{"id":40949,"date":"2016-10-06T15:14:36","date_gmt":"2016-10-06T20:14:36","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-octubre-de-2010-santa-misa-conclusiva-de-la-asamblea-especial-para-oriente-medio-del-sinodo-de-los-obispos\/"},"modified":"2016-10-06T15:14:36","modified_gmt":"2016-10-06T20:14:36","slug":"24-de-octubre-de-2010-santa-misa-conclusiva-de-la-asamblea-especial-para-oriente-medio-del-sinodo-de-los-obispos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-octubre-de-2010-santa-misa-conclusiva-de-la-asamblea-especial-para-oriente-medio-del-sinodo-de-los-obispos\/","title":{"rendered":"24 de octubre de 2010: Santa Misa conclusiva de la Asamblea especial para Oriente Medio del S\u00ednodo de los Obispos"},"content":{"rendered":"<p><font face=\"TmsRmn\" color=\"#663300\"> <\/p>\n<p align=\"center\"> MISA CONCLUSIVA <br \/> DE LA ASAMBLEA ESPECIAL PARA ORIENTE MEDIO <br \/> DEL S&Iacute;NODO DE LOS OBISPOS<\/p>\n<p><\/font><br \/>\n<font face=\"TmsRmn\"> <\/p>\n<p align=\"center\">&nbsp;<font size=\"4\">&nbsp;<\/font><\/p>\n<p><\/font><br \/>\n<b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b> <\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i> Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Domingo 24 de octubre de 2010 <\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\">(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messachiusurasinodo24102010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\"><font color=\"#663300\">V&iacute;deo<\/font><\/a>)<br \/> <\/font><\/b><\/font> <span lang=\"es\"> <i> <font color=\"#663300\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20101024\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/b><\/font><\/i><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"justify\"><i>Venerados hermanos; <br \/> ilustres se&ntilde;ores y se&ntilde;oras; <br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p> A dos semanas de distancia de la<br \/>\n<a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/homilies\/2010\/documents\/hf_ben-xvi_hom_20101010_sinodo-mo.html\"> celebraci&oacute;n de apertura<\/a>, nos volvemos a reunir en el d&iacute;a del Se&ntilde;or, alrededor del altar de la Confesi&oacute;n de la bas&iacute;lica de San Pedro, para concluir la<br \/>\n<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/synod\/index_sp.htm\">Asamblea especial para Oriente Medio del S&iacute;nodo de los obispos<\/a>. Nuestro coraz&oacute;n est&aacute; lleno de profunda gratitud a Dios, que nos ha donado esta experiencia realmente extraordinaria, no s&oacute;lo para nosotros, sino para el bien de la Iglesia, del pueblo de Dios que vive en las tierras entre el Mediterr&aacute;neo y Mesopotamia. Como Obispo de Roma, deseo compartir mi agradecimiento con vosotros, venerados padres sinodales: cardenales, patriarcas, arzobispos y obispos. En particular, doy las gracias al secretario general, a los cuatro presidentes delegados, al relator general, al secretario especial y a todos los colaboradores, que en estos d&iacute;as han trabajado sin escatimar esfuerzos. <\/p>\n<p>Esta ma&ntilde;ana hemos dejado el aula del S&iacute;nodo y hemos venido &laquo;al templo para orar&raquo;; por esto, nos ata&ntilde;e directamente la par&aacute;bola del fariseo y el publicano que Jes&uacute;s relata y el evangelista san Lucas nos refiere (cf. <i>Lc<\/i> 18, 9-14). Como el fariseo, tambi&eacute;n nosotros podr&iacute;amos tener la tentaci&oacute;n de recordar a Dios nuestros m&eacute;ritos, tal vez pensando en el trabajo de estos d&iacute;as. Pero, para subir al cielo, la oraci&oacute;n debe brotar de un coraz&oacute;n humilde, pobre. Por tanto, tambi&eacute;n nosotros, al concluir este acontecimiento eclesial, deseamos ante todo dar gracias a Dios, no por nuestros m&eacute;ritos, sino por el don que &eacute;l nos ha hecho. Nos reconocemos peque&ntilde;os y necesitados de salvaci&oacute;n, de misericordia; reconocemos que todo viene de &eacute;l y que s&oacute;lo con su gracia se realizar&aacute; lo que el Esp&iacute;ritu Santo nos ha dicho. S&oacute;lo as&iacute; podremos &laquo;volver a casa&raquo; verdaderamente enriquecidos, m&aacute;s justos y m&aacute;s capaces de caminar por las sendas del Se&ntilde;or.