{"id":40842,"date":"2016-10-06T15:01:06","date_gmt":"2016-10-06T20:01:06","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-mayo-de-2008-solemnidad-de-pentecostes\/"},"modified":"2016-10-06T15:01:06","modified_gmt":"2016-10-06T20:01:06","slug":"11-de-mayo-de-2008-solemnidad-de-pentecostes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-mayo-de-2008-solemnidad-de-pentecostes\/","title":{"rendered":"11 de mayo de 2008: Solemnidad de Pentecost\u00e9s"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/liturgical_year\/pentecost\/2008\/index_pentecoste_sp.htm\"> SOLEMNIDAD DE PENTECOST&Eacute;S<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Domingo 11 de mayo de 2008 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i> <\/p>\n<p>San Lucas pone en el cap&iacute;tulo segundo de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles <\/i>el relato del acontecimiento de Pentecost&eacute;s, que hemos escuchado en la primera lectura. Introduce el cap&iacute;tulo con la expresi&oacute;n: &laquo;Al llegar el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s, estaban todos reunidos en el mismo lugar&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 1). Son palabras que se refieren al cuadro precedente, en el que san Lucas hab&iacute;a descrito la peque&ntilde;a comunidad de disc&iacute;pulos, que se reun&iacute;a asiduamente en Jerusal&eacute;n despu&eacute;s de la Ascensi&oacute;n de Jes&uacute;s al cielo (cf. <i>Hch<\/i> 1, 12-14). Es una descripci&oacute;n muy detallada: el lugar &laquo;donde viv&iacute;an&raquo; \u2014el Cen&aacute;culo\u2014 es un ambiente en la &laquo;estancia superior&raquo;. A los once Ap&oacute;stoles se les menciona por su nombre, y los tres primeros son Pedro, Juan y Santiago, las &laquo;columnas&raquo; de la comunidad. Juntamente con ellos se menciona a &laquo;algunas mujeres&raquo;, a &laquo;Mar&iacute;a, la madre de Jes&uacute;s&raquo; y a &laquo;sus hermanos&raquo;, integrados en esta nueva familia, que ya no se basa en v&iacute;nculos de sangre, sino en la fe en Cristo. <\/p>\n<p>A este &laquo;nuevo Israel&raquo; alude claramente el n&uacute;mero total de las personas, que era de &laquo;unos ciento veinte&raquo;, m&uacute;ltiplo del &laquo;doce&raquo; del Colegio apost&oacute;lico. El grupo constituye una aut&eacute;ntica <i>qahal<\/i>, una &laquo;asamblea&raquo; seg&uacute;n el modelo de la primera Alianza, la comunidad convocada para escuchar la voz del Se&ntilde;or y seguir sus caminos. El libro de los Hechos subraya que &laquo;todos ellos perseveraban en la oraci&oacute;n con un mismo esp&iacute;ritu&raquo; (<i>Hch<\/i> 1, 14). Por tanto, la oraci&oacute;n es la principal actividad de la Iglesia naciente, mediante la cual recibe su unidad del Se&ntilde;or y se deja guiar por su voluntad, como lo demuestra tambi&eacute;n la decisi&oacute;n de echar a suerte la elecci&oacute;n del que deb&iacute;a ocupar el lugar de Judas (cf.<i> Hch<\/i> 1, 25). <\/p>\n<p>Esta comunidad se encontraba reunida en el mismo lugar, el Cen&aacute;culo, durante la ma&ntilde;ana de la fiesta jud&iacute;a de Pentecost&eacute;s, fiesta de la Alianza, en la que se conmemoraba el acontecimiento del Sina&iacute;, cuando Dios, mediante Mois&eacute;s, propuso a Israel que se convirtiera en su propiedad de entre todos los pueblos, para ser signo de su santidad (cf. <i>Ex<\/i> 19). Seg&uacute;n el libro del &Eacute;xodo, ese antiguo pacto fue acompa&ntilde;ado por una formidable manifestaci&oacute;n de fuerza por parte del Se&ntilde;or: &laquo;Todo el monte Sina&iacute; humeaba \u2014se lee en ese pasaje\u2014, porque el Se&ntilde;or hab&iacute;a descendido sobre &eacute;l en el fuego. Sub&iacute;a el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia&raquo; (<i>Ex<\/i> 19, 18). <\/p>\n<p>En el Pentecost&eacute;s del Nuevo Testamento volvemos a encontrar los elementos del viento y del fuego, pero sin las resonancias de miedo. En particular, el fuego toma la forma de lenguas que se posan sobre cada uno de los disc&iacute;pulos, todos los cuales &laquo;se llenaron de Esp&iacute;ritu Santo&raquo; y, por efecto de dicha efusi&oacute;n, &laquo;empezaron a hablar en lenguas extranjeras&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 4). Se trata de un verdadero &laquo;bautismo&raquo; de fuego de la comunidad, una especie de nueva creaci&oacute;n. En Pentecost&eacute;s, la