{"id":40798,"date":"2016-10-06T15:00:18","date_gmt":"2016-10-06T20:00:18","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-noviembre-de-2008-celebracion-de-las-primeras-visperas-del-primer-domingo-de-adviento\/"},"modified":"2016-10-06T15:00:18","modified_gmt":"2016-10-06T20:00:18","slug":"29-de-noviembre-de-2008-celebracion-de-las-primeras-visperas-del-primer-domingo-de-adviento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-noviembre-de-2008-celebracion-de-las-primeras-visperas-del-primer-domingo-de-adviento\/","title":{"rendered":"29 de noviembre de 2008: Celebraci\u00f3n de las primeras V\u00edsperas del primer domingo de Adviento"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">CELEBRACI&Oacute;N DE LAS PRIMERAS V&Iacute;SPERAS <br \/> DEL <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/liturgical_year\/advent\/2008\/i_sunday_sp.htm\">I DOMINGO DE ADVIENTO<\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDETTO XVI<\/font><\/i><\/b> <\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> S&aacute;bado 29 de noviembre de 2008<\/font><\/i> <\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas: <\/i> <\/p>\n<p>Con esta liturgia vespertina iniciamos el itinerario de un nuevo a&ntilde;o lit&uacute;rgico, entrando en el primero de los tiempos que lo componen: el Adviento. En la lectura b&iacute;blica que acabamos de escuchar, tomada de la <i>primera carta a los Tesalonicenses<\/i>, el ap&oacute;stol san Pablo <i>usa<\/i> precisamente esta palabra: &quot;venida&quot;, que en griego se dice <i>parusia<\/i> y en lat&iacute;n <i>adventus<\/i> (<i>1 Ts<\/i> 5, 23). Seg&uacute;n la traducci&oacute;n com&uacute;n de este texto, san Pablo exhorta a los cristianos de Tesal&oacute;nica a ser irreprensibles &quot;<i>hasta <\/i>la venida&quot; del Se&ntilde;or. Pero el texto original dice: &quot;<i>en <\/i>la venida&quot; (<i>en te parusia<\/i>), como si la venida del Se&ntilde;or no fuera un punto futuro del tiempo, sino un lugar espiritual en el que debemos caminar en el presente, durante la espera, y dentro del cual precisamente debemos conservarnos irreprensibles en todas las dimensiones personales. <\/p>\n<p>En efecto, es precisamente esto lo que vivimos en la liturgia: al celebrar los tiempos lit&uacute;rgicos, actualizamos de tal modo el misterio \u2014en este caso la venida del Se&ntilde;or\u2014 que, por decirlo as&iacute;, podemos &quot;caminar en ella&quot; hacia su plena realizaci&oacute;n, hasta el fin de los tiempos, pero aprovechando ya su virtud santificadora, dado que los &uacute;ltimos tiempos ya han comenzado con la muerte y la resurrecci&oacute;n de Cristo. <\/p>\n<p>La palabra que resume este estado particular, en el que se espera algo que debe manifestarse, pero que al mismo tiempo se vislumbra y se gusta por anticipado, es &quot;esperanza&quot;. El Adviento es, por excelencia, el tiempo espiritual de la esperanza, y en &eacute;l la Iglesia entera est&aacute; llamada a convertirse en esperanza para ella y para el mundo. Todo el organismo espiritual del Cuerpo m&iacute;stico asume, por decirlo as&iacute;, el &quot;color&quot; de la esperanza. Todo el pueblo de Dios se pone de nuevo en camino atra&iacute;do por este misterio: nuestro Dios es &quot;el Dios que viene&quot; y nos invita a salir a su encuentro. <\/p>\n<p>&iquest;De qu&eacute; modo? Ante todo en la forma universal de la esperanza y la espera que es la oraci&oacute;n, la cual encuentra su expresi&oacute;n eminente en los Salmos, palabras humanas en las que Dios mismo puso y pone continuamente la invocaci&oacute;n de su venida en los labios y en el coraz&oacute;n de los creyentes. Por eso, reflexionemos unos momentos sobre los dos Salmos que acabamos de rezar y que son consecutivos tambi&eacute;n en el Libro b&iacute;blico: el 141 y el 142, seg&uacute;n la numeraci&oacute;n jud&iacute;a. <\/p>\n<p>&quot;Se&ntilde;or, te estoy llamando, ven de prisa; escucha mi voz cuando te llamo. Suba mi oraci&oacute;n como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde&quot; (<i>Sal <\/i>141, 1-2). As&iacute; comienza el primer salmo de las primeras V&iacute;speras de la primera semana del Salterio: palabras que al inicio del Adviento adquieren un nuevo &quot;color&quot;, porque el Esp&iacute;ritu Santo siempre las hace resonar nuevamente en nosotros, en la Iglesia que est&aacute; en camino entre el tiempo de Dios y el tiempo de los hombres. <\/p>\n<p>&quot;Se&ntilde;or, (&#8230;) ven de prisa&quot; (v. 1). Es el grito de una persona que se siente en grave peligro, pero tambi&eacute;n es el grito de la Iglesia en medio de las m&uacute;ltiples asechanzas que la rodean, que amenazan su santidad, la integridad irreprensible de la que habla el ap&oacute;stol san Pablo y que, en cambio, debe conservarse hasta la venida del Se&ntilde;or. Y en esta invocaci&oacute;n resuena