{"id":40938,"date":"2016-10-06T15:14:21","date_gmt":"2016-10-06T20:14:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-diciembre-de-2010-misa-de-nochebuena\/"},"modified":"2016-10-06T15:14:21","modified_gmt":"2016-10-06T20:14:21","slug":"24-de-diciembre-de-2010-misa-de-nochebuena","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-diciembre-de-2010-misa-de-nochebuena\/","title":{"rendered":"24 de diciembre de 2010: Misa de Nochebuena"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2010\/20101224.pdf\">MISA DE NOCHEBUENA <\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b>SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SE&Ntilde;OR<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> 24 de diciembre de 2010 <\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <b> &nbsp;<font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\">(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messa24122010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\"><font color=\"#663300\">V&iacute;deo<\/font><\/a>)<br \/> <\/font><\/b><span lang=\"es\"> <i> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <font color=\"#663300\" face=\"Times New Roman\" size=\"2\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20101224\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/font><\/b><\/font><\/i><\/span><\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas <\/i><\/p>\n<p>&laquo;T&uacute; eres mi hijo, yo te he engendrado hoy&raquo;. La Iglesia comienza la liturgia del Noche Santa con estas palabras del <i>Salmo<\/i> segundo. Ella sabe que estas palabras pertenec&iacute;an originariamente al rito de la coronaci&oacute;n de los reyes de Israel. El rey, que de por s&iacute; es un ser humano como los dem&aacute;s hombres, se convierte en &laquo;hijo de Dios&raquo; mediante la llamada y la toma de posesi&oacute;n de su cargo: es una especie de adopci&oacute;n por parte de Dios, un acto de decisi&oacute;n, por el que confiere a ese hombre una nueva existencia, lo atrae en su propio ser. La lectura tomada del profeta Isa&iacute;as, que acabamos de escuchar, presenta de manera todav&iacute;a m&aacute;s clara el mismo proceso en una situaci&oacute;n de turbaci&oacute;n y amenaza para Israel: &laquo;Un hijo se nos ha dado: lleva sobre sus hombros el principado&raquo; (9,5). La toma de posesi&oacute;n de la funci&oacute;n de rey es como un nuevo nacimiento. Precisamente como reci&eacute;n nacido por decisi&oacute;n personal de Dios, como ni&ntilde;o procedente de Dios, el rey constituye una esperanza. El futuro recae sobre sus hombros. &Eacute;l es el portador de la promesa de paz. En la noche de Bel&eacute;n, esta palabra prof&eacute;tica se ha hecho realidad de un modo que habr&iacute;a sido todav&iacute;a inimaginable en tiempos de Isa&iacute;as. S&iacute;, ahora es realmente un ni&ntilde;o el que lleva sobre sus hombros el poder. En &Eacute;l aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este ni&ntilde;o ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad. Para este ni&ntilde;o valen los t&iacute;tulos de dignidad que el c&aacute;ntico de coronaci&oacute;n de Isa&iacute;as le atribuye: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Pr&iacute;ncipe de la paz (9,5). S&iacute;, este rey no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo. &Eacute;l lleva en s&iacute; mismo la sabidur&iacute;a y el consejo de Dios. Precisamente en la debilidad como ni&ntilde;o &Eacute;l es el Dios fuerte, y nos muestra as&iacute;, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios. <\/p>\n<p>A decir verdad, las palabras del rito de coronaci&oacute;n en Israel eran siempre s&oacute;lo ritos de esperanza, que preve&iacute;an a lo lejos un futuro que ser&iacute;a otorgado por Dios. Ninguno de los reyes saludados de este modo se correspond&iacute;a con lo sublime de dichas palabras. En ellos, todas las palabras sobre la filiaci&oacute;n de Dios, sobre su designaci&oacute;n como heredero de las naciones, sobre el dominio de las tierras lejanas (<i>Sal<\/i> 2,8), quedaron s&oacute;lo como referencia a un futuro; casi como carteles que se&ntilde;alan la esperanza, indicaciones que gu&iacute;an hacia un futuro, que en aquel entonces era todav&iacute;a inconcebible. Por eso, el cumplimiento de la palabra que da comienzo en la noche de Bel&eacute;n es a la vez inmensamente m&aacute;s grande y \u2014desde el punto de vista del mundo\u2014 m&aacute;s humilde que lo que la palabra prof&eacute;tica permit&iacute;a intuir. Es m&aacute;s grande, porque este ni&ntilde;o es realmente Hijo de Dios, verdaderamente &laquo;Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre&raquo;. Ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre. Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos; &Eacute;l ha &laquo;descendido&raquo; realmente, ha entrado en el mundo, haci&eacute;ndose uno de nosotros para atraernos a todos a s&iacute;. Este ni&ntilde;o es verdaderamente el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Su reino se extiende realmente hasta los confines de la tierra. En la magnitud universal de la santa Eucarist&iacute;a, &Eacute;l ha hecho surgir realmente islas de paz. En cualquier lugar que se celebra hay una isla de paz, de esa paz que es propia de Dios. Este ni&ntilde;o ha encendido en los hombres la luz de la bondad y les ha dado la fuerza de resistir a la tiran&iacute;a del poder. &Eacute;l construye su reino desde dentro, partiendo del coraz&oacute;n, en cada generaci&oacute;n. Pero tambi&eacute;n es cierto que no se ha roto la &laquo;vara del opresor&raquo;. Tambi&eacute;n hoy siguen marchando con estruendo las botas de los soldados y todav&iacute;a hoy, una y otra vez, queda la &laquo;t&uacute;nica empapada de sangre&raquo; (<i>Is<\/i> 9,3s). As&iacute;, forma parte de esta noche la alegr&iacute;a por la cercan&iacute;a de Dios. Damos gracias porque el Dios ni&ntilde;o se pone en nuestras manos, mendiga, por decirlo as&iacute;, nuestro amor, infunde su paz en nuestro coraz&oacute;n. Esta alegr&iacute;a, sin embargo, es tambi&eacute;n una oraci&oacute;n: Se&ntilde;or, cumple por entero tu promesa. Quiebra las varas de los opresores. Quema las botas resonantes. Haz que termine el tiempo de las t&uacute;nicas ensangrentadas. Cumple la promesa: &laquo;La paz no tendr&aacute; fin&raquo; (<i>Is<\/i> 9,6). Te damos gracias por tu bondad, pero tambi&eacute;n te pedimos: Muestra tu poder. Erige en el mundo el dominio de tu verdad, de tu amor; el &laquo;reino de justicia, de amor y de paz&raquo;. <\/p>\n<p>&laquo;Mar&iacute;a dio a la luz a su hijo primog&eacute;nito&raquo; (<i>Lc<\/i> 2,7). San Lucas describe con esta frase, sin &eacute;nfasis alguno, el gran acontecimiento que hab&iacute;an vislumbrado con antelaci&oacute;n las palabras prof&eacute;ticas en la historia de Israel. Designa al ni&ntilde;o como &laquo;primog&eacute;nito&raquo;. En el lenguaje que se hab&iacute;a ido formando en la Sagrada Escritura de la Antigua Alianza, &laquo;primog&eacute;nito&raquo; no significa el primero de otros hijos. &laquo;Primog&eacute;nito&raquo; es un t&iacute;tulo de honor, independientemente de que despu&eacute;s sigan o no otros hermanos y hermanas. As&iacute;, en el Libro del <i> &Eacute;xodo<\/i> (<i>Ex<\/i> 4,22), Dios llama a Israel &laquo;mi hijo primog&eacute;nito&raquo;, expresando de este modo su elecci&oacute;n, su dignidad &uacute;nica, el amor particular de Dios Padre. La Iglesia naciente sab&iacute;a que esta palabra hab&iacute;a recibido una nueva profundidad en Jes&uacute;s; que en &Eacute;l se resumen las promesas hechas a Israel. As&iacute;, la <i>Carta a los Hebreos<\/i> llama a Jes&uacute;s simplemente &laquo;el primog&eacute;nito&raquo;, para identificarlo como el Hijo que Dios env&iacute;a al mundo despu&eacute;s de los preparativos en el Antiguo Testamento (cf. <i>Hb<\/i> 1,5-7). El primog&eacute;nito pertenece de modo particular a Dios, y por eso \u2014como en muchas religiones\u2014 deb&iacute;a ser entregado de manera especial a Dios y ser rescatado mediante un sacrificio sustitutivo, como relata san Lucas en el episodio de la presentaci&oacute;n de Jes&uacute;s en templo. El primog&eacute;nito pertenece a Dios de modo particular; est&aacute; destinado al sacrificio, por decirlo as&iacute;. El destino del primog&eacute;nito se cumple de modo &uacute;nico en el sacrificio de Jes&uacute;s en la cruz. &Eacute;l ofrece en s&iacute; mismo la humanidad a Dios, y une al hombre y a Dios de tal modo que Dios sea todo en todos. San Pablo ha ampliado y profundizado la idea de Jes&uacute;s como primog&eacute;nito en las <i>Cartas a los Colosenses<\/i> y <i>a los Efesios<\/i>: Jes&uacute;s, nos dicen estas Cartas, es el Primog&eacute;nito de la creaci&oacute;n: el verdadero arquetipo del hombre, seg&uacute;n el cual Dios ha formado la criatura hombre. El hombre puede ser imagen de Dios, porque Jes&uacute;s es Dios y Hombre, la verdadera imagen de Dios y el Hombre. &Eacute;l es el primog&eacute;nito de los muertos, nos dicen adem&aacute;s estas Cartas. En la Resurrecci&oacute;n, &Eacute;l ha desfondado el muro de la muerte para todos nosotros. Ha abierto al hombre la dimensi&oacute;n de la vida eterna en la comuni&oacute;n con Dios. Finalmente, se nos dice: &Eacute;l es el primog&eacute;nito de muchos hermanos. S&iacute;, con todo, &Eacute;l es ahora el primero de m&aacute;s hermanos, es decir, el primero que inaugura para nosotros el estar en comuni&oacute;n con Dios. Crea la verdadera hermandad: no la hermandad deteriorada por el pecado, la de Ca&iacute;n y Abel, de R&oacute;mulo y Remo, sino la hermandad nueva en la que somos de la misma familia de Dios. Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que Mar&iacute;a envuelve en pa&ntilde;ales al &laquo;primog&eacute;nito&raquo; y lo acuesta en el pesebre. Pid&aacute;mosle: Se&ntilde;or Jes&uacute;s, t&uacute; que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera hermandad. Ay&uacute;danos para que nos parezcamos a ti. Ay&uacute;danos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o est&aacute;n desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia. <\/p>\n<p>El Evangelio de Navidad nos relata al final que una multitud de &aacute;ngeles del ej&eacute;rcito celestial alababa a Dios diciendo: &laquo;Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama&raquo; (<i>Lc<\/i> 2,14). La Iglesia ha amplificado en el <i>Gloria<\/i> esta alabanza, que los &aacute;ngeles entonaron ante el acontecimiento de la Noche Santa, haci&eacute;ndola un himno de alegr&iacute;a sobre la gloria de Dios. &laquo;Por tu gloria inmensa, te damos gracias&raquo;. Te damos gracias por la belleza, por la grandeza, por tu bondad, que en esta noche se nos manifiestan. La aparici&oacute;n de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres sin tener que preguntarnos por su utilidad. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, hace saltar en nosotros el asombro y la alegr&iacute;a. Quien vislumbra a Dios siente alegr&iacute;a, y en esta noche vemos algo de su luz. Pero el mensaje de los &aacute;ngeles en la Noche Santa habla tambi&eacute;n de los hombres: &laquo;Paz a los hombres que Dios ama&raquo;. La traducci&oacute;n latina de estas palabras, que usamos en la liturgia y que se remonta a Jer&oacute;nimo, suena de otra manera: &laquo;Paz a los hombres de buena voluntad&raquo;. La expresi&oacute;n &laquo;hombres de buena voluntad&raquo; ha entrado en el vocabulario de la Iglesia de un modo particular precisamente en los &uacute;ltimos decenios. Pero, &iquest;cu&aacute;l es la traducci&oacute;n correcta? Debemos leer ambos textos juntos; s&oacute;lo as&iacute; entenderemos la palabra de los &aacute;ngeles del modo justo. Ser&iacute;a equivocada una interpretaci&oacute;n que reconociera solamente el obrar exclusivo de Dios, como si &Eacute;l no hubiera llamado al hombre a una libre respuesta de amor. Pero ser&iacute;a tambi&eacute;n err&oacute;nea una interpretaci&oacute;n moralizadora, seg&uacute;n la cual, por decirlo as&iacute;, el hombre podr&iacute;a con su buena voluntad redimirse a s&iacute; mismo. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede, y sin el cual no podr&iacute;amos amarlo, y nuestra respuesta, que &Eacute;l espera y que incluso nos ruega en el nacimiento de su Hijo. El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos est&aacute;n indisolublemente entretejidas entre s&iacute;. As&iacute;, esta palabra es promesa y llamada a la vez. Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. No deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos. No abandona a la oveja extraviada en el desierto en que se ha perdido. Dios no se deja confundir por nuestro pecado. &Eacute;l siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con &Eacute;l. &Eacute;l nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con &Eacute;l y as&iacute; haya paz en la tierra. <\/p>\n<p>Lucas no dice que los &aacute;ngeles cantaran. &Eacute;l escribe muy sobriamente: el ej&eacute;rcito celestial alababa a Dios diciendo: &laquo;Gloria a Dios en el cielo&#8230; &raquo; (<i>Lc<\/i> 2,13s). Pero los hombres siempre han sabido que el hablar de los &aacute;ngeles es diferente al de los hombres; que precisamente esta noche del mensaje gozoso ha sido un canto en el que ha brillado la gloria sublime de Dios. Por eso, este canto de los &aacute;ngeles ha sido percibido desde el principio como m&uacute;sica que viene de Dios, m&aacute;s a&uacute;n, como invitaci&oacute;n a unirse al canto, a la alegr&iacute;a del coraz&oacute;n por ser amados por Dios. <i>Cantare amantis est<\/i>, dice san Agust&iacute;n: cantar es propio de quien ama<i>.<\/i> As&iacute;, a lo largo de los siglos, el canto de los &aacute;ngeles se ha convertido siempre en un nuevo canto de amor y alegr&iacute;a, un canto de los que aman. En esta hora, nosotros nos asociamos llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, &aacute;ngeles y hombres. S&iacute;, te damos gracias por tu gloria inmensa. Te damos gracias por tu amor. Haz que seamos cada vez m&aacute;s personas que aman contigo y, por tanto, personas de paz. Am&eacute;n. <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA DE NOCHEBUENA SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SE&Ntilde;OR HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana 24 de diciembre de 2010 &nbsp;(V&iacute;deo) Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Queridos hermanos y hermanas &laquo;T&uacute; eres mi hijo, yo te he engendrado hoy&raquo;. La Iglesia comienza la liturgia del Noche Santa con estas palabras del Salmo segundo. 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