{"id":40845,"date":"2016-10-06T15:01:10","date_gmt":"2016-10-06T20:01:10","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-abril-de-2008-santa-misa-nel-yankee-stadium-de-nueva-york\/"},"modified":"2016-10-06T15:01:10","modified_gmt":"2016-10-06T20:01:10","slug":"20-de-abril-de-2008-santa-misa-nel-yankee-stadium-de-nueva-york","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-abril-de-2008-santa-misa-nel-yankee-stadium-de-nueva-york\/","title":{"rendered":"20 de abril de 2008: Santa Misa nel Yankee Stadium de Nueva York"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2008\/index_stati-uniti.html\">VIAJE APOST&Oacute;LICO <br \/> A LOS ESTADOS UNIDOS DE AM&Eacute;RICA <br \/> Y VISITA A LA SEDE <br \/>DE LA ORGANIZACI&Oacute;N DE LA NACIONES UNIDAS<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <b> <font color=\"#663300\">CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HO<\/i><\/b><\/font><b><i><font size=\"4\" color=\"#663300\">MIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i>Yankee Stadium, Bronx, Nueva York<br \/>V Domingo de Pascua 20 de abril de 2008<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas en Cristo:<\/i><\/p>\n<p> En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jes&uacute;s dice a sus Ap&oacute;stoles que tengan fe en &Eacute;l, porque &Eacute;l es \u201cel camino, la verdad y la vida\u201d (<i>Jn<\/i> 14,6). Cristo es el camino que conduce al Padre, la verdad que da sentido a la existencia humana, y la fuente de esa vida que es alegr&iacute;a eterna con todos los Santos en el Reino de los cielos. Acojamos estas palabras del Se&ntilde;or. Renovemos nuestra fe en &Eacute;l y pongamos nuestra esperanza en sus promesas.<\/p>\n<p> Con esta invitaci&oacute;n a perseverar en la fe de Pedro (cf. <i>Lc<\/i> 22,32; <i>Mt<\/i> 16,17), les saludo a todos con gran afecto. Agradezco al Se&ntilde;or Cardenal Egan las cordiales palabras de bienvenida que ha pronunciado en vuestro nombre. En esta Misa, la Iglesia que peregrina en los Estados Unidos celebra el Bicentenario de la creaci&oacute;n de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville por la desmembraci&oacute;n de la sede madre de Baltimore. La presencia, en torno a este altar, del Sucesor de Pedro, de sus Hermanos Obispos y sacerdotes, de los di&aacute;conos, de los consagrados y consagradas, as&iacute; como de los fieles laicos procedentes de los cincuenta Estados de la Uni&oacute;n, manifiesta de forma elocuente nuestra comuni&oacute;n en la fe cat&oacute;lica que nos lleg&oacute; de los Ap&oacute;stoles.<\/p>\n<p> La celebraci&oacute;n de hoy es tambi&eacute;n un signo del crecimiento impresionante que Dios ha concedido a la Iglesia en vuestro Pa&iacute;s en los pasados doscientos a&ntilde;os. A partir de un peque&ntilde;o reba&ntilde;o, como el descrito en la primera lectura, la Iglesia en Am&eacute;rica ha sido edificada en la fidelidad a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al pr&oacute;jimo. En esta tierra de libertad y oportunidades, la Iglesia ha unido reba&ntilde;os muy diversos en la profesi&oacute;n de fe y, a trav&eacute;s de sus muchas obras educativas, caritativas y sociales, tambi&eacute;n ha contribuido de modo significativo al crecimiento de la sociedad americana en su conjunto.<\/p>\n<p> Este gran resultado no ha estado exento de retos. La primera lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Ap&oacute;stoles, habla de las tensiones ling&uuml;&iacute;sticas y culturales que hab&iacute;a en la primitiva comunidad eclesial. Al mismo tiempo, muestra el poder de la Palabra de Dios, proclamada autorizadamente por los Ap&oacute;stoles y acogida en la fe, para crear una unidad capaz de ir m&aacute;s all&aacute; de las divisiones que provienen de los l&iacute;mites y debilidades humanas. Se nos recuerda aqu&iacute; una verdad fundamental: que la unidad de la Iglesia no tiene m&aacute;s fundamento que la Palabra de Dios, hecha carne en Cristo Jes&uacute;s, Nuestro Se&ntilde;or. Todos los signos externos de identidad, todas las estructuras, asociaciones o programas, por v&aacute;lidos o incluso esenciales que sean, existen en &uacute;ltimo t&eacute;rmino &uacute;nicamente para sostener y favorecer una unidad m&aacute;s profunda que, en Cristo, es un don indefectible de Dios a su Iglesia.