{"id":40957,"date":"2016-10-06T15:14:49","date_gmt":"2016-10-06T20:14:49","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-agosto-de-2010-solemnidad-de-la-asuncion-de-la-virgen-maria-santa-misa-en-la-parroquia-de-santo-tomas-de-villanueva-castelgandolfo\/"},"modified":"2016-10-06T15:14:49","modified_gmt":"2016-10-06T20:14:49","slug":"15-de-agosto-de-2010-solemnidad-de-la-asuncion-de-la-virgen-maria-santa-misa-en-la-parroquia-de-santo-tomas-de-villanueva-castelgandolfo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-agosto-de-2010-solemnidad-de-la-asuncion-de-la-virgen-maria-santa-misa-en-la-parroquia-de-santo-tomas-de-villanueva-castelgandolfo\/","title":{"rendered":"15 de agosto de 2010: Solemnidad de la Asunci\u00f3n de la Virgen Mar\u00eda &#8211; Santa Misa en la parroquia de Santo Tom\u00e1s de Villanueva, Castelgandolfo"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD <br \/> DE LA ASUNCI&Oacute;N DE LA VIRGEN MAR&Iacute;A<\/font> <\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b> <\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Parroquia de Santo Tom&aacute;s de Villanueva, Castelgandolfo <br \/> Domingo 15 de agosto de 2010<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <b> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\">(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messa15082010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\"><font color=\"#663300\">V&iacute;deo<\/font><\/a>)<br \/> <\/font><\/b> <span lang=\"es\"> <b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20100815\/index.html\"> <i> <font size=\"2\" color=\"#663300\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/font><\/i><\/a><\/b><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Eminencia; <br \/> excelencia; <br \/> autoridades; <br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas m&aacute;s importantes del a&ntilde;o lit&uacute;rgico dedicadas a Mar&iacute;a sant&iacute;sima: la Asunci&oacute;n. Al terminar su vida terrena, Mar&iacute;a fue llevada en alma y cuerpo al cielo, es decir, a la gloria de la vida eterna, a la comuni&oacute;n plena y perfecta con Dios.<\/p>\n<p>Este a&ntilde;o se celebra el sexag&eacute;simo aniversario desde que el venerable Papa P&iacute;o XII, el 1 de noviembre de 1950, defini&oacute; solemnemente este dogma, y quiero leer <font face=\"Times New Roman\">\u2014<\/font>aunque es un poco complicada<font face=\"Times New Roman\">\u2014<\/font> la forma de la dogmatizaci&oacute;n. Dice el Papa: &laquo;Por eso, la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad, por un solo y mismo decreto de predestinaci&oacute;n, inmaculada en su concepci&oacute;n, virgen integ&eacute;rrima en su divina maternidad, generosamente asociada al Redentor divino, que alcanz&oacute; pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, consigui&oacute; al fin, como corona suprema de sus privilegios, ser conservada inmune de la corrupci&oacute;n del sepulcro y, del mismo modo que antes su Hijo, vencida la muerte, ser elevada en cuerpo y alma a la suprema gloria del cielo, donde brillar&iacute;a como reina a la derecha de su propio Hijo, Rey inmortal de los siglos&raquo; (const. ap. <i>Munificentissimus Deus<\/i>: <i>AAS <\/i>42 [1950] 768-769).<\/p>\n<p>Este es, por tanto, el n&uacute;cleo de nuestra fe en la Asunci&oacute;n: creemos que Mar&iacute;a, como Cristo, su Hijo, ya ha vencido la muerte y triunfa ya en la gloria celestial en la totalidad de su ser, &laquo;en cuerpo y alma&raquo;.<\/p>\n<p>San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos ayuda a arrojar un poco de luz sobre este misterio partiendo del hecho central de la historia humana y de nuestra fe, es decir, el hecho de la resurrecci&oacute;n de Cristo, que es &laquo;la primicia de los que han muerto&raquo;. Inmersos en su Misterio pascual, hemos sido hechos part&iacute;cipes de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Aqu&iacute; est&aacute; el secreto sorprendente y la realidad clave de toda la historia humana. San Pablo nos dice que todos fuimos &laquo;incorporados&raquo; en Ad&aacute;n, el primer hombre, el hombre