{"id":40865,"date":"2016-10-06T15:10:08","date_gmt":"2016-10-06T20:10:08","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-diciembre-de-2009-misa-de-nochebuena\/"},"modified":"2016-10-06T15:10:08","modified_gmt":"2016-10-06T20:10:08","slug":"24-de-diciembre-de-2009-misa-de-nochebuena","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-diciembre-de-2009-misa-de-nochebuena\/","title":{"rendered":"24 de diciembre de 2009: Misa de Nochebuena"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2009\/20091224.pdf\">MISA DE NOCHEBUENA<\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b>SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SE&Ntilde;OR<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> 24 de diciembre de 2009 <\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <b> &nbsp;[<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messa24122009.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\">Video<\/a>]<br \/> <\/b> <span lang=\"es\"> <i> <b><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2009\/20091224\/index.html\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/a><\/b><\/i><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas<\/i><\/p>\n<p>&laquo;Un ni&ntilde;o nos ha nacido, un hijo se nos ha dado&raquo; (<i>Is<\/i> 9,5). Lo que, mirando desde lejos hacia el futuro, dice Isa&iacute;as a Israel como consuelo en su angustia y oscuridad, el &Aacute;ngel, del que emana una nube de luz, lo anuncia a los pastores como ya presente: &laquo;Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mes&iacute;as, el Se&ntilde;or&raquo; (<i>Lc<\/i> 2,11). El Se&ntilde;or est&aacute; presente. Desde este momento, Dios es realmente un &laquo;Dios con nosotros&raquo;. Ya no es el Dios lejano que, mediante la creaci&oacute;n y a trav&eacute;s de la conciencia, se puede intuir en cierto modo desde lejos. &Eacute;l ha entrado en el mundo. Es quien est&aacute; a nuestro lado. Cristo resucitado lo dijo a los suyos, nos lo dice a nosotros: &laquo;Sabed que yo estoy con vosotros todos los d&iacute;as, hasta el fin del mundo&raquo; (<i>Mt<\/i> 28,20). Por vosotros ha nacido el Salvador: lo que el &Aacute;ngel anunci&oacute; a los pastores, Dios nos lo vuelve a decir ahora por medio del Evangelio y de sus mensajeros. Esta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Si es verdadera, todo cambia. Si es cierta, tambi&eacute;n me afecta a m&iacute;. Y, entonces, tambi&eacute;n yo debo decir como los pastores: Vayamos, quiero ir derecho a Bel&eacute;n y ver la Palabra que ha sucedido all&iacute;. El Evangelio no nos narra la historia de los pastores sin motivo. Ellos nos ense&ntilde;an c&oacute;mo responder de manera justa al mensaje que se dirige tambi&eacute;n a nosotros. &iquest;Qu&eacute; nos dicen, pues, estos primeros testigos de la encarnaci&oacute;n de Dios? <\/p>\n<p>Ante todo, se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. &iquest;Qu&eacute; significa esto? La diferencia entre uno que sue&ntilde;a y uno que est&aacute; despierto consiste ante todo en que, quien sue&ntilde;a, est&aacute; en un mundo muy particular. Con su yo, est&aacute; encerrado en este mundo del sue&ntilde;o que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad com&uacute;n, en la verdad, que es la &uacute;nica que nos une a todos. El conflicto en el mundo, la imposibilidad de conciliaci&oacute;n rec&iacute;proca, es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intere&shy;ses y en las opiniones personales, en nuestro min&uacute;sculo mundo privado. El ego&iacute;smo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisionero de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros. Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad com&uacute;n, en la comuni&oacute;n del &uacute;nico Dios. As&iacute;, despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que &Eacute;l quiere guiarnos; para los m&uacute;ltiples indicios de su presencia. Hay quien dice &laquo;no tener religiosamente o&iacute;do para la m&uacute;sica&raquo;. La capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos est&aacute;n negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos &laquo;sin o&iacute;do musical&raquo; para &Eacute;l. Y, sin embargo, de modo oculto o patente, en cada alma hay un anhelo de Dios, la capacidad de encontrarlo. Para conseguir esta vigilancia, este despertar a lo esencial, roguemos por nosotros mismos y por los dem&aacute;s, por los que parecen &laquo;no tener este o&iacute;do