{"id":40851,"date":"2016-10-06T15:01:18","date_gmt":"2016-10-06T20:01:18","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-marzo-de-2008-santa-misa-in-cena-domini\/"},"modified":"2016-10-06T15:01:18","modified_gmt":"2016-10-06T20:01:18","slug":"20-de-marzo-de-2008-santa-misa-in-cena-domini","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-marzo-de-2008-santa-misa-in-cena-domini\/","title":{"rendered":"20 de marzo de 2008: Santa Misa \u00abin cena Domini\u00bb"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">MISA &laquo;IN CENA DOMINI&raquo;<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Juan de Letr&aacute;n <br \/> Jueves Santo 20 de marzo de 2008 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas: <\/i> <\/p>\n<p>San Juan comienza su relato de c&oacute;mo Jes&uacute;s lav&oacute; los pies a sus disc&iacute;pulos con un lenguaje especialmente solemne, casi lit&uacute;rgico. &laquo;Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jes&uacute;s que hab&iacute;a llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los am&oacute; hasta el extremo&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 1). Ha llegado la &laquo;hora&raquo; de Jes&uacute;s, hacia la que se orientaba desde el inicio todo su obrar. <\/p>\n<p>San Juan describe con dos palabras el contenido de esa hora: paso (<i>metabainein, metabasis<\/i>) y amor (<i>agape<\/i>). Esas dos palabras se explican mutuamente: ambas describen juntamente la Pascua de Jes&uacute;s: cruz y resurrecci&oacute;n, crucifixi&oacute;n como elevaci&oacute;n, como &laquo;paso&raquo; a la gloria de Dios, como un &laquo;pasar&raquo; de este mundo al Padre. No es como si Jes&uacute;s, despu&eacute;s de una breve visita al mundo, ahora simplemente partiera y volviera al Padre. El paso es una transformaci&oacute;n. Lleva consigo su carne, su ser hombre. En la cruz, al entregarse a s&iacute; mismo, queda como fundido y transformado en un nuevo modo de ser, en el que ahora est&aacute; siempre con el Padre y al mismo tiempo con los hombres. <\/p>\n<p>Transforma la cruz, el hecho de darle muerte a &eacute;l, en un acto de entrega, de amor hasta el extremo. Con la expresi&oacute;n &laquo;hasta el extremo&raquo; san Juan remite anticipadamente a la &uacute;ltima palabra de Jes&uacute;s en la cruz: todo se ha realizado, &laquo;todo est&aacute; cumplido&raquo; (<i>Jn<\/i> 19, 30). Mediante su amor, la cruz se convierte en <i>metabasis<\/i>, transformaci&oacute;n del ser hombre en el ser part&iacute;cipe de la gloria de Dios. <\/p>\n<p>En esta transformaci&oacute;n Cristo nos implica a todos, arrastr&aacute;ndonos dentro de la fuerza transformadora de su amor hasta el punto de que, estando con &eacute;l, nuestra vida se convierte en &laquo;paso&raquo;, en transformaci&oacute;n. As&iacute; recibimos la redenci&oacute;n, el ser part&iacute;cipes del amor eterno, una condici&oacute;n a la que tendemos con toda nuestra existencia. <\/p>\n<p>En el lavatorio de los pies este proceso esencial de la hora de Jes&uacute;s est&aacute; representado en una especie de acto prof&eacute;tico simb&oacute;lico. En &eacute;l Jes&uacute;s pone de relieve con un gesto concreto precisamente lo que el gran himno cristol&oacute;gico de la <i>carta a los Filipenses <\/i>describe como el contenido del misterio de Cristo. Jes&uacute;s se despoja de las vestiduras de su gloria, se ci&ntilde;e el &laquo;vestido&raquo; de la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los disc&iacute;pulos y as&iacute; los capacita para acceder al banquete divino al que los invita. <\/p>\n<p>En lugar de las purificaciones cultuales y externas, que purifican al hombre ritualmente, pero dej&aacute;ndolo tal como est&aacute;, se realiza un ba&ntilde;o nuevo: Cristo nos purifica mediante su palabra y su amor, mediante el don de s&iacute; mismo. &laquo;Vosotros ya est&aacute;is limpios gracias a la palabra que os