<\/p>\n<p> La primera lectura muestra adem&aacute;s, como vemos en la imposici&oacute;n de manos sobre los primeros di&aacute;conos, que la unidad de la Iglesia es \u201capost&oacute;lica\u201d, es decir, una unidad visible fundada sobre los Ap&oacute;stoles, que Cristo eligi&oacute; y constituy&oacute; como testigos de su resurrecci&oacute;n, y nacida de lo que la Escritura denomina \u201cla obediencia de la fe\u201d (<i>Rm<\/i> 1,5; <i>Hch<\/i> 6,7).<\/p>\n<p> \u201cAutoridad\u201d\u2026 \u201cobediencia\u201d. Siendo francos, estas palabras no se pronuncian hoy f&aacute;cilmente. Palabras como &eacute;stas representan \u201cuna piedra de tropiezo\u201d para muchos de nuestros contempor&aacute;neos, especialmente en una sociedad que justamente da mucho valor a la libertad personal. Y, sin embargo, a la luz de nuestra fe en Cristo, \u201cel camino, la verdad y la vida\u201d, alcanzamos a ver el sentido m&aacute;s pleno, el valor e incluso la belleza de tales palabras. El Evangelio nos ense&ntilde;a que la aut&eacute;ntica libertad, la libertad de los hijos de Dios, se encuentra s&oacute;lo en la renuncia al propio yo, que es parte del misterio del amor. S&oacute;lo perdiendo la propia vida, como nos dice el Se&ntilde;or, nos encontramos realmente a nosotros mismos (cf. <i>Lc<\/i> 17,33). La verdadera libertad florece cuando nos alejamos del yugo del pecado, que nubla nuestra percepci&oacute;n y debilita nuestra determinaci&oacute;n, y ve la fuente de nuestra felicidad definitiva en &Eacute;l, que es amor infinito, libertad infinita, vida sin fin. \u201cEn su voluntad est&aacute; nuestra paz\u201d.<\/p>\n<p> Por tanto, la verdadera libertad es un don gratuito de Dios, fruto de la conversi&oacute;n a su verdad, a la verdad que nos hace libres (cf. <i>Jn <\/i>8,32). Y dicha libertad en la verdad lleva consigo un modo nuevo y liberador de ver la realidad. Cuando nos identificamos con \u201cla mente de Cristo\u201d (cf. <i>Fil <\/i> 2,5), se nos abren nuevos horizontes. A la luz de la fe, en la comuni&oacute;n de la Iglesia, encontramos tambi&eacute;n la inspiraci&oacute;n y la fuerza para llegar a ser fermento del Evangelio en este mundo. Llegamos a ser luz del mundo, sal de la tierra (cf. <i>Mt<\/i> 5,13-14), encargados del \u201capostolado\u201d de conformar nuestras vidas y el mundo en que vivimos cada vez m&aacute;s plenamente con el plan salvador de Dios.<\/p>\n<p> La magn&iacute;fica visi&oacute;n de un mundo transformado por la verdad liberadora del Evangelio queda reflejada en la descripci&oacute;n de la Iglesia que encontramos en la segunda lectura de hoy. El Ap&oacute;stol nos dice que Cristo, resucitado de entre los muertos, es la piedra angular de un gran templo que tambi&eacute;n ahora se est&aacute; edificando en el Esp&iacute;ritu. Y nosotros, miembros de su cuerpo, nos hacemos por el Bautismo \u201cpiedras vivas\u201d de ese templo, participando por la gracia en la vida de Dios, bendecidos con la libertad de los hijos de Dios, y capaces de ofrecer sacrificios espirituales agradables a &eacute;l (cf. <i>1 P<\/i> 2,5). &iquest;Qu&eacute; otra ofrenda estamos llamados a realizar, sino la de dirigir todo pensamiento, palabra o acci&oacute;n a la verdad del Evangelio, o a dedicar toda nuestra energ&iacute;a al servicio del Reino de Dios? S&oacute;lo as&iacute; podemos construir con Dios, sobre el cimiento que es Cristo (cf. <i>1 Co<\/i> 3,11). S&oacute;lo as&iacute; podemos edificar algo que sea realmente duradero. S&oacute;lo as&iacute; nuestra vida encuentra el significado &uacute;ltimo y da frutos perdurables.