{"id":40852,"date":"2016-10-06T15:01:22","date_gmt":"2016-10-06T20:01:22","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-marzo-de-2008-santa-misa-crismal\/"},"modified":"2016-10-06T15:01:22","modified_gmt":"2016-10-06T20:01:22","slug":"20-de-marzo-de-2008-santa-misa-crismal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-marzo-de-2008-santa-misa-crismal\/","title":{"rendered":"20 de marzo de 2008: Santa Misa crismal"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SOLEMNE MISA CRISMAL<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI <\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Jueves Santo 20 de marzo de 2008 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i> <\/p>\n<p>Cada a&ntilde;o la misa Crismal nos exhorta a volver a dar un &laquo;s&iacute;&raquo; a la llamada de Dios que pronunciamos el d&iacute;a de nuestra ordenaci&oacute;n sacerdotal. &laquo;Adsum&raquo;, &laquo;Heme aqu&iacute;&raquo;, dijimos, como respondi&oacute; Isa&iacute;as cuando escuch&oacute; la voz de Dios que le preguntaba: &laquo;&iquest;A qui&eacute;n enviar&eacute;? &iquest;y qui&eacute;n ir&aacute; de parte nuestra?&raquo; (<i>Is<\/i> 6, 8). Luego el Se&ntilde;or mismo, mediante las manos del obispo, nos impuso sus manos y nos consagramos a su misi&oacute;n. Sucesivamente hemos recorrido caminos diversos en el &aacute;mbito de su llamada. &iquest;Podemos afirmar siempre lo que escribi&oacute; san Pablo a los Corintios despu&eacute;s de a&ntilde;os de arduo servicio al Evangelio marcado por sufrimientos de todo tipo: &laquo;No disminuye nuestro celo en el ministerio que, por misericordia de Dios, nos ha sido encomendado&raquo;? (cf. <i>2Co<\/i> 4, 1). &laquo;No disminuye nuestro celo&raquo;. Pidamos hoy que se mantenga siempre encendido, que se alimente continuamente con la llama viva del Evangelio. <\/p>\n<p>Al mismo tiempo, el Jueves santo nos brinda la ocasi&oacute;n de preguntarnos de nuevo: &iquest;A qu&eacute; hemos dicho &laquo;s&iacute;&raquo;? &iquest;Qu&eacute; es &laquo;ser sacerdote de Jesucristo&raquo;? El Canon II de nuestro Misal, que probablemente fue redactado en Roma ya a fines del siglo II, describe la esencia del ministerio sacerdotal con las palabras que usa el <i>libro del Deuteronomio<\/i> (cf. <i>Dt<\/i> 18, 5. 7) para describir la esencia del sacerdocio del Antiguo Testamento: <i>astare coram te et tibi ministrare<\/i>. <\/p>\n<p>Por tanto, son dos las tareas que definen la esencia del ministerio sacerdotal: en primer lugar, &laquo;estar en presencia del Se&ntilde;or&raquo;. En el <i>libro del Deuteronomio<\/i> esa afirmaci&oacute;n se debe entender en el contexto de la disposici&oacute;n anterior, seg&uacute;n la cual los sacerdotes no recib&iacute;an ning&uacute;n lote de terreno en la Tierra Santa, pues viv&iacute;an de Dios y para Dios. No se dedicaban a los trabajos ordinarios necesarios para el sustento de la vida diaria. Su profesi&oacute;n era &laquo;estar en presencia del Se&ntilde;or&raquo;, mirarlo a &eacute;l, vivir para &eacute;l. <\/p>\n<p>La palabra indicaba as&iacute;, en definitiva, una existencia vivida en la presencia de Dios y tambi&eacute;n un ministerio en representaci&oacute;n de los dem&aacute;s. Del mismo modo que los dem&aacute;s cultivaban la tierra, de la que viv&iacute;a tambi&eacute;n el sacerdote, as&iacute; &eacute;l manten&iacute;a el mundo abierto hacia Dios, deb&iacute;a vivir con la mirada dirigida a &eacute;l. <\/p>\n<p>Si esa expresi&oacute;n se encuentra ahora en el Canon de la misa inmediatamente despu&eacute;s de la consagraci&oacute;n de los dones, tras la entrada del Se&ntilde;or en la asamblea reunida para orar, entonces para nosotros eso indica que el Se&ntilde;or est&aacute; presente, es decir, indica la Eucarist&iacute;a como centro de la vida sacerdotal. Pero tambi&eacute;n el alcance de esa expresi&oacute;n va m&aacute;s all&aacute;. <\/p>\n<p>En el himno de la liturgia de las Horas que durante la Cuaresma introduce el Oficio de lectura \u2014el Oficio que en otros tiempos los monjes rezaban durante la hora de la vigilia nocturna ante Dios y por los hombres\u2014, una de las tareas de la Cuaresma se describe con el imperativo <i>&laquo;arctius perstemus in custodia<\/i>&raquo;, &laquo;estemos de guardia de modo m&aacute;s intenso&raquo;. En la tradici&oacute;n del monacato sirio, los monjes se defin&iacute;an como &laquo;los que est&aacute;n de pie&raquo;. Estar de pie equival&iacute;a a vigilancia. <\/p>\n<p>Lo que entonces se consideraba tarea de los monjes, con raz&oacute;n podemos verlo tambi&eacute;n como expresi&oacute;n de la misi&oacute;n sacerdotal y como interpretaci&oacute;n