{"id":40877,"date":"2016-10-06T15:10:25","date_gmt":"2016-10-06T20:10:25","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/12-de-septiembre-de-2009-ordenacion-episcopal-de-cinco-presbiteros\/"},"modified":"2016-10-06T15:10:25","modified_gmt":"2016-10-06T20:10:25","slug":"12-de-septiembre-de-2009-ordenacion-episcopal-de-cinco-presbiteros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/12-de-septiembre-de-2009-ordenacion-episcopal-de-cinco-presbiteros\/","title":{"rendered":"12 de septiembre de 2009: Ordenaci\u00f3n episcopal de cinco presb\u00edteros"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"TmsRmn\" color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2009\/20090912.pdf\"> CAPILLA PAPAL PARA LA ORDENACI&Oacute;N EPISCOPAL DE CINCO <\/a><\/font> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2009\/20090912.pdf\"> <font face=\"TmsRmn\">SACERDOTES<\/font><\/a><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Fiesta lit&uacute;rgica del Dulce Nombre de Mar&iacute;a<br \/> S&aacute;bado 12 de septiembre de 2009<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><span lang=\"es\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2009\/20090912\/index.html\"> <font size=\"2\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/font><\/a><\/b><\/span><\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Queridos hermanos y hermanas: <\/i> <\/p>\n<p align=\"left\">Saludamos con afecto y nos unimos cordialmente a la alegr&iacute;a de estos cinco hermanos nuestros presb&iacute;teros a quienes el Se&ntilde;or ha llamado a ser sucesores de los Ap&oacute;stoles: monse&ntilde;or Gabriele Giordano Caccia, monse&ntilde;or Franco Coppola, monse&ntilde;or Pietro Parolin, monse&ntilde;or Raffaello Martinelli y monse&ntilde;or Giorgio Corbellini. Doy las gracias a cada uno de ellos por el servicio fiel que han prestado a la Iglesia trabajando en la Secretar&iacute;a de Estado, en la Congregaci&oacute;n para la doctrina de la fe o en la Gobernaci&oacute;n del Estado de la Ciudad del Vaticano, y estoy seguro de que, con el mismo amor a Cristo y con el mismo celo por las almas, desempe&ntilde;ar&aacute;n en los nuevos campos de acci&oacute;n pastoral el ministerio que hoy se les conf&iacute;a con la ordenaci&oacute;n episcopal. Seg&uacute;n la Tradici&oacute;n apost&oacute;lica, este sacramento se confiere mediante la imposici&oacute;n de manos y la oraci&oacute;n. La imposici&oacute;n de manos se realiza en silencio. La palabra humana enmudece. El alma se abre en silencio a Dios, cuya mano se alarga hacia el hombre, lo toma para s&iacute; y, a la vez, lo cubre para protegerlo, a fin de que, a continuaci&oacute;n, sea totalmente propiedad de Dios, le pertenezca del todo e introduzca a los hombres en las manos de Dios. <\/p>\n<p align=\"left\">Pero, como segundo elemento fundamental del acto de consagraci&oacute;n, sigue despu&eacute;s la oraci&oacute;n. La ordenaci&oacute;n episcopal es un acontecimiento de oraci&oacute;n. Ning&uacute;n hombre puede hacer a otro sacerdote u obispo. Es el Se&ntilde;or mismo quien, a trav&eacute;s de la palabra de la oraci&oacute;n y del gesto de la imposici&oacute;n de manos, asume a ese hombre totalmente a su servicio, lo atrae a su propio sacerdocio. &Eacute;l mismo consagra a los elegidos. &Eacute;l mismo, el &uacute;nico Sumo Sacerdote, que ofreci&oacute; el &uacute;nico sacrificio por todos nosotros, le concede la participaci&oacute;n en su sacerdocio, para que su Palabra y su obra est&eacute;n presentes en todos los tiempos. <\/p>\n<p align=\"left\">Por esta conexi&oacute;n entre la oraci&oacute;n y la actuaci&oacute;n de Cristo sobre el hombre, la Iglesia en su liturgia ha desarrollado un signo elocuente. Durante la oraci&oacute;n de ordenaci&oacute;n se abre sobre el candidato el Evangeliario, el libro de la Palabra de Dios. El Evangelio debe penetrar en &eacute;l; la Palabra viva de Dios debe, por as&iacute; decirlo, invadirlo. El Evangelio, en el fondo, no es s&oacute;lo palabra; Cristo mismo es el Evangelio. Con la Palabra, la vida misma de Cristo debe invadir a aquel hombre, de manera que se convierta