{"id":40771,"date":"2016-10-06T14:56:34","date_gmt":"2016-10-06T19:56:34","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-mayo-de-2007-misa-de-inauguracion-de-la-v-conferencia-general-del-episcopado-latinoamericano-y-del-caribe-en-la-explanada-del-santuario-de-aparecida\/"},"modified":"2016-10-06T14:56:34","modified_gmt":"2016-10-06T19:56:34","slug":"13-de-mayo-de-2007-misa-de-inauguracion-de-la-v-conferencia-general-del-episcopado-latinoamericano-y-del-caribe-en-la-explanada-del-santuario-de-aparecida","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-mayo-de-2007-misa-de-inauguracion-de-la-v-conferencia-general-del-episcopado-latinoamericano-y-del-caribe-en-la-explanada-del-santuario-de-aparecida\/","title":{"rendered":"13 de mayo de 2007: Misa de inauguraci\u00f3n de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe en la explanada del Santuario de Aparecida"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A BRASIL <br \/> CON OCASI&Oacute;N DE LA V CONFERENCIA GENERAL<br \/> DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">MISA DE INAUGURACI&Oacute;N <br \/> DE LA V CONFERENCIA DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Explanada del Santuario de Aparecida<br \/> VI Domingo de Pascua, 13 de mayo de 2007<\/font> <\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Venerables hermanos en el episcopado;<br \/> queridos sacerdotes y vosotros todos, hermanas y hermanos en el Se&ntilde;or:&nbsp; <\/i> <\/p>\n<p>No hay palabras para expresar la alegr&iacute;a de encontrarme con vosotros para celebrar esta solemne eucarist&iacute;a con ocasi&oacute;n de la apertura de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe. Saludo muy cordialmente a todos, en particular al arzobispo de Aparecida, monse&ntilde;or Raymundo Damasceno Assis, al que agradezco las palabras que me ha dirigido en nombre de toda la asamblea, y a los cardenales presidentes de esta Conferencia general. <\/p>\n<p>Saludo con deferencia a las autoridades civiles y militares que nos honran con su presencia. Desde este santuario extiendo mi pensamiento, con mucho afecto y oraci&oacute;n, a todos los que est&aacute;n unidos espiritualmente a nosotros en este d&iacute;a, de modo especial a las comunidades de vida consagrada, a los j&oacute;venes comprometidos en movimientos y asociaciones, a las familias, as&iacute; como a los enfermos y a los ancianos. A todos les quiero decir:&nbsp; &quot;Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Se&ntilde;or Jesucristo&quot; (<i>1 Co<\/i> 1, 3). <\/p>\n<p>Considero un don especial de la Providencia que esta santa misa se celebre <i>en este tiempo y en este lugar<\/i>. El <i>tiempo <\/i>es el lit&uacute;rgico del sexto domingo de Pascua:&nbsp; ya est&aacute; cerca la fiesta de Pentecost&eacute;s y la Iglesia es invitada a intensificar la invocaci&oacute;n al Esp&iacute;ritu Santo. El <i>lugar <\/i>es el santuario nacional de Nuestra Se&ntilde;ora Aparecida, coraz&oacute;n mariano de Brasil:&nbsp; Mar&iacute;a nos acoge en este <i>cen&aacute;culo <\/i>y, como Madre y Maestra, nos ayuda a elevar a Dios una plegaria un&aacute;nime y confiada. <\/p>\n<p>Esta celebraci&oacute;n lit&uacute;rgica constituye el fundamento m&aacute;s s&oacute;lido de la V Conferencia, porque pone en su base la oraci&oacute;n y la Eucarist&iacute;a, <i>Sacramentum caritatis<\/i>. En efecto, s&oacute;lo la <i>caridad de Cristo, <\/i>derramada por el Esp&iacute;ritu Santo, puede hacer de esta reuni&oacute;n un aut&eacute;ntico acontecimiento eclesial, un momento de gracia para este continente y para el mundo entero. <\/p>\n<p>Esta tarde tendr&eacute; la