{"id":40945,"date":"2016-10-06T15:14:30","date_gmt":"2016-10-06T20:14:30","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-noviembre-de-2010-consistorio-ordinario-publico-para-la-creacion-de-los-nuevos-cardenales\/"},"modified":"2016-10-06T15:14:30","modified_gmt":"2016-10-06T20:14:30","slug":"20-de-noviembre-de-2010-consistorio-ordinario-publico-para-la-creacion-de-los-nuevos-cardenales","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-noviembre-de-2010-consistorio-ordinario-publico-para-la-creacion-de-los-nuevos-cardenales\/","title":{"rendered":"20 de noviembre de 2010: Consistorio Ordinario P\u00fablico para la creaci\u00f3n de los nuevos Cardenales"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/2010\/documents\/ns_lit_doc_20101120_index-concistoro_sp.html\">CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO <br \/>PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES <\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/>S&aacute;bado 20 de noviembre de 2010<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\">(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/concistoro20112010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\"><font color=\"#663300\">V&iacute;deo<\/font><\/a>)<\/font><\/b><\/font><i><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><b><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\"><br \/><\/font><\/b><\/font> <font color=\"#663300\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20101120\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"justify\"><i>Se&ntilde;ores cardenales; <br \/> venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p align=\"justify\">El Se&ntilde;or me da la alegr&iacute;a de realizar, una vez m&aacute;s, este solemne acto, mediante el cual el Colegio cardenalicio se enriquece con nuevos miembros, elegidos de diferentes partes del mundo: se trata de pastores que gobiernan con celo importantes comunidades diocesanas, de prelados que presiden dicasterios de la Curia romana, o que han servido con fidelidad ejemplar a la Iglesia y a la Santa Sede. Desde hoy, entran a formar parte del <i>coetus peculiaris<\/i> que presta al Sucesor de Pedro una colaboraci&oacute;n m&aacute;s inmediata y asidua, sosteni&eacute;ndolo en el ejercicio de su ministerio universal. A ellos, ante todo, dirijo mi afectuoso saludo, renovando la expresi&oacute;n de mi estima y de mi vivo aprecio por el testimonio que dan a la Iglesia y al mundo. En particular, saludo al arzobispo Angelo Amato y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Asimismo, doy una cordial bienvenida a las delegaciones oficiales de varios pa&iacute;ses, a los representantes de numerosas di&oacute;cesis, y a cuantos han venido para participar en este acontecimiento, durante el cual estos venerados y queridos hermanos reciben el signo de la dignidad cardenalicia con la imposici&oacute;n del capelo y la asignaci&oacute;n del t&iacute;tulo de una iglesia de Roma.<\/p>\n<p align=\"justify\">El v&iacute;nculo de especial comuni&oacute;n y afecto que une a estos nuevos cardenales al Papa los hace cooperadores singulares y valiosos del alto mandato encomendado por Cristo a Pedro, de apacentar a sus ovejas (cf. <i>Jn<\/i> 21, 15-17), para reunir a los pueblos con la solicitud de la caridad de Cristo. Precisamente de este amor naci&oacute; la Iglesia, llamada a vivir y caminar seg&uacute;n el mandamiento del Se&ntilde;or, en el cual se resumen toda la ley y los profetas. Estar unidos a Cristo en la fe y en comuni&oacute;n con &eacute;l significa estar &laquo;arraigados y cimentados en el amor&raquo; (<i>Ef<\/i> 3, 17), el tejido que une a todos los miembros del Cuerpo de Cristo. <\/p>\n<p align=\"justify\">La Palabra de Dios que se acaba de proclamar nos ayuda a meditar precisamente sobre este aspecto tan fundamental. En el pasaje del Evangelio (<i>Mc<\/i> 10, 32-45) se nos presenta el icono de Jes&uacute;s como el Mes&iacute;as \u2014anunciado por Isa&iacute;as (cf. <i>Is<\/i> 53)\u2014 que no vino para ser servido, sino para servir: su estilo de vida se convierte en la base de las nuevas relaciones dentro de la comunidad cristiana y de un modo nuevo de ejercer la autoridad. Jes&uacute;s va de camino hacia Jerusal&eacute;n y anuncia por tercera vez, indic&aacute;ndolo a los disc&iacute;pulos, el camino a trav&eacute;s del cual va