correcta de las palabras del Deuteronomio: el sacerdote tiene la misi&oacute;n de velar. Debe estar en guardia ante las fuerzas amenazadoras del mal. Debe mantener despierto al mundo para Dios. Debe estar de pie frente a las corrientes del tiempo. De pie en la verdad. De pie en el compromiso por el bien. <\/p>\n<p>Estar en presencia del Se&ntilde;or tambi&eacute;n debe implicar siempre, en lo m&aacute;s profundo, hacerse cargo de los hombres ante el Se&ntilde;or que, a su vez, se hace cargo de todos nosotros ante el Padre. Y debe ser hacerse cargo de &eacute;l, de Cristo, de su palabra, de su verdad, de su amor. El sacerdote debe estar de pie, imp&aacute;vido, dispuesto a sufrir incluso ultrajes por el Se&ntilde;or, como refieren los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>: estos se sent&iacute;an &laquo;contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jes&uacute;s&raquo; (<i>Hch<\/i> 5, 41). <\/p>\n<p>Pasemos ahora a la segunda expresi&oacute;n que la plegaria eucar&iacute;stica II toma del texto del Antiguo Testamento: &laquo;servirte en tu presencia&raquo;. El sacerdote debe ser una persona recta, vigilante; una persona que est&aacute; de pie. A todo ello se a&ntilde;ade luego el servir. En el texto del Antiguo Testamento esta palabra tiene un significado esencialmente ritual: a los sacerdotes correspond&iacute;a realizar todas las acciones de culto previstas por la Ley. Pero realizar las acciones del rito se consideraba como servicio, como un encargo de servicio. As&iacute; se explica con qu&eacute; esp&iacute;ritu se deb&iacute;an llevar a cabo esas acciones. <\/p>\n<p>Al utilizarse la palabra &laquo;servir&raquo; en el Canon, en cierto modo se adopta ese significado lit&uacute;rgico del t&eacute;rmino, de acuerdo con la novedad del culto cristiano. Lo que el sacerdote hace en ese momento, en la celebraci&oacute;n de la Eucarist&iacute;a, es servir, realizar un servicio a Dios y un servicio a los hombres. El culto que Cristo rindi&oacute; al Padre consisti&oacute; en entregarse hasta la muerte por los hombres. El sacerdote debe insertarse en este culto, en este servicio. <\/p>\n<p>As&iacute;, la palabra &laquo;servir&raquo; implica muchas dimensiones. Ciertamente, del servir forma parte ante todo la correcta celebraci&oacute;n de la liturgia y de los sacramentos en general, realizada con participaci&oacute;n interior. Debemos aprender a comprender cada vez m&aacute;s la sagrada liturgia en toda su esencia, desarrollar una viva familiaridad con ella, de forma que llegue a ser el alma de nuestra vida diaria. Si lo hacemos as&iacute;, celebraremos del modo debido y ser&aacute; una realidad el <i>ars celebrandi<\/i>, el arte de celebrar. <\/p>\n<p>En este arte no debe haber nada artificioso. Si la liturgia es una tarea central del sacerdote, eso significa tambi&eacute;n que la oraci&oacute;n debe ser una realidad prioritaria que es preciso aprender sin cesar continuamente y cada vez m&aacute;s profundamente en la escuela de Cristo y de los santos de todos los tiempos. Dado que la liturgia cristiana, por su naturaleza, tambi&eacute;n es siempre anuncio, debemos tener familiaridad con la palabra de Dios, amarla y vivirla. S&oacute;lo entonces podremos explicarla de modo adecuado. &laquo;Servir al Se&ntilde;or&raquo;: precisamente el servicio sacerdotal significa tambi&eacute;n aprender a conocer al Se&ntilde;or en su palabra y darlo a conocer a todas aquellas personas que &eacute;l nos encomienda. <\/p>\n<p>Del servir forman parte, por &uacute;ltimo, otros dos aspectos. Nadie est&aacute; tan cerca de su se&ntilde;or como el servidor que tiene acceso a la dimensi&oacute;n m&aacute;s privada de su vida. En este sentido, &laquo;servir&raquo; significa cercan&iacute;a, requiere familiaridad. Esta familiaridad encierra tambi&eacute;n un peligro: el de que lo sagrado con el que tenemos contacto continuo se convierta para nosotros en costumbre. As&iacute; se apaga el temor reverencial. Condicionados por todas las costumbres, ya no percibimos la grande, nueva y sorprendente realidad: &eacute;l mismo est&aacute; presente, nos habla y se entrega a nosotros. <\/p>\n<p>Contra este acostumbrarse a la realidad extraordinaria, contra la indiferencia del coraz&oacute;n debemos luchar sin tregua, reconociendo siempre nuestra insuficiencia y la gracia que implica el hecho de que &eacute;l se entrega as&iacute; en nuestras manos. Servir significa cercan&iacute;a, pero sobre todo significa tambi&eacute;n obediencia. El servidor debe cumplir las palabras: &laquo;No se haga mi voluntad, sino la tuya&raquo; (<i>Lc<\/i> 22, 42). Con esas palabras, Jes&uacute;s, en