posibilidad de tratar sobre los contenidos sugeridos por el tema de vuestra Conferencia. Ahora demos espacio a la palabra de Dios, que con alegr&iacute;a acogemos, con el coraz&oacute;n abierto y d&oacute;cil, a ejemplo de Mar&iacute;a, Nuestra Se&ntilde;ora de la Concepci&oacute;n, a fin de que, por la fuerza del Esp&iacute;ritu Santo, Cristo pueda &quot;hacerse carne&quot; nuevamente en el hoy de nuestra historia. <br \/> La primera lectura, tomada de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles, <\/i>se refiere al as&iacute; llamado &quot;Concilio de Jerusal&eacute;n&quot;, que afront&oacute; la cuesti&oacute;n de si a los paganos convertidos al cristianismo se les deber&iacute;a imponer la observancia de la ley mosaica. El texto, dejando de lado la discusi&oacute;n entre &quot;los Ap&oacute;stoles y los ancianos&quot; (<i>Hch <\/i>15, 4-21), refiere la decisi&oacute;n final, que se pone por escrito en una carta y se encomienda a dos delegados, a fin de que la entreguen a la comunidad de Antioqu&iacute;a (cf. <i>Hch <\/i>15, 22-29). <\/p>\n<p>Esta p&aacute;gina de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles <\/i>es muy apropiada para nosotros, que hemos venido aqu&iacute; para una reuni&oacute;n eclesial. Nos habla del sentido del discernimiento comunitario en torno a los grandes problemas que la Iglesia encuentra a lo largo de su camino y que son aclarados por los &quot;Ap&oacute;stoles&quot; y por los &quot;ancianos&quot; con la luz del Esp&iacute;ritu Santo, el cual, como nos narra el evangelio de hoy, recuerda la ense&ntilde;anza de Jesucristo (cf. <i>Jn <\/i>14, 26) y as&iacute; ayuda a la comunidad cristiana a caminar en la caridad hacia la verdad plena (cf. <i>Jn <\/i>16, 13). Los jefes de la Iglesia discuten y se confrontan, pero siempre con una actitud de religiosa escucha de la palabra de Cristo en el Esp&iacute;ritu Santo. Por eso, al final pueden afirmar:&nbsp; &quot;Hemos decidido el Esp&iacute;ritu Santo y nosotros&#8230;&quot; (<i>Hch<\/i> 15, 28). <\/p>\n<p>Este es el &quot;m&eacute;todo&quot; con que actuamos en la Iglesia, tanto en las peque&ntilde;as asambleas como en las grandes. No es s&oacute;lo una cuesti&oacute;n de modo de proceder; es el resultado de la misma naturaleza de la Iglesia, misterio de comuni&oacute;n con Cristo en el Esp&iacute;ritu Santo. En el caso de las Conferencias generales del Episcopado latinoamericano y del Caribe, la primera, realizada en R&iacute;o de Janeiro en 1955, recurri&oacute; a una carta especial enviada por el Papa P&iacute;o XII, de venerada memoria; en las dem&aacute;s, hasta la actual, fue el Obispo de Roma quien se dirigi&oacute; a la sede de la reuni&oacute;n continental para presidir las fases iniciales. <\/p>\n<p>Con sentimientos de devoci&oacute;n y agradecimiento dirigimos nuestro pensamiento a los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II que, en las Conferencias de Medell&iacute;n, Puebla y Santo Domingo, testimoniaron la cercan&iacute;a de la Iglesia universal a las Iglesias que est&aacute;n en Am&eacute;rica Latina y que constituyen, en proporci&oacute;n, la mayor parte de la comunidad cat&oacute;lica. <\/p>\n<p>&quot;Hemos decidido el Esp&iacute;ritu Santo y nosotros&#8230;&quot;. Esta es la Iglesia:&nbsp; <i> nosotros, <\/i>la comunidad de fieles, el pueblo de Dios, con sus pastores, llamados a hacer de gu&iacute;as del camino; junto con el <i>Esp&iacute;ritu Santo, <\/i> Esp&iacute;ritu del Padre enviado en nombre del Hijo Jes&uacute;s, Esp&iacute;ritu de Aquel &nbsp;que &nbsp;es el &quot;mayor&quot; de todos y que nos fue dado mediante Cristo, que se hizo