{"id":40780,"date":"2016-10-06T14:56:46","date_gmt":"2016-10-06T19:56:46","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/5-de-abril-de-2007-santa-misa-crismal\/"},"modified":"2016-10-06T14:56:46","modified_gmt":"2016-10-06T19:56:46","slug":"5-de-abril-de-2007-santa-misa-crismal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/5-de-abril-de-2007-santa-misa-crismal\/","title":{"rendered":"5 de abril de 2007: Santa Misa crismal"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SANTA MISA CRISMAL<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HOMIL&Iacute;A<\/i><\/b><\/font><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\"> DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI <\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/>Jueves Santo 5 de abril de 2007<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:&nbsp; <\/i><\/p>\n<p>El escritor ruso Le&oacute;n Tolstoi, en un breve relato, narra que hab&iacute;a un rey severo que pidi&oacute; a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Los sabios no fueron capaces de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, que volv&iacute;a del campo, se ofreci&oacute; para realizar la tarea de los sacerdotes y los sabios. El pastor dijo al rey que sus ojos no bastaban para ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qu&eacute; es lo que hac&iacute;a Dios. &quot;Para responder a esta pregunta <font face=\"Times New Roman\">\u2014<\/font>dijo el pastor al rey\u2014 debemos intercambiarnos nuestros vestidos&quot;. Con cierto recelo, pero impulsado por la curiosidad para conocer la informaci&oacute;n esperada, el rey accedi&oacute; y entreg&oacute; sus vestiduras reales al pastor y &eacute;l se visti&oacute; con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibi&oacute; como respuesta:&nbsp; &quot;Esto es lo que hace Dios&quot;. <\/p>\n<p>En efecto, el Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, renunci&oacute; a su esplendor divino:&nbsp; &quot;Se despoj&oacute; de su rango, y tom&oacute; la condici&oacute;n de esclavo, pasando por uno de tantos. Y as&iacute;, actuando como un hombre cualquiera, se rebaj&oacute; hasta someterse incluso a la muerte&quot; (<i>Flp<\/i> 2, 6 ss). Como dicen los santos Padres, Dios realiz&oacute; el <i>sacrum commercium<\/i>, el sagrado intercambio:&nbsp; asumi&oacute; lo que era nuestro, para que nosotros pudi&eacute;ramos recibir lo que era suyo, ser semejantes a Dios. <\/p>\n<p>San Pablo, refiri&eacute;ndose a lo que acontece en el bautismo, usa expl&iacute;citamente la imagen del vestido:&nbsp; &quot;Todos los bautizados en Cristo os hab&eacute;is revestido de Cristo&quot; (<i>Ga<\/i> 3, 27). Eso es precisamente lo que sucede en el bautismo:&nbsp; nos revestimos de Cristo; &eacute;l nos da sus vestidos, que no son algo externo. Significa que entramos en una comuni&oacute;n existencial con &eacute;l, que su ser y el nuestro confluyen, se compenetran mutuamente. &quot;Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en m&iacute;&quot;:&nbsp; as&iacute; describe san Pablo en la <i>carta a los G&aacute;latas<\/i> (<i>Ga<\/i> 2, 20) el acontecimiento de su bautismo. <\/p>\n<p>Cristo se ha puesto nuestros vestidos:&nbsp; el dolor y la alegr&iacute;a de ser hombre, el hambre, la sed, el cansancio, las esperanzas y las desilusiones, el miedo a la muerte, todas nuestras angustias hasta la muerte. Y nos ha dado sus &quot;vestidos&quot;. Lo que expone en la <i>carta a los G&aacute;latas<\/i> como simple &quot;hecho&quot; del bautismo \u2014el don del nuevo ser\u2014, san Pablo nos lo presenta en la <i>carta a los Efesios<\/i> como un compromiso permanente:&nbsp; &quot;Deb&eacute;is despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo. (&#8230;) y revestiros del hombre nuevo, creado seg&uacute;n Dios, en la justicia y santidad de la verdad. Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su pr&oacute;jimo, pues somos miembros los unos de los otros. Si os air&aacute;is, no pequ&eacute;is&quot; (<i>Ef<\/i>&nbsp;4, 22-26). <\/p>\n<p>Esta teolog&iacute;a del bautismo se repite de modo nuevo y con nueva insistencia en la ordenaci&oacute;n sacerdotal. De la misma manera que en el bautismo se produce un &quot;intercambio de vestidos&quot;, un intercambio de destinos, una nueva comuni&oacute;n existencial con Cristo, as&iacute; tambi&eacute;n en el sacerdocio se da un intercambio:&nbsp; en la administraci&oacute;n de los sacramentos el sacerdote act&uacute;a y habla ya &quot;<i>in persona Christi<\/i>&quot;. <\/p>\n<p>En los sagrados misterios el sacerdote no se representa a s&iacute; mismo y no habla expres&aacute;ndose a s&iacute; mismo, sino que habla en la persona de Otro, de Cristo. As&iacute;, en los sacramentos se hace visible de modo dram&aacute;tico lo que significa en general ser sacerdote; lo que expresamos con nuestro &quot;<i>Adsum<\/i>&quot; \u2014&quot;Presente&quot;\u2014 durante la consagraci&oacute;n sacerdotal:&nbsp; estoy aqu&iacute;, presente, para que t&uacute; puedas disponer de m&iacute;. Nos ponemos a disposici&oacute;n de Aquel &quot;que muri&oacute; por todos, para que los que viven ya no vivan para s&iacute;&quot; (<i>2 Co<\/i> 5, 15). Ponernos a disposici&oacute;n de Cristo significa identificarnos con su entrega &quot;por todos&quot;:&nbsp; estando a su disposici&oacute;n podemos entregarnos de verdad &quot;por todos&quot;. <\/p>\n<p><i>In persona Christi<\/i>:&nbsp; en el momento de la ordenaci&oacute;n sacerdotal, la Iglesia nos hace visible y palpable, incluso externamente, esta realidad de los &quot;vestidos nuevos&quot; al revestirnos con los ornamentos lit&uacute;rgicos. Con ese gesto externo quiere poner de manifiesto el acontecimiento interior y la tarea que de &eacute;l deriva:&nbsp; revestirnos de Cristo, entregarnos a &eacute;l como &eacute;l se entreg&oacute; a nosotros. <br \/> Este acontecimiento, el &quot;revestirnos de Cristo&quot;, se renueva continuamente en cada misa cuando nos revestimos de los ornamentos lit&uacute;rgicos. Para nosotros, revestirnos de los ornamentos debe ser algo m&aacute;s que un hecho externo; implica renovar el &quot;s&iacute;&quot; de nuestra misi&oacute;n, el &quot;ya no soy yo&quot; del bautismo que la ordenaci&oacute;n sacerdotal de modo nuevo nos da y a la vez nos pide. <\/p>\n<p>El hecho de acercarnos al altar vestidos con los ornamentos lit&uacute;rgicos debe hacer claramente visible a los presentes, y a nosotros mismos, que estamos all&iacute; &quot;en la persona de Otro&quot;. Los ornamentos sacerdotales, tal como se han desarrollado a lo largo del tiempo, son una profunda expresi&oacute;n simb&oacute;lica de lo que significa el sacerdocio. Por eso, queridos hermanos, en este Jueves santo quisiera explicar la esencia del ministerio sacerdotal interpretando los ornamentos lit&uacute;rgicos, que quieren ilustrar precisamente lo que significa &quot;revestirse de Cristo&quot;, hablar y actuar <i>in persona Christi<\/i>. <\/p>\n<p>En otros tiempos, al revestirse de los ornamentos sacerdotales se rezaban oraciones que ayudaban a comprender mejor cada uno de los elementos del ministerio sacerdotal. Comencemos por el <i>amito. <\/i>En el pasado \u2014y todav&iacute;a hoy en las &oacute;rdenes mon&aacute;sticas\u2014 se colocaba primero sobre la cabeza, como una especie de capucha, simbolizando as&iacute; la disciplina de los sentidos y del pensamiento, necesaria para una digna celebraci&oacute;n de la santa misa. Nuestros pensamientos no deben divagar por las preocupaciones y las expectativas de