{"id":40944,"date":"2016-10-06T15:14:29","date_gmt":"2016-10-06T20:14:29","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-noviembre-de-2010-concelebracion-de-la-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-y-entrega-del-anillo-cardenalicio\/"},"modified":"2016-10-06T15:14:29","modified_gmt":"2016-10-06T20:14:29","slug":"21-de-noviembre-de-2010-concelebracion-de-la-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-y-entrega-del-anillo-cardenalicio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-noviembre-de-2010-concelebracion-de-la-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-y-entrega-del-anillo-cardenalicio\/","title":{"rendered":"21 de noviembre de 2010: Concelebraci\u00f3n de la Santa Misa con los nuevos Cardenales y entrega del anillo cardenalicio"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/2010\/documents\/ns_lit_doc_20101120_index-concistoro_sp.html\">CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO<br \/>PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES<\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\">CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA CON LOS NUEVOS CARDENALES <br \/> Y ENTREGA DEL ANILLO CARDENALICIO <\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\" size=\"4\"><i>HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <\/i><\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i>Bas&iacute;lica Vaticana<br \/>Solemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo Rey del universo<br \/>Domingo 21 de noviembre de 2010<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\">(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messa21112010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\"><font color=\"#663300\">V&iacute;deo<\/font><\/a>)<\/font><\/b><\/font><i><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><b><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\"><br \/><\/font><\/b><\/font> <font color=\"#663300\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20101121\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Se&ntilde;ores cardenales; <br \/> venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p align=\"justify\">En la solemnidad de Cristo Rey del universo, tenemos la alegr&iacute;a de reunirnos en torno al altar del Se&ntilde;or junto a los 24 nuevos cardenales, que <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/homilies\/2010\/documents\/hf_ben-xvi_hom_20101120_concistoro.html\">ayer agregu&eacute; al Colegio cardenalicio<\/a>. A ellos, ante todo, dirijo mi cordial saludo, que extiendo a los dem&aacute;s purpurados y a todos los prelados presentes; as&iacute; como a las ilustres autoridades, a los se&ntilde;ores embajadores, a los sacerdotes, a los religiosos y a todos los fieles, venidos de diferentes partes del mundo para esta feliz circunstancia, que reviste un notable car&aacute;cter de universalidad.<\/p>\n<p align=\"justify\">Muchos de entre vosotros habr&aacute;n notado que tambi&eacute;n el <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/2007\/documents\/ns_lit_doc_20071124_index-concistoro_sp.html\">anterior consistorio p&uacute;blico para la creaci&oacute;n de cardenales<\/a>, que tuvo lugar en noviembre de 2007, se celebr&oacute; en la vigilia de la solemnidad de Cristo Rey. Han pasado tres a&ntilde;os y, por tanto, seg&uacute;n el ciclo lit&uacute;rgico dominical, la Palabra de Dios nos sale al encuentro a trav&eacute;s de las mismas lecturas b&iacute;blicas, propias de esta importante festividad. Esta se sit&uacute;a en el &uacute;ltimo domingo del a&ntilde;o lit&uacute;rgico y nos presenta, al t&eacute;rmino del itinerario de la fe, el rostro regio de Cristo, como el <i>Pantocr&aacute;tor <\/i>en el &aacute;bside de una antigua bas&iacute;lica. Esta coincidencia nos invita a meditar profundamente sobre el ministerio del Obispo de Roma y sobre el ministerio de los cardenales, vinculado a &eacute;l, a la luz de la singular Realeza de Jes&uacute;s, nuestro Se&ntilde;or.