el &quot;menor&quot; por nuestra causa. Esp&iacute;ritu Par&aacute;clito, <i>Ad-vocatus<\/i>, Defensor y Consolador. &Eacute;l nos hace vivir en la presencia de Dios, en la escucha de su Palabra, &nbsp;sin &nbsp;inquietud &nbsp;ni temor, teniendo en el coraz&oacute;n la paz que Jes&uacute;s nos dej&oacute; y que el mundo no puede dar (cf. <i>Jn <\/i>14, 26-27). <\/p>\n<p>El Esp&iacute;ritu acompa&ntilde;a a la Iglesia en el largo camino que se extiende entre la primera y la segunda venida de Cristo:&nbsp; &quot;Me voy y volver&eacute; a vosotros&quot; (<i>Jn<\/i> 14, 28), dijo Jes&uacute;s a los Ap&oacute;stoles. Entre la &quot;ida&quot; y la &quot;vuelta&quot; de Cristo est&aacute; el tiempo de la Iglesia, que es su Cuerpo; est&aacute;n los dos mil a&ntilde;os transcurridos hasta ahora; est&aacute;n tambi&eacute;n estos poco m&aacute;s de cinco siglos en los que la Iglesia se ha hecho peregrina en las Am&eacute;ricas, difundiendo en los fieles la vida de Cristo a trav&eacute;s de los sacramentos y sembrando en estas tierras la buena semilla del Evangelio, que ha producido el treinta, el sesenta e incluso el ciento por uno. <i>Tiempo de la Iglesia, tiempo del Esp&iacute;ritu Santo:&nbsp; <\/i>&Eacute;l es el Maestro que forma a los <i>disc&iacute;pulos:&nbsp; <\/i>los hace enamorarse de Jes&uacute;s; los educa para que escuchen su palabra, para que contemplen su rostro; los configura con su humanidad bienaventurada, pobre de esp&iacute;ritu, afligida, mansa,&nbsp;sedienta de&nbsp;justicia, misericordiosa, pura de coraz&oacute;n, pac&iacute;fica, perseguida a causa de la justicia (cf.<i>&nbsp;Mt <\/i>5,&nbsp;3-10). <\/p>\n<p>As&iacute;, <i>gracias a la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo, Jes&uacute;s se convierte en el &quot;camino&quot; por donde avanza el disc&iacute;pulo. &quot;<\/i>El que me ama guardar&aacute; mi palabra<i>&quot;, <\/i>dice Jes&uacute;s al inicio del pasaje evang&eacute;lico de hoy. &quot;La palabra que escuch&aacute;is no es m&iacute;a, sino del Padre que me ha enviado&quot; (<i>Jn<\/i> 14, 23-24). Como Jes&uacute;s transmite las palabras del Padre, as&iacute; el Esp&iacute;ritu recuerda a la Iglesia las palabras de Cristo (cf. <i>Jn <\/i>14, 26). Y como el amor al Padre llevaba a Jes&uacute;s a alimentarse de su voluntad, as&iacute; nuestro amor a Jes&uacute;s se demuestra en la obediencia a sus palabras. La fidelidad de Jes&uacute;s a la voluntad del Padre puede transmitirse a los disc&iacute;pulos gracias al Esp&iacute;ritu Santo, que derrama el amor de Dios en sus corazones (cf. <i>Rm <\/i>5, 5). <\/p>\n<p>El Nuevo Testamento nos presenta a <i>Cristo <\/i>como <i>misionero del Padre. <\/i>Especialmente en el evangelio de san Juan, Jes&uacute;s habla muchas veces de s&iacute; mismo en relaci&oacute;n con el Padre que lo envi&oacute; al mundo. Del mismo modo, tambi&eacute;n en el texto de hoy. Jes&uacute;s dice:&nbsp; &quot;La palabra que escuch&aacute;is no es m&iacute;a, sino del Padre que me ha enviado&quot; (<i>Jn <\/i>14, 24). En este momento, queridos amigos, somos invitados a fijar nuestra mirada en &eacute;l, porque la misi&oacute;n de la Iglesia subsiste solamente en cuanto prolongaci&oacute;n de la de Cristo:&nbsp; &quot;Como el Padre me envi&oacute;, tambi&eacute;n yo os env&iacute;o&quot; (<i>Jn <\/i>20, 21). <\/p>\n<p>El evangelista pone de relieve, incluso de forma pl&aacute;stica, que esta transmisi&oacute;n de consignas acontece en el Esp&iacute;ritu Santo:&nbsp; &quot;Sopl&oacute; sobre ellos y les dijo:&nbsp; &quot;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo&#8230;&quot;&quot; (<i>Jn<\/i> 20, 