<\/p>\n<p> Hoy recordamos doscientos a&ntilde;os de un momento crucial la historia de la Iglesia en los Estados Unidos: su primer gran fase de crecimiento. En estos doscientos a&ntilde;os, el rostro de la comunidad cat&oacute;lica en vuestro Pa&iacute;s ha cambiado considerablemente. Pensemos en las continuas oleadas de emigrantes, cuyas tradiciones han enriquecido mucho a la Iglesia en Am&eacute;rica. Pensemos en la recia fe que edific&oacute; la cadena de Iglesias, instituciones educativas, sanitarias y sociales, que desde hace mucho tiempo son el emblema distintivo de la Iglesia en este territorio. Pensemos tambi&eacute;n en los innumerables padres y madres que han transmitido la fe a sus hijos, en el ministerio cotidiano de muchos sacerdotes que han gastado su vida en el cuidado de las almas, en la contribuci&oacute;n incalculable de tantos consagrados y consagradas, quienes no s&oacute;lo han ense&ntilde;ado a los ni&ntilde;os a leer y escribir, sino que tambi&eacute;n les han inculcado para toda la vida un deseo de conocer, amar y servir a Dios. Cu&aacute;ntos \u201csacrificios espirituales agradables a Dios\u201d se han ofrecido en los dos siglos transcurridos. En esta tierra de libertad religiosa, los cat&oacute;licos han encontrado no s&oacute;lo la libertad para practicar su fe, sino tambi&eacute;n para participar plenamente en la vida civil, llevando consigo sus convicciones morales a la esfera p&uacute;blica, cooperando con sus vecinos a forjar una vibrante sociedad democr&aacute;tica. La celebraci&oacute;n actual es algo m&aacute;s que una ocasi&oacute;n de gratitud por las gracias recibidas: es una invitaci&oacute;n para proseguir con la firme determinaci&oacute;n de usar sabiamente la bendici&oacute;n de la libertad, con el fin de edificar un futuro de esperanza para las generaciones futuras.<\/p>\n<p> \u201cUstedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una naci&oacute;n consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las haza&ntilde;as del que les llam&oacute; a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa\u201d (<i>1 P <\/i>2,9). Estas palabras del Ap&oacute;stol Pedro no s&oacute;lo nos recuerdan la dignidad que por gracia de Dios tenemos, sino que tambi&eacute;n entra&ntilde;an un desaf&iacute;o y una fidelidad cada vez m&aacute;s grande a la herencia gloriosa recibida en Cristo (cf. <i>Ef<\/i> 1,18). Nos retan a examinar nuestras conciencias, a purificar nuestros corazones, a renovar nuestro compromiso bautismal de rechazar a Satan&aacute;s y todas sus promesas vac&iacute;as. Nos retan a ser un pueblo de la alegr&iacute;a, heraldos de la esperanza que no defrauda (cf. <i>Rm<\/i> 5,5) nacida de la fe en la Palabra de Dios y de la confianza en sus promesas.<\/p>\n<p> En esta tierra, ustedes y muchos de sus vecinos rezan todos los d&iacute;as al Padre con las palabras del Se&ntilde;or: \u201cVenga tu Reino\u201d. Esta plegaria debe forjar la mente y el coraz&oacute;n de todo cristiano de esta Naci&oacute;n. Debe dar fruto en el modo en que ustedes viven su esperanza y en la manera en que construyen su familia y su comunidad. Debe crear nuevos \u201clugares de esperanza\u201d (cf. <i> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_ben-xvi_enc_20071130_spe-salvi.html\">Spe salvi<\/a><\/i>, 32ss) en los que el Reino de Dios se haga presente con todo su poder salvador.