he anunciado&raquo;, dir&aacute; a los disc&iacute;pulos en el discurso sobre la vid (<i>Jn<\/i> 15, 3). Nos lava siempre con su palabra. S&iacute;, las palabras de Jes&uacute;s, si las acogemos con una actitud de meditaci&oacute;n, de oraci&oacute;n y de fe, desarrollan en nosotros su fuerza purificadora. D&iacute;a tras d&iacute;a nos cubrimos de muchas clases de suciedad, de palabras vac&iacute;as, de prejuicios, de sabidur&iacute;a reducida y alterada; una m&uacute;ltiple semi-falsedad o falsedad abierta se infiltra continuamente en nuestro interior. Todo ello ofusca y contamina nuestra alma, nos amenaza con la incapacidad para la verdad y para el bien. <\/p>\n<p>Las palabras de Jes&uacute;s, si las acogemos con coraz&oacute;n atento, realizan un aut&eacute;ntico lavado, una purificaci&oacute;n del alma, del hombre interior. El evangelio del lavatorio de los pies nos invita a dejarnos lavar continuamente por esta agua pura, a dejarnos capacitar para participar en el banquete con Dios y con los hermanos. Pero, despu&eacute;s del golpe de la lanza del soldado, del costado de Jes&uacute;s no s&oacute;lo sali&oacute; agua, sino tambi&eacute;n sangre (cf. <i>Jn<\/i> 19, 34; <i>1 Jn <\/i>5, 6. 8). <\/p>\n<p>Jes&uacute;s no s&oacute;lo habl&oacute;; no s&oacute;lo nos dej&oacute; palabras. Se entrega a s&iacute; mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega &laquo;hasta el extremo&raquo;, hasta la cruz. Su palabra es algo m&aacute;s que un simple hablar; es carne y sangre &laquo;para la vida del mundo&raquo; (<i>Jn<\/i> 6, 51). En los santos sacramentos, el Se&ntilde;or se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pid&aacute;mosle que el ba&ntilde;o sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez m&aacute;s. <\/p>\n<p>Si escuchamos el evangelio con atenci&oacute;n, podemos descubrir en el episodio del lavatorio de los pies dos aspectos diversos. El lavatorio de los pies de los disc&iacute;pulos es, ante todo, simplemente una acci&oacute;n de Jes&uacute;s, en la que les da el don de la pureza, de la &laquo;capacidad para Dios&raquo;. Pero el don se transforma despu&eacute;s en un ejemplo, en la tarea de hacer lo mismo unos con otros. <\/p>\n<p>Para referirse a estos dos aspectos del lavatorio de los pies, los santos Padres utilizaron las palabras <i>sacramentum<\/i> y <i>exemplum<\/i>. En este contexto, <i>sacramentum<\/i> no significa uno de los siete sacramentos, sino el misterio de Cristo en su conjunto, desde la encarnaci&oacute;n hasta la cruz y la resurrecci&oacute;n. Este conjunto es la fuerza sanadora y santificadora, la fuerza transformadora para los hombres, es nuestra <i>metabasis<\/i>, nuestra transformaci&oacute;n en una nueva forma de ser, en la apertura a Dios y en la comuni&oacute;n con &eacute;l. <\/p>\n<p>Pero este nuevo ser que &eacute;l nos da simplemente, sin m&eacute;rito nuestro, despu&eacute;s en nosotros debe transformarse en la din&aacute;mica de una nueva vida. El binomio don y ejemplo, que encontramos en el pasaje del lavatorio de los pies, es caracter&iacute;stico para la naturaleza del cristianismo en general. El cristianismo no es una especie de moralismo, un simple sistema &eacute;tico. Lo primero no es nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a s&iacute; mismo. Y eso no s&oacute;lo tiene lugar al inicio, en el momento de nuestra conversi&oacute;n. Dios sigue siendo siempre el que da. Nos ofrece continuamente sus dones. Nos precede siempre. Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucarist&iacute;a: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegr&iacute;a por la vida nueva que &eacute;l nos da. <\/p>\n<p>Con todo, no debemos ser s&oacute;lo destinatarios pasivos de la bondad divina. Dios nos ofrece sus dones como a interlocutores personales y vivos. El amor que nos da es la din&aacute;mica del &laquo;amar juntos&raquo;, quiere ser en nosotros vida nueva a partir de Dios. As&iacute; comprendemos las palabras que dice Jes&uacute;s a sus disc&iacute;pulos, y a todos nosotros, al final del relato del lavatorio de los pies: &laquo;Os doy un mandamiento nuevo: que os am&eacute;is los unos a los otros. Que, como yo os he amado, as&iacute; os am&eacute;is tambi&eacute;n vosotros los unos a los otros&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 34). El &laquo;mandamiento nuevo&raquo; no consiste en una norma nueva y dif&iacute;cil, que hasta entonces no exist&iacute;a. Lo nuevo es el don que nos introduce en la mentalidad de Cristo. <\/p>\n<p>Si tenemos eso en cuenta, percibimos cu&aacute;n lejos estamos a menudo con nuestra vida de esta novedad del Nuevo Testamento, y cu&aacute;n poco damos a la humanidad el ejemplo de amar en comuni&oacute;n con su amor. As&iacute; no le damos la prueba de credibilidad de la verdad cristiana, que se demuestra con el amor. Precisamente por eso, queremos pedirle con m&aacute;s insistencia al Se&ntilde;or que, mediante su purificaci&oacute;n, nos haga maduros para el mandamiento nuevo. <\/p>\n<p>En el pasaje evang&eacute;lico del lavatorio de los pies, la conversaci&oacute;n de Jes&uacute;s con Pedro presenta otro aspecto de la pr&aacute;ctica de la vida cristiana, en el que quiero centrar, por &uacute;ltimo, la atenci&oacute;n. En un primer momento, Pedro no quer&iacute;a dejarse lavar los pies por el Se&ntilde;or. Esta inversi&oacute;n del orden, es decir, que el maestro, Jes&uacute;s, lavara los pies, que el amo realizara la tarea del esclavo, contrastaba totalmente con su temor reverencial hacia Jes&uacute;s, con su concepto de relaci&oacute;n entre maestro y disc&iacute;pulo. &laquo;No me lavar&aacute;s los pies jam&aacute;s&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 8), dice a Jes&uacute;s con su acostumbrada vehemencia. Su concepto de Mes&iacute;as implicaba una imagen de majestad, de grandeza divina. Deb&iacute;a aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; que consiste precisamente en abajarse, en la humildad del servicio, en la radicalidad del amor hasta el despojamiento total de s&iacute; mismo. Y tambi&eacute;n nosotros debemos aprenderlo sin cesar, porque sistem&aacute;ticamente deseamos un Dios de &eacute;xito y no de pasi&oacute;n; porque no somos capaces de caer en la cuenta de que el Pastor viene como Cordero que se entrega y nos lleva as&iacute; a los pastos verdaderos. <\/p>\n<p>Cuando el Se&ntilde;or dice a Pedro que si no le lava los pies no tendr&aacute; parte con &eacute;l, Pedro inmediatamente pide con &iacute;mpetu que no s&oacute;lo le lave los pies, sino tambi&eacute;n la cabeza y las manos. Jes&uacute;s entonces pronuncia unas palabras misteriosas: &laquo;El que se ha ba&ntilde;ado, no necesita lavarse excepto los pies&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 10). Jes&uacute;s alude a un ba&ntilde;o que los disc&iacute;pulos ya hab&iacute;an hecho; para participar en el banquete s&oacute;lo les hac&iacute;a falta lavarse los pies. <\/p>\n<p>Pero, naturalmente, esas palabras encierran un sentido muy profundo. &iquest;A qu&eacute; aluden? No lo sabemos con certeza. En cualquier caso, tengamos presente que el lavatorio de los pies, seg&uacute;n el sentido de todo el cap&iacute;tulo, no indica un sacramento concreto, sino el <i>sacramentum Christi<\/i> en su conjunto, su servicio de salvaci&oacute;n, su abajamiento hasta la cruz, su amor hasta el extremo, que nos purifica y nos hace capaces de Dios. <\/p>\n<p>Con todo, aqu&iacute;, con la distinci&oacute;n entre ba&ntilde;o y lavatorio de los pies, se puede descubrir tambi&eacute;n una alusi&oacute;n a la vida en la comunidad de los disc&iacute;pulos, a la vida de la Iglesia. Parece claro que el ba&ntilde;o que nos purifica definitivamente y no debe repetirse es el bautismo, por el que somos sumergidos en la muerte y resurrecci&oacute;n