22). La <i>misi&oacute;n de Cristo <\/i> se realiz&oacute; <i>en el amor. <\/i>Encendi&oacute; en el mundo el fuego de la caridad de Dios (cf. <i>Lc <\/i>12, 49). <i>El Amor es el que da la vida; <\/i>por eso la Iglesia es enviada a difundir en el mundo la caridad de Cristo, para que los hombres y los pueblos &quot;tengan vida y la tengan en abundancia&quot; (<i>Jn<\/i> 10, 10). Tambi&eacute;n a vosotros, que represent&aacute;is a la Iglesia en Am&eacute;rica Latina, tengo la alegr&iacute;a de entregaros de nuevo idealmente mi enc&iacute;clica <i> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html\">Deus caritas est<\/a><\/i>, con la cual quise indicar a todos lo que es esencial en el mensaje cristiano. <\/p>\n<p>La Iglesia se siente <i>disc&iacute;pula y misionera de este Amor<\/i>:&nbsp; misionera s&oacute;lo en cuanto disc&iacute;pula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos am&oacute; y nos ama primero (cf. <i>1 Jn<\/i> 4, 10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho m&aacute;s por &quot;atracci&oacute;n&quot;:&nbsp; como Cristo &quot;atrae a todos a s&iacute;&quot; con la fuerza de su amor, que culmin&oacute; en el sacrificio de la cruz, as&iacute; &nbsp;la Iglesia cumple su misi&oacute;n en la medida &nbsp;en &nbsp;que, asociada a Cristo, realiza &nbsp;su obra conform&aacute;ndose en esp&iacute;ritu y concretamente con la caridad de su Se&ntilde;or. <\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, este es el rico tesoro del continente latinoamericano; este es su patrimonio m&aacute;s valioso:&nbsp; <i>la fe en Dios Amor, <\/i> que revel&oacute; su rostro en Jesucristo. Vosotros cre&eacute;is en el Dios Amor:&nbsp; esta es vuestra fuerza, que vence al mundo, la alegr&iacute;a que nada ni nadie os podr&aacute; arrebatar, la paz que Cristo conquist&oacute; para vosotros con su cruz. <i>Esta es la fe que hizo de Latinoam&eacute;rica el &quot;continente de la esperanza&quot;<\/i>. <\/p>\n<p>No es una ideolog&iacute;a pol&iacute;tica, ni un movimiento social, como tampoco un sistema econ&oacute;mico; es la fe en Dios Amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo, el aut&eacute;ntico fundamento de esta esperanza que produjo frutos tan magn&iacute;ficos desde la primera evangelizaci&oacute;n hasta hoy. <\/p>\n<p>As&iacute; lo atestigua la serie de santos y beatos que el Esp&iacute;ritu suscit&oacute; a lo largo y ancho de este continente. El Papa Juan Pablo II os convoc&oacute; para una <i>nueva evangelizaci&oacute;n<\/i>, y vosotros respondisteis a su llamado con la generosidad y el compromiso que os caracterizan. Yo os lo confirmo y con palabras de esta V Conferencia os digo:&nbsp; <i>sed disc&iacute;pulos fieles, para ser misioneros valientes y eficaces<\/i>. <\/p>\n<p>La segunda lectura nos ha presentado la grandiosa visi&oacute;n de la <i>Jerusal&eacute;n celeste. <\/i>Es una imagen de espl&eacute;ndida belleza, en la que nada es simplemente decorativo, sino que todo contribuye a la perfecta armon&iacute;a de la ciudad santa. Escribe el vidente Juan que esta &quot;bajaba del cielo, enviada por Dios trayendo la gloria de Dios&quot; (<i>Ap<\/i> 21, 10). Pero la gloria de Dios es el Amor; por tanto, la Jerusal&eacute;n celeste es icono de la Iglesia entera, santa y gloriosa, sin mancha ni arruga (cf.