{"id":40819,"date":"2016-10-06T15:00:36","date_gmt":"2016-10-06T20:00:36","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-septiembre-de-2008-santa-misa-en-la-explanada-de-los-invalidos-paris\/"},"modified":"2016-10-06T15:00:36","modified_gmt":"2016-10-06T20:00:36","slug":"13-de-septiembre-de-2008-santa-misa-en-la-explanada-de-los-invalidos-paris","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-septiembre-de-2008-santa-misa-en-la-explanada-de-los-invalidos-paris\/","title":{"rendered":"13 de septiembre de 2008: Santa Misa en la explanada de los Inv\u00e1lidos (Par\u00eds)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2008\/index_francia.html\">VIAJE APOST&Oacute;LICO <br \/> A FRANCIA CON OCASI&Oacute;N DEL 150 ANIVERSARIO <br \/> DE LAS APARICIONES DE LOURDES<br \/> (12 &#8211; 15 DE SEPTIEMBRE DE 2008)<\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b>SANTA MISA EN LA EXPLANADA DE LOS INV&Aacute;LIDOS<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>H<\/i><\/b><\/font><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">OMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i>Par&iacute;s, s&aacute;bado 13 de septiembre de 2008<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Se&ntilde;or Cardenal Vingt-Trois,<br \/> Se&ntilde;ores Cardenales y queridos Hermanos en el Episcopado, <br \/> Hermanos y hermanas en Cristo:<\/i><\/p>\n<p>Jesucristo nos re&uacute;ne en este maravilloso lugar, en el coraz&oacute;n de Par&iacute;s, en un d&iacute;a en que la Iglesia universal celebra la fiesta de San Juan Cris&oacute;stomo, uno de sus m&aacute;s grandes doctores que, con su testimonio de vida y su ense&ntilde;anza, mostr&oacute; eficazmente a los cristianos el camino a seguir. Saludo con gozo a todas las Autoridades que me han acogido en esta noble ciudad, especialmente al Cardenal Andr&eacute; Vingt-Trois, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Tambi&eacute;n saludo a los Obispos, Sacerdotes y Di&aacute;conos que me acompa&ntilde;an en la celebraci&oacute;n del sacrificio de Cristo. Doy las gracias a las personalidades, particularmente al Se&ntilde;or Primer Ministro, que han querido estar presentes aqu&iacute; esta ma&ntilde;ana; les aseguro mi oraci&oacute;n ferviente por el cumplimiento de su noble misi&oacute;n de servir a sus conciudadanos.<\/p>\n<p>La primera carta de San Pablo, dirigida a los Corintios, nos hace descubrir, en este a&ntilde;o Paulino inaugurado el pasado 28 de junio, hasta qu&eacute; punto sigue siendo actual el consejo dado por el Ap&oacute;stol. <i>\u201c<\/i>No teng&aacute;is que ver con la idolatr&iacute;a<i>\u201d<\/i> (<i>1 Co<\/i> 10, 14), escribi&oacute; a una comunidad muy afectada por el paganismo e indecisa entre la adhesi&oacute;n a la novedad del Evangelio y la observancia de las viejas pr&aacute;cticas heredadas de sus antepasados. No tener que ver con los &iacute;dolos significaba entonces dejar de honrar a los dioses del Olimpo, dejar de ofrecerles sacrificios cruentos. Huir de los &iacute;dolos era seguir las ense&ntilde;anzas de los profetas del Antiguo Testamento, que denunciaban la tendencia del esp&iacute;ritu humano a hacerse falsas representaciones de Dios. Como dice el Salmo 113 a prop&oacute;sito de las estatuas de los &iacute;dolos, &eacute;stas no son m&aacute;s que <i>\u201c<\/i>oro y plata, obra de manos humanas. Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, o&iacute;dos y no oyen, narices y no huelen<i>\u201d <\/i>(vv. 4-5). Fuera del pueblo de Israel, que hab&iacute;a recibido la revelaci&oacute;n del Dios &uacute;nico, el mundo antiguo era esclavo del culto a los &iacute;dolos. Los errores del paganismo, muy visibles en Corinto, deb&iacute;an ser denunciados porque eran una potente alienaci&oacute;n y desviaban al hombre de su verdadero destino. Imped&iacute;an reconocer que Cristo es el &uacute;nico y verdadero Salvador, el &uacute;nico que indica al hombre el camino hacia Dios. <\/p>\n<p>Este llamamiento a huir de los &iacute;dolos sigue siendo v&aacute;lido tambi&eacute;n hoy. &iquest;Acaso nuestro mundo contempor&aacute;neo no crea sus propios &iacute;dolos? &iquest;No imita, quiz&aacute;s sin saberlo, a los paganos de la antig&uuml;edad, desviando al hombre de su verdadero fin de vivir por siempre con Dios? &Eacute;sta es una cuesti&oacute;n que todo hombre honesto consigo mismo se plantea un d&iacute;a u otro. &iquest;Qu&eacute; es lo que importa en mi vida? &iquest;Qu&eacute; debo poner en primer lugar? La palabra <i>\u201c&iacute;dolo\u201d<\/i> viene del griego y significa \u201cimagen\u201d, \u201cfigura\u201d, \u201crepresentaci&oacute;n\u201d, pero tambi&eacute;n \u201cespectro\u201d, \u201cfantasma\u201d, \u201cvana apariencia\u201d. El &iacute;dolo es un se&ntilde;uelo, pues desv&iacute;a a quien le sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia. Ahora bien, &iquest;no es &eacute;sta una tentaci&oacute;n propia de nuestra &eacute;poca, la &uacute;nica sobre la que podemos actuar de forma eficaz? Es la tentaci&oacute;n de idolatrar un pasado que ya no existe, olvidando sus carencias, o un futuro que a&uacute;n no existe, creyendo que el ser humano har&aacute; llegar con sus propias fuerzas el reino de la felicidad eterna sobre la tierra. San Pablo dice a los Colosenses que la codicia insaciable es una idolatr&iacute;a (cf. 3,5) y recuerda a su disc&iacute;pulo Timoteo que el amor al dinero es la ra&iacute;z de todos los males. Por entregarse a ella, precisa, muchos, arrastrados por la codicia <i>\u201c<\/i>se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos<i>\u201d<\/i> (<i>1 Tm<\/i> 6, 10). El dinero, el af&aacute;n de tener, de poder e incluso de saber, &iquest;acaso no desv&iacute;an al hombre de su verdadero fin, de su aut&eacute;ntica verdad? <\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, la cuesti&oacute;n que plantea la liturgia de este d&iacute;a encuentra su respuesta en la misma liturgia, que hemos heredado de nuestros padres en la fe, y en particular del mismo San Pablo (cf. <i>1 Co<\/i> 11,23). Comentando este texto, San Juan Cris&oacute;stomo, observa que San Pablo condena severamente la idolatr&iacute;a como una <i>\u201c<\/i>falta grave<i>\u201d<\/i>, un <i>\u201c<\/i>esc&aacute;ndalo<i>\u201d<\/i>, una verdadera <i>\u201c<\/i>peste<i>\u201d<\/i> (<i>Homil&iacute;a 24 sobre la primera carta a los Corintios<\/i>, 1). E inmediatamente a&ntilde;ade que la condena radical de la idolatr&iacute;a no es en modo alguno una condena de la persona del id&oacute;latra. Nunca hemos de confundir en nuestros juicios el pecado, que es inaceptable, y el pecador del que no podemos juzgar su estado de conciencia y que, en todo caso, siempre tiene la posibilidad de convertirse y ser perdonado. San Pablo apela a la raz&oacute;n de sus lectores, la raz&oacute;n de todo ser humano, testimonio poderoso de la presencia del Creador en la criatura: \u201cOs hablo como a gente sensata, formaos vuestro juicio sobre lo que digo\u201d (<i>1 Co<\/i> 10, 15). Dios, del que el Ap&oacute;stol es un testigo autorizado, nunca pide al hombre que sacrifique su raz&oacute;n. La raz&oacute;n nunca est&aacute; en contradicci&oacute;n real con la fe. El &uacute;nico Dios, Padre, Hijo y Esp&iacute;ritu Santo, ha creado la raz&oacute;n y nos da la fe, proponiendo a nuestra libertad que la reciba como un don precioso. Lo que desencamina al hombre de esta perspectiva es el culto a los &iacute;dolos, y la raz&oacute;n misma puede fabricar &iacute;dolos. Pidamos a Dios, pues, que nos ve y nos escucha, que nos ayude a purificarnos de todos nuestros &iacute;dolos para acceder a la verdad de nuestro ser, para acceder a la verdad de su ser infinito.