<\/p>\n<p>La primera lectura y el salmo responsorial insisten en el tema de la oraci&oacute;n, subrayando que es tanto m&aacute;s poderosa en el coraz&oacute;n de Dios cuanto mayor es la situaci&oacute;n de necesidad y aflicci&oacute;n de quien la reza. &laquo;La oraci&oacute;n del pobre atraviesa las nubes&raquo; afirma el <i>Sir&aacute;cida<\/i> (<i>Si<\/i> 35, 17); y el salmista a&ntilde;ade: &laquo;El Se&ntilde;or est&aacute; cerca de los que tienen el coraz&oacute;n roto, salva a los esp&iacute;ritus hundidos&raquo; (<i>Sal <\/i>34, 19). Tenemos presentes a tantos hermanos y hermanas que viven en Oriente Medio y que se encuentran en situaciones dif&iacute;ciles, a veces muy duras, tanto por los problemas materiales como por el desaliento, el estado de tensi&oacute;n y, a veces, de miedo. La Palabra de Dios hoy nos ofrece tambi&eacute;n una luz de esperanza consoladora, donde presenta la oraci&oacute;n, personificada, que &laquo;no desiste hasta que el Alt&iacute;simo lo atiende, juzga a los justos y les hace justicia&raquo; (<i>Si<\/i> 35, 18). Tambi&eacute;n este v&iacute;nculo entre oraci&oacute;n y justicia nos hace pensar en tantas situaciones en el mundo, especialmente en Oriente Medio. El grito del pobre y del oprimido encuentra eco inmediato en Dios, que quiere intervenir para abrir una v&iacute;a de salida, para restituir un futuro de libertad, un horizonte de esperanza.<\/p>\n<p>Esta confianza en el Dios cercano, que libera a sus amigos, es la que testimonia el ap&oacute;stol san Pablo en la ep&iacute;stola de hoy, tomada de la <i>segunda carta a Timoteo<\/i>. Al ver ya cercano el final de su vida terrena, san Pablo hace un balance: &laquo;He competido en la noble competici&oacute;n, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe&raquo; (<i>2 Tm<\/i> 4, 7). Para cada uno de nosotros, queridos hermanos en el episcopado, este es un modelo que hay que imitar: que la Bondad divina nos conceda hacer nuestro un balance an&aacute;logo. &laquo;Pero el Se&ntilde;or, \u2014prosigue san Pablo\u2014 me asisti&oacute; y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles&raquo; (<i>2 Tm<\/i> 4, 17). Es una palabra que resuena con especial fuerza en este domingo en que celebramos la Jornada mundial de las misiones. Comuni&oacute;n con Jes&uacute;s crucificado y resucitado, testimonio de su amor. La experiencia del Ap&oacute;stol es paradigm&aacute;tica para todo cristiano, especialmente para nosotros, los pastores. Hemos compartido un momento fuerte de comuni&oacute;n eclesial. Ahora nos separamos para volver cada uno a su misi&oacute;n, pero sabemos que permanecemos unidos, permanecemos en su amor.<\/p>\n<p>La Asamblea sinodal que hoy se concluye ha tenido presente siempre la imagen de la primera comunidad cristiana, descrita en los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>: &laquo;La multitud de los creyentes no ten&iacute;a sino un solo coraz&oacute;n y una sola alma&raquo; (<i>Hch<\/i> 4, 32). Es una realidad experimentada en los d&iacute;as pasados, durante los cuales hemos compartido las alegr&iacute;as y los dolores, las preocupaciones y las esperanzas de los cristianos de Oriente Medio. Hemos vivido la unidad de la Iglesia en la variedad de las Iglesias presentes en esa regi&oacute;n. Guiados por el Esp&iacute;ritu Santo, hemos llegado a ser &laquo;un solo coraz&oacute;n y una sola alma&raquo; en la fe, en la esperanza y en la caridad, sobre todo durante las celebraciones eucar&iacute;sticas, fuente y culmen de la