<\/p>\n<p align=\"justify\">El primer servicio del Sucesor de Pedro es el de la fe. En el Nuevo Testamento, Pedro se convierte en &laquo;piedra&raquo; de la Iglesia en cuanto portador del Credo: el &laquo;nosotros&raquo; de la Iglesia comienza con el nombre de aquel que fue el primero en profesar la fe en Cristo, comienza con <i>su <\/i>fe; una fe primero inmadura y todav&iacute;a &laquo;demasiado humana&raquo;, pero luego, despu&eacute;s de la Pascua, madura y capaz de seguir a Cristo hasta el don de s&iacute; mismo; madura en creer que Jes&uacute;s es verdaderamente el Rey; que lo es precisamente porque <i> permaneci&oacute; <\/i>en la cruz y, <i>de ese modo, <\/i>dio la vida por los pecadores. En el Evangelio se ve que todos piden a Jes&uacute;s que baje de la cruz. Lo escarnecen, pero es tambi&eacute;n un modo de disculparse, como si dijeran: no es culpa nuestra si t&uacute; est&aacute;s ah&iacute; en la cruz; es s&oacute;lo culpa tuya porque, si t&uacute; fueras realmente el Hijo de Dios, el Rey de los jud&iacute;os, no estar&iacute;as ah&iacute;, sino que te salvar&iacute;as bajando de ese pat&iacute;bulo infame. Por tanto, si te quedas ah&iacute;, quiere decir que t&uacute; est&aacute;s equivocado y nosotros tenemos raz&oacute;n. El drama que tiene lugar al pie de la cruz de Jes&uacute;s es un drama universal; ata&ntilde;e a todos los hombres frente a Dios que se revela por lo que es, es decir, Amor. En Jes&uacute;s crucificado la divinidad queda desfigurada, despojada de toda gloria visible, pero est&aacute; presente y es real. S&oacute;lo la fe sabe reconocerla: la fe de Mar&iacute;a, que une en su coraz&oacute;n tambi&eacute;n esta &uacute;ltima tesela del mosaico de la vida de su Hijo; ella a&uacute;n no ve todo, pero sigue confiando en Dios, repitiendo una vez m&aacute;s con el mismo abandono: &laquo;He aqu&iacute; la esclava del Se&ntilde;or&raquo; (<i>Lc<\/i> 1, 38). Y luego est&aacute; la fe del buen ladr&oacute;n: una fe apenas esbozada, pero suficiente para asegurarle la salvaci&oacute;n: &laquo;Hoy estar&aacute;s conmigo en el para&iacute;so&raquo;. Es decisivo el &laquo;conmigo&raquo;. S&iacute;, esto es lo que lo salva. Ciertamente, el buen ladr&oacute;n est&aacute; en la cruz <i>como<\/i> Jes&uacute;s, pero sobre todo est&aacute; en la cruz <i>con <\/i>Jes&uacute;s. Y, a diferencia del otro malhechor, y de todos los dem&aacute;s que los escarnecen, no pide a Jes&uacute;s que baje de la cruz ni que lo bajen. Dice, en cambio: &laquo;Acu&eacute;rdate de m&iacute; cuando entres en tu reino&raquo;. Lo ve en la cruz, desfigurado, irreconocible y, aun as&iacute;, se encomienda a &eacute;l como a un rey, es m&aacute;s, como al Rey. El buen ladr&oacute;n cree en lo que est&aacute; escrito en la tabla encima de la cabeza de Jes&uacute;s: &laquo;el rey de los jud&iacute;os&raquo;: lo cree, y se encomienda. Por esto ya est&aacute;, en seguida, en el &laquo;hoy&raquo; de Dios, en el para&iacute;so, porque el para&iacute;so es estar <i>con<\/i> Jes&uacute;s, estar <i>con<\/i> Dios. <\/p>\n<p align=\"justify\">Aqu&iacute;, queridos hermanos, tenemos el primer y fundamental mensaje que la Palabra de Dios nos transmite hoy a nosotros: a m&iacute;, Sucesor de Pedro, y a vosotros, cardenales. Nos llama a <i>estar con<\/i> Jes&uacute;s, como Mar&iacute;a, y no a pedirle que baje de la cruz, sino a permanecer all&iacute; con &eacute;l. Y esto, a causa de nuestro ministerio, debemos hacerlo no s&oacute;lo por nosotros mismos, sino por toda la Iglesia, por todo el pueblo de Dios. Sabemos por los Evangelios que la cruz fue el punto cr&iacute;tico de la fe de Sim&oacute;n Pedro y de los dem&aacute;s Ap&oacute;stoles. Est&aacute; claro y no pod&iacute;a ser de otro modo: eran hombres y pensaban &laquo;seg&uacute;n los hombres&raquo;; no pod&iacute;an tolerar la idea de un Mes&iacute;as crucificado. La &laquo;conversi&oacute;n&raquo; de Pedro se realiza plenamente cuando