<\/p>\n<p>&iquest;C&oacute;mo llegar a Dios? &iquest;C&oacute;mo lograr encontrar o reencontrar a Aquel que el hombre busca en lo m&aacute;s profundo de s&iacute; mismo, hasta olvidarse frecuentemente de s&iacute;? San Pablo nos invita a usar no solamente nuestra raz&oacute;n, sino sobre todo nuestra fe para descubrirlo. Ahora bien, &iquest;qu&eacute; nos dice la fe? El pan que partimos es comuni&oacute;n con el Cuerpo de Cristo; el c&aacute;liz de acci&oacute;n de gracias que bendecimos es comuni&oacute;n con la Sangre de Cristo. Extraordinaria revelaci&oacute;n que proviene de Cristo y que se nos ha transmitido por los Ap&oacute;stoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil a&ntilde;os: Cristo instituy&oacute; el sacramento de la Eucarist&iacute;a en la noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagraci&oacute;n del pan y del vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla m&aacute;s humilde como en las m&aacute;s grandiosas bas&iacute;licas y catedrales, el Se&ntilde;or resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, seg&uacute;n la famosa expresi&oacute;n de San Agust&iacute;n, \u201cm&aacute;s &iacute;ntimo en nosotros que nuestra propia intimidad\u201d (cf. <i>Confesiones, <\/i>III, 6.11).<\/p>\n<p>Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Se&ntilde;or, el Sant&iacute;simo Sacramento de la presencia real del Se&ntilde;or en su Iglesia y en toda la humanidad. Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro respeto y amor. D&eacute;mosle nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con nuestras palabras, silencios o gestos, quede desva&iacute;da en nosotros y en nuestro entorno la fe en Cristo resucitado presente en la Eucarist&iacute;a. Como dijo magistralmente San Juan Cris&oacute;stomo: <i>\u201c<\/i>Consideremos los favores inefables de Dios y todos los bienes de los que nos hace gozar cuando le ofrecemos la copa, cuando comulgamos, d&aacute;ndole gracias por haber liberado al g&eacute;nero humano del error, por haber acercado a &eacute;l a los que estaban alejados y haber convertido a los desesperados y ateos de este mundo en un pueblo de hermanos, de coherederos del Hijo de Dios<i>\u201d<\/i> (<i>Homil&iacute;a 24 sobre la Primera Carta a los Corintios,<\/i>&nbsp;1). De hecho, sigue diciendo, <i>\u201c<\/i>lo que est&aacute; en la copa es precisamente lo que ha brotado de su costado, y eso es lo que participamos<i>\u201d<\/i> (<i>ib&iacute;d.<\/i>). No se trata s&oacute;lo de participar y compartir, sino que hay <i>\u201c<\/i>uni&oacute;n<i>\u201d<\/i>, nos dice. <\/p>\n<p>La Misa es el sacrificio de acci&oacute;n de gracias por excelencia, el que nos permite unir nuestra propia acci&oacute;n de gracias a la del Salvador, el Hijo eterno del Padre. Por s&iacute; misma, la Misa nos invita tambi&eacute;n a huir de los &iacute;dolos, porque, como reitera San Pablo,&nbsp; <i>\u201c<\/i>no pod&eacute;is participar en dos mesas, la del Se&ntilde;or y la de los malos esp&iacute;ritus<i>\u201d<\/i> (<i>1 Co<\/i> 10,21). La Misa nos invita a discernir lo que en nosotros obedece al Esp&iacute;ritu de Dios y lo que en nosotros a&uacute;n permanece a la escucha del esp&iacute;ritu del mal. En la Misa s&oacute;lo queremos pertenecer a Cristo, y repetimos con gratitud \u2013con \u201cacci&oacute;n de gracias\u201d- el clamor del salmista: <i>\u201c<\/i>&iquest;C&oacute;mo pagar&eacute; al Se&ntilde;or todo el bien que me ha hecho?