{"id":40922,"date":"2016-10-06T15:11:32","date_gmt":"2016-10-06T20:11:32","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/9-de-abril-de-2009-santa-misa-in-cena-domini\/"},"modified":"2016-10-06T15:11:32","modified_gmt":"2016-10-06T20:11:32","slug":"9-de-abril-de-2009-santa-misa-in-cena-domini","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/9-de-abril-de-2009-santa-misa-in-cena-domini\/","title":{"rendered":"9 de abril de 2009: Santa Misa \u00abin cena Domini\u00bb"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">MISA &laquo;IN CENA DOMINI&raquo;<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Juan de Letr&aacute;n <br \/> Jueves Santo 9 de abril de 2009 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i>&nbsp; <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p><i>Qui, pridie quam pro nostra omniumque salute pateretur, hoc est hodie, accepit panem. <\/i>As&iacute; diremos hoy en el Canon de la Santa Misa. &laquo;<i>Hoc est hodie&raquo;<\/i>. La Liturgia del Jueves Santo incluye la palabra &laquo;hoy&raquo; en el texto de la plegaria, subrayando con ello la dignidad particular de este d&iacute;a. Ha sido &laquo;hoy&raquo; cuando &Eacute;l lo ha hecho: se nos ha entregado para siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este &laquo;hoy&raquo; es sobre todo el memorial de la Pascua de entonces. Pero es m&aacute;s a&uacute;n. Con el Canon entramos en este &laquo;hoy&raquo;. Nuestro hoy se encuentra con su hoy. &Eacute;l hace esto ahora. Con la palabra &laquo;hoy&raquo;, la Liturgia de la Iglesia quiere inducirnos a que prestemos gran atenci&oacute;n interior al misterio de este d&iacute;a, a las palabras con que se expresa. Tratemos, pues, de escuchar de modo nuevo el relato de la instituci&oacute;n, tal y como la Iglesia lo ha formulado bas&aacute;ndose en la Escritura y contemplando al Se&ntilde;or mismo. <\/p>\n<p>Lo primero que nos sorprende es que el relato de la instituci&oacute;n no es una frase suelta, sino que empieza con un pronombre relativo: <i>qui pridie<\/i>. Este &laquo;<i>qui&raquo; <\/i>&nbsp;enlaza todo el relato con la palabra precedente de la oraci&oacute;n, &laquo;\u2026de manera que sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Se&ntilde;or&raquo;. De este modo, el relato est&aacute; unido a la oraci&oacute;n anterior, a todo el Canon, y se hace &eacute;l mismo oraci&oacute;n. En efecto, en modo alguno se trata de un relato sencillamente insertado aqu&iacute;; tampoco se trata de palabras aisladas de autoridad, que quiz&aacute;s interrumpir&iacute;an la oraci&oacute;n. Es oraci&oacute;n. Y solamente en la oraci&oacute;n se cumple el acto sacerdotal de la consagraci&oacute;n que se convierte en transformaci&oacute;n, transustanciaci&oacute;n de nuestros dones de pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Rezando en este momento central, la Iglesia concuerda totalmente con el acontecimiento del Cen&aacute;culo, ya que el actuar de Jes&uacute;s se describe con las palabras:<i> <\/i>&laquo;<i>gratias agens benedixit<\/i>&raquo;, &laquo;te dio gracias con la plegaria de bendici&oacute;n&raquo;. Con esta expresi&oacute;n, la Liturgia romana ha dividido en dos palabras, lo que en hebreo es una sola, <i>berakha<\/i>, que en griego, en cambio, aparece en los dos t&eacute;rminos de <i>eucharist&iacute;a<\/i> y <i> eulog&iacute;a<\/i>. El Se&ntilde;or agradece. Al agradecer, reconocemos que una cosa determinada es un don de otro. El Se&ntilde;or agradece, y de este modo restituye a Dios el pan, &laquo;fruto de la tierra y del trabajo del hombre&raquo;, para poder recibirlo nuevamente de &Eacute;l. Agradecer se transforma en bendecir. Lo que ha sido puesto en las manos de Dios, vuelve de &Eacute;l bendecido y transformado. Por tanto, la Liturgia romana tiene raz&oacute;n al interpretar nuestro orar en este momento sagrado con las palabras: &laquo;ofrecemos&raquo;, &laquo;pedimos&raquo;, &laquo;acepta&raquo;, &laquo;bendice esta ofrenda&raquo;. Todo esto se oculta en la palabra <i>eucharistia.