{"id":40948,"date":"2016-10-06T15:14:35","date_gmt":"2016-10-06T20:14:35","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/4-de-noviembre-de-2010-misa-en-sufragio-de-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-durante-los-ultimos-doce-meses\/"},"modified":"2016-10-06T15:14:35","modified_gmt":"2016-10-06T20:14:35","slug":"4-de-noviembre-de-2010-misa-en-sufragio-de-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-durante-los-ultimos-doce-meses","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/4-de-noviembre-de-2010-misa-en-sufragio-de-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-durante-los-ultimos-doce-meses\/","title":{"rendered":"4 de noviembre de 2010: Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos durante los \u00faltimos doce meses"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SANTA MISA POR LOS CARDENALES Y OBISPOS <br \/> FALLECIDOS DURANTE EL A&Ntilde;O<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><em>Altar de la C&aacute;tedra de la<\/em><i> Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Jueves 4 de noviembre de 2010 <\/i> <\/font> <\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\">(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messa04112010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\"><font color=\"#663300\">V&iacute;deo<\/font><\/a>)<br \/> <\/font><\/b><\/font> <i> <font color=\"#663300\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20101104\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Se&ntilde;ores cardenales; <br \/> queridos hermanos y hermanas: <\/i> <\/p>\n<p>&laquo;As&iacute; pues, si hab&eacute;is resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba&raquo;. Las palabras que acabamos de escuchar en la segunda lectura (<i>Col<\/i> 3, 1-4) nos invitan a elevar la mirada a las realidades celestiales. De hecho, con la expresi&oacute;n &laquo;las cosas de arriba&raquo; san Pablo alude al cielo, pues a&ntilde;ade: &laquo;donde se encuentra Cristo sentado a la diestra de Dios&raquo;. El Ap&oacute;stol quiere referirse a la condici&oacute;n de los creyentes, de los que han &laquo;muerto&raquo; al pecado y cuya vida &laquo;ya est&aacute; oculta con Cristo en Dios&raquo;. Est&aacute;n llamados a vivir cada d&iacute;a en el se&ntilde;or&iacute;o de Cristo, principio y coronamiento de todas sus acciones, testimoniando la vida nueva que se nos ha dado en el Bautismo. Esta renovaci&oacute;n en Cristo se realiza en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de la persona: mientras contin&uacute;a la lucha contra el pecado es posible progresar en la virtud, tratando de dar una respuesta plena y pronta a la gracia de Dios.<\/p>\n<p>Por ant&iacute;tesis, el Ap&oacute;stol se&ntilde;ala luego &laquo;las cosas de la tierra&raquo;, evidenciando as&iacute; que la vida en Cristo conlleva una &laquo;elecci&oacute;n de campo&raquo;, una renuncia radical a todo lo que \u2014como lastre\u2014 mantiene al hombre atado a la tierra, corrompiendo su alma. La b&uacute;squeda de las &laquo;cosas de arriba&raquo; no quiere decir que el cristiano deba descuidar sus obligaciones y tareas terrenas; pero debe evitar perderse en ellas, como si tuvieran un valor definitivo. La referencia a las realidades del cielo es una invitaci&oacute;n a reconocer la relatividad de lo que est&aacute; destinado a pasar, frente a los valores que no sufren la erosi&oacute;n del tiempo. Se trata de trabajar, de comprometerse, de concederse el justo descanso, pero con el sereno desapego de quien sabe que s&oacute;lo es un viandante en camino hacia la patria celestial, un peregrino, en cierto sentido un extranjero hacia la eternidad.