{"id":40951,"date":"2016-10-06T15:14:39","date_gmt":"2016-10-06T20:14:39","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/10-de-octubre-de-2010-santa-misa-de-inauguracion-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispos-para-oriente-medio\/"},"modified":"2016-10-06T15:14:39","modified_gmt":"2016-10-06T20:14:39","slug":"10-de-octubre-de-2010-santa-misa-de-inauguracion-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispos-para-oriente-medio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/10-de-octubre-de-2010-santa-misa-de-inauguracion-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispos-para-oriente-medio\/","title":{"rendered":"10 de octubre de 2010: Santa Misa de inauguraci\u00f3n de la Asamblea especial del S\u00ednodo de los Obispos para Oriente Medio"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA <br \/> CON OCASI&Oacute;N DE LA APERTURA DE LA ASAMBLEA ESPECIAL <br \/> PARA ORIENTE MEDIO DEL S&Iacute;NODO DE LOS OBISPOS<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<br \/> <\/font><\/b><\/i><br \/> <i>Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Domingo 10 de octubre de 2010<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\">(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messasinodoapertura10102010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\"><font color=\"#663300\">Video<\/font><\/a>)<br \/> <\/font><\/b><\/font> <span lang=\"es\"> <i> <b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20101010\/index.html\"> <font size=\"2\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/font><\/a><\/b><\/i><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Venerados hermanos; <br \/> ilustres se&ntilde;ores y se&ntilde;oras; <br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>La celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica, acci&oacute;n de gracias a Dios por excelencia, est&aacute; marcada hoy para nosotros, reunidos ante el sepulcro de San Pedro, por un motivo extraordinario: la gracia de ver reunidos por primera vez en una Asamblea sinodal, alrededor del Obispo de Roma y Pastor Universal, a los obispos de la regi&oacute;n medioriental. Este singular acontecimiento demuestra el inter&eacute;s de toda la Iglesia por la valiosa y amada porci&oacute;n del pueblo de Dios que vive en Tierra Santa y en todo Oriente Medio.<\/p>\n<p>Ante todo elevamos nuestra acci&oacute;n de gracias al Se&ntilde;or de la historia porque ha permitido siempre, pese a acontecimientos con frecuencia dif&iacute;ciles y dolorosos, la continuidad de la presencia de los cristianos en Oriente Medio desde los tiempos de Jes&uacute;s hasta hoy. En esas tierras la &uacute;nica Iglesia de Cristo se expresa en la variedad de las tradiciones lit&uacute;rgicas, espirituales, culturales y disciplinarias de las seis venerables Iglesias orientales cat&oacute;licas <i>sui iuris<\/i>, as&iacute; como en la tradici&oacute;n latina. El fraterno saludo, que dirijo con gran afecto a los Patriarcas de cada una de ellas, quiere extenderse en este momento a todos los fieles encomendados a su solicitud pastoral en los respectivos pa&iacute;ses y tambi&eacute;n en la di&aacute;spora. <\/p>\n<p>En este domingo 28&ordm; del tiempo ordinario, la Palabra de Dios ofrece un tema de meditaci&oacute;n que se aproxima de manera significativa al acontecimiento sinodal que hoy inauguramos. La lectura continua del <i>Evangelio de san Lucas<\/i> nos lleva al episodio de la curaci&oacute;n de los diez leprosos, de los cuales uno solo, un samaritano, vuelve atr&aacute;s para dar gracias a Jes&uacute;s. En relaci&oacute;n con este texto, la primera lectura, tomada del <i>segundo libro de los Reyes<\/i>, relata la curaci&oacute;n de Naam&aacute;n, jefe del ej&eacute;rcito arameo, tambi&eacute;n &eacute;l leproso, que fue curado sumergi&eacute;ndose siete veces en las aguas del r&iacute;o Jord&aacute;n, como le orden&oacute; el profeta Eliseo. Naam&aacute;n tambi&eacute;n retorna adonde el profeta y, reconociendo en &eacute;l al mediador de Dios, profesa su fe en el &uacute;nico Se&ntilde;or. Dos enfermos de lepra, por lo tanto, dos hombres no jud&iacute;os, que se curan porque creen en la palabra del enviado de Dios. Se curan en el cuerpo, pero se abren a la fe y esta los cura en el alma, es decir, los salva.