musical&raquo; y en los cuales, sin embargo, est&aacute; vivo el deseo de que Dios se manifieste. El gran te&oacute;logo Or&iacute;genes dijo: si yo tuviera la gracia de ver como vio Pablo, podr&iacute;a ahora (durante la Liturgia) contemplar un gran ej&eacute;rcito de &Aacute;ngeles (cf. <i>In Lc<\/i> 23,9). En efecto, en la sagrada Liturgia, los &Aacute;ngeles de Dios y los Santos nos rodean. El Se&ntilde;or mismo est&aacute; presente entre nosotros. Se&ntilde;or, abre los ojos de nuestro coraz&oacute;n, para que estemos vigilantes y con ojo avizor, y podamos llevar as&iacute; tu cercan&iacute;a a los dem&aacute;s. <\/p>\n<p>Volvamos al Evangelio de Navidad. Nos dice que los pastores, despu&eacute;s de haber escuchado el mensaje del &Aacute;ngel, se dijeron uno a otro: &laquo;Vamos derechos a Bel&eacute;n&#8230; Fueron corriendo&raquo; (<i>Lc<\/i> 2,15s.). Se apresuraron, dice literalmente el texto griego. Lo que se les hab&iacute;a anunciado era tan importante que deb&iacute;an ir inmediatamente. En efecto, lo que se les hab&iacute;a dicho iba mucho m&aacute;s all&aacute; de lo acostumbrado. Cambiaba el mundo. Ha nacido el Salvador. El Hijo de David tan esperado ha venido al mundo en su ciudad. &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a haber de mayor importancia? Ciertamente, les impulsaba tambi&eacute;n la curiosidad, pero sobre todo la conmoci&oacute;n por la grandeza de lo que se les hab&iacute;a comunicado, precisamente a ellos, los sencillos y personas aparentemente irrelevantes. Se apresuraron, sin demora alguna. En nuestra vida ordinaria las cosas no son as&iacute;. La mayor&iacute;a de los hombres no considera una prioridad las cosas de Dios, no les acucian de modo inmediato. Y tambi&eacute;n nosotros, como la inmensa mayor&iacute;a, estamos bien dispuestos a posponerlas. Se hace ante todo lo que aqu&iacute; y ahora parece urgente. En la lista de prioridades, Dios se encuentra frecuentemente casi en &uacute;ltimo lugar. Esto \u2013 se piensa \u2013 siempre se podr&aacute; hacer. Pero el Evangelio nos dice: Dios tiene la m&aacute;xima prioridad. As&iacute;, pues, si algo en nuestra vida merece premura sin tardanza, es solamente la causa de Dios. Una m&aacute;xima de la Regla de San Benito, reza: &laquo;No anteponer nada a la obra de Dios (es decir, al Oficio divino)&raquo;. Para los monjes, la liturgia es lo primero. Todo lo dem&aacute;s va despu&eacute;s. Y en lo fundamental, esta frase es v&aacute;lida para cada persona. Dios es importante, lo m&aacute;s importante en absoluto en nuestra vida. &Eacute;sta es la prioridad que nos ense&ntilde;an precisamente los pastores. Aprendamos de ellos a no dejarnos subyugar por todas las urgencias de la vida cotidiana. Queremos aprender de ellos la libertad interior de poner en segundo plano otras ocupaciones \u2013 por m&aacute;s importantes que sean \u2013 para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo. El tiempo dedicado a Dios y, por &Eacute;l, al pr&oacute;jimo, nunca es tiempo perdido. Es el tiempo en el que vivimos verdaderamente, en el que vivimos nuestro ser personas humanas.&nbsp; &nbsp;<\/p>\n<p>Algunos comentaristas hacen notar que los pastores, las almas sencillas, han sido los primeros en ir a ver a Jes&uacute;s en el pesebre y han podido encontrar al Redentor del mundo. Los sabios de Oriente, los representantes de quienes tienen renombre y alcurnia, llegaron mucho m&aacute;s tarde. Y los comentaristas a&ntilde;aden que esto es del todo obvio. En efecto, los pastores estaban all&iacute; al lado. No ten&iacute;an m&aacute;s que &laquo;atravesar&raquo; (cf. <i>Lc<\/i> 2,15), como se atraviesa un corto trecho para ir donde un vecino. Por el contrario, los sabios viv&iacute;an lejos. Deb&iacute;an recorrer un camino largo y dif&iacute;cil para llegar a Bel&eacute;n. Y necesitaban gu&iacute;a e indicaciones. Pues bien, tambi&eacute;n hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Se&ntilde;or. Por decirlo as&iacute;, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo f&aacute;cilmente. Pero la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido entre nosotros. Vivimos en filosof&iacute;as, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y as&iacute; encontrar el camino hacia &Eacute;l. Pero hay sendas para todos. El Se&ntilde;or va poniendo hitos adecuados a cada uno. &Eacute;l nos llama a todos, para que tambi&eacute;n nosotros podamos decir: &iexcl;Ea!, emprendamos la marcha, vayamos a