tambi&eacute;n el grito de todos los justos, de todos los que quieren resistir al mal, a las seducciones de un bienestar inicuo, de placeres que ofenden la dignidad humana y la condici&oacute;n de los pobres. <\/p>\n<p>Al inicio del Adviento la liturgia de la Iglesia hace suyo de nuevo este grito, y lo eleva a Dios &quot;como incienso&quot; (v. 2). En efecto, el ofrecimiento vespertino del incienso es s&iacute;mbolo de la oraci&oacute;n que elevan los corazones dirigidos a Dios, al Alt&iacute;simo, as&iacute; como &quot;el alzar de las manos como ofrenda de la tarde&quot; (v. 2). En la Iglesia ya no se ofrecen sacrificios materiales, como acontec&iacute;a tambi&eacute;n en el templo de Jerusal&eacute;n, sino que se eleva la ofrenda espiritual de la oraci&oacute;n, en uni&oacute;n con la de Jesucristo, que es al mismo tiempo Sacrificio y Sacerdote de la Alianza nueva y eterna. En el grito del Cuerpo m&iacute;stico reconocemos la voz misma de su Cabeza: el Hijo de Dios, que tom&oacute; sobre s&iacute; nuestras pruebas y nuestras tentaciones, para darnos la gracia de su victoria. <\/p>\n<p>Esta identificaci&oacute;n de Cristo con el salmista es particularmente evidente en el segundo Salmo (142). Aqu&iacute;, cada palabra, cada invocaci&oacute;n hace pensar en Jes&uacute;s, en su pasi&oacute;n, de modo especial en su oraci&oacute;n al Padre en Getseman&iacute;. En su primera venida, con la encarnaci&oacute;n, el Hijo de Dios quiso compartir plenamente nuestra condici&oacute;n humana. Naturalmente, no comparti&oacute; el pecado, pero por nuestra salvaci&oacute;n sufri&oacute; todas sus consecuencias. Al rezar el Salmo 142, la Iglesia revive cada vez la gracia de esta compasi&oacute;n, de esta &quot;venida&quot; del Hijo de Dios en la angustia humana hasta tocar fondo. <\/p>\n<p>As&iacute;, el grito de esperanza del Adviento expresa, desde el inicio y del modo m&aacute;s fuerte, toda la gravedad de nuestro estado, nuestra extrema necesidad de salvaci&oacute;n. Es como decir: esperamos al Se&ntilde;or no como una hermosa decoraci&oacute;n para un mundo ya salvado, sino como &uacute;nico camino de liberaci&oacute;n de un peligro mortal. Y nosotros sabemos que &eacute;l mismo, el Liberador, tuvo que sufrir y morir para hacernos salir de esta prisi&oacute;n (cf. v. 8). <\/p>\n<p>En pocas palabras, estos dos Salmos nos previenen de cualquier tentaci&oacute;n de evasi&oacute;n y de fuga de la realidad; nos preservan de una falsa esperanza, que tal vez quisiera entrar en el Adviento e ir hacia la Navidad olvidando nuestra dram&aacute;tica existencia personal y colectiva. En efecto, una esperanza fiable, no enga&ntilde;osa, no puede menos de ser una esperanza &quot;pascual&quot;, como nos recuerda cada s&aacute;bado por la tarde el c&aacute;ntico de la carta a los Filipenses, con el que alabamos a Cristo encarnado, crucificado, resucitado y Se&ntilde;or universal. <\/p>\n<p>A &eacute;l dirijamos nuestra mirada y nuestro coraz&oacute;n, en uni&oacute;n espiritual con la Virgen Mar&iacute;a, Nuestra Se&ntilde;ora del Adviento. Pongamos nuestra mano en la suya y entremos con alegr&iacute;a en este nuevo tiempo de gracia que Dios regala a su Iglesia, para el bien de toda la humanidad. Como Mar&iacute;a, y con su ayuda materna, seamos d&oacute;ciles a la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo, para que el Dios de la paz nos santifique plenamente, y la Iglesia se convierta en signo e instrumento de esperanza para todos los hombres. <\/p>\n<p>Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2008 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\"> <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CELEBRACI&Oacute;N DE LAS PRIMERAS V&Iacute;SPERAS DEL I DOMINGO DE ADVIENTO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDETTO XVI Bas&iacute;lica de San Pedro S&aacute;bado 29 de noviembre de 2008 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Con esta liturgia vespertina iniciamos el itinerario de un nuevo a&ntilde;o lit&uacute;rgico, entrando en el primero de los tiempos que lo componen: el Adviento. &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-noviembre-de-2008-celebracion-de-las-primeras-visperas-del-primer-domingo-de-adviento\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab29 de noviembre de 2008: Celebraci\u00f3n de las primeras V\u00edsperas del primer domingo de Adviento\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40798","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40798","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40798"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40798\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40798"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40798"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40798"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}