<\/p>\n<p>El salmo responsorial canta esta realidad: &laquo;Yahv&eacute; ha dado a conocer su salvaci&oacute;n, ha revelado su justicia a las naciones; se ha acordado de su amor y su lealtad para con la casa de Israel&raquo; (<i>Sal<\/i> 98, 2-3). Aqu&iacute; est&aacute; entonces el tema: la salvaci&oacute;n es universal pero pasa a trav&eacute;s de una mediaci&oacute;n determinada, hist&oacute;rica: la mediaci&oacute;n del pueblo de Israel, que se convierte luego en la de Jesucristo y de la Iglesia. La puerta de la vida est&aacute; abierta para todos pero, justamente, es una &laquo;puerta&raquo;, es decir un pasaje definido y necesario. Lo afirma sint&eacute;ticamente la f&oacute;rmula paulina que hemos escuchado en la <i>segunda carta a Timoteo<\/i>: &laquo;La salvaci&oacute;n que est&aacute; en Cristo Jes&uacute;s&raquo; (<i>2 Tm<\/i> 2, 10). Es el misterio de la universalidad de la salvaci&oacute;n y al mismo tiempo de su v&iacute;nculo necesario con la mediaci&oacute;n hist&oacute;rica de Jesucristo, precedida por la del pueblo de Israel y prolongada por la de la Iglesia. Dios es amor y quiere que todos los hombres participen de su vida; para realizar este designio &eacute;l, que es uno y trino, crea en el mundo un misterio de comuni&oacute;n humano y divino, hist&oacute;rico y trascendente: lo crea con el &laquo;m&eacute;todo&raquo; \u2014por decirlo as&iacute;\u2014 de la alianza, vincul&aacute;ndose con amor fiel e interminable a los hombres, formando un pueblo santo que se convierta en una bendici&oacute;n para todas las familias de la tierra (cf. <i>Gn<\/i> 12, 3). Se revela as&iacute; como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (cf. <i>Ex<\/i> 3, 6), que quiere llevar a su pueblo a la &laquo;tierra&raquo; de la libertad y de la paz. Esta &laquo;tierra&raquo; no es de este mundo; todo el designio divino sobrepasa a la historia, pero el Se&ntilde;or lo quiere construir con los hombres, por los hombres y en los hombres, a partir de las coordenadas de espacio y tiempo en las que ellos viven y que &eacute;l mismo ha dado.<\/p>\n<p>De dichas coordenadas forma parte, con su especificidad, lo que nosotros llamamos &laquo;Oriente Medio&raquo;. Dios tambi&eacute;n ve esta regi&oacute;n del mundo desde una perspectiva distinta, podr&iacute;amos decir &laquo;desde lo alto&raquo;: es la tierra de Abraham, de Isaac y de Jacob; la tierra del &eacute;xodo y del regreso del exilio; la tierra del templo y de los profetas; la tierra en la que el Hijo Unig&eacute;nito naci&oacute; de Mar&iacute;a, donde vivi&oacute;, muri&oacute; y resucit&oacute;; la cuna de la Iglesia, constituida para llevar el Evangelio de Cristo hasta los confines del mundo. Y tambi&eacute;n nosotros, como creyentes, miramos a Oriente Medio con esta mirada, desde el punto de vista de la historia de la salvaci&oacute;n. Es la perspectiva interior que me ha guiado en los viajes apost&oacute;licos a <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2006\/index_turkey.html\">Turqu&iacute;a<\/a>, <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2009\/index_holy-land.html\">Tierra Santa<\/a> \u2014Jordania, Israel, Palestina\u2014 y <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2010\/index_cipro.html\">Chipre<\/a>, donde he podido conocer de cerca las alegr&iacute;as y las preocupaciones de las comunidades cristianas. Por eso tambi&eacute;n he acogido de buen grado la propuesta de los patriarcas y obispos de convocar una Asamblea sinodal para reflexionar juntos, a la luz de las Sagradas Escrituras y de la Tradici&oacute;n de la Iglesia, sobre el presente y el futuro de los fieles y las poblaciones de Oriente Medio.