<i>\u201d <\/i>(<i>Sal<\/i> 116,12). S&iacute;, &iquest;c&oacute;mo dar gracias al Se&ntilde;or por la vida que me ha dado? La respuesta a la pregunta del salmista est&aacute; en el mismo Salmo, pues la Palabra de Dios responde con misericordia a las cuestiones que plantea. &iquest;C&oacute;mo pagar al Se&ntilde;or todo el bien que nos hace sino retomando sus propias palabras: <i> \u201c<\/i>Alzar&eacute; la copa de la salvaci&oacute;n, invocando su nombre<i>\u201d<\/i> (<i>Sal <\/i> 116,13)?<\/p>\n<p>Alzar la copa de la salvaci&oacute;n e invocar el nombre del Se&ntilde;or, &iquest;no es precisamente la mejor manera de <i>\u201c<\/i>no tener que ver con la idolatr&iacute;a<i>\u201d<\/i>, como nos pide San Pablo? Cada vez que se celebra una Misa, cada vez que Cristo se hace sacramentalmente presente en su Iglesia, se realiza la obra de nuestra salvaci&oacute;n. Celebrar la Eucarist&iacute;a significa, por tanto, reconocer que s&oacute;lo Dios puede darnos la felicidad plena, ense&ntilde;&aacute;ndonos los verdaderos valores, los valores eternos que nunca declinar&aacute;n. Dios est&aacute; presente en el altar, pero tambi&eacute;n est&aacute; presente en el altar de nuestro coraz&oacute;n cuando en la comuni&oacute;n le recibimos en el sacramento de la Eucarist&iacute;a. S&oacute;lo &Eacute;l nos ense&ntilde;a a huir de los &iacute;dolos, espejismos del pensamiento.<\/p>\n<p>Ahora bien, queridos hermanos y hermanas, &iquest;qui&eacute;n puede alzar la copa de la salvaci&oacute;n e invocar el nombre del Se&ntilde;or en nombre de todo el pueblo de Dios, sino el sacerdote ordenado para ello por el Obispo? A este respecto, queridos ciudadanos de Par&iacute;s y de la regi&oacute;n parisina, as&iacute; como los venidos de toda Francia y de otros pa&iacute;ses vecinos, permitidme hacer un llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de los j&oacute;venes que se plantean la cuesti&oacute;n de la vocaci&oacute;n religiosa o sacerdotal: &iexcl;No teng&aacute;is miedo! &iexcl;No teng&aacute;is miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituir&aacute; jam&aacute;s el ministerio de los sacerdotes en el coraz&oacute;n de la Iglesia. Nada suplir&aacute; una Misa por la salvaci&oacute;n del mundo. Queridos j&oacute;venes o no tan j&oacute;venes que me escuch&aacute;is, no dej&eacute;is sin respuesta la llamada de Cristo. San Juan Cris&oacute;stomo, en su <i>Tratado sobre el sacerdocio<\/i>, puso de manifiesto c&oacute;mo la respuesta del hombre puede ser lenta en llegar, pero es el ejemplo vivo de la acci&oacute;n de Dios en el coraz&oacute;n de una libertad humana que se deja formar por la gracia. <\/p>\n<p>Finalmente, si retomamos las palabras que Cristo nos ha dejado en su Evangelio, nos damos cuenta de que &Eacute;l mismo nos ha ense&ntilde;ado a huir de la idolatr&iacute;a y nos invita a construir nuestra casa <i>\u201c<\/i>sobre roca<i>\u201d<\/i> (<i>Lc<\/i> 6,48). &iquest;Qui&eacute;n es esta roca sino &Eacute;l mismo? Nuestros pensamientos, palabras y obras s&oacute;lo adquieren su verdadera dimensi&oacute;n si las referimos al mensaje del Evangelio. <i>\u201c<\/i>Lo que rebosa del coraz&oacute;n, lo habla la boca<i>\u201d <\/i>(<i>Lc<\/i> 