nuestra vida diaria; los sentidos no deben verse atra&iacute;dos hacia lo que all&iacute;, en el interior de la iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los o&iacute;dos. Nuestro coraz&oacute;n debe abrirse d&oacute;cilmente a la palabra de Dios y recogerse en la oraci&oacute;n de la Iglesia, para que nuestro pensamiento reciba su orientaci&oacute;n de las palabras del anuncio y de la oraci&oacute;n. Y la mirada del coraz&oacute;n se debe dirigir hacia el Se&ntilde;or, que est&aacute; en medio de nosotros:&nbsp; eso es lo que significa <i>ars celebrandi<\/i>, el modo correcto de celebrar. Si estoy con el Se&ntilde;or, entonces al escuchar, hablar y actuar, atraigo tambi&eacute;n a la gente hacia la comuni&oacute;n con &eacute;l. <\/p>\n<p>Los textos de la oraci&oacute;n que interpretan el <i>alba<\/i> y la <i> estola<\/i> van en la misma direcci&oacute;n. Evocan el vestido festivo que el padre dio al hijo pr&oacute;digo al volver a casa andrajoso y sucio. Cuando nos disponemos a celebrar la liturgia para actuar en la persona de Cristo, todos caemos en la cuenta de cu&aacute;n lejos estamos de &eacute;l, de cu&aacute;nta suciedad hay en nuestra vida. S&oacute;lo &eacute;l puede darnos un traje de fiesta, hacernos dignos de presidir su mesa, de estar a su servicio. <\/p>\n<p>As&iacute;, las oraciones recuerdan tambi&eacute;n las palabras del <i> Apocalipsis, <\/i>seg&uacute;n las cuales las vestiduras de los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos eran dignas de Dios no por m&eacute;rito de ellos. El <i>Apocalipsis<\/i> comenta que hab&iacute;an lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero y que de ese modo hab&iacute;an quedado tan blancas como la luz (cf. <i>Ap<\/i> 7, 14). <\/p>\n<p>Cuando yo era ni&ntilde;o me dec&iacute;a:&nbsp; pero algo que se lava en la sangre no queda blanco como la luz. La respuesta es:&nbsp; la &quot;sangre del Cordero&quot; es el amor de Cristo crucificado. Este amor es lo que blanquea nuestros vestidos sucios, lo que hace veraz e ilumina nuestra alma obscurecida; lo que, a pesar de todas nuestras tinieblas, nos &nbsp;transforma a nosotros mismos en &quot;luz en el Se&ntilde;or&quot;. Al revestirnos del alba deber&iacute;amos recordar:&nbsp; &eacute;l sufri&oacute; tambi&eacute;n por m&iacute;; y s&oacute;lo porque su amor es m&aacute;s grande que todos mis pecados, puedo representarlo y ser testigo de su luz. <\/p>\n<p>Pero adem&aacute;s de pensar en el vestido de luz que el Se&ntilde;or nos ha dado en el bautismo y, de modo nuevo, en la ordenaci&oacute;n sacerdotal, podemos considerar tambi&eacute;n el vestido nupcial, del que habla la par&aacute;bola del banquete de Dios. En las homil&iacute;as de san Gregorio Magno he encontrado a este respecto una reflexi&oacute;n digna de tenerse en cuenta. San Gregorio distingue entre la versi&oacute;n de la par&aacute;bola que nos ofrece san Lucas y la de san Mateo. Est&aacute; convencido de que la par&aacute;bola de san Lucas habla del banquete nupcial escatol&oacute;gico, mientras que, seg&uacute;n &eacute;l, la versi&oacute;n que nos transmite san Mateo tratar&iacute;a de la anticipaci&oacute;n de este banquete nupcial en la liturgia y en la vida de la Iglesia. <\/p>\n<p>En efecto, en san Mateo, y s&oacute;lo en san Mateo, el rey acude a la sala llena para ver a sus hu&eacute;spedes. Y entre esa multitud encuentra tambi&eacute;n un hu&eacute;sped sin vestido nupcial, que luego es arrojado fuera a las tinieblas. Entonces san Gregorio se pregunta:&nbsp; &quot;pero, &iquest;qu&eacute; clase de vestido le faltaba? Todos los fieles congregados en la Iglesia han recibido el vestido nuevo del bautismo y de la fe; de lo contrario no estar&iacute;an en la Iglesia. Entonces, &iquest;qu&eacute; les falta a&uacute;n? &iquest;Qu&eacute; vestido nupcial debe a&ntilde;adirse a&uacute;n?