<\/i><\/p>\n<p>Hay otra particularidad en el relato de la instituci&oacute;n del Canon Romano que queremos meditar en esta hora. La Iglesia orante se fija en las manos y los ojos del Se&ntilde;or. Quiere casi observarlo, desea percibir el gesto de su orar y actuar en aquella hora singular, encontrar la figura de Jes&uacute;s, por decirlo as&iacute;, tambi&eacute;n a trav&eacute;s de los sentidos. &laquo;Tom&oacute; pan en sus santas y venerables manos&raquo;. Nos fijamos en las manos con las que &Eacute;l ha curado a los hombres; en las manos con las que ha bendecido a los ni&ntilde;os; en las manos que ha impuesto sobre los hombres; en las manos clavadas en la Cruz y que llevar&aacute;n siempre los estigmas como signos de su amor dispuesto a morir. Ahora tenemos el encargo de hacer lo que &Eacute;l ha hecho: tomar en las manos el pan para que sea convertido mediante la plegaria eucar&iacute;stica. En la Ordenaci&oacute;n sacerdotal, nuestras manos fueron ungidas, para que fuesen manos de bendici&oacute;n. Pidamos al Se&ntilde;or ahora que nuestras manos sirvan cada vez m&aacute;s para llevar la salvaci&oacute;n, para llevar la bendici&oacute;n, para hacer presente su bondad.<\/p>\n<p>De la introducci&oacute;n a la Oraci&oacute;n sacerdotal de Jes&uacute;s (cf. <i>Jn<\/i> 17, 1), el Canon usa luego las palabras: \u201celevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso\u201d. El Se&ntilde;or nos ense&ntilde;a a levantar los ojos y sobre todo el coraz&oacute;n. A levantar la mirada, apart&aacute;ndola de las cosas del mundo, a orientarnos hacia Dios en la oraci&oacute;n y as&iacute; elevar nuestro &aacute;nimo. En un himno de la Liturgia de las Horas pedimos al Se&ntilde;or que custodie nuestros ojos, para que no acojan ni dejen que en nosotros entren las \u201c<i>vanitates<\/i>\u201d, las vanidades, la banalidad, lo que s&oacute;lo es apariencia. Pidamos que a trav&eacute;s de los ojos no entre el mal en nosotros, falsificando y ensuciando as&iacute; nuestro ser. Pero queremos pedir sobre todo que tengamos ojos que vean todo lo que es verdadero, luminoso y bueno, para que seamos capaces de ver la presencia de Dios en el mundo. Pidamos, para que miremos el mundo con ojos de amor, con los ojos de Jes&uacute;s, reconociendo as&iacute; a los hermanos y las hermanas que nos necesitan, que est&aacute;n esperando nuestra palabra y nuestra acci&oacute;n. <\/p>\n<p>Despu&eacute;s de bendecir, el Se&ntilde;or parte el pan y lo da a los disc&iacute;pulos. Partir el pan es el gesto del padre de familia que se preocupa de los suyos y les da lo que necesitan para la vida. Pero es tambi&eacute;n el gesto de la hospitalidad con que se acoge al extranjero, al hu&eacute;sped, y se le permite participar en la propia vida. Dividir, com-partir, es unir. A trav&eacute;s del compartir se crea comuni&oacute;n. En el pan partido, el Se&ntilde;or se reparte a s&iacute; mismo. El gesto del partir alude misteriosamente tambi&eacute;n a su muerte, al amor hasta la muerte. &Eacute;l se da a s&iacute; mismo, que es el verdadero &laquo;pan para la vida del mundo&raquo; (cf. <i>Jn<\/i> 6, 51). El alimento que el hombre necesita en lo m&aacute;s hondo es la comuni&oacute;n con Dios mismo. Al agradecer y bendecir, Jes&uacute;s transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que da, sino la