renuncia a querer &laquo;salvar&raquo; a Jes&uacute;s y acepta ser salvado por &eacute;l. Renuncia a querer salvar a Jes&uacute;s de la cruz y acepta ser salvado por su cruz. &laquo;Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y t&uacute;, una vez convertido, confirma a tus hermanos&raquo; (<i>Lc <\/i>22, 32), dice el Se&ntilde;or. Todo el ministerio de Pedro consiste en su fe, una fe que Jes&uacute;s reconoce en seguida, desde el inicio, como genuina, como don del Padre celestial; pero una fe que debe pasar a trav&eacute;s del esc&aacute;ndalo de la cruz, para llegar a ser aut&eacute;ntica, verdaderamente &laquo;cristiana&raquo;; para llegar a ser &laquo;roca&raquo; sobre la que Jes&uacute;s pueda construir su Iglesia. La participaci&oacute;n en el se&ntilde;or&iacute;o de Cristo s&oacute;lo se verifica en concreto al compartir su anonadamiento, con la cruz. Tambi&eacute;n todo mi ministerio, queridos hermanos, y por consiguiente tambi&eacute;n el vuestro, consiste en la fe. Jes&uacute;s puede construir sobre nosotros su Iglesia en la medida en que encuentra en nosotros la fe verdadera, pascual, la fe que no quiere hacer que Jes&uacute;s baje de la cruz, sino que se encomienda a &eacute;l en la cruz. En este sentido el lugar aut&eacute;ntico del Vicario de Cristo es la cruz, persistir en la obediencia de la cruz.<\/p>\n<p align=\"justify\">Este ministerio es dif&iacute;cil, porque no se acomoda al modo de pensar de los hombres \u2014a la l&oacute;gica natural que, por otra parte, siempre est&aacute; activa tambi&eacute;n en nosotros mismos\u2014; pero este es y sigue siendo siempre nuestro primer servicio, el servicio de la fe, que transforma toda la vida: creer que Jes&uacute;s es Dios, que es el Rey precisamente <i>porque<\/i> ha llegado hasta ese punto, porque nos ha amado hasta el extremo. Y esta realeza parad&oacute;jica debemos testimoniarla y anunciarla <i>como <\/i>hizo &eacute;l, el Rey, es decir, siguiendo su mismo camino y esforz&aacute;ndonos por adoptar su misma l&oacute;gica, la l&oacute;gica de la humildad y del servicio, del grano de trigo que muere para dar fruto. El Papa y los cardenales est&aacute;n llamados a estar profundamente unidos ante todo en esto: todos juntos, bajo la gu&iacute;a del Sucesor de Pedro, deben permanecer en el se&ntilde;or&iacute;o de Cristo, pensando y actuando seg&uacute;n la l&oacute;gica de la cruz; y esto nunca es f&aacute;cil ni se puede dar por descontado. En esto debemos ser compactos, y lo somos porque no nos une una idea, una estrategia, sino que nos unen el amor de Cristo y su Santo Esp&iacute;ritu. La eficacia de nuestro servicio a la Iglesia, la Esposa de Cristo, depende esencialmente de esto, de nuestra fidelidad a la realeza divina del Amor crucificado. Por esto, en el anillo que hoy os entrego, sello de vuestro pacto nupcial con la Iglesia, est&aacute; representada la imagen de la crucifixi&oacute;n. Y, por el mismo motivo, el color de vuestro vestido alude a la sangre, s&iacute;mbolo de la vida y del amor. La sangre de Cristo que, seg&uacute;n una antigua iconograf&iacute;a, Mar&iacute;a recoge del costado traspasado de su Hijo muerto en la cruz; y que el ap&oacute;stol san Juan contempla mientras brota junto con el agua, seg&uacute;n las Escrituras prof&eacute;ticas.<\/p>\n<p align=\"justify\">Queridos hermanos, de aqu&iacute; deriva nuestra sabidur&iacute;a: <i> sapientia crucis<\/i>. Sobre esto reflexion&oacute; a fondo san Pablo, el primero en trazar un pensamiento cristiano org&aacute;nico, centrado precisamente en la paradoja de la cruz (cf. <i>1 Co<\/i> 1, 18-25; 2, 1-8). En la <i>carta a los Colosenses<\/i> \u2014de la cual la liturgia de hoy propone el himno cristol&oacute;gico\u2014 la reflexi&oacute;n paulina, fecundada por la gracia del Esp&iacute;ritu, alcanza ya un nivel impresionante de s&iacute;ntesis a la hora de expresar una aut&eacute;ntica concepci&oacute;n cristiana de Dios y del mundo, de la salvaci&oacute;n personal