{"id":40843,"date":"2016-10-06T15:01:07","date_gmt":"2016-10-06T20:01:07","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/27-de-abril-de-2008-santa-misa-con-ordenaciones-sacerdotales\/"},"modified":"2016-10-06T15:01:07","modified_gmt":"2016-10-06T20:01:07","slug":"27-de-abril-de-2008-santa-misa-con-ordenaciones-sacerdotales","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/27-de-abril-de-2008-santa-misa-con-ordenaciones-sacerdotales\/","title":{"rendered":"27 de abril de 2008: Santa Misa con ordenaciones sacerdotales"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SANTA MISA CON ORDENACIONES SACERDOTALES<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Domingo 27 de abril de 2008 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>Se realizan hoy para nosotros, de modo muy particular, las palabras que dicen: &quot;Acreciste la alegr&iacute;a, aumentaste el gozo&quot; (<i>Is<\/i> 9, 2). En efecto, a la alegr&iacute;a de celebrar la Eucarist&iacute;a en el d&iacute;a del Se&ntilde;or, se suman el j&uacute;bilo espiritual del tiempo de Pascua, que ya ha llegado al sexto domingo, y sobre todo la fiesta de la ordenaci&oacute;n de nuevos sacerdotes. <\/p>\n<p>Juntamente con vosotros, saludo con afecto a los veintinueve di&aacute;conos que dentro de poco ser&aacute;n ordenados presb&iacute;teros. Expreso mi profundo agradecimiento a cuantos los han guiado en su camino de discernimiento y de preparaci&oacute;n, y os invito a todos a dar gracias a Dios por el don de estos nuevos sacerdotes a la Iglesia. Sosteng&aacute;moslos con intensa oraci&oacute;n durante esta celebraci&oacute;n, con esp&iacute;ritu de ferviente alabanza al Padre que los ha llamado, al Hijo que los ha atra&iacute;do a s&iacute;, y al Esp&iacute;ritu Santo que los ha formado. <\/p>\n<p>Normalmente, la ordenaci&oacute;n de nuevos sacerdotes tiene lugar el IV domingo de Pascua, llamado domingo del Buen Pastor, que es tambi&eacute;n la Jornada mundial de oraci&oacute;n por las vocaciones, pero este a&ntilde;o no fue posible, porque yo estaba partiendo para mi visita pastoral a Estados Unidos. El icono del buen Pastor ilustra mejor que cualquier otro el papel y el ministerio del presb&iacute;tero en la comunidad cristiana. Pero tambi&eacute;n los pasajes b&iacute;blicos que la liturgia de hoy propone a nuestra meditaci&oacute;n iluminan, desde un &aacute;ngulo diverso, la misi&oacute;n del sacerdote. <\/p>\n<p>La primera lectura, tomada del cap&iacute;tulo octavo de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>, narra la misi&oacute;n del di&aacute;cono Felipe en Samaria. Quiero atraer inmediatamente la atenci&oacute;n hacia la frase con que se concluye la primera parte del texto: &quot;La ciudad se llen&oacute; de alegr&iacute;a&quot; (<i>Hch<\/i> 8, 8). Esta expresi&oacute;n no comunica una idea, un concepto teol&oacute;gico, sino que refiere un acontecimiento concreto, algo que cambi&oacute; la vida de las personas: en una determinada ciudad de Samaria, en el per&iacute;odo que sigui&oacute; a la primera persecuci&oacute;n violenta contra la Iglesia en Jerusal&eacute;n (cf. <i>Hch <\/i>8, 1), sucedi&oacute; algo que &quot;llen&oacute; de alegr&iacute;a&quot;. &iquest;Qu&eacute; es lo que sucedi&oacute;? <\/p>\n<p>El autor sagrado narra que, para escapar a la persecuci&oacute;n religiosa desatada en Jerusal&eacute;n contra los que se hab&iacute;an convertido al cristianismo, todos los disc&iacute;pulos, excepto los Ap&oacute;stoles, abandonaron la ciudad santa y se dispersaron por los alrededores. De este acontecimiento doloroso surgi&oacute;, de manera misteriosa y