6, 45). Cuando hablamos, &iquest;buscamos el bien de nuestro interlocutor? Cuando pensamos, &iquest;tratamos de poner nuestro pensamiento en sinton&iacute;a con el pensamiento de Dios? Cuando actuamos, &iquest;intentamos difundir el Amor que nos hace vivir? Como dice una vez m&aacute;s San Juan Cris&oacute;stomo: <i>\u201c<\/i>Si ahora todos participamos del mismo pan, y nos convertimos en la misma sustancia, &iquest;por qu&eacute; no mostramos todos la misma caridad? &iquest;Por qu&eacute;, por lo mismo, no nos convertimos en un todo &uacute;nico?&#8230; Oh hombre, ha sido Cristo quien vino a tu encuentro, a ti que estabas tan lejos de &Eacute;l, para unirse a ti; y t&uacute;, &iquest;no quieres unirte a tu hermano?<i>\u201d<\/i> (<i>Homil&iacute;a 24 sobre la Primera Carta a los Corintios<\/i>, 2).<\/p>\n<p>La esperanza seguir&aacute; siempre la m&aacute;s fuerte. La Iglesia, construida sobre la roca de Cristo, tiene las promesas de vida eterna, no porque sus miembros sean m&aacute;s santos que los dem&aacute;s, sino porque Cristo hizo esta promesa a Pedro: <i>\u201c<\/i>T&uacute; eres Pedro y sobre esta piedra edificar&eacute; mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotar&aacute;<i>\u201d<\/i> (<i>Mt<\/i> 16,18-19). Con la inquebrantable esperanza de la presencia eterna de Dios en cada una de nuestras almas, con la alegr&iacute;a de saber que Cristo est&aacute; con nosotros hasta el final de los tiempos, con la fuerza que el Esp&iacute;ritu ofrece a todos aquellos y aquellas que se dejan alcanzar por &eacute;l, queridos cristianos de Par&iacute;s y de Francia, os encomiendo a la acci&oacute;n poderosa del Dios de amor que ha muerto por nosotros en la Cruz y ha resucitado victoriosamente la ma&ntilde;ana de Pascua. A todos los hombres de buena voluntad que me escuchan les repito las palabras de San Pablo: Huid del culto de los &iacute;dolos, no dej&eacute;is de hacer el bien.<\/p>\n<p>Que Dios nuestro Padre os acoja y haga brillar sobre vosotros el esplendor de su gloria. Que el Hijo &uacute;nico de Dios, Maestro y Hermano nuestro, os revele la belleza de su rostro resucitado. Que el Esp&iacute;ritu Santo os colme de sus dones y os d&eacute; la alegr&iacute;a de conocer la paz y la luz de la Sant&iacute;sima Trinidad, ahora y por siempre. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2008 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"> <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A FRANCIA CON OCASI&Oacute;N DEL 150 ANIVERSARIO DE LAS APARICIONES DE LOURDES (12 &#8211; 15 DE SEPTIEMBRE DE 2008) SANTA MISA EN LA EXPLANADA DE LOS INV&Aacute;LIDOS HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Par&iacute;s, s&aacute;bado 13 de septiembre de 2008 &nbsp; Se&ntilde;or Cardenal Vingt-Trois, Se&ntilde;ores Cardenales y queridos Hermanos en el Episcopado, Hermanos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/13-de-septiembre-de-2008-santa-misa-en-la-explanada-de-los-invalidos-paris\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab13 de septiembre de 2008: Santa Misa en la explanada de los Inv\u00e1lidos (Par\u00eds)\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40819","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40819","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40819"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40819\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40819"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40819"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40819"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}