y universal; y todo se centra en Cristo, Se&ntilde;or de los corazones, de la historia y del cosmos: &laquo;Dios tuvo a bien hacer residir en &eacute;l toda la plenitud, y reconciliar por &eacute;l y para &eacute;l todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos&raquo; (<i>Col<\/i> 1, 19-20). Queridos hermanos, estamos llamados a anunciar siempre al mundo a Cristo &laquo;imagen del Dios invisible&raquo;, a Cristo &laquo;primog&eacute;nito de toda la creaci&oacute;n&raquo; y &laquo;primog&eacute;nito de entre los muertos&raquo;, para que \u2014como escribe el Ap&oacute;stol\u2014 &laquo;tenga &eacute;l el primado sobre todas las cosas&raquo; (<i>Col<\/i> 1, 15.18). El primado de Pedro y de sus Sucesores est&aacute; totalmente al servicio de este primado de Jesucristo, &uacute;nico Se&ntilde;or; al servicio de su reino, es decir, de su se&ntilde;or&iacute;o de amor, a fin de que venga y se extienda, renueve a los hombres y las cosas, transforme la tierra y haga brotar en ella la paz y la justicia.<\/p>\n<p align=\"justify\">Dentro de este designio, que trasciende la historia y, al mismo tiempo, se revela y se realiza en ella, encuentra su lugar la Iglesia, &laquo;cuerpo&raquo; del que Cristo es &laquo;la cabeza&raquo; (cf. <i>Col<\/i> 1, 18). En la <i>carta a los Efesios<\/i>, san Pablo habla expl&iacute;citamente del se&ntilde;or&iacute;o de Cristo y lo relaciona con la Iglesia. Formula una oraci&oacute;n de alabanza a la &laquo;grandeza de la potencia de Dios&raquo;, que resucit&oacute; a Cristo y lo constituy&oacute; Se&ntilde;or universal, y concluye: &laquo;Bajo sus pies someti&oacute; todas la cosas \/ y lo constituy&oacute; Cabeza suprema de la Iglesia, \/ que es su Cuerpo, \/ la plenitud del que lo llena todo en todo&raquo; (<i>Ef<\/i> 1, 22-23). La misma palabra &laquo;plenitud&raquo;, que corresponde a Cristo, san Pablo la atribuye aqu&iacute; a la Iglesia, por participaci&oacute;n: en efecto, el cuerpo participa de la plenitud de la Cabeza. Venerados hermanos cardenales \u2014y me dirijo tambi&eacute;n a todos vosotros, que compart&iacute;s con nosotros la gracia de ser cristianos\u2014 he aqu&iacute; nuestro gozo: participar, en la Iglesia, en la plenitud de Cristo mediante la obediencia de la cruz, &laquo;participar en la herencia de los santos en la luz&raquo;, haber sido &laquo;trasladados&raquo; al reino del Hijo de Dios (cf. <i> Col<\/i> 1, 12-13). Por esto nosotros vivimos en perenne acci&oacute;n de gracias, e incluso en medio de las pruebas no perdemos la alegr&iacute;a y la paz que Cristo nos ha dejado, como prenda de su reino, que ya est&aacute; en medio de nosotros, que esperamos con fe y esperanza, y ya comenzamos a saborear en la caridad. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICOPARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA CON LOS NUEVOS CARDENALES Y ENTREGA DEL ANILLO CARDENALICIO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica VaticanaSolemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo Rey del universoDomingo 21 de noviembre de 2010 (V&iacute;deo) Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Se&ntilde;ores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-noviembre-de-2010-concelebracion-de-la-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-y-entrega-del-anillo-cardenalicio\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab21 de noviembre de 2010: Concelebraci\u00f3n de la Santa Misa con los nuevos Cardenales y entrega del anillo cardenalicio\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40944","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40944","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40944"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40944\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40944"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40944"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40944"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}