totalmente en una sola cosa con &eacute;l, que Cristo viva en &eacute;l y d&eacute; a su vida forma y contenido. De esta manera debe realizarse en &eacute;l lo que en las lecturas de la liturgia de hoy se presenta como la esencia del ministerio sacerdotal de Cristo. El consagrado debe ser colmado del Esp&iacute;ritu de Dios y vivir a partir de &eacute;l. Debe llevar a los pobres el alegre anuncio, la verdadera libertad y la esperanza que permite vivir al hombre y lo sana. Debe establecer el sacerdocio de Cristo en medio de los hombres, el sacerdocio seg&uacute;n el modo de Melquisedec, esto es, el reino de la justicia y de la paz. Como los setenta y dos disc&iacute;pulos enviados por el Se&ntilde;or, debe llevar sanaci&oacute;n, ayudar a curar la herida interior del hombre, su lejan&iacute;a de Dios. El bien primero y esencial del que tiene necesidad el hombre es la cercan&iacute;a de Dios mismo. El reino de Dios, del que se habla en el pasaje evang&eacute;lico de hoy, no es algo &quot;junto&quot; a Dios, alguna condici&oacute;n del mundo: es sencillamente la presencia de Dios mismo, que es la fuerza verdaderamente sanadora. <\/p>\n<p align=\"left\">Jes&uacute;s sintetiz&oacute; todos estos m&uacute;ltiples aspectos de su sacerdocio en la &uacute;nica frase: &quot;El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos&quot; (<i>Mc<\/i> 10, 45). Servir y en ello donarse uno mismo; ser no para uno mismo, sino para los dem&aacute;s, de parte de Dios y con vista a Dios: este es el n&uacute;cleo m&aacute;s profundo de la misi&oacute;n de Jesucristo y, a la vez, la verdadera esencia de su sacerdocio. As&iacute;, &eacute;l hizo del t&eacute;rmino &quot;siervo&quot; su m&aacute;s elevado t&iacute;tulo de honor. Con ello llev&oacute; a cabo un vuelco de los valores; nos don&oacute; una nueva imagen de Dios y del hombre. Jes&uacute;s no viene como uno de los se&ntilde;ores de este mundo, sino que &eacute;l, que es el verdadero Se&ntilde;or, viene como siervo. Su sacerdocio no es dominio, sino servicio: este es el nuevo sacerdocio de Jesucristo al modo de Melquisedec. <\/p>\n<p align=\"left\">San Pablo formul&oacute; la esencia del ministerio apost&oacute;lico y sacerdotal de forma muy clara. Ante los conflictos que exist&iacute;an en la Iglesia de Corinto entre corrientes distintas que se refer&iacute;an a ap&oacute;stoles diversos, pregunta: &iquest;Pero qu&eacute; es un ap&oacute;stol? &iquest;Qu&eacute; es Apolo? &iquest;Qu&eacute; es Pablo? Son siervos; cada uno seg&uacute;n lo que el Se&ntilde;or le dio (cf. <i>1 Co<\/i> 3, 5). &quot;Es preciso que los hombres vean en nosotros a siervos de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Por lo dem&aacute;s, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles&quot; (<i>1 Co<\/i> 4, 1-2). En Jerusal&eacute;n, en la &uacute;ltima semana de su vida, Jes&uacute;s mismo habl&oacute; en dos par&aacute;bolas de los siervos a quienes el Se&ntilde;or encomienda sus bienes en el tiempo del mundo, y subray&oacute; tres caracter&iacute;sticas del modo en que se debe servir, en las que se concreta tambi&eacute;n la imagen del ministerio sacerdotal. Demos ahora una breve mirada sobre estas caracter&iacute;sticas para contemplar, con los ojos de Jes&uacute;s mismo, la tarea que vosotros, queridos amigos, est&aacute;is llamados a asumir en esta hora. <\/p>\n<p align=\"left\"><i>La primera caracter&iacute;stica <\/i>que el Se&ntilde;or pide al siervo es la fidelidad. Le ha sido confiado un gran bien, que no le pertenece. La Iglesia no es la Iglesia nuestra, sino su Iglesia, la Iglesia de Dios. El siervo debe dar cuentas sobre la gesti&oacute;n del bien que se le ha encomendado. No atamos a los hombres a nosotros; no buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Conducimos a los hombres hacia Jesucristo y as&iacute; hacia el Dios vivo. Con ello los introducimos en la verdad y en la libertad, que deriva de la verdad. La fidelidad es altruismo, y precisamente as&iacute; es liberadora para el ministro mismo y para cuantos le son confiados. Sabemos c&oacute;mo las cosas en la sociedad civil, y no raramente tambi&eacute;n