&quot;. <\/p>\n<p>El Papa responde:&nbsp; &quot;El vestido del amor&quot;. Y, por desgracia, entre sus hu&eacute;spedes, a los que hab&iacute;a dado el vestido nuevo, el vestido blanco del nuevo nacimiento, el rey encuentra algunos que no llevaban el vestido color p&uacute;rpura del amor a Dios y al pr&oacute;jimo. &quot;&iquest;En qu&eacute; condici&oacute;n queremos entrar en la fiesta del cielo \u2014se pregunta el Papa\u2014, si no llevamos puesto el vestido nupcial, es decir, el amor, lo &uacute;nico que nos puede embellecer?&quot;. En el interior de una persona sin amor reina la oscuridad. Las tinieblas exteriores, de las que habla el Evangelio, son s&oacute;lo el reflejo de la ceguera interna del coraz&oacute;n (cf. <i>Homil&iacute;a<\/i> XXXVIII, 8-13). <\/p>\n<p>Ahora, al disponernos a celebrar la santa misa, deber&iacute;amos preguntarnos si llevamos puesto este vestido del amor. Pidamos al Se&ntilde;or que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos libre de todo sentimiento de autosuficiencia, y que de verdad nos revista con el vestido del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenezcamos a las tinieblas. <\/p>\n<p>Por &uacute;ltimo, me referir&eacute; brevemente a la <i>casulla<\/i>. La oraci&oacute;n tradicional cuando el sacerdote reviste la <i>casulla<\/i> ve representado en ella el yugo del Se&ntilde;or, que se nos impone a los sacerdotes. Y recuerda las palabras de Jes&uacute;s, que nos invita a llevar su yugo y a aprender de &eacute;l, que es &quot;manso y humilde de coraz&oacute;n&quot; (<i>Mt<\/i> 11, 29). Llevar el yugo del Se&ntilde;or significa ante todo aprender de &eacute;l. Estar siempre dispuestos a seguir su ejemplo. De &eacute;l debemos aprender la mansedumbre y la humildad, la humildad de Dios que se manifiesta al hacerse hombre. <\/p>\n<p>San Gregorio Nacianceno, en cierta ocasi&oacute;n, se pregunt&oacute; por qu&eacute; Dios quiso hacerse hombre. La parte m&aacute;s importante, y para m&iacute; m&aacute;s conmovedora, de su respuesta es:&nbsp; &quot;Dios quer&iacute;a darse cuenta de lo que significa para nosotros la obediencia y quer&iacute;a medirlo todo seg&uacute;n su propio sufrimiento, esta invenci&oacute;n de su amor por nosotros. De este modo, puede conocer directamente en s&iacute; mismo lo que nosotros experimentamos, lo que se nos exige, la indulgencia que merecemos, calculando nuestra debilidad seg&uacute;n su sufrimiento&quot; (<i>Discurso<\/i> 30; <i>Disc. Teol. <\/i>IV, 6). <\/p>\n<p>A veces quisi&eacute;ramos decir a Jes&uacute;s:&nbsp; &quot;Se&ntilde;or, para m&iacute; tu yugo no es ligero; m&aacute;s a&uacute;n, es muy pesado en este mundo&quot;. Pero luego, mir&aacute;ndolo a &eacute;l que lo soport&oacute; todo, que experiment&oacute; en s&iacute; la obediencia, la debilidad, el dolor, toda la oscuridad, entonces dejamos de lamentarnos. Su yugo consiste en amar como &eacute;l. Y cuanto m&aacute;s lo amamos a &eacute;l y cuanto m&aacute;s amamos como &eacute;l, tanto m&aacute;s ligero nos resulta su yugo, en apariencia pesado. <\/p>\n<p>Pid&aacute;mosle que nos ayude a amar como &eacute;l, para experimentar cada vez m&aacute;s cu&aacute;n hermoso es llevar su yugo. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2007 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA CRISMAL HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica VaticanaJueves Santo 5 de abril de 2007 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas:&nbsp; El escritor ruso Le&oacute;n Tolstoi, en un breve relato, narra que hab&iacute;a un rey severo que pidi&oacute; a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. 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