comuni&oacute;n eclesial, as&iacute; como en la Liturgia de las Horas, celebrada cada ma&ntilde;ana en uno de los siete ritos cat&oacute;licos de Oriente Medio. As&iacute;, hemos valorado la riqueza lit&uacute;rgica, espiritual y teol&oacute;gica de las Iglesias orientales cat&oacute;licas, adem&aacute;s de la de la Iglesia latina. Se ha tratado de un intercambio de dones preciosos, del que se han beneficiado todos los padres sinodales. Es de desear que esta experiencia positiva se repita tambi&eacute;n en las respectivas comunidades de Oriente Medio, favoreciendo la participaci&oacute;n de los fieles en las celebraciones lit&uacute;rgicas de los dem&aacute;s ritos cat&oacute;licos y, por tanto, la apertura a las dimensiones de la Iglesia universal.<\/p>\n<p>La oraci&oacute;n com&uacute;n nos ha ayudado tambi&eacute;n a afrontar los desaf&iacute;os de la Iglesia cat&oacute;lica en Oriente Medio. Uno de ellos es la comuni&oacute;n en el seno de cada Iglesia <i>sui iuris<\/i>, as&iacute; como en las relaciones entre las varias Iglesias cat&oacute;licas de distintas tradiciones. Como nos ha recordado la p&aacute;gina del Evangelio de hoy (cf. <i>Lc<\/i> 18, 9-14), necesitamos humildad para reconocer nuestros l&iacute;mites, nuestros errores y nuestras omisiones, a fin de poder formar verdaderamente &laquo;un solo coraz&oacute;n y una sola alma&raquo;. Una comuni&oacute;n m&aacute;s plena en el seno de la Iglesia cat&oacute;lica favorece tambi&eacute;n el di&aacute;logo ecum&eacute;nico con las dem&aacute;s Iglesias y comunidades eclesiales. En esta Asamblea sinodal la Iglesia cat&oacute;lica ha corroborado tambi&eacute;n su profunda convicci&oacute;n de proseguir este di&aacute;logo, con el fin de que se realice plenamente la oraci&oacute;n del Se&ntilde;or Jes&uacute;s &laquo;para que todos sean uno&raquo; (<i>Jn<\/i> 17, 21).<\/p>\n<p>A los cristianos en Oriente Medio se pueden aplicar las palabras del Se&ntilde;or Jes&uacute;s: &laquo;No temas, peque&ntilde;o reba&ntilde;o, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino&raquo; (<i>Lc<\/i> 12, 32). En efecto, aunque su n&uacute;mero es escaso, son portadores de la buena nueva del amor de Dios por el hombre, amor que se revel&oacute; precisamente en Tierra Santa en la persona de Jesucristo. Esta Palabra de salvaci&oacute;n, reforzada con la gracia de los sacramentos, resuena con particular eficacia en los lugares en los que, por designio de Dios, se escribi&oacute;, y es la &uacute;nica Palabra capaz de romper el c&iacute;rculo vicioso de la venganza, del odio y de la violencia. De un coraz&oacute;n purificado, en paz con Dios y con el pr&oacute;jimo, pueden nacer prop&oacute;sitos e iniciativas de paz a nivel local, nacional e internacional. A esta obra, a cuya realizaci&oacute;n est&aacute; llamada toda la comunidad internacional, los cristianos, ciudadanos de pleno derecho, pueden y deben dar su contribuci&oacute;n con el esp&iacute;ritu de las bienaventuranzas, convirti&eacute;ndose as&iacute; en constructores de paz y en ap&oacute;stoles de reconciliaci&oacute;n para el bien de toda la sociedad.<\/p>\n<p>Desde hace demasiado tiempo en Oriente Medio perduran los conflictos, las guerras, la violencia, el terrorismo. La paz, que es don de Dios, tambi&eacute;n es el resultado de los esfuerzos de los hombres de buena voluntad, de las instituciones nacionales e internacionales, y en particular de los Estados m&aacute;s implicados en la b&uacute;squeda de la soluci&oacute;n de los conflictos. Nunca debemos resignarnos a la falta de paz. La paz es posible. La paz es urgente. La paz es la condici&oacute;n indispensable para una vida digna de la persona humana y de la sociedad. La paz es tambi&eacute;n el mejor remedio para evitar la emigraci&oacute;n de Oriente Medio. &laquo;Invocad la paz para Jerusal&eacute;n&raquo; nos dice el Salmo (122, 6). Oremos por la paz en Tierra Santa. Oremos por la paz en Oriente Medio, esforz&aacute;ndonos para que este don de Dios ofrecido a los hombres de buena voluntad se difunda en el mundo entero.