en la Iglesia, sufren por el hecho de que muchos de aquellos a quienes les ha sido conferida una responsabilidad trabajan para s&iacute; mismos y no para la comunidad, por el bien com&uacute;n. El Se&ntilde;or traza con pocas l&iacute;neas una imagen del siervo malvado que se pone a comer y beber con borrachos y a golpear a los criados traicionando as&iacute; la esencia de su encargo. En griego la palabra que indica &quot;fidelidad&quot; coincide con la que indica &quot;fe&quot;. La fidelidad del siervo de Jesucristo consiste precisamente tambi&eacute;n en el hecho de que no busca adecuar la fe a las modas del tiempo. S&oacute;lo Cristo tiene palabras de vida eterna, y debemos llevar estas palabras a la gente. Son el bien m&aacute;s precioso que se nos ha confiado. Esta fidelidad no tiene nada de est&eacute;ril ni de est&aacute;tico; es creativa. El due&ntilde;o reprocha al siervo que hab&iacute;a escondido bajo tierra el bien que se le hab&iacute;a entregado, para evitar todo riesgo. Con esta aparente fidelidad, el siervo en realidad dej&oacute; de lado el bien del due&ntilde;o para poderse dedicar exclusivamente a sus propios asuntos. Fidelidad no es temor, sino que est&aacute; inspirada por el amor y por su dinamismo. El due&ntilde;o alaba al siervo que ha hecho fructificar sus bienes. La fe requiere que sea transmitida: no se nos ha entregado s&oacute;lo para nosotros mismos, para la salvaci&oacute;n personal de nuestra alma, sino para los dem&aacute;s, para este mundo y para nuestro tiempo. Debemos situarla en este mundo, para que en &eacute;l se transforme en una fuerza viva; para que aumente en &eacute;l la presencia de Dios. <\/p>\n<p align=\"left\"><i>La segunda caracter&iacute;stica <\/i>que Jes&uacute;s pide al siervo es la prudencia. Aqu&iacute; es necesario eliminar inmediatamente un malentendido. La prudencia es algo distinto de la astucia. Prudencia, seg&uacute;n la tradici&oacute;n filos&oacute;fica griega, es la primera de las virtudes cardinales; indica el primado de la verdad, que mediante la &quot;prudencia&quot; se convierte en criterio de nuestra actuaci&oacute;n. La prudencia exige la raz&oacute;n humilde, disciplinada y vigilante, que no se deja ofuscar por prejuicios; no juzga seg&uacute;n deseos y pasiones, sino que busca la verdad, tambi&eacute;n la verdad inc&oacute;moda. Prudencia significa ponerse en busca de la verdad y actuar conforme a ella. El siervo prudente es ante todo un hombre de verdad y un hombre de la raz&oacute;n sincera. Dios, a trav&eacute;s de Jesucristo, nos ha abierto de par en par la ventana de la verdad que, ante nuestras solas fuerzas, se queda con frecuencia estrecha y s&oacute;lo en parte transparente. &Eacute;l nos muestra en la Sagrada Escritura y en la fe de la Iglesia la verdad esencial del hombre, que imprime la direcci&oacute;n justa a nuestra actuaci&oacute;n. As&iacute;, la primera virtud cardinal del sacerdote ministro de Jesucristo consiste en dejarse plasmar por la verdad que Cristo nos muestra. De esta manera nos transformamos en hombres verdaderamente razonables, que juzgan seg&uacute;n el conjunto y no a partir de detalles casuales. No nos dejamos guiar por la peque&ntilde;a ventana de nuestra astucia personal, sino que, desde la gran ventana que Cristo nos ha abierto sobre toda la verdad, contemplamos el mundo y a los hombres y reconocemos as&iacute; qu&eacute; es lo que cuenta verdaderamente en la vida. <\/p>\n<p align=\"left\"><i>La tercera caracter&iacute;stica <\/i>de la que Jes&uacute;s habla en las par&aacute;bolas del siervo es la bondad: &quot;Siervo bueno y fiel&#8230; entra en el gozo de tu se&ntilde;or&quot; (<i>Mt<\/i> 25, 21.23). Se nos puede aclarar lo que se entiende con la caracter&iacute;stica de la &quot;bondad&quot; si pensamos en el encuentro de Jes&uacute;s con el joven rico. Este hombre se dirigi&oacute; a Jes&uacute;s llam&aacute;ndolo &quot;Maestro bueno&quot; y recibi&oacute; la sorprendente respuesta: &quot;&iquest;Por qu&eacute; me llamas bueno? Nadie es bueno sino s&oacute;lo Dios&quot; (<i>Mc<\/i> 10, 17 s). Bueno, en sentido pleno, es s&oacute;lo Dios. &Eacute;l es el