a llevar a cumplimiento la obra que el Padre le encomend&oacute;: es el camino del don humilde de s&iacute; mismo hasta el sacrificio de la vida, el camino de la Pasi&oacute;n, el camino de la cruz. Y, sin embargo, incluso despu&eacute;s de este anuncio, como sucedi&oacute; con los anteriores, los disc&iacute;pulos manifiestan toda su dificultad para comprender, para llevar a cabo el necesario &laquo;&eacute;xodo&raquo; de una mentalidad mundana hacia la mentalidad de Dios. En este caso, son los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, quienes piden a Jes&uacute;s poder sentarse en los primeros puestos a su lado en la &laquo;gloria&raquo;, manifestando expectativas y proyectos de grandeza, de autoridad, de honor seg&uacute;n el mundo. Jes&uacute;s, que conoce el coraz&oacute;n del hombre, no queda turbado por esta petici&oacute;n, sino que inmediatamente explica su profundo alcance: &laquo;No sab&eacute;is lo que ped&iacute;s&raquo;; despu&eacute;s gu&iacute;a a los dos hermanos a comprender lo que conlleva seguirlo.<\/p>\n<p align=\"justify\">&iquest;Cu&aacute;l es, pues, el camino que debe recorrer quien quiere ser disc&iacute;pulo? Es el camino del Maestro, es el camino de la obediencia total a Dios. Por esto Jes&uacute;s pregunta a Santiago y a Juan: &iquest;est&aacute;is dispuestos a compartir mi elecci&oacute;n de cumplir hasta el final la voluntad del Padre? &iquest;Est&aacute;is dispuestos a recorrer este camino que pasa por la humillaci&oacute;n, el sufrimiento y la muerte por amor? Los dos disc&iacute;pulos, con su respuesta segura \u2014&laquo;podemos&raquo;\u2014 muestran, una vez m&aacute;s, que no han entendido el sentido real de lo que les anuncia el Maestro. Y de nuevo Jes&uacute;s, con paciencia, les hace dar un paso m&aacute;s: ni siquiera experimentar el c&aacute;liz del sufrimiento y el bautismo de la muerte da derecho a los primeros puestos, porque eso es &laquo;para quienes est&aacute; preparado&raquo;, est&aacute; en manos del Padre celestial; el hombre no debe calcular, simplemente debe abandonarse a Dios, sin pretensiones, conform&aacute;ndose a su voluntad.<\/p>\n<p align=\"justify\">La indignaci&oacute;n de los dem&aacute;s disc&iacute;pulos se convierte en ocasi&oacute;n para extender la ense&ntilde;anza a toda la comunidad. Ante todo Jes&uacute;s &laquo;los llam&oacute; a s&iacute;&raquo;: es el gesto de la vocaci&oacute;n originaria, a la cual los invita a volver. Es muy significativa esta referencia al momento constitutivo de la vocaci&oacute;n de los Doce, al &laquo;estar con Jes&uacute;s&raquo; para ser enviados, porque recuerda claramente que todo ministerio eclesial siempre es respuesta a una llamada de Dios, nunca es fruto de un proyecto propio o de una ambici&oacute;n, sino que es conformar la propia voluntad a la del Padre que est&aacute; en los cielos, como Cristo en Getseman&iacute; (cf. <i>Lc<\/i> 22, 42). En la Iglesia nadie es amo, sino que todos son llamados, todos son enviados, todos son alcanzados y guiados por la gracia divina. Y esta es tambi&eacute;n nuestra seguridad. S&oacute;lo volviendo a escuchar la palabra de Jes&uacute;s, que pide &laquo;ven y s&iacute;gueme&raquo;, s&oacute;lo volviendo a la vocaci&oacute;n originaria es posible entender la propia presencia y la propia misi&oacute;n en la Iglesia como aut&eacute;nticos disc&iacute;pulos. <\/p>\n<p align=\"justify\">La petici&oacute;n de Santiago y Juan y la indignaci&oacute;n de los &laquo;otros diez&raquo; Ap&oacute;stoles plantea una cuesti&oacute;n central a la que Jes&uacute;s quiere responder: &iquest;Qui&eacute;n es grande, qui&eacute;n es &laquo;primero&raquo; para Dios? Ante todo la mirada va al comportamiento que corren el riesgo de asumir &laquo;aquellos que son considerados los gobernantes de las naciones&raquo;: &laquo;dominar y oprimir&raquo;. Jes&uacute;s indica a los disc&iacute;pulos un modo completamente distinto: &laquo;No ha de ser as&iacute; entre vosotros&raquo;. Su comunidad sigue otra regla, otra l&oacute;gica, otro modelo: &laquo;El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, ser&aacute; vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, ser&aacute; esclavo de todos&raquo;. El criterio de la grandeza y del primado seg&uacute;n Dios no es el dominio, sino el servicio; la diacon&iacute;a es la ley fundamental del disc&iacute;pulo