viejo; todos tenemos la misma herencia humana, a la que pertenece el sufrimiento, la muerte y el pecado. Pero a esta realidad que todos podemos ver y vivir cada d&iacute;a a&ntilde;ade algo nuevo: no s&oacute;lo tenemos esta herencia del &uacute;nico ser humano, que comenz&oacute; con Ad&aacute;n, sino que hemos sido &laquo;incorporados&raquo; tambi&eacute;n en el hombre nuevo, en Cristo resucitado, y as&iacute; la vida de la Resurrecci&oacute;n ya est&aacute; presente en nosotros. Por tanto, esta primera &laquo;incorporaci&oacute;n&raquo; biol&oacute;gica es incorporaci&oacute;n en la muerte, incorporaci&oacute;n que genera la muerte. La segunda, nueva, que se nos da en el Bautismo, es &laquo;incorporaci&oacute;n&raquo; que da la vida. Cito de nuevo la segunda lectura de hoy; dice san Pablo: &laquo;Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, tambi&eacute;n por un hombre viene la resurrecci&oacute;n de los muertos. Pues del mismo modo que en Ad&aacute;n mueren todos, as&iacute; tambi&eacute;n todos revivir&aacute;n en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida&raquo; (<i>1 Co<\/i> 15, 21-23)&raquo;.<\/p>\n<p>Ahora bien, lo que san Pablo afirma de todos los hombres, la Iglesia, en su magisterio infalible, lo dice de Mar&iacute;a en un modo y sentido precisos: la Madre de Dios se inserta hasta tal punto en el Misterio de Cristo que es part&iacute;cipe de la Resurrecci&oacute;n de su Hijo con todo su ser ya al final de su vida terrena; vive lo que nosotros esperamos al final de los tiempos cuando sea aniquilado &laquo;el &uacute;ltimo enemigo&raquo;, la muerte (cf.<i> 1 Co<\/i> 15, 26); ya vive lo que proclamamos en el Credo: &laquo;Espero la resurrecci&oacute;n de los muertos y la vida del mundo futuro&raquo;.<\/p>\n<p>Entonces podemos preguntarnos: &iquest;Cu&aacute;les son las ra&iacute;ces de esta victoria sobre la muerte anticipada prodigiosamente en Mar&iacute;a? Las ra&iacute;ces est&aacute;n en la fe de la Virgen de Nazaret, como atestigua el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (cf. <i>Lc<\/i> 1, 39-56): una fe que es obediencia a la Palabra de Dios y abandono total a la iniciativa y a la acci&oacute;n divina, seg&uacute;n lo que le anuncia el arc&aacute;ngel. La fe, por tanto, es la grandeza de Mar&iacute;a, como proclama gozosamente Isabel: Mar&iacute;a es &laquo;bendita entre las mujeres&raquo;, &laquo;bendito es el fruto de su vientre&raquo; porque es &laquo;la madre del Se&ntilde;or&raquo;, porque cree y vive de forma &uacute;nica la &laquo;primera&raquo; de las bienaventuranzas, la bienaventuranza de la fe. Isabel lo confiesa en su alegr&iacute;a y en la del ni&ntilde;o que salta en su seno: &laquo;&iexcl;Feliz la que ha cre&iacute;do que se cumplir&iacute;an las cosas que le fueron dichas de parte del Se&ntilde;or!&raquo; (v. 45). Queridos amigos, no nos limitemos a admirar a Mar&iacute;a en su destino de gloria, como una persona muy lejana de nosotros. No. Estamos llamados a mirar lo que el Se&ntilde;or, en su amor, ha querido tambi&eacute;n para nosotros, para nuestro destino final: vivir por la fe en la comuni&oacute;n perfecta de amor con &eacute;l y as&iacute; vivir verdaderamente.<\/p>\n<p>A este respecto, quiero detenerme en un aspecto de la afirmaci&oacute;n dogm&aacute;tica, donde se habla de asunci&oacute;n a la gloria celestial. Hoy todos somos bien conscientes de que con el t&eacute;rmino &laquo;cielo&raquo; no nos referimos a un lugar cualquiera del universo, a una estrella o a algo parecido. No. Nos referimos a algo mucho mayor y dif&iacute;cil de definir con nuestros limitados conceptos humanos. Con este t&eacute;rmino &laquo;cielo&raquo; queremos afirmar que Dios, el Dios que se ha hecho cercano a nosotros, no nos abandona ni siquiera en la muerte y m&aacute;s all&aacute; de ella, sino que nos tiene reservado un lugar y nos da la eternidad; queremos afirmar que en Dios hay un lugar para nosotros. Para comprender un poco m&aacute;s esta realidad miremos nuestra propia vida: todos experimentamos que una persona, cuando muere, sigue subsistiendo de alguna forma en la memoria y en el coraz&oacute;n