Bel&eacute;n, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. S&iacute;, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podr&iacute;amos llegar hasta &Eacute;l s&oacute;lo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. &Eacute;l ha hecho el tramo m&aacute;s largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cu&aacute;nto os amo. Venid a ver que yo estoy aqu&iacute;. <i>Transeamus usque Bethleem<\/i>, dice la Biblia latina. Vayamos all&aacute;. Super&eacute;monos a nosotros mismos. Hag&aacute;monos peregrinos hacia Dios de diversos modos, estando interiormente en camino hacia &Eacute;l. Pero tambi&eacute;n a trav&eacute;s de senderos muy concretos, en la Liturgia de la Iglesia, en el servicio al pr&oacute;jimo, en el que Cristo me espera. <\/p>\n<p>Escuchemos directamente el Evangelio una vez m&aacute;s. Los pastores se dicen uno a otro el motivo por el que se ponen en camino: &laquo;Veamos qu&eacute; ha pasado&raquo;. El texto griego dice literalmente: &laquo;Veamos esta Palabra que ha ocurrido all&iacute;&raquo;. S&iacute;, &eacute;sta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues &eacute;sta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen s&oacute;lo conseguir&iacute;a reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, &eacute;l mismo, visible en Aquel que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. <i>2 Co<\/i> 4,4; <i>Col<\/i> 1,15). En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente. Dios es as&iacute;. El &Aacute;ngel hab&iacute;a dicho a los pastores: &laquo;Aqu&iacute; ten&eacute;is la se&ntilde;al: encontrar&eacute;is un ni&ntilde;o envuelto en pa&ntilde;ales y acostado en un pesebre&raquo; (<i>Lc<\/i> 2,12; cf. 16). La se&ntilde;al de Dios, la se&ntilde;al que ha dado a los pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La se&ntilde;al de Dios es su humildad. La se&ntilde;al de Dios es que &Eacute;l se hace peque&ntilde;o; se convierte en ni&ntilde;o; se deja tocar y pide nuestro amor.<\/p>\n<p>Cu&aacute;nto desear&iacute;amos, nosotros los hombres, un signo diferente, imponente, irrefutable del poder de Dios y su grandeza. Pero su se&ntilde;al nos invita a la fe y al amor, y por eso nos da esperanza: Dios es as&iacute;. &Eacute;l tiene el poder y es la Bondad. Nos invita a ser semejantes a &Eacute;l. S&iacute;, nos hacemos semejantes a Dios si nos dejamos marcar con esta se&ntilde;al; si aprendemos nosotros mismos la humildad y, de este modo, la verdadera grandeza; si renunciamos a la violencia y usamos s&oacute;lo las armas de la verdad y del amor. Or&iacute;genes, siguiendo una expresi&oacute;n de Juan el Bautista, ha visto expresada en el s&iacute;mbolo de las piedras la esencia del paganismo: paganismo es falta de sensibilidad, significa un coraz&oacute;n de piedra, incapaz de amar y percibir el amor de Dios. Or&iacute;genes dice que los paganos, &laquo;faltos de sentimiento y de raz&oacute;n, se transforman en piedras y madera&raquo; (<i>in Lc<\/i> 22,9). Cristo, en cambio, quiere darnos un coraz&oacute;n de carne. Cuando le vemos a &Eacute;l, al Dios que se ha hecho ni&ntilde;o, se abre el coraz&oacute;n. En la Liturgia de la Noche Santa, Dios viene a nosotros como hombre, para que nosotros nos hagamos verdaderamente humanos. Escuchemos de nuevo a Or&iacute;genes: &laquo;En efecto, &iquest;para qu&eacute; te servir&iacute;a que Cristo haya venido hecho carne una vez, si &Eacute;l no llega hasta tu alma? Oremos para venga a nosotros cotidianamente y podamos decir: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en m&iacute; (<i>Ga<\/i> 2,20)&raquo; (<i>in Lc<\/i> 22,3). <\/p>\n<p>S&iacute;, por esto queremos pedir en esta Noche Santa. Se&ntilde;or Jesucristo, t&uacute; que has nacido en Bel&eacute;n, ven con nosotros. Entra en m&iacute;, en mi alma. Transf&oacute;rmame. Renu&eacute;vame. Haz que yo y todos nosotros, de madera y piedra,&nbsp; nos convirtamos en personas vivas, en las que tu amor se hace presente y el mundo es transformado. <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2009 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA DE NOCHEBUENA SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SE&Ntilde;OR HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana 24 de diciembre de 2009 &nbsp;[Video] Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Queridos hermanos y hermanas &laquo;Un ni&ntilde;o nos ha nacido, un hijo se nos ha dado&raquo; (Is 9,5). 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