<\/p>\n<p>Mirar esa parte del mundo desde la perspectiva de Dios significa reconocer en ella la &laquo;cuna&raquo; de un designio universal de salvaci&oacute;n en el amor, un misterio de comuni&oacute;n que se cumple en la libertad y, por tanto, pide a los hombres una respuesta. Abraham, los profetas, la Virgen Mar&iacute;a son los protagonistas de esta respuesta, que tiene su &uacute;ltimo cumplimiento en Jesucristo, hijo de esa misma tierra, pero que baj&oacute; del cielo. De &eacute;l, de su coraz&oacute;n y de su Esp&iacute;ritu, naci&oacute; la Iglesia, que es peregrina en este mundo, pero que le pertenece. La Iglesia est&aacute; constituida para ser, en medio de los hombres, signo e instrumento del &uacute;nico y universal proyecto salv&iacute;fico de Dios; cumple esta misi&oacute;n sencillamente siendo ella misma, es decir, &laquo;comuni&oacute;n y testimonio&raquo;, como reza el tema de la Asamblea sinodal que se abre hoy, y que hace referencia a la c&eacute;lebre definici&oacute;n que da san Lucas de la primera comunidad cristiana: &laquo;La multitud de los creyentes no ten&iacute;a sino un solo coraz&oacute;n y una sola alma&raquo; (<i>Hch<\/i> 4, 32). Sin comuni&oacute;n no puede haber testimonio: el gran testimonio es precisamente la vida de comuni&oacute;n. Lo dijo claramente Jes&uacute;s: &laquo;En esto conocer&aacute;n todos que sois disc&iacute;pulos m&iacute;os: si os ten&eacute;is amor los unos a los otros&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 35). Esta comuni&oacute;n es la vida misma de Dios que se comunica en el Esp&iacute;ritu Santo, mediante Jesucristo. Es, por tanto, un don, no algo que ante todo tenemos que construir con nuestras fuerzas. Y es precisamente por esto por lo que interpela nuestra libertad y espera nuestra respuesta: la comuni&oacute;n nos pide siempre la conversi&oacute;n, como don que debe ser acogido y cumplido cada vez mejor. Los primeros cristianos, en Jerusal&eacute;n, eran pocos. Nadie habr&iacute;a podido imaginarse lo que ocurri&oacute; despu&eacute;s. Y la Iglesia vive siempre de esa misma fuerza que la hizo ponerse en marcha y crecer. Pentecost&eacute;s es el acontecimiento originario, pero tambi&eacute;n es un dinamismo permanente, y el S&iacute;nodo de los obispos es un momento privilegiado en el que se puede renovar en el camino de la Iglesia la gracia de Pentecost&eacute;s, a fin de que la Buena Nueva sea anunciada con franqueza y pueda ser acogida por todas las gentes.<\/p>\n<p>Por consiguiente, la finalidad de esta Asamblea sinodal es sobre todo pastoral. Aunque no podemos ignorar la delicada y, a veces, dram&aacute;tica situaci&oacute;n social y pol&iacute;tica de algunos pa&iacute;ses, los pastores de las Iglesias en Oriente Medio desean concentrarse en los aspectos relacionados con su misi&oacute;n. A este respecto el <i>Instrumentum laboris<\/i>, elaborado por un Consejo pre-sinodal a cuyos miembros agradezco vivamente el trabajo realizado, subraya esta finalidad eclesial de la Asamblea, evidenciando su intenci&oacute;n de reavivar la comuni&oacute;n de la Iglesia cat&oacute;lica en Oriente Medio bajo la gu&iacute;a del Esp&iacute;ritu Santo. Ante todo en el interior de cada Iglesia, entre sus miembros: patriarcas, obispos, sacerdotes, religiosos, personas de vida consagrada y laicos. Y, despu&eacute;s, en las relaciones con las dem&aacute;s Iglesias. La vida eclesial, fortalecida de este modo, ver&aacute; producir unos frutos muy positivos en el camino ecum&eacute;nico con las otras Iglesias y comunidades eclesiales presentes en Oriente Medio. Es una ocasi&oacute;n propicia, adem&aacute;s, para proseguir de forma constructiva el di&aacute;logo tanto con los jud&iacute;os, con los cuales nos une de forma indisoluble la larga historia de la Alianza, como con los musulmanes. Los trabajos de la