<\/p>\n<p>A esta meta &uacute;ltima han llegado ya los cardenales Peter Seiichi Shirayanagi, Cahal Brendan Daly, Armand Ga&eacute;tan Razafindratandra, Thom&aacute;\u0161 \u0160pidlik, Paul Augustin Mayer, Luigi Poggi; as&iacute; como los numerosos arzobispos y obispos que nos han dejado a lo largo de este &uacute;ltimo a&ntilde;o. Con sentimientos de afecto queremos recordarlos, dando gracias a Dios por los dones que ha otorgado a la Iglesia precisamente a trav&eacute;s de estos hermanos nuestros que nos han precedido en el signo de la fe y duermen ya el sue&ntilde;o de la paz. Nuestra acci&oacute;n de gracias se convierte en oraci&oacute;n de sufragio por ellos, para que el Se&ntilde;or los acoja en la bienaventuranza del Para&iacute;so. Por sus almas elegidas ofrecemos esta santa Eucarist&iacute;a, reunidos en torno al altar, en el que se hace presente el sacrificio que proclama la victoria de la Vida sobre la muerte, de la Gracia sobre el pecado, del Para&iacute;so sobre el infierno.<\/p>\n<p>Nos complace recordar a estos venerados hermanos nuestros como pastores celosos cuyo ministerio estuvo marcado siempre por el horizonte escatol&oacute;gico que anima la esperanza en la felicidad sin sombra, que se nos ha prometido para despu&eacute;s de esta vida; como testigos del Evangelio que buscaron vivir las &laquo;cosas de arriba&raquo;, que son fruto del Esp&iacute;ritu: &laquo;amor, alegr&iacute;a, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de s&iacute;&raquo; (<i>Ga<\/i> 5, 22); como cristianos y pastores animados por una fe profunda, por el deseo vivo de configurarse con Cristo y de adherirse &iacute;ntimamente a su persona, contemplando incesantemente su rostro en la oraci&oacute;n. Por esto pudieron gustar anticipadamente la &laquo;vida eterna&raquo;, de la que habla la p&aacute;gina del Evangelio de hoy (cf. <i>Jn<\/i> 3, 13-17) y que Cristo mismo prometi&oacute; a &laquo;todos los que creen en &eacute;l&raquo;. La expresi&oacute;n &laquo;vida eterna&raquo;, de hecho, designa el don divino concedido a la humanidad: la comuni&oacute;n con Dios en este mundo y su plenitud en el futuro.<\/p>\n<p>El Misterio pascual de Cristo nos ha abierto la vida eterna, y la fe es el camino para alcanzarla. Lo vemos en las palabras que Jes&uacute;s dirige a Nicodemo y que recoge el evangelista san Juan: &laquo;Como Mois&eacute;s levant&oacute; la serpiente en el desierto, as&iacute; tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por &eacute;l vida eterna&raquo; (<i>Jn<\/i> 3, 14-15). Aqu&iacute; se hace referencia expl&iacute;cita al episodio narrado en el libro de los <i>N&uacute;meros<\/i> (21, 1-9), que pone de relieve la fuerza salv&iacute;fica de la fe en la Palabra divina. Durante el &eacute;xodo, el pueblo israelita se hab&iacute;a rebelado contra Mois&eacute;s y contra Dios, y fue castigado con la plaga de las serpientes venenosas. Mois&eacute;s pidi&oacute; perd&oacute;n, y Dios, aceptando el arrepentimiento de los israelitas, le ordena: &laquo;Hazte una serpiente y ponla sobre un m&aacute;stil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivir&aacute;&raquo;. Y as&iacute; sucedi&oacute;. Jes&uacute;s, en la conversaci&oacute;n con Nicodemo, desvela el sentido m&aacute;s profundo de ese acontecimiento de salvaci&oacute;n, relacion&aacute;ndolo con su propia muerte y resurrecci&oacute;n: el Hijo del hombre tiene que ser levantado en el madero de la cruz para que todo el que crea tenga por &eacute;l vida. San Juan ve precisamente en el misterio de la cruz el momento en el que se revela la gloria regia de Jes&uacute;s, la gloria de un amor que se entrega totalmente en la pasi&oacute;n y muerte. As&iacute; la cruz, parad&oacute;jicamente, de signo de