de Cristo, un hecho que cambia profundamente nuestra vida, d&aacute;ndonos una nueva identidad que permanece, si no la arrojamos como hizo Judas. <\/p>\n<p>Pero tambi&eacute;n en la permanencia de esta nueva identidad, dada por el bautismo, para la comuni&oacute;n con Jes&uacute;s en el banquete, necesitamos el &laquo;lavatorio de los pies&raquo;. &iquest;De qu&eacute; se trata? Me parece que la <i>primera carta de san Juan<\/i> nos da la clave para comprenderlo. En ella se lee: &laquo;Si decimos que no tenemos pecado, nos enga&ntilde;amos y la verdad no est&aacute; en nosotros. Si reconocemos \u2014si confesamos\u2014 nuestros pecados, fiel y justo es &eacute;l para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia&raquo; (<i>1Jn<\/i> 1, 8-9). <\/p>\n<p>Necesitamos el &laquo;lavatorio de los pies&raquo;, necesitamos ser lavados de los pecados de cada d&iacute;a; por eso, necesitamos la confesi&oacute;n de los pecados, de la que habla san Juan en esta carta. Debemos reconocer que incluso en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Necesitamos la confesi&oacute;n tal como ha tomado forma en el sacramento de la Reconciliaci&oacute;n. En &eacute;l el Se&ntilde;or nos lava sin cesar los pies sucios para poder as&iacute; sentarnos a la mesa con &eacute;l. <\/p>\n<p>Pero de este modo tambi&eacute;n asumen un sentido nuevo las palabras con las que el Se&ntilde;or ensancha el <i>sacramentum<\/i> convirti&eacute;ndolo en un <i>exemplum<\/i>, en un don, en un servicio al hermano: &laquo;Si yo, el Se&ntilde;or y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros tambi&eacute;n deb&eacute;is lavaros los pies unos a otros&raquo; (<i>Jn <\/i>13, 14). Debemos lavarnos los pies unos a otros en el mutuo servicio diario del amor. Pero debemos lavarnos los pies tambi&eacute;n en el sentido de que nos perdonamos continuamente unos a otros. <\/p>\n<p>La deuda que el Se&ntilde;or nos ha condonado, siempre es infinitamente m&aacute;s grande que todas las deudas que los dem&aacute;s puedan tener con respecto a nosotros (cf. <i>Mt<\/i> 18, 21-35). El Jueves santo nos exhorta a no dejar que, en lo m&aacute;s profundo, el rencor hacia el otro se transforme en un envenenamiento del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdon&aacute;ndonos mutuamente de coraz&oacute;n, lav&aacute;ndonos los pies los unos a los otros, para poder as&iacute; participar juntos en el banquete de Dios. <\/p>\n<p>El Jueves santo es un d&iacute;a de gratitud y de alegr&iacute;a por el gran don del amor hasta el extremo, que el Se&ntilde;or nos ha hecho. Oremos al Se&ntilde;or, en esta hora, para que la gratitud y la alegr&iacute;a se transformen en nosotros en la fuerza para amar juntamente con su amor. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2008 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA &laquo;IN CENA DOMINI&raquo; HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Juan de Letr&aacute;n Jueves Santo 20 de marzo de 2008 Queridos hermanos y hermanas: San Juan comienza su relato de c&oacute;mo Jes&uacute;s lav&oacute; los pies a sus disc&iacute;pulos con un lenguaje especialmente solemne, casi lit&uacute;rgico. &laquo;Antes de la fiesta de la Pascua, &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-marzo-de-2008-santa-misa-in-cena-domini\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab20 de marzo de 2008: Santa Misa \u00abin cena Domini\u00bb\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40851","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40851","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40851"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40851\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40851"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40851"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40851"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}