Asamblea sinodal est&aacute;n orientados tambi&eacute;n al testimonio de los cristianos en &aacute;mbito personal, familiar y social. Esto exige que se refuerce su identidad cristiana mediante la Palabra de Dios y los Sacramentos. Todos deseamos que los fieles sientan la alegr&iacute;a de vivir en Tierra Santa, tierra bendecida por la presencia y por el glorioso misterio pascual del Se&ntilde;or Jesucristo. A lo largo de los siglos esos Lugares han atra&iacute;do a multitud de peregrinos y, tambi&eacute;n, a comunidades religiosas masculinas y femeninas que han considerado un gran privilegio poder vivir y dar testimonio en la Tierra de Jes&uacute;s. A pesar de las dificultades, los cristianos de Tierra Santa est&aacute;n llamados a reavivar la conciencia de ser piedras vivas de la Iglesia en Oriente Medio, en los Lugares santos de nuestra salvaci&oacute;n. Pero vivir de forma digna en la propia patria es, antes que nada, un derecho humano fundamental: por ello, es necesario favorecer las condiciones de paz y justicia, indispensables para un desarrollo armonioso de todos los habitantes de la regi&oacute;n. Todos, por lo tanto, est&aacute;n llamados a dar su contribuci&oacute;n: la comunidad internacional, favoreciendo un camino fiable, leal y constructivo hacia la paz; las religiones presentes de forma mayoritaria en la regi&oacute;n, promoviendo los valores espirituales y culturales que unen a los hombres y excluyen toda expresi&oacute;n de violencia. Los cristianos seguir&aacute;n dando su contribuci&oacute;n no s&oacute;lo con las obras de promoci&oacute;n social, como los institutos de educaci&oacute;n y de salud sino, y sobre todo, con el esp&iacute;ritu de las Bienaventuranzas evang&eacute;licas, que anima a la pr&aacute;ctica del perd&oacute;n y la reconciliaci&oacute;n. Con este compromiso tendr&aacute;n siempre el apoyo de toda la Iglesia, como testifica de forma solemne la presencia aqu&iacute; de los delegados de los Episcopados de otros continentes.<\/p>\n<p>Queridos amigos, encomendemos los trabajos de la Asamblea sinodal para Oriente Medio a los numerosos santos y santas de esta tierra bendita; invoquemos sobre ella la constante protecci&oacute;n de la sant&iacute;sima Virgen Mar&iacute;a, para que las pr&oacute;ximas jornadas de oraci&oacute;n, reflexi&oacute;n y comuni&oacute;n fraterna sean portadoras de buenos frutos para el presente y el futuro de las queridas poblaciones de Oriente Medio. A ellas dirigimos de todo coraz&oacute;n el saludo de buen augurio: &laquo;Paz para ti, paz para tu casa y paz para todo lo tuyo&raquo; (<i>1 Sm<\/i> 25, 6).<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA CON OCASI&Oacute;N DE LA APERTURA DE LA ASAMBLEA ESPECIAL PARA ORIENTE MEDIO DEL S&Iacute;NODO DE LOS OBISPOS HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Pedro Domingo 10 de octubre de 2010 (Video) Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Venerados hermanos; ilustres se&ntilde;ores y se&ntilde;oras; queridos hermanos y hermanas: La celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica, acci&oacute;n de gracias &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/10-de-octubre-de-2010-santa-misa-de-inauguracion-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispos-para-oriente-medio\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab10 de octubre de 2010: Santa Misa de inauguraci\u00f3n de la Asamblea especial del S\u00ednodo de los Obispos para Oriente Medio\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40951","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40951","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40951"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40951\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40951"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40951"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40951"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}