<\/p>\n<p> Adem&aacute;s, rezar con fervor por la venida del Reino significa estar constantemente atentos a los signos de su presencia, trabajando para que crezca en cada sector de la sociedad. Esto quiere decir afrontar los desaf&iacute;os del presente y del futuro confiados en la victoria de Cristo y comprometi&eacute;ndose en extender su Reino. Comporta no perder la confianza ante resistencias, adversidades o esc&aacute;ndalos. Significa superar toda separaci&oacute;n entre fe y vida, oponi&eacute;ndose a los falsos evangelios de libertad y felicidad. Quiere decir, adem&aacute;s, rechazar la falsa dicotom&iacute;a entre la fe y la vida pol&iacute;tica, pues, como ha afirmado el Concilio Vaticano II, \u201cninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberan&iacute;a de Dios\u201d (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>,<\/i> 36). Esto quiere decir esforzarse para enriquecer la sociedad y la cultura americanas con la belleza y la verdad del Evangelio, sin perder jam&aacute;s de vista esa gran esperanza que da sentido y valor a todas las otras esperanzas que inspiran nuestra vida.<\/p>\n<p> Queridos amigos, &eacute;ste es el reto que os presenta hoy el Sucesor de Pedro. Como \u201craza elegida, sacerdocio real, naci&oacute;n consagrada\u201d, sigan con fidelidad las huellas de quienes les han precedido. Apresuren la venida del Reino en esta tierra. Las generaciones pasadas les han legado una herencia extraordinaria. Tambi&eacute;n en nuestros d&iacute;as la comunidad cat&oacute;lica de esta Naci&oacute;n ha destacado en su testimonio prof&eacute;tico en defensa de la vida, en la educaci&oacute;n de los j&oacute;venes, en la atenci&oacute;n a los pobres, enfermos o extranjeros que viven entre ustedes. Tambi&eacute;n hoy el futuro de la Iglesia en Am&eacute;rica debe comenzar a elevarse partiendo de estas bases s&oacute;lidas.<\/p>\n<p> Ayer, no lejos de aqu&iacute;, me ha conmovido la alegr&iacute;a, la esperanza y el amor generoso a Cristo que he visto en el rostro de tantos j&oacute;venes congregados en Dunwoodie. Ellos son el futuro de la Iglesia y merecen nuestras oraciones y todo el apoyo que podamos darles. Por eso, deseo concluir a&ntilde;adiendo una palabra de aliento para ellos. Queridos j&oacute;venes amigos: igual que los siete hombres \u201cllenos de esp&iacute;ritu de sabidur&iacute;a\u201d a los que los Ap&oacute;stoles confiaron el cuidado de la joven Iglesia, &aacute;lcense tambi&eacute;n ustedes y asuman la responsabilidad que la fe en Cristo les presenta. Que encuentren la audacia de proclamar a Cristo, \u201cel mismo ayer, hoy y siempre\u201d, y las verdades inmutables que se fundamentan en &Eacute;l (cf. <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/i>, 10; <i>Hb <\/i>13,8): son verdades que nos hacen libres. Se trata de las &uacute;nicas verdades que pueden garantizar el respeto de la dignidad y de los derechos de todo hombre, mujer y ni&ntilde;o en nuestro mundo, incluidos los m&aacute;s indefensos de todos los seres humanos, como los ni&ntilde;os que est&aacute;n a&uacute;n en el seno materno. En un mundo en el que, como Juan Pablo II nos record&oacute; hablando en este mismo lugar, L&aacute;zaro contin&uacute;a llamando a nuestra puerta (<i>Homil&iacute;a en el Yankee Stadium<\/i>, 2 de octubre de 1979, n. 7), act&uacute;en de modo que su fe y su amor den fruto ayudando a los pobres, a los necesitados y a los sin voz. Muchachos y muchachas de Am&eacute;rica, les reitero: abran los corazones a la llamada de Dios para seguirlo en el sacerdocio y en la vida religiosa. &iquest;Puede haber un signo de amor m&aacute;s grande que seguir las huellas de Cristo, que no dud&oacute; en dar la vida por sus amigos (cf. <i>Jn<\/i> 15,13)?<\/p>\n<p> En el Evangelio de hoy, el Se&ntilde;or promete a los disc&iacute;pulos que realizar&aacute;n obras todav&iacute;a m&aacute;s grandes que las suyas (cf. <i>Jn<\/i> 14,12). Queridos amigos, s&oacute;lo Dios en su providencia sabe lo que su gracia debe realizar todav&iacute;a en sus vidas y en la vida de la Iglesia de los Estados Unidos. Mientras tanto, la promesa de Cristo nos colma de esperanza firme. Unamos, pues, nuestras plegarias a la suya, como piedras vivas del templo espiritual que es su Iglesia una, santa, cat&oacute;lica y apost&oacute;lica. Dirijamos nuestra mirada hacia &eacute;l, pues tambi&eacute;n ahora nos est&aacute; preparando un sitio en la casa de su Padre. Y, fortalecidos por el Esp&iacute;ritu Santo, trabajemos con renovado ardor por la extensi&oacute;n de su Reino.