condena, de muerte, de fracaso, se convierte en signo de redenci&oacute;n, de vida, de victoria, en el cual, con mirada de fe, se pueden vislumbrar los frutos de la salvaci&oacute;n. <\/p>\n<p>Siguiendo el di&aacute;logo con Nicodemo, Jes&uacute;s profundiza ulteriormente el sentido salv&iacute;fico de la cruz, revelando cada vez con mayor claridad que consiste en el inmenso amor de Dios y en el don del Hijo unig&eacute;nito: &laquo;Porque tanto am&oacute; Dios al mundo que dio a su Hijo &uacute;nico&raquo;. Esta es una de las palabras centrales del Evangelio. El sujeto es Dios Padre, origen de todo el misterio creador y redentor. Los verbos &laquo;amar&raquo; y &laquo;dar&raquo; indican un acto decisivo y definitivo que expresa la radicalidad con la que Dios se ha acercado al hombre en el amor, hasta la entrega total, hasta cruzar el umbral de nuestra &uacute;ltima soledad, descendiendo al abismo de nuestro extremo abandono, superando la puerta de la muerte. El objeto y el beneficiario del amor divino es el mundo, es decir, la humanidad. Es una palabra que elimina completamente la idea de un Dios lejano y extra&ntilde;o al camino del hombre, y m&aacute;s bien desvela su verdadero rostro: &eacute;l nos dio a su Hijo por amor, para que fuera el Dios cercano, para hacernos sentir su presencia, para salir a nuestro encuentro y llevarnos en su amor, de modo que toda la vida est&eacute; animada por este amor divino. El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida. Dios no act&uacute;a como un amo, sino que ama sin medida. No manifiesta su omnipotencia en el castigo, sino en la misericordia y en el perd&oacute;n. Comprender todo esto significa entrar en el misterio de la salvaci&oacute;n: Jes&uacute;s vino para salvar y no para condenar; con el sacrificio de la cruz revela el rostro de amor de Dios. Y precisamente por la fe en el amor sobreabundante que nos da en Cristo Jes&uacute;s sabemos que incluso la m&aacute;s peque&ntilde;a fuerza de amor es mayor que la m&aacute;xima fuerza destructora y puede transformar el mundo, y por esta misma fe podemos tener una &laquo;esperanza fiable&raquo;, la esperanza en la vida eterna y en la resurrecci&oacute;n de la carne. <\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, con las palabras de la primera lectura, tomada del libro de las <i>Lamentaciones<\/i>, pedimos que los cardenales, los arzobispos y los obispos que hoy recordamos, generosos servidores del Evangelio y de la Iglesia, puedan ahora conocer plenamente cu&aacute;n &laquo;bueno es el Se&ntilde;or para el que en &eacute;l espera, para el alma que le busca&raquo; (cf. <i> Lam<\/i> 3, 25) y experimentar que &laquo;del Se&ntilde;or viene la misericordia, la redenci&oacute;n copiosa&raquo; (<i>Sal<\/i> 129, 7). Y nosotros, peregrinos en camino hacia la Jerusal&eacute;n celestial, aguardamos en silencio, con esperanza firme, la salvaci&oacute;n del Se&ntilde;or (cf. <i>Lam<\/i> 3, 26), tratando de caminar por las sendas del bien, sostenidos por la gracia de Dios, recordando siempre que &laquo;no tenemos aqu&iacute; ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro&raquo; (<i>Hb<\/i> 13, 14). Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA POR LOS CARDENALES Y OBISPOS FALLECIDOS DURANTE EL A&Ntilde;O HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Altar de la C&aacute;tedra de la Bas&iacute;lica Vaticana Jueves 4 de noviembre de 2010 (V&iacute;deo) Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Se&ntilde;ores cardenales; queridos hermanos y hermanas: &laquo;As&iacute; pues, si hab&eacute;is resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba&raquo;. 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