{"id":40908,"date":"2016-10-06T15:11:12","date_gmt":"2016-10-06T20:11:12","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-mayo-de-2009-solemnidad-de-pentecostes\/"},"modified":"2016-10-06T15:11:12","modified_gmt":"2016-10-06T20:11:12","slug":"31-de-mayo-de-2009-solemnidad-de-pentecostes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-mayo-de-2009-solemnidad-de-pentecostes\/","title":{"rendered":"31 de mayo de 2009: Solemnidad de Pentecost\u00e9s"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/liturgical_year\/pentecost\/2009\/index_pentecoste_sp.htm\">SOLEMNIDAD DE PENTECOST&Eacute;S<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>H<\/i><\/b><\/font><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">OMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Domingo 31 de mayo de 2009<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Queridos hermanos y hermanas: <\/i> <\/p>\n<p align=\"left\">Cada vez que celebramos la eucarist&iacute;a vivimos en la fe el misterio que se realiza en el altar; es decir, participamos en el acto supremo de amor que Cristo realiz&oacute; con su muerte y su resurrecci&oacute;n. El &uacute;nico y mismo centro de la liturgia y de la vida cristiana \u2014el misterio pascual\u2014, en las diversas solemnidades y fiestas asume &quot;formas&quot; espec&iacute;ficas, con nuevos significados y con dones particulares de gracia. Entre todas las solemnidades Pentecost&eacute;s destaca por su importancia, pues en ella se realiza lo que Jes&uacute;s mismo anunci&oacute; como finalidad de toda su misi&oacute;n en la tierra. En efecto, mientras sub&iacute;a a Jerusal&eacute;n, declar&oacute; a los disc&iacute;pulos: &quot;He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y &iexcl;cu&aacute;nto desear&iacute;a que ya estuviera encendido!&quot; (<i>Lc <\/i>12, 49). Estas palabras se cumplieron de la forma m&aacute;s evidente cincuenta d&iacute;as despu&eacute;s de la resurrecci&oacute;n, en Pentecost&eacute;s, antigua fiesta jud&iacute;a que en la Iglesia ha llegado a ser la fiesta por excelencia del Esp&iacute;ritu Santo: &quot;Se les aparecieron unas lenguas como de fuego (&#8230;) y quedaron todos llenos del Esp&iacute;ritu Santo&quot; (<i>Hch<\/i> 2, 3-4). Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Esp&iacute;ritu Santo. No se lo arrebat&oacute; a los dioses, como hizo Prometeo, seg&uacute;n el mito griego, sino que se hizo mediador del &quot;don de Dios&quot; obteni&eacute;ndolo para nosotros con el mayor acto de amor de la historia: su muerte en la cruz. <\/p>\n<p align=\"left\">Dios quiere seguir dando este &quot;fuego&quot; a toda generaci&oacute;n humana y, naturalmente, es libre de hacerlo como quiera y cuando quiera. &Eacute;l es esp&iacute;ritu, y el esp&iacute;ritu &quot;sopla donde quiere&quot; (cf.<i> Jn<\/i> 3, 8). Sin embargo, hay un &quot;camino normal&quot; que Dios mismo ha elegido para &quot;arrojar el fuego sobre la tierra&quot;: este camino es Jes&uacute;s, su Hijo unig&eacute;nito encarnado, muerto y resucitado. A su vez, Jesucristo constituy&oacute; la Iglesia como su Cuerpo m&iacute;stico, para que prolongue su misi&oacute;n en la historia. &quot;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo&quot;, dijo el Se&ntilde;or a los Ap&oacute;stoles la tarde de la Resurrecci&oacute;n, acompa&ntilde;ando estas palabras con un gesto expresivo: &quot;sopl&oacute;&quot; sobre ellos (cf. <i>Jn<\/i> 20, 22). As&iacute; manifest&oacute; que les transmit&iacute;a su Esp&iacute;ritu, el Esp&iacute;ritu del Padre y del Hijo. <\/p>\n<p align=\"left\">Ahora, queridos hermanos y hermanas, en esta solemnidad, la Escritura nos dice una vez m&aacute;s c&oacute;mo debe ser la comunidad, c&oacute;mo debemos ser nosotros, para recibir el don del Esp&iacute;ritu Santo. En el relato que describe el acontecimiento de Pentecost&eacute;s, el autor sagrado recuerda que los disc&iacute;pulos &quot;estaban todos reunidos en un mismo lugar&quot;. Este &quot;lugar&quot; es el Cen&aacute;culo, la &quot;sala grande en el piso superior&quot; (cf. <i>Mc <\/i>14, 15) donde Jes&uacute;s hab&iacute;a celebrado con sus disc&iacute;pulos la &uacute;ltima Cena, donde se les hab&iacute;a aparecido despu&eacute;s de su resurrecci&oacute;n; esa sala se hab&iacute;a convertido, por decirlo as&iacute;, en la &quot;sede&quot; de la Iglesia naciente (cf. <i>Hch<\/i> 1, 13). Sin embargo, los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>, m&aacute;s que insistir en el lugar f&iacute;sico, quieren poner de relieve la actitud interior de los disc&iacute;pulos: &quot;Todos ellos perseveraban en la oraci&oacute;n con un mismo esp&iacute;ritu&quot; (<i>Hch<\/i> 1, 