providencial, un renovado impulso a la difusi&oacute;n del Evangelio. Entre quienes se hab&iacute;an dispersado estaba tambi&eacute;n Felipe, uno de los siete di&aacute;conos de la comunidad, di&aacute;cono como vosotros, queridos ordenandos, aunque ciertamente con modalidades diversas, puesto que en la etapa irrepetible de la Iglesia naciente, el Esp&iacute;ritu Santo hab&iacute;a dotado a los Ap&oacute;stoles y a los di&aacute;conos de una fuerza extraordinaria, tanto en la predicaci&oacute;n como en la acci&oacute;n taumat&uacute;rgica. <\/p>\n<p>Pues bien, sucedi&oacute; que los habitantes de la localidad samaritana de la que se habla en este cap&iacute;tulo de los Hechos de los Ap&oacute;stoles acogieron de forma un&aacute;nime el anuncio de Felipe y, gracias a su adhesi&oacute;n al Evangelio, Felipe pudo curar a muchos enfermos. En aquella ciudad de Samaria, en medio de una poblaci&oacute;n tradicionalmente despreciada y casi excomulgada por los jud&iacute;os, reson&oacute; el anuncio de Cristo, que abri&oacute; a la alegr&iacute;a el coraz&oacute;n de cuantos lo acogieron con confianza. Por eso \u2014subraya san Lucas\u2014, aquella ciudad &quot;se llen&oacute; de alegr&iacute;a&quot;. <\/p>\n<p>Queridos amigos, esta es tambi&eacute;n vuestra misi&oacute;n: llevar el Evangelio a todos, para que todos experimenten la alegr&iacute;a de Cristo y todas las ciudades se llenen de alegr&iacute;a. &iquest;Puede haber algo m&aacute;s hermoso que esto? &iquest;Hay algo m&aacute;s grande, m&aacute;s estimulante que cooperar a la difusi&oacute;n de la Palabra de vida en el mundo, que comunicar el agua viva del Esp&iacute;ritu Santo? Anunciar y testimoniar la alegr&iacute;a es el n&uacute;cleo central de vuestra misi&oacute;n, queridos di&aacute;conos, que dentro de poco ser&eacute;is sacerdotes. <\/p>\n<p>El ap&oacute;stol san Pablo llama a los ministros del Evangelio &quot;servidores de la alegr&iacute;a&quot;. A los cristianos de Corinto, en su <i>segunda carta<\/i>, escribe: &quot;No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra alegr&iacute;a, pues os manten&eacute;is firmes en la fe&quot; (<i>2 Co<\/i> 1, 24). Son palabras program&aacute;ticas para todo sacerdote. Para ser colaboradores de la alegr&iacute;a de los dem&aacute;s, en un mundo a menudo triste y negativo, es necesario que el fuego del Evangelio arda dentro de vosotros, que reine en vosotros la alegr&iacute;a del Se&ntilde;or. S&oacute;lo podr&eacute;is ser mensajeros y multiplicadores de esta alegr&iacute;a llev&aacute;ndola a todos, especialmente a cuantos est&aacute;n tristes y afligidos. <\/p>\n<p>Volvamos a la primera lectura, que nos brinda otro elemento de meditaci&oacute;n. En ella se habla de una reuni&oacute;n de oraci&oacute;n, que tiene lugar precisamente en la ciudad samaritana evangelizada por el di&aacute;cono Felipe. La presiden los ap&oacute;stoles san Pedro y san Juan, dos &quot;columnas&quot; de la Iglesia, que hab&iacute;an acudido de Jerusal&eacute;n para visitar a esa nueva comunidad y confirmarla en la fe. Gracias a la imposici&oacute;n de sus manos, el Esp&iacute;ritu Santo descendi&oacute; sobre cuantos hab&iacute;an sido bautizados. <\/p>\n<p>En este episodio podemos ver un primer testimonio del rito de la &quot;Confirmaci&oacute;n&quot;, el segundo sacramento de la iniciaci&oacute;n cristiana. Tambi&eacute;n para nosotros, aqu&iacute; reunidos, la referencia al gesto ritual de la imposici&oacute;n de las manos es muy significativo. En efecto, tambi&eacute;n es el gesto central del rito de la ordenaci&oacute;n, mediante el cual dentro de poco conferir&eacute; a los