<\/p>\n<p>Otra contribuci&oacute;n que los cristianos pueden aportar a la sociedad es la promoci&oacute;n de una aut&eacute;ntica libertad religiosa y de conciencia, uno de los derechos fundamentales de la persona humana que cada Estado deber&iacute;a respetar siempre. En numerosos pa&iacute;ses de Oriente Medio existe la libertad de culto, pero no pocas veces el espacio de la libertad religiosa es muy limitado. Ampliar este espacio de libertad es una exigencia para garantizar a todos los que pertenecen a las distintas comunidades religiosas la verdadera libertad de vivir y profesar su fe. Este tema podr&iacute;a ser objeto de di&aacute;logo entre los cristianos y los musulmanes, di&aacute;logo cuya urgencia y utilidad ha sido ratificada por los padres sinodales.<\/p>\n<p>Durante los trabajos de la Asamblea se ha subrayado a menudo la necesidad de volver a proponer el Evangelio a las personas que lo conocen poco o que incluso se han alejado de la Iglesia. Se ha evocado muchas veces la urgente necesidad de una nueva evangelizaci&oacute;n tambi&eacute;n para Oriente Medio. Se trata de un tema muy extendido, sobre todo en los pa&iacute;ses de antigua cristianizaci&oacute;n. Tambi&eacute;n la reciente creaci&oacute;n del Consejo pontificio para la promoci&oacute;n de la nueva evangelizaci&oacute;n responde a esta profunda exigencia. Por eso, despu&eacute;s de haber consultado al Episcopado de todo el mundo y despu&eacute;s de haber escuchado al Consejo ordinario de la Secretar&iacute;a general del S&iacute;nodo de los obispos, he decidido dedicar la pr&oacute;xima Asamblea general ordinaria, en 2012, al siguiente tema: &laquo;<i>Nova evangelizatio ad christianam fidem tradendam<\/i>&raquo;, &laquo;La nueva evangelizaci&oacute;n para la transmisi&oacute;n de la fe cristiana&raquo;.<\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas de Oriente Medio, que la experiencia de estos d&iacute;as os asegure que no est&aacute;is nunca solos, que os acompa&ntilde;an siempre la Santa Sede y toda la Iglesia, la cual, nacida en Jerusal&eacute;n, se extendi&oacute; por Oriente Medio y despu&eacute;s por el mundo entero. Encomendamos la aplicaci&oacute;n de los resultados de la Asamblea especial para Oriente Medio, as&iacute; como la preparaci&oacute;n de la Asamblea general ordinaria, a la intercesi&oacute;n de la sant&iacute;sima Virgen Mar&iacute;a, Madre de la Iglesia y Reina de la paz. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA CONCLUSIVA DE LA ASAMBLEA ESPECIAL PARA ORIENTE MEDIO DEL S&Iacute;NODO DE LOS OBISPOS &nbsp;&nbsp; HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Domingo 24 de octubre de 2010 (V&iacute;deo) Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Venerados hermanos; ilustres se&ntilde;ores y se&ntilde;oras; queridos hermanos y hermanas: A dos semanas de distancia de la celebraci&oacute;n de apertura, nos volvemos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-octubre-de-2010-santa-misa-conclusiva-de-la-asamblea-especial-para-oriente-medio-del-sinodo-de-los-obispos\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab24 de octubre de 2010: Santa Misa conclusiva de la Asamblea especial para Oriente Medio del S\u00ednodo de los Obispos\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40949","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40949","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40949"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40949\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40949"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40949"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40949"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}