y de la comunidad cristiana, y nos deja entrever algo del &laquo;se&ntilde;or&iacute;o de Dios&raquo;. Y Jes&uacute;s indica tambi&eacute;n el punto de referencia: el Hijo del hombre, que vino para servir; es decir, sintetiza su misi&oacute;n en la categor&iacute;a del servicio, entendido no en sentido gen&eacute;rico, sino en el sentido concreto de la cruz, del don total de la vida como &laquo;rescate&raquo;, como redenci&oacute;n para muchos, y lo indica como condici&oacute;n para seguirlo. Es un mensaje que vale para los Ap&oacute;stoles, vale para toda la Iglesia, vale sobre todo para aquellos que tienen la tarea de guiar al pueblo de Dios. No es la l&oacute;gica del dominio, del poder seg&uacute;n los criterios humanos, sino la l&oacute;gica del inclinarse para lavar los pies, la l&oacute;gica del servicio, la l&oacute;gica de la cruz que est&aacute; en la base de todo ejercicio de la autoridad. En todos los tiempos la Iglesia se ha esforzado por conformarse a esta l&oacute;gica y por testimoniarla para hacer transparentar el verdadero &laquo;se&ntilde;or&iacute;o de Dios&raquo;, el del amor.<\/p>\n<p align=\"justify\">Venerados hermanos elegidos para la dignidad cardenalicia, la misi&oacute;n a la que Dios os llama hoy y que os habilita a un servicio eclesial todav&iacute;a m&aacute;s cargado de responsabilidad, requiere una voluntad cada vez mayor de asumir el estilo del Hijo de Dios, que vino entre nosotros como quien sirve (cf. <i>Lc<\/i> 22, 25-27). Se trata de seguirlo en su entrega de amor humilde y total a la Iglesia su esposa, en la cruz: es en ese madero donde el grano de trigo, que el Padre dej&oacute; caer en el campo del mundo, muere para convertirse en fruto maduro. Para esto hace falta un arraigo todav&iacute;a m&aacute;s profundo y firme en Cristo. La relaci&oacute;n &iacute;ntima con &eacute;l, que transforma cada vez m&aacute;s la vida a fin de poder decir con san Pablo &laquo;ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en m&iacute;&raquo; (<i>Ga<\/i> 2, 20), constituye la exigencia primaria para que nuestro servicio sea sereno y gozoso, y para que pueda dar el fruto que el Se&ntilde;or espera de nosotros. <\/p>\n<p align=\"justify\">Queridos hermanos y hermanas, que hoy acompa&ntilde;&aacute;is a los nuevos cardenales: rezad por ellos. Ma&ntilde;ana en esta bas&iacute;lica, durante la concelebraci&oacute;n en la solemnidad de Cristo Rey del universo, les entregar&eacute; el anillo. Ser&aacute; una ocasi&oacute;n m&aacute;s en la cual alabar al Se&ntilde;or, porque &laquo;su fidelidad dura por siempre&raquo; (<i>Sal<\/i> 145), como hemos repetido en el salmo responsorial. Que su Esp&iacute;ritu sostenga a los nuevos purpurados en su compromiso de servicio a la Iglesia, siguiendo al Cristo de la cruz tambi&eacute;n, si fuera necesario, <i>usque ad effusionem sanguinis<\/i>, siempre dispuestos \u2014como nos dec&iacute;a san Pedro en la lectura que hemos proclamado\u2014 a responder a todo el que nos pida raz&oacute;n de nuestra esperanza (cf. <i>1 P<\/i> 3, 15). Encomiendo a los nuevos cardenales y su servicio eclesial a Mar&iacute;a, Madre de la Iglesia, a fin de que, con ardor apost&oacute;lico, proclamen a todos los hombres el amor misericordioso de Dios. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica VaticanaS&aacute;bado 20 de noviembre de 2010 (V&iacute;deo) Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Se&ntilde;ores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas: El Se&ntilde;or me da la alegr&iacute;a de realizar, una vez m&aacute;s, este solemne acto, &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-noviembre-de-2010-consistorio-ordinario-publico-para-la-creacion-de-los-nuevos-cardenales\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab20 de noviembre de 2010: Consistorio Ordinario P\u00fablico para la creaci\u00f3n de los nuevos Cardenales\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40945","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40945","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40945"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40945\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40945"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40945"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40945"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}