uno tiene su tarea personal y el tipo de seguimiento proyectado para &eacute;l. En el evangelio de hoy Jes&uacute;s habla directamente de algo que no es tarea de las numerosas personas que se hab&iacute;an unido a &eacute;l durante la peregrinaci&oacute;n hacia Jerusal&eacute;n, sino que es una llamada particular para los Doce. Estos, ante todo, deben superar el esc&aacute;ndalo de la cruz; luego deben estar dispuestos a dejar verdaderamente todo y aceptar la misi&oacute;n aparentemente absurda de ir hasta los confines de la tierra y, con su escasa cultura, anunciar a un mundo lleno de presunta erudici&oacute;n y de formaci&oacute;n ficticia o verdadera, y ciertamente de modo especial a los pobres y a los sencillos, el Evangelio de Jesucristo. En su camino a lo largo del mundo, deben estar dispuestos a sufrir en primera persona el martirio, para dar as&iacute; testimonio del Evangelio del Se&ntilde;or crucificado y resucitado. <\/p>\n<p>Aunque, en esa peregrinaci&oacute;n hacia Jerusal&eacute;n, en la que va acompa&ntilde;ado por una gran muchedumbre, la palabra de Jes&uacute;s se dirige ante todo a los Doce, su llamada naturalmente alcanza, m&aacute;s all&aacute; del momento hist&oacute;rico, todos los siglos. En todos los tiempos llama a las personas a contar exclusivamente con &eacute;l, a dejar todo lo dem&aacute;s y a estar totalmente a su disposici&oacute;n, para estar as&iacute; a disposici&oacute;n de los otros; a crear oasis de amor desinteresado en un mundo en el que tantas veces parecen contar solamente el poder y el dinero. Demos gracias al Se&ntilde;or porque en todos los siglos nos ha donado hombres y mujeres que por amor a &eacute;l han dejado todo lo dem&aacute;s, convirti&eacute;ndose en signos luminosos de su amor. Basta pensar en personas como Benito y Escol&aacute;stica, como Francisco y Clara de As&iacute;s, como Isabel de Hungr&iacute;a y Eduviges de Polonia, como Ignacio de Loyola y Teresa de &Aacute;vila, hasta la madre Teresa de Calcuta y el padre P&iacute;o. Estas personas, con toda su vida, han sido una interpretaci&oacute;n de la palabra de Jes&uacute;s, que en ellos se hace cercana y comprensiva para nosotros. Oremos al Se&ntilde;or para que tambi&eacute;n en nuestro tiempo conceda a muchas personas la valent&iacute;a para dejarlo todo, a fin de estar as&iacute; a disposici&oacute;n de todos. <\/p>\n<p>Pero si volvemos al Evangelio, podemos observar que el Se&ntilde;or no habla solamente de unos pocos y de su tarea particular; el n&uacute;cleo de lo que dice vale para todos. En otra ocasi&oacute;n aclara as&iacute; de qu&eacute; cosa se trata, en definitiva:&nbsp; &quot;Quien &nbsp;quiera salvar su vida, la perder&aacute;; pero quien pierda su vida por m&iacute;, ese la salvar&aacute;. Pues, &iquest;de qu&eacute; le sirve al hombre &nbsp;haber &nbsp;ganado el mundo entero, si &eacute;l mismo se pierde o se arruina?&quot; (<i>Lc<\/i> 9, 24-25). Quien quiere s&oacute;lo poseer su vida, tomarla s&oacute;lo para s&iacute; mismo, la perder&aacute;. S&oacute;lo quien se entrega recibe su vida. Con otras palabras:&nbsp; s&oacute;lo quien ama encuentra la vida. Y el amor requiere siempre salir de s&iacute; mismo, requiere olvidarse de s&iacute; mismo. <\/p>\n<p>Quien mira hacia atr&aacute;s para buscarse a s&iacute; mismo y quiere tener al otro solamente para s&iacute;, precisamente de este modo se pierde a s&iacute; mismo y pierde al otro. Sin este m&aacute;s profundo perderse a s&iacute; mismo no hay vida. El inquieto anhelo de vida que hoy no da paz a los hombres acaba en el vac&iacute;o de la vida perdida. &quot;Quien pierda su vida por m&iacute;&#8230;&quot;, dice el Se&ntilde;or. Renunciar a nosotros mismos de modo m&aacute;s radical s&oacute;lo es posible si con ello al final no caemos en el vac&iacute;o, sino en las manos del Amor eterno. S&oacute;lo el amor de Dios, que se perdi&oacute; a s&iacute; mismo entreg&aacute;ndose a&nbsp;nosotros,&nbsp;nos permite ser libres tambi&eacute;n nosotros, perdernos, para as&iacute; encontrar verdaderamente la vida. <\/p>\n<p>Este es el n&uacute;cleo del mensaje que el Se&ntilde;or quiere comunicarnos en el pasaje evang&eacute;lico, aparentemente tan duro, de este domingo. Con su palabra nos da la certeza de que podemos contar con su amor, con el amor del Dios hecho hombre. Reconocer esto es la sabidur&iacute;a de la que habla la primera lectura de hoy. Tambi&eacute;n vale aqu&iacute; aquello de que de nada sirve todo el saber del mundo si no aprendemos a vivir, si no aprendemos qu&eacute; es lo que cuenta verdaderamente en la vida. <br \/> &quot;<i>Sine dominico non possumus!