<i>&nbsp;Ef <\/i>5, 27), iluminada en el centro y en todas partes por la presencia de Dios-Caridad. Es llamada &quot;novia&quot;, &quot;la esposa del Cordero&quot; (<i>Ap<\/i> 20, 9), porque en ella se realiza la figura nupcial que encontramos desde el principio hasta el fin en la revelaci&oacute;n b&iacute;blica. La Ciudad-Esposa es patria de la plena comuni&oacute;n de Dios con los hombres; ella no necesita templo alguno ni ninguna fuente externa de luz, porque la presencia de Dios y del Cordero es inmanente y la ilumina desde dentro. <\/p>\n<p>Este icono estupendo tiene un valor <i>escatol&oacute;gico:&nbsp; <\/i>expresa el misterio de belleza que <i>ya <\/i>constituye la forma de la Iglesia, aunque <i>a&uacute;n no haya alcanzado su plenitud. <\/i>Es la meta de nuestra peregrinaci&oacute;n, la patria que nos espera y por la cual suspiramos. Verla con los ojos de la fe, contemplarla y desearla, no debe ser motivo de evasi&oacute;n de la realidad hist&oacute;rica en que vive la Iglesia compartiendo las alegr&iacute;as y las esperanzas, los dolores y las angustias de la humanidad contempor&aacute;nea, especialmente de los m&aacute;s pobres y de los que sufren (cf.<i>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/i>, 1). <\/p>\n<p>Si la belleza de la Jerusal&eacute;n celeste es la gloria de Dios, o sea, su amor, es precisamente y solamente en la caridad como podemos acercarnos a ella y, en cierto modo, habitar en ella. Quien ama al Se&ntilde;or Jes&uacute;s y observa su palabra experimenta ya en este mundo la misteriosa presencia de Dios uno y trino, como hemos escuchado en el evangelio:&nbsp; &quot;Vendremos a &eacute;l y haremos morada en &eacute;l&quot; (<i>Jn <\/i>14, 23). Por eso, todo cristiano est&aacute; llamado a ser piedra viva de esta maravillosa &quot;morada de Dios con los hombres&quot;. &iexcl;Qu&eacute; magn&iacute;fica vocaci&oacute;n! <\/p>\n<p>Una Iglesia totalmente animada y movilizada por la caridad de Cristo, Cordero inmolado por amor, es la imagen hist&oacute;rica de la Jerusal&eacute;n celeste, anticipaci&oacute;n de la ciudad santa, resplandeciente de la gloria de Dios. De ella brota <i>una fuerza misionera irresistible, <\/i>que es <i>la fuerza de la santidad.<\/i> <\/p>\n<p>Que la Virgen Mar&iacute;a alcance para Am&eacute;rica Latina y el Caribe la gracia de revestirse de la fuerza de lo alto (cf. <i>Lc <\/i>24, 49) para irradiar en el continente y en todo el mundo la santidad de Cristo. A &eacute;l sea dada gloria, con el Padre y el Esp&iacute;ritu Santo, por los siglos de los siglos. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2007 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\">&nbsp;&nbsp;&nbsp; <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A BRASIL CON OCASI&Oacute;N DE LA V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE MISA DE INAUGURACI&Oacute;N DE LA V CONFERENCIA DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Explanada del Santuario de Aparecida VI Domingo de Pascua, 13 de mayo de 2007 &nbsp; Venerables hermanos en el episcopado; queridos sacerdotes &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-mayo-de-2007-misa-de-inauguracion-de-la-v-conferencia-general-del-episcopado-latinoamericano-y-del-caribe-en-la-explanada-del-santuario-de-aparecida\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab13 de mayo de 2007: Misa de inauguraci\u00f3n de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe en la explanada del Santuario de Aparecida\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40771","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40771","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40771"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40771\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40771"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40771"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40771"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}