14). Por consiguiente, la concordia de los disc&iacute;pulos es la condici&oacute;n para que venga el Esp&iacute;ritu Santo; y la concordia presupone la oraci&oacute;n. <\/p>\n<p align=\"left\">Esto, queridos hermanos y hermanas, vale tambi&eacute;n para la Iglesia hoy; vale para nosotros, que estamos aqu&iacute; reunidos. Si queremos que Pentecost&eacute;s no se reduzca a un simple rito o a una conmemoraci&oacute;n, aunque sea sugestiva, sino que sea un acontecimiento actual de salvaci&oacute;n, debemos disponernos con religiosa espera a recibir el don de Dios mediante la humilde y silenciosa escucha de su Palabra. Para que Pentecost&eacute;s se renueve en nuestro tiempo, tal vez es necesario \u2014sin quitar nada a la libertad de Dios\u2014 que la Iglesia est&eacute; menos &quot;ajetreada&quot; en actividades y m&aacute;s dedicada a la oraci&oacute;n. <\/p>\n<p align=\"left\">Nos lo ense&ntilde;a la Madre de la Iglesia, Mar&iacute;a sant&iacute;sima, Esposa del Esp&iacute;ritu Santo. Este a&ntilde;o Pentecost&eacute;s cae precisamente el &uacute;ltimo d&iacute;a de mayo, en el que de ordinario se celebra la fiesta de la Visitaci&oacute;n. Tambi&eacute;n la Visitaci&oacute;n fue una especie de peque&ntilde;o &quot;pentecost&eacute;s&quot;, que hizo brotar el gozo y la alabanza en el coraz&oacute;n de Isabel y en el de Mar&iacute;a, una est&eacute;ril y la otra virgen, ambas convertidas en madres por una intervenci&oacute;n divina extraordinaria (cf.<i>Lc<\/i> 1, 41-45). Tambi&eacute;n la m&uacute;sica y el canto que acompa&ntilde;an nuestra liturgia nos ayudan a &quot;perseverar en la oraci&oacute;n con un mismo esp&iacute;ritu&quot;; por eso, expreso mi viva gratitud al coro de la catedral y a la <i>Kammerorchester<\/i> de Colonia. Para esta liturgia, en el bicentenario de la muerte de Joseph Haydn, se eligi&oacute; muy oportunamente su <i>Harmoniemesse<\/i>, la &uacute;ltima de las &quot;Misas&quot; que compuso ese gran m&uacute;sico, una sinfon&iacute;a sublime para gloria de Dios. A todos los que os hab&eacute;is reunido aqu&iacute; en esta circunstancia os dirijo mi m&aacute;s cordial saludo. <\/p>\n<p align=\"left\">Los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>, para indicar al Esp&iacute;ritu Santo, utilizan dos grandes im&aacute;genes: la de la tempestad y la del fuego. Claramente, san Lucas tiene en su mente la teofan&iacute;a del Sina&iacute;, narrada en los libros del <i>&Eacute;xodo<\/i> (<i>Ex<\/i> 19, 16-19) y el <i>Deuteronomio<\/i> (<i>Dt<\/i> 4, 10-12.36). En el mundo antiguo la tempestad se ve&iacute;a como signo del poder divino, ante el cual el hombre se sent&iacute;a subyugado y aterrorizado. Pero quiero subrayar tambi&eacute;n otro aspecto: la tempestad se describe como &quot;viento impetuoso&quot;, y esto hace pensar en el aire, que distingue a nuestro planeta de los dem&aacute;s astros y nos permite vivir en &eacute;l. Lo que el aire es para la vida biol&oacute;gica, lo es el Esp&iacute;ritu Santo para la vida espiritual; y, como existe una contaminaci&oacute;n atmosf&eacute;rica que envenena el ambiente y a los seres vivos, tambi&eacute;n existe una contaminaci&oacute;n del coraz&oacute;n y del esp&iacute;ritu, que da&ntilde;a y envenena la existencia espiritual. As&iacute; como no conviene acostumbrarse a los venenos del aire \u2014y por eso el compromiso ecol&oacute;gico constituye hoy una prioridad\u2014, se deber&iacute;a actuar del mismo modo con respecto a lo que corrompe el esp&iacute;ritu. En cambio, parece que nos estamos acostumbrando sin dificultad a muchos productos que circulan en nuestras sociedades contaminando la mente y el coraz&oacute;n, por ejemplo im&aacute;genes que enfatizan el placer, la violencia o el desprecio del hombre y de la mujer. Tambi&eacute;n esto es libertad, se dice, sin reconocer que todo eso contamina, intoxica el alma, sobre todo de las nuevas generaciones, y acaba por condicionar su libertad misma. En cambio, la met&aacute;fora del viento impetuoso de Pentecost&eacute;s hace pensar en la necesidad de respirar aire limpio, tanto con los pulmones, el aire f&iacute;sico, como con el coraz&oacute;n, el aire espiritual, el aire saludable del esp&iacute;ritu, que es el amor. <\/p>\n<p align=\"left\">La otra imagen del Esp&iacute;ritu Santo que encontramos en los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i> es el fuego. Al inicio alud&iacute; a la comparaci&oacute;n entre Jes&uacute;s y la figura mitol&oacute;gica de Prometeo, que recuerda un aspecto caracter&iacute;stico del hombre moderno. Al apoderarse de las energ&iacute;as del cosmos \u2014el &quot;fuego&quot;\u2014, parece que el ser humano hoy se afirma a