Bien, el Bueno por excelencia, la Bondad en persona. Por lo tanto, en una criatura \u2014en el hombre\u2014 el ser bueno se basa necesariamente en una profunda orientaci&oacute;n interior hacia Dios. La bondad crece uni&eacute;ndose interiormente al Dios vivo. La bondad presupone sobre todo una viva comuni&oacute;n con Dios, el Bueno, una creciente uni&oacute;n interior con &eacute;l. En efecto: &iquest;de qui&eacute;n m&aacute;s se podr&iacute;a aprender la bondad sino de Aquel que nos ha amado hasta el final, hasta el extremo? (cf. <i>Jn<\/i> 13, 1). Nos convertimos en siervos buenos mediante nuestra relaci&oacute;n viva con Jesucristo. S&oacute;lo si nuestra vida se desarrolla en el di&aacute;logo con &eacute;l; s&oacute;lo si su ser, sus caracter&iacute;sticas, penetran en nosotros y nos plasman, podemos transformarnos en siervos verdaderamente buenos.<\/p>\n<p align=\"left\">En el calendario de la Iglesia se recuerda hoy el Nombre de Mar&iacute;a. En ella, que estaba y est&aacute; totalmente unida al Hijo, a Cristo, los hombres han encontrado en las tinieblas y en los sufrimientos de este mundo el rostro de la Madre, que nos da valent&iacute;a para seguir adelante. En la tradici&oacute;n occidental el nombre &quot;Mar&iacute;a&quot; se ha traducido como &quot;Estrella del Mar&quot;. As&iacute; se expresa precisamente esta experiencia: &iexcl;cu&aacute;ntas veces la historia en la que vivimos aparece como un mar oscuro que azota amenazadoramente con sus olas la barca de nuestra vida! A veces la noche parece impenetrable. Con frecuencia puede crearse la impresi&oacute;n de que s&oacute;lo el mal tiene poder y Dios est&aacute; infinitamente lejos. A menudo entrevemos s&oacute;lo de lejos la gran Luz, Jesucristo, que ha vencido la muerte y el mal. Pero entonces contemplamos muy pr&oacute;xima la luz que se encendi&oacute; cuando Mar&iacute;a dijo: &quot;He aqu&iacute; la sierva del Se&ntilde;or&quot;. Vemos la clara luz de la bondad que emana de ella. En la bondad con la que ella acogi&oacute; y siempre sale de nuevo al encuentro de las grandes y peque&ntilde;as aspiraciones de muchos hombres, reconocemos de manera muy humana la bondad de Dios mismo. Con su bondad trae siempre de nuevo a Jesucristo, y as&iacute; la gran Luz de Dios, al mundo. &Eacute;l nos dio a su Madre como Madre nuestra, para que aprendamos de ella a pronunciar el &quot;s&iacute;&quot; que nos hace ser buenos. <\/p>\n<p align=\"left\">Queridos amigos, en esta hora rogamos por vosotros a la Madre del Se&ntilde;or, a fin de que os conduzca siempre hacia su Hijo, fuente de toda bondad. Y oramos para que os convirt&aacute;is en siervos fieles, prudentes y buenos, y as&iacute; pod&aacute;is o&iacute;r un d&iacute;a del Se&ntilde;or de la historia las palabras: Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu se&ntilde;or. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2009 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"> <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CAPILLA PAPAL PARA LA ORDENACI&Oacute;N EPISCOPAL DE CINCO SACERDOTES HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Fiesta lit&uacute;rgica del Dulce Nombre de Mar&iacute;a S&aacute;bado 12 de septiembre de 2009 Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Saludamos con afecto y nos unimos cordialmente a la alegr&iacute;a de estos cinco hermanos nuestros presb&iacute;teros a quienes &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/12-de-septiembre-de-2009-ordenacion-episcopal-de-cinco-presbiteros\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab12 de septiembre de 2009: Ordenaci\u00f3n episcopal de cinco presb\u00edteros\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40877","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40877","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40877"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40877\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40877"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40877"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40877"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}