comuni&oacute;n consigo mismo. Esta transformaci&oacute;n, sin embargo, quiere ser el comienzo de la transformaci&oacute;n del mundo. Para que llegue a ser un mundo de resurrecci&oacute;n, un mundo de Dios. S&iacute;, se trata de transformaci&oacute;n. Del hombre nuevo y del mundo nuevo que comienzan en el pan consagrado, transformado, transustanciado. <\/p>\n<p>Hemos dicho que partir el pan es un gesto de comuni&oacute;n, de unir mediante el compartir. As&iacute;, en el gesto mismo se alude ya a la naturaleza &iacute;ntima de la Eucarist&iacute;a: &eacute;sta es <i>agape<\/i>, es amor hecho corp&oacute;reo. En la palabra &laquo;<i>agape&raquo;, <\/i>se compenetran los significados de Eucarist&iacute;a y amor. En el gesto de Jes&uacute;s que parte el pan, el amor que se comparte ha alcanzado su extrema radicalidad: Jes&uacute;s se deja partir como pan vivo. En el pan distribuido reconocemos el misterio del grano de trigo que muere y as&iacute; da fruto. Reconocemos la nueva multiplicaci&oacute;n de los panes, que deriva del morir del grano de trigo y continuar&aacute; hasta el fin del mundo. Al mismo tiempo vemos que la Eucarist&iacute;a nunca puede ser s&oacute;lo una acci&oacute;n lit&uacute;rgica. S&oacute;lo es completa, si el <i>agape<\/i> lit&uacute;rgico se convierte en amor cotidiano. En el culto cristiano, las dos cosas se transforman en una, el ser agraciados por el Se&ntilde;or en el acto cultual y el cultivo del amor respecto al pr&oacute;jimo. Pidamos en esta hora al Se&ntilde;or la gracia de aprender a vivir cada vez mejor el misterio de la Eucarist&iacute;a, de manera que comience as&iacute; la transformaci&oacute;n del mundo. <\/p>\n<p>Despu&eacute;s del pan, Jes&uacute;s toma el c&aacute;liz de vino. El Canon Romano designa el c&aacute;liz que el Se&ntilde;or da a los disc&iacute;pulos, como &laquo;<i>praeclarus calix&raquo;<\/i>, c&aacute;liz glorioso, aludiendo con ello al Salmo 23 [22], el Salmo que habla de Dios como del Pastor poderoso y bueno. En &eacute;l se lee: &laquo;preparas una mesa ante m&iacute;, enfrente de mis enemigos; \u2026y mi copa rebosa&raquo; (v. 5), <i>calix praeclarus<\/i>. El Canon Romano interpreta esta palabra del Salmo como una profec&iacute;a que se cumple en la Eucarist&iacute;a. S&iacute;, el Se&ntilde;or nos prepara la mesa en medio de las amenazas de este mundo, y nos da el c&aacute;liz glorioso, el c&aacute;liz de la gran alegr&iacute;a, de la fiesta verdadera que todos anhelamos, el c&aacute;liz rebosante del vino de su amor. El c&aacute;liz significa la boda: ahora ha llegado &laquo;la hora&raquo; a la que en las bodas de Can&aacute; se alud&iacute;a de forma misteriosa. S&iacute;, la Eucarist&iacute;a es m&aacute;s que un banquete, es una fiesta de boda. Y esta boda se funda en la autodonaci&oacute;n de Dios hasta la muerte. En las palabras de la &uacute;ltima Cena de Jes&uacute;s y en el Canon de la Iglesia, el misterio solemne de la boda se esconde bajo la expresi&oacute;n &laquo;<i>novum Testamentum<\/i>&raquo;. Este c&aacute;liz es el nuevo Testamento, &laquo;la nueva Alianza sellada con mi sangre&raquo;, seg&uacute;n la palabra de Jes&uacute;s sobre el c&aacute;liz, que Pablo transmite en la segunda lectura de hoy (cf. <i>1 Co<\/i> 11, 25). El Canon Romano a&ntilde;ade: &laquo;de la alianza nueva y eterna&raquo;, para expresar la indisolubilidad del v&iacute;nculo nupcial de Dios con la humanidad. El motivo por el cual las traducciones antiguas de la Biblia no hablan de Alianza, sino de Testamento, es que no se trata de dos contrayentes iguales quienes la establecen, sino que entra en juego la infinita distancia entre Dios y el hombre. Lo que nosotros llamamos nueva y