<\/i>&quot;. Sin el Se&ntilde;or y el d&iacute;a que le pertenece no se realiza una vida plena. En nuestras sociedades occidentales el domingo se ha transformado en un fin de semana, en tiempo libre. Ciertamente, el tiempo libre, especialmente con la prisa del mundo moderno, es algo bello y necesario, como lo sabemos todos. Pero si el tiempo libre no tiene un centro interior, del que provenga una orientaci&oacute;n para el conjunto, acaba por ser tiempo vac&iacute;o que no nos fortalece ni nos recrea. El tiempo libre necesita un centro:&nbsp; el encuentro con Aquel que es nuestro origen y nuestra meta. Mi gran predecesor en la sede episcopal de Munich y Freising, el cardenal Faulhaber, lo expres&oacute; en cierta ocasi&oacute;n de la siguiente manera:&nbsp; &quot;Da al alma su domingo, da al domingo su alma&quot;. <\/p>\n<p>Precisamente porque, en su sentido profundo, en el domingo se trata del encuentro, en la Palabra y en el Sacramento, con Cristo resucitado, el rayo de este d&iacute;a abarca toda la realidad. Los primeros cristianos celebraban el primer d&iacute;a de la semana como d&iacute;a del Se&ntilde;or porque era el d&iacute;a de la Resurrecci&oacute;n. Sin embargo, muy pronto la Iglesia tom&oacute; conciencia tambi&eacute;n del hecho de que el primer d&iacute;a de la semana es el d&iacute;a de la ma&ntilde;ana de la creaci&oacute;n, el d&iacute;a en que Dios dijo:&nbsp; &quot;H&aacute;gase la luz&quot; (<i>Gn<\/i> 1, 3). Por eso, en la Iglesia el domingo es tambi&eacute;n la fiesta semanal de la creaci&oacute;n, la fiesta de la acci&oacute;n de gracias y de la alegr&iacute;a por la creaci&oacute;n de Dios. <\/p>\n<p>En una &eacute;poca, en la que, a causa de nuestras intervenciones humanas, la creaci&oacute;n parece expuesta a m&uacute;ltiples peligros, deber&iacute;amos acoger conscientemente tambi&eacute;n esta dimensi&oacute;n del domingo. M&aacute;s tarde, para la Iglesia primitiva, el primer d&iacute;a asimil&oacute; progresivamente tambi&eacute;n la herencia del s&eacute;ptimo d&iacute;a, del <i>sabbat<\/i>. Participamos en el descanso de Dios, un descanso que abraza a todos los hombres. As&iacute; percibimos en este d&iacute;a algo de la libertad y de la igualdad de todas las criaturas de Dios. <\/p>\n<p>En la oraci&oacute;n de este domingo recordamos ante todo que Dios, mediante su Hijo, nos ha redimido y adoptado como hijos amados. Luego le pedimos que mire con benevolencia a los creyentes en Cristo y que nos conceda la verdadera libertad y la vida eterna. Pedimos a Dios que nos mire con bondad. Nosotros mismos necesitamos esa mirada de bondad, no s&oacute;lo el domingo, sino tambi&eacute;n en la vida de cada d&iacute;a. Al orar sabemos que esa mirada ya nos ha sido donada; m&aacute;s a&uacute;n, sabemos que Dios nos ha adoptado como hijos, nos ha acogido verdaderamente en la comuni&oacute;n con &eacute;l mismo. <\/p>\n<p>Ser hijo significa \u2014lo sab&iacute;a muy bien la Iglesia primitiva\u2014 ser una persona libre; no un esclavo, sino un miembro de la familia. Y significa ser heredero. Si pertenecemos al Dios que es el poder sobre todo poder, entonces no tenemos miedo y somos libres; entonces somos herederos. La herencia que &eacute;l nos ha dejado es &eacute;l mismo, su amor. <\/p>\n<p>&iexcl;S&iacute;, Se&ntilde;or, haz que este conocimiento penetre profundamente en nuestra alma, para que as&iacute; aprendamos el gozo de los redimidos! Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2007 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A AUSTRIA CON OCASI&Oacute;N DEL 850 ANIVERSARIO DE LA FUNDACI&Oacute;N DEL SANTUARIO DE MARIAZELL &nbsp; CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA CATEDRAL DE SAN ESTEBAN HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Viena, domingo 9 de septiembre de 2007 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: &quot;Sine dominico non possumus!&quot; Sin el don &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/9-de-septiembre-de-2007-santa-misa-en-la-catedral-de-san-esteban-austria-2\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab9 de septiembre de 2007: Santa Misa en la catedral de San Esteban (Austria)\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40754","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40754","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40754"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40754\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40754"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40754"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40754"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}