s&iacute; mismo como dios y quiere transformar el mundo, excluyendo, dejando a un lado o incluso rechazando al Creador del universo. El hombre ya no quiere ser imagen de Dios, sino de s&iacute; mismo; se declara aut&oacute;nomo, libre, adulto. Evidentemente, esta actitud revela una relaci&oacute;n no aut&eacute;ntica con Dios, consecuencia de una falsa imagen que se ha construido de &eacute;l, como el hijo pr&oacute;digo de la par&aacute;bola evang&eacute;lica, que cree realizarse a s&iacute; mismo alej&aacute;ndose de la casa del padre. En las manos de un hombre que piensa as&iacute;, el &quot;fuego&quot; y sus enormes potencialidades resultan peligrosas: pueden volverse contra la vida y contra la humanidad misma, como por desgracia lo demuestra la historia. Como advertencia perenne quedan las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, donde la energ&iacute;a at&oacute;mica, utilizada con fines b&eacute;licos, acab&oacute; sembrando la muerte en proporciones inauditas. <\/p>\n<p align=\"left\">En verdad, se podr&iacute;an encontrar muchos ejemplos menos graves, pero igualmente sintom&aacute;ticos, en la realidad de cada d&iacute;a. La Sagrada Escritura nos revela que la energ&iacute;a capaz de mover el mundo no es una fuerza an&oacute;nima y ciega, sino la acci&oacute;n del &quot;esp&iacute;ritu de Dios que aleteaba por encima de las aguas&quot; (<i>Gn<\/i> 1, 2) al inicio de la creaci&oacute;n. Y Jesucristo no &quot;trajo a la tierra&quot; la fuerza vital, que ya estaba en ella, sino el Esp&iacute;ritu Santo, es decir, el amor de Dios que &quot;renueva la faz de la tierra&quot; purific&aacute;ndola del mal y liber&aacute;ndola del dominio de la muerte (cf. <i>Sal<\/i> 104, 29-30). Este &quot;fuego&quot; puro, esencial y personal, el fuego del amor, vino sobre los Ap&oacute;stoles, reunidos en oraci&oacute;n con Mar&iacute;a en el Cen&aacute;culo, para hacer de la Iglesia la prolongaci&oacute;n de la obra renovadora de Cristo. <\/p>\n<p align=\"left\">Los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i> nos sugieren, por &uacute;ltimo, otro pensamiento: el Esp&iacute;ritu Santo vence el miedo. Sabemos que los disc&iacute;pulos se hab&iacute;an refugiado en el Cen&aacute;culo despu&eacute;s del arresto de su Maestro y all&iacute; hab&iacute;an permanecido segregados por temor a padecer su misma suerte. Despu&eacute;s de la resurrecci&oacute;n de Jes&uacute;s, su miedo no desapareci&oacute; de repente. Pero en Pentecost&eacute;s, cuando el Esp&iacute;ritu Santo se pos&oacute; sobre ellos, esos hombres salieron del Cen&aacute;culo sin miedo y comenzaron a anunciar a todos la buena nueva de Cristo crucificado y resucitado. Ya no ten&iacute;an miedo alguno, porque se sent&iacute;an en las manos del m&aacute;s fuerte. <\/p>\n<p align=\"left\">S&iacute;, queridos hermanos y hermanas, el Esp&iacute;ritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los m&aacute;rtires, la valent&iacute;a de los confesores de la fe, el &iacute;mpetu intr&eacute;pido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y ni&ntilde;os. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los l&iacute;mites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el oc&eacute;ano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador. <\/p>\n<p align=\"left\">Con esta fe y esta gozosa esperanza repitamos hoy, por intercesi&oacute;n de Mar&iacute;a: &quot;Env&iacute;a tu Esp&iacute;ritu, Se&ntilde;or, para que renueve la faz de la tierra&quot;. <\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2009 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"> <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SOLEMNIDAD DE PENTECOST&Eacute;S HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Pedro Domingo 31 de mayo de 2009 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Cada vez que celebramos la eucarist&iacute;a vivimos en la fe el misterio que se realiza en el altar; es decir, participamos en el acto supremo de amor que Cristo realiz&oacute; con &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-mayo-de-2009-solemnidad-de-pentecostes\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab31 de mayo de 2009: Solemnidad de Pentecost\u00e9s\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40908","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40908","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40908"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40908\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40908"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40908"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40908"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}