antigua Alianza no es un acuerdo entre dos partes iguales, sino un mero don de Dios, que nos deja como herencia su amor, a s&iacute; mismo. Y ciertamente, a trav&eacute;s de este don de su amor &Eacute;l, superando cualquier distancia, nos convierte verdaderamente en <i>partner<\/i> y se realiza el misterio nupcial del amor. <\/p>\n<p>Para poder comprender lo que all&iacute; ocurre en profundidad, hemos de escuchar m&aacute;s cuidadosamente a&uacute;n las palabras de la Biblia y su sentido originario. Los estudiosos nos dicen que, en los tiempos remotos de que hablan las historias de los Patriarcas de Israel, &laquo;ratificar una alianza&raquo; significaba &laquo;entrar con otros en una uni&oacute;n fundada en la sangre, o bien acoger a alguien en la propia federaci&oacute;n y entrar as&iacute; en una comuni&oacute;n de derechos rec&iacute;procos&raquo;. De este modo se crea una consanguinidad real, aunque no material. Los aliados se convierten en cierto modo en &laquo;hermanos de la misma carne y la misma sangre&raquo;. La alianza realiza un conjunto que significa paz (cf. ThWNT II 105-137). &iquest;Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que ocurri&oacute; en la hora de la &uacute;ltima Cena y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucarist&iacute;a? Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comuni&oacute;n de paz, m&aacute;s a&uacute;n, &Eacute;l crea una \u201cconsanguinidad\u201d entre &Eacute;l y nosotros. Por la encarnaci&oacute;n de Jes&uacute;s, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jes&uacute;s y, por tanto, con Dios mismo. La sangre de Jes&uacute;s es su amor, en el que la vida divina y la humana se han hecho una cosa sola. Pidamos al Se&ntilde;or que comprendamos cada vez m&aacute;s la grandeza de este misterio. Que &Eacute;l despliegue su fuerza trasformadora en nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consangu&iacute;neos de Jes&uacute;s, llenos de su paz y, as&iacute;, tambi&eacute;n en comuni&oacute;n unos con otros. <\/p>\n<p>Sin embargo, ahora surge a&uacute;n otra pregunta. En el Cen&aacute;culo, Cristo entrega a los disc&iacute;pulos su Cuerpo y su Sangre, es decir, &Eacute;l mismo en la totalidad de su persona. Pero, &iquest;puede hacerlo? Todav&iacute;a est&aacute; f&iacute;sicamente presente entre ellos, est&aacute; ante ellos. La respuesta es que, en aquella hora, Jes&uacute;s cumple lo que previamente hab&iacute;a anunciado en el discurso sobre el Buen Pastor: &laquo;Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla&raquo; (cf. <i>Jn<\/i> 10,18). Nadie puede quitarle la vida: la da por libre decisi&oacute;n. En aquella hora anticipa la crucifixi&oacute;n y la resurrecci&oacute;n. Lo que, por decirlo as&iacute;, se cumplir&aacute; f&iacute;sicamente en &Eacute;l, &Eacute;l ya lo lleva a cabo anticipadamente en la libertad de su amor. &Eacute;l entrega su vida y la recupera en la resurrecci&oacute;n para poderla compartir para siempre. <\/p>\n<p>Se&ntilde;or, T&uacute; nos entregas hoy tu vida, T&uacute; mismo te nos das. Ll&eacute;nanos de tu amor. Haznos vivir en tu &laquo;hoy&raquo;. Haznos instrumentos de tu paz. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2009 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA &laquo;IN CENA DOMINI&raquo; HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Juan de Letr&aacute;n Jueves Santo 9 de abril de 2009 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Qui, pridie quam pro nostra omniumque salute pateretur, hoc est hodie, accepit panem. As&iacute; diremos hoy en el Canon de la Santa Misa. &laquo;Hoc est hodie&raquo;. 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