Iglesia no es constituida por una voluntad humana, sino por la fuerza del Esp&iacute;ritu de Dios. Inmediatamente se ve c&oacute;mo este Esp&iacute;ritu da vida a una comunidad que es al mismo tiempo una y universal, superando as&iacute; la maldici&oacute;n de Babel (cf. <i>Gn<\/i> 11, 7-9). En efecto, s&oacute;lo el Esp&iacute;ritu Santo, que crea unidad en el amor y en la aceptaci&oacute;n rec&iacute;proca de la diversidad, puede liberar a la humanidad de la constante tentaci&oacute;n de una voluntad de potencia terrena que quiere dominar y uniformar todo. <\/p>\n<p>En uno de sus sermones, san Agust&iacute;n llama a la Iglesia <i>&laquo;Societas Spiritus&raquo;<\/i>, sociedad del Esp&iacute;ritu (<i>Serm. <\/i>71, 19, 32: <i>PL<\/i> 38, 462). Pero ya antes de &eacute;l san Ireneo hab&iacute;a formulado una verdad que quiero recordar aqu&iacute;: &laquo;Donde est&aacute; la Iglesia, all&iacute; est&aacute; el Esp&iacute;ritu de Dios, y donde est&aacute; el Esp&iacute;ritu de Dios, all&iacute; est&aacute; la Iglesia y toda gracia, y el Esp&iacute;ritu es la verdad; alejarse de la Iglesia significa rechazar al Esp&iacute;ritu&raquo; y por eso &laquo;excluirse de la vida&raquo; (<i>Adv. haer.<\/i> III, 24, 1). <\/p>\n<p>A partir del acontecimiento de Pentecost&eacute;s se manifiesta plenamente esta uni&oacute;n entre el Esp&iacute;ritu de Cristo y su Cuerpo m&iacute;stico, es decir, la Iglesia. Quiero comentar un aspecto peculiar de la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo, es decir, la relaci&oacute;n entre multiplicidad y unidad. De esto habla la segunda lectura, tratando de la armon&iacute;a de los diversos carismas en la comuni&oacute;n del mismo Esp&iacute;ritu. Pero ya en el relato de los Hechos, que hemos escuchado, esta relaci&oacute;n se manifiesta con extraordinaria evidencia. <\/p>\n<p>En el acontecimiento de Pentecost&eacute;s resulta evidente que a la Iglesia pertenecen m&uacute;ltiples lenguas y culturas diversas; en la fe pueden comprenderse y fecundarse rec&iacute;procamente. San Lucas quiere transmitir claramente una idea fundamental: en el acto mismo de su nacimiento la Iglesia ya es &laquo;cat&oacute;lica&raquo;, universal. Habla desde el principio todas las lenguas, porque el Evangelio que se le ha confiado est&aacute; destinado a todos los pueblos, seg&uacute;n la voluntad y el mandato de Cristo resucitado (cf. <i>Mt<\/i> 28, 19). <\/p>\n<p>La Iglesia que nace en Pentecost&eacute;s, ante todo, no es una comunidad particular \u2014la Iglesia de Jerusal&eacute;n\u2014, sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. De ella nacer&aacute;n luego otras comunidades en todas las partes del mundo, Iglesias particulares que son todas y siempre actuaciones de una sola y &uacute;nica Iglesia de Cristo. Por tanto, la Iglesia cat&oacute;lica no es una federaci&oacute;n de Iglesias, sino una &uacute;nica realidad: la prioridad ontol&oacute;gica corresponde a la Iglesia universal. Una comunidad que no fuera cat&oacute;lica en este sentido, ni siquiera ser&iacute;a Iglesia. <\/p>\n<p>A este respecto, es preciso a&ntilde;adir otro aspecto: el de la visi&oacute;n teol&oacute;gica de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i> sobre el camino de la Iglesia de Jerusal&eacute;n a Roma. Entre los pueblos representados en Jerusal&eacute;n el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s san Lucas cita a los &laquo;forasteros de Roma&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 10). En ese momento, Roma era a&uacute;n lejana, era &laquo;forastera&raquo; para la Iglesia naciente: era s&iacute;mbolo del mundo pagano en general. Pero la fuerza del Esp&iacute;ritu Santo guiar&aacute; los pasos de los testigos &laquo;hasta los confines de la tierra&raquo; (<i>Hch<\/i> 1, 8), hasta Roma. El libro de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i> termina precisamente cuando san Pablo, por un designio providencial, llega a la capital del imperio y all&iacute; anuncia el Evangelio (cf. <i>Hch<\/i> 28, 30-31). As&iacute;, el camino de la palabra de Dios, iniciado en Jerusal&eacute;n, llega a su meta, porque Roma representa el mundo entero y por eso encarna la idea de catolicidad de san Lucas. Se ha realizado la Iglesia universal, la Iglesia cat&oacute;lica, que es la continuaci&oacute;n del pueblo de la elecci&oacute;n, y hace suya su historia y su misi&oacute;n. <\/p>\n<p>Llegados a este punto, y para concluir, el evangelio de san Juan nos presenta una palabra que armoniza muy bien con el misterio de la Iglesia creada por el Esp&iacute;ritu. La palabra que Jes&uacute;s resucitado pronunci&oacute; dos veces cuando se apareci&oacute; en medio de los disc&iacute;pulos en el Cen&aacute;culo, al anochecer de Pascua: &laquo;<i>Shalom&raquo;<\/i>, &laquo;Paz a vosotros&raquo; (<i>Jn<\/i> 20, 19. 