el huerto de los Olivos, resolvi&oacute; la batalla decisiva contra el pecado, contra la rebeli&oacute;n del coraz&oacute;n ca&iacute;do. <\/p>\n<p>El pecado de Ad&aacute;n consisti&oacute;, precisamente, en que quiso realizar su voluntad y no la de Dios. La humanidad tiene siempre la tentaci&oacute;n de querer ser totalmente aut&oacute;noma, de seguir s&oacute;lo su propia voluntad y de considerar que s&oacute;lo as&iacute; seremos libres, que s&oacute;lo gracias a esa libertad sin l&iacute;mites el hombre ser&iacute;a completamente hombre. Pero precisamente as&iacute; nos ponemos contra la verdad, dado que la verdad es que debemos compartir nuestra libertad con los dem&aacute;s y s&oacute;lo podemos ser libres en comuni&oacute;n con ellos. Esta libertad compartida s&oacute;lo puede ser libertad verdadera si con ella entramos en lo que constituye la medida misma de la libertad, si entramos en la voluntad de Dios. <\/p>\n<p>Esta obediencia fundamental, que forma parte del ser del hombre, ser que no vive por s&iacute; mismo ni s&oacute;lo para s&iacute; mismo, se hace a&uacute;n m&aacute;s concreta en el sacerdote: nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a &eacute;l y su palabra, que no podemos idear por nuestra cuenta. S&oacute;lo anunciamos correctamente la palabra de Cristo en la comuni&oacute;n de su Cuerpo. Nuestra obediencia es creer con la Iglesia, pensar y hablar con la Iglesia, servir con ella. Tambi&eacute;n en esta obediencia entra siempre lo que Jes&uacute;s predijo a Pedro: &laquo;Te llevar&aacute;n a donde t&uacute; no quieras&raquo; (<i>Jn <\/i>21, 18). Este dejarse guiar a donde no queremos es una dimensi&oacute;n esencial de nuestro servir y eso es precisamente lo que nos hace libres. En ese ser guiados, que puede ir contra nuestras ideas y proyectos, experimentamos la novedad, la riqueza del amor de Dios. <\/p>\n<p>&laquo;Servirte en tu presencia&raquo;: Jesucristo, como el verdadero sumo Sacerdote del mundo, confiri&oacute; a estas palabras una profundidad antes inimaginable. &Eacute;l, que como Hijo era y es el Se&ntilde;or, quiso convertirse en el Siervo de Dios que la visi&oacute;n del <i>libro del profeta Isa&iacute;as<\/i> hab&iacute;a previsto. Quiso ser el servidor de todos. En el gesto del lavatorio de los pies quiso representar el conjunto de su sumo sacerdocio. Con el gesto del amor hasta el extremo, lava nuestros pies sucios; con la humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia. As&iacute; nos permite convertirnos en comensales de Dios. &Eacute;l se abaj&oacute;, y la verdadera elevaci&oacute;n del hombre se realiza ahora en nuestro subir con &eacute;l y hacia &eacute;l. Su elevaci&oacute;n es la cruz. Es el abajamiento m&aacute;s profundo y, como amor llevado hasta el extremo, es a la vez el culmen de la elevaci&oacute;n, la verdadera &laquo;elevaci&oacute;n&raquo; del hombre. <\/p>\n<p>&laquo;Servirte en tu presencia&raquo; significa ahora entrar en su llamada de Siervo de Dios. As&iacute;, la Eucarist&iacute;a como presencia del abajamiento y de la elevaci&oacute;n de Cristo remite siempre, m&aacute;s all&aacute; de s&iacute; misma, a los m&uacute;ltiples modos del servicio del amor al pr&oacute;jimo. Pidamos al Se&ntilde;or, en este d&iacute;a, el don de poder decir nuevamente en ese sentido nuestro &laquo;s&iacute;&raquo; a su llamada: &laquo;Heme aqu&iacute;. Env&iacute;ame, Se&ntilde;or&raquo; (<i>Is<\/i> 6, 8). Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2008 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\"> <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SOLEMNE MISA CRISMAL HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Pedro Jueves Santo 20 de marzo de 2008 Queridos hermanos y hermanas: Cada a&ntilde;o la misa Crismal nos exhorta a volver a dar un &laquo;s&iacute;&raquo; a la llamada de Dios que pronunciamos el d&iacute;a de nuestra ordenaci&oacute;n sacerdotal. &laquo;Adsum&raquo;, &laquo;Heme aqu&iacute;&raquo;, dijimos, como &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-marzo-de-2008-santa-misa-crismal\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab20 de marzo de 2008: Santa Misa crismal\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40852","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40852","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40852"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40852\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40852"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40852"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40852"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}