candidatos la dignidad presbiteral. Es un signo inseparable de la oraci&oacute;n, de la que constituye una prolongaci&oacute;n silenciosa. Sin decir ninguna palabra, el obispo consagrante y, despu&eacute;s de &eacute;l, los dem&aacute;s sacerdotes ponen las manos sobre la cabeza de los ordenandos, expresando as&iacute; la invocaci&oacute;n a Dios para que derrame su Esp&iacute;ritu sobre ellos y los transforme, haci&eacute;ndolos part&iacute;cipes del sacerdocio de Cristo. Se trata de pocos segundos, un tiempo brev&iacute;simo, pero lleno de extraordinaria densidad espiritual. <\/p>\n<p>Queridos ordenandos, en el futuro deber&eacute;is volver siempre a este momento, a este gesto que no tiene nada de m&aacute;gico y, sin embargo, est&aacute; lleno de misterio, porque aqu&iacute; se halla el origen de vuestra nueva misi&oacute;n. En esa oraci&oacute;n silenciosa tiene lugar el encuentro entre dos libertades: la libertad de Dios, operante mediante el Esp&iacute;ritu Santo, y la libertad del hombre. La imposici&oacute;n de las manos expresa pl&aacute;sticamente la modalidad espec&iacute;fica de este encuentro: la Iglesia, personificada por el obispo, que est&aacute; de pie con las manos extendidas, pide al Esp&iacute;ritu Santo que consagre al candidato; el di&aacute;cono, de rodillas, recibe la imposici&oacute;n de las manos y se encomienda a dicha mediaci&oacute;n. El conjunto de esos gestos es importante, pero infinitamente m&aacute;s importante es el movimiento espiritual, invisible, que expresa; un movimiento bien evocado por el silencio sagrado, que lo envuelve todo, tanto en el interior como en el exterior. <\/p>\n<p>Tambi&eacute;n en el pasaje evang&eacute;lico encontramos este misterioso &quot;movimiento&quot; trinitario, que lleva al Esp&iacute;ritu Santo y al Hijo a habitar en los disc&iacute;pulos. Aqu&iacute; es Jes&uacute;s mismo quien promete que pedir&aacute; al Padre que mande a los suyos el Esp&iacute;ritu, definido &quot;otro Par&aacute;clito&quot; (<i>Jn<\/i> 14, 16), t&eacute;rmino griego que equivale al latino <i>ad-vocatus<\/i>, abogado defensor. En efecto, el primer Par&aacute;clito es el Hijo encarnado, que vino para defender al hombre del acusador por antonomasia, que es satan&aacute;s. En el momento en que Cristo, cumplida su misi&oacute;n, vuelve al Padre, el Padre env&iacute;a al Esp&iacute;ritu como Defensor y Consolador, para que permanezca para siempre con los creyentes, habitando dentro de ellos. As&iacute;, entre Dios Padre y los disc&iacute;pulos se entabla, gracias a la mediaci&oacute;n del Hijo y del Esp&iacute;ritu Santo, una relaci&oacute;n &iacute;ntima de reciprocidad: &quot;Yo estoy en mi Padre, vosotros en m&iacute; y yo en vosotros&quot;, dice Jes&uacute;s (<i>Jn<\/i> 14, 20). Pero todo esto depende de una condici&oacute;n, que Cristo pone claramente al inicio: &quot;Si me am&aacute;is&quot; (<i>Jn<\/i> 14, 15), y que repite al final: &quot;Al que me ama, lo amar&aacute; mi Padre, y yo tambi&eacute;n lo amar&eacute; y me revelar&eacute; a &eacute;l&quot; (<i>Jn<\/i> 14, 21). Sin el amor a Jes&uacute;s, que se manifiesta en la observancia de sus mandamientos, la persona se excluye del movimiento trinitario y comienza a encerrarse en s&iacute; misma, perdiendo la capacidad de recibir y comunicar a Dios. <\/p>\n<p>&quot;Si me am&aacute;is&quot;. Queridos amigos, Jes&uacute;s pronunci&oacute; estas palabras durante la &uacute;ltima Cena, en el mismo momento en que instituy&oacute; la Eucarist&iacute;a y el sacerdocio. Aunque estaban dirigidas a los Ap&oacute;stoles, en cierto sentido se dirigen a todos sus sucesores y a los