21). La palabra <i>shalom<\/i> no es un simple saludo; es mucho m&aacute;s: es el don de la paz prometida (cf. <i>Jn<\/i> 14, 27) y conquistada por Jes&uacute;s al precio de su sangre; es el fruto de su victoria en la lucha contra el esp&iacute;ritu del mal. As&iacute; pues, es una paz &laquo;no como la da el mundo&raquo;, sino como s&oacute;lo Dios puede darla. <\/p>\n<p>En esta fiesta del Esp&iacute;ritu y de la Iglesia queremos dar gracias a Dios por haber concedido a su pueblo, elegido y formado en medio de todos los pueblos, el bien inestimable de la paz, de <i>su<\/i> paz. Al mismo tiempo, renovamos la toma de conciencia de la responsabilidad que va unida a este don: responsabilidad de la Iglesia de ser constitucionalmente signo e instrumento de la paz de Dios para todos los pueblos. Trat&eacute; de transmitir este mensaje cuando visit&eacute; recientemente la sede de la ONU para dirigir mi palabra a los representantes de los pueblos. Pero no se debe pensar s&oacute;lo en estos acontecimientos &laquo;en la cumbre&raquo;. La Iglesia presta su servicio a la paz de Cristo sobre todo con su presencia y su acci&oacute;n ordinaria en medio de los hombres, con la predicaci&oacute;n del Evangelio y con los signos de amor y de misericordia que la acompa&ntilde;an (cf. <i>Mc<\/i> 16, 20). <\/p>\n<p>Entre estos signos hay que subrayar, naturalmente, el sacramento de la Reconciliaci&oacute;n, que Cristo resucitado instituy&oacute; en el mismo momento en el que dio a los disc&iacute;pulos su paz y su Esp&iacute;ritu. Como hemos escuchado en la p&aacute;gina evang&eacute;lica, Jes&uacute;s exhal&oacute; su aliento sobre los Ap&oacute;stoles y les dijo: &laquo;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo; a quienes perdon&eacute;is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng&aacute;is, les quedan retenidos&raquo; (<i>Jn<\/i> 20, 21-23). <\/p>\n<p>&iexcl;Cu&aacute;n importante y por desgracia no suficientemente comprendido es el don de la Reconciliaci&oacute;n, que pacifica los corazones! La paz de Cristo s&oacute;lo se difunde a trav&eacute;s del coraz&oacute;n renovado de hombres y mujeres reconciliados y convertidos en servidores de la justicia, dispuestos a difundir en el mundo la paz &uacute;nicamente con la fuerza de la verdad, sin componendas con la mentalidad del mundo, porque el mundo no puede dar la paz de Cristo. As&iacute; la Iglesia puede ser fermento de la reconciliaci&oacute;n que viene de Dios. S&oacute;lo puede serlo si permanece d&oacute;cil al Esp&iacute;ritu y da testimonio del Evangelio; s&oacute;lo si lleva la cruz como Jes&uacute;s y con Jes&uacute;s. Precisamente esto es lo que testimonian los santos y las santas de todos los tiempos. <\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, a la luz de esta Palabra de vida, ha de ser a&uacute;n m&aacute;s ferviente e intensa la oraci&oacute;n que hoy elevamos a Dios en uni&oacute;n espiritual con la Virgen Mar&iacute;a. Que la Virgen de la escucha, la Madre de la Iglesia, obtenga para nuestras comunidades y para todos los cristianos una renovada efusi&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo Par&aacute;clito. <\/p>\n<p>&laquo;<i>Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terrae&raquo;<\/i>, &laquo;Env&iacute;a tu Esp&iacute;ritu, Se&ntilde;or, todo se volver&aacute; a crear y renovar&aacute;s la faz de la tierra&raquo;. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2008 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"> <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SOLEMNIDAD DE PENTECOST&Eacute;S HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Pedro Domingo 11 de mayo de 2008 Queridos hermanos y hermanas: San Lucas pone en el cap&iacute;tulo segundo de los Hechos de los Ap&oacute;stoles el relato del acontecimiento de Pentecost&eacute;s, que hemos escuchado en la primera lectura. 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