<\/p>\n<p> \u201cDichosos los creyentes\u201d (cf. <i>1 P<\/i> 2,7). Dirij&aacute;monos a Jes&uacute;s. S&oacute;lo &Eacute;l es el camino que conduce a la felicidad eterna, la verdad que satisface los deseos m&aacute;s profundos de todo coraz&oacute;n, y la vida trae siempre nuevo gozo y esperanza, para nosotros y para todo el mundo. Am&eacute;n.<\/p>\n<p><i>Palabras del Santo Padre a los fieles de lengua espa&ntilde;ola<\/i><\/p>\n<p> <i>Queridos hermanos y hermanas en el Se&ntilde;or:<\/i><\/p>\n<p> Les saludo con afecto y me alegro de celebrar esta Santa Misa para dar gracias a Dios por el bicentenario del momento en que empez&oacute; a desarrollarse la Iglesia Cat&oacute;lica en esta Naci&oacute;n. Al mirar el camino de fe recorrido en estos a&ntilde;os, no exento tambi&eacute;n de dificultades, alabamos al Se&ntilde;or por los frutos que la Palabra de Dios ha dado en estas tierras y le manifestamos nuestro deseo de que Cristo, Camino, Verdad y Vida, sea cada vez m&aacute;s conocido y amado. <\/p>\n<p> Aqu&iacute;, en este Pa&iacute;s de libertad, quiero proclamar con fuerza que la Palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida plena y libre, sino que nos descubre nuestra verdadera dignidad de hijos de Dios y nos alienta a luchar contra todo aquello que nos esclaviza, empezando por nuestro propio ego&iacute;smo y caprichos. Al mismo tiempo, nos anima a manifestar nuestra fe a trav&eacute;s de nuestra vida de caridad y a hacer que nuestras comunidades eclesiales sean cada d&iacute;a m&aacute;s acogedoras y fraternas. <\/p>\n<p> Sobre todo a los j&oacute;venes les conf&iacute;o asumir el gran reto que entra&ntilde;a creer en Cristo y lograr que esa fe se manifieste en una cercan&iacute;a efectiva hacia los pobres. Tambi&eacute;n en una respuesta generosa a las llamadas que &Eacute;l sigue formulando para dejarlo todo y emprender una vida de total consagraci&oacute;n a Dios y a la Iglesia, en la vida sacerdotal o religiosa.<\/p>\n<p> Queridos hermanos y hermanas, les invito a mirar el futuro con esperanza, permitiendo que Jes&uacute;s entre en sus vidas. Solamente &Eacute;l es el camino que conduce a la felicidad que no acaba, la verdad que satisface las m&aacute;s nobles expectativas humanas y la vida colmada de gozo para bien de la Iglesia y el mundo. Que Dios les bendiga.<\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2008 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"> <\/font> <\/p>\n<p align=\"center\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AM&Eacute;RICA Y VISITA A LA SEDE DE LA ORGANIZACI&Oacute;N DE LA NACIONES UNIDAS CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Yankee Stadium, Bronx, Nueva YorkV Domingo de Pascua 20 de abril de 2008 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas en Cristo: En el Evangelio que acabamos de escuchar, &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-abril-de-2008-santa-misa-nel-yankee-stadium-de-nueva-york\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab20 de abril de 2008: Santa Misa nel Yankee Stadium de Nueva York\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40845","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40845","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40845"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40845\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40845"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40845"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40845"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}