sacerdotes, que son los colaboradores m&aacute;s estrechos de los sucesores de los Ap&oacute;stoles. Hoy las volvemos a escuchar como una invitaci&oacute;n a vivir cada vez con mayor coherencia nuestra vocaci&oacute;n en la Iglesia: vosotros, queridos ordenandos, las escuch&aacute;is con particular emoci&oacute;n, porque precisamente hoy Cristo os hace part&iacute;cipes de su sacerdocio. Acogedlas con fe y amor. Dejad que se graben en vuestro coraz&oacute;n; dejad que os acompa&ntilde;en a lo largo del camino de toda vuestra vida. No las olvid&eacute;is; no las perd&aacute;is por el camino. Releedlas, meditadlas con frecuencia y, sobre todo, orad con ellas. As&iacute;, permanecer&eacute;is fieles al amor de Cristo y os dar&eacute;is cuenta, con alegr&iacute;a continua, de que su palabra divina &quot;caminar&aacute;&quot; con vosotros y &quot;crecer&aacute;&quot; en vosotros. <\/p>\n<p>Otra observaci&oacute;n sobre la segunda lectura: est&aacute; tomada de la <i>primera carta de san Pedro<\/i>, cerca de cuya tumba nos encontramos y a cuya intercesi&oacute;n quiero encomendaros de modo especial. Hago m&iacute;as sus palabras y con afecto os las dirijo: &quot;Glorificad en vuestro coraz&oacute;n a Cristo Se&ntilde;or y estad siempre prontos para dar raz&oacute;n de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere&quot; (<i>1 P<\/i> 3, 15). Glorificad a Cristo Se&ntilde;or en vuestros corazones, es decir, cultivad una relaci&oacute;n personal de amor con &eacute;l, amor primero y m&aacute;s grande, &uacute;nico y totalizador, dentro del cual vivir, purificar, iluminar y santificar todas las dem&aacute;s relaciones. <\/p>\n<p>&quot;Vuestra esperanza&quot; est&aacute; vinculada a esta &quot;glorificaci&oacute;n&quot;, a este amor a Cristo, que por el Esp&iacute;ritu, como dec&iacute;amos, habita en nosotros. Nuestra esperanza, vuestra esperanza, es Dios, en Jes&uacute;s y en el Esp&iacute;ritu. En vosotros esta esperanza, a partir de hoy, se convierte en &quot;esperanza sacerdotal&quot;, la de Jes&uacute;s, buen Pastor, que habita en vosotros y da forma a vuestros deseos seg&uacute;n su Coraz&oacute;n divino: esperanza de vida y de perd&oacute;n para las personas encomendadas a vuestro cuidado pastoral; esperanza de santidad y de fecundidad apost&oacute;lica para vosotros y para toda la Iglesia; esperanza de apertura a la fe y al encuentro con Dios para cuantos se acerquen a vosotros buscando la verdad; esperanza de paz y de consuelo para los que sufren y para los heridos por la vida. <\/p>\n<p>Queridos hermanos, en este d&iacute;a tan significativo para vosotros, mi deseo es que viv&aacute;is cada vez m&aacute;s la esperanza arraigada en la fe, y que se&aacute;is siempre testigos y dispensadores sabios y generosos, dulces y fuertes, respetuosos y convencidos, de esa esperanza. Que os acompa&ntilde;e en esta misi&oacute;n y os proteja siempre la Virgen Mar&iacute;a, a quien os exhorto a acoger nuevamente, como hizo el ap&oacute;stol san Juan al pie de la cruz, como Madre y Estrella de vuestra vida y de vuestro sacerdocio. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2008 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\"> <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA CON ORDENACIONES SACERDOTALES HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Pedro Domingo 27 de abril de 2008 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Se realizan hoy para nosotros, de modo muy particular, las palabras que dicen: &quot;Acreciste la alegr&iacute;a, aumentaste el gozo&quot; (Is 9, 2). 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