de quienes la conocieron y amaron. Podr&iacute;amos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona, pero es como una &laquo;sombra&raquo; porque tambi&eacute;n esta supervivencia en el coraz&oacute;n de los seres queridos est&aacute; destinada a terminar. Dios, en cambio, no pasa nunca y todos existimos en virtud de su amor. Existimos porque &eacute;l nos ama, porque &eacute;l nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no s&oacute;lo en nuestra &laquo;sombra&raquo;. Nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en Dios, en su pensamiento y en su amor; no sobrevive s&oacute;lo una &laquo;sombra&raquo; de nosotros mismos, sino que en &eacute;l, en su amor creador, somos conservados e introducidos con toda nuestra vida, con todo nuestro ser, en la eternidad.<\/p>\n<p>Es su amor lo que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este amor lo que llamamos &laquo;cielo&raquo;: Dios es tan grande que tiene sitio tambi&eacute;n para nosotros. Y el hombre Jes&uacute;s, que es al mismo tiempo Dios, es para nosotros la garant&iacute;a de que ser-hombre y ser-Dios pueden existir y vivir eternamente uno en el otro. Esto quiere decir que de cada uno de nosotros no seguir&aacute; existiendo s&oacute;lo una parte que, por as&iacute; decirlo, nos es arrancada, mientras las dem&aacute;s se corrompen; quiere decir, m&aacute;s bien, que Dios conoce y ama a todo el hombre, lo que somos. Y Dios acoge en su eternidad lo que <i>ahora<\/i>, en nuestra vida, hecha de sufrimiento y amor, de esperanza, de alegr&iacute;a y de tristeza, crece y se va transformando. Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada en &eacute;l, recibe la eternidad. Queridos amigos, yo creo que esta es una verdad que nos debe llenar de profunda alegr&iacute;a. El cristianismo no anuncia s&oacute;lo una cierta salvaci&oacute;n del alma en un impreciso m&aacute;s all&aacute;, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido ser&iacute;a borrado, sino que promete la vida eterna, &laquo;la vida del mundo futuro&raquo;: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromper&aacute;, sino que encontrar&aacute; plenitud en Dios. Todos los cabellos de nuestra cabeza est&aacute;n contados, dijo un d&iacute;a Jes&uacute;s (cf. <i>Mt<\/i> 10, 30). El mundo definitivo ser&aacute; el cumplimiento tambi&eacute;n de esta tierra, como afirma san Pablo: &laquo;La creaci&oacute;n misma ser&aacute; liberada de la esclavitud de la corrupci&oacute;n para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios&raquo; (<i>Rm<\/i> 8, 21). Se comprende, entonces, que el cristianismo d&eacute; una esperanza fuerte en un futuro luminoso y abra el camino hacia la realizaci&oacute;n de este futuro. Estamos llamados, precisamente como cristianos, a edificar este mundo nuevo, a trabajar para que se convierta un d&iacute;a en el &laquo;mundo de Dios&raquo;, un mundo que sobrepasar&aacute; todo lo que nosotros mismos podr&iacute;amos construir. En Mar&iacute;a elevada al cielo, plenamente part&iacute;cipe de la resurrecci&oacute;n de su Hijo, contemplamos la realizaci&oacute;n de la criatura humana seg&uacute;n el &laquo;mundo de Dios&raquo;.<\/p>\n<p>Oremos al Se&ntilde;or para que nos haga comprender cu&aacute;n preciosa es a sus ojos toda nuestra vida, refuerce nuestra fe en la vida eterna y nos haga hombres de la esperanza, que trabajan para construir un mundo abierto a Dios, hombres llenos de alegr&iacute;a que saben vislumbrar la belleza del mundo futuro en medio de los afanes de la vida cotidiana y con esta certeza viven, creen y esperan.<\/p>\n<p>Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCI&Oacute;N DE LA VIRGEN MAR&Iacute;A HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Parroquia de Santo Tom&aacute;s de Villanueva, Castelgandolfo Domingo 15 de agosto de 2010 (V&iacute;deo) Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Eminencia; excelencia; autoridades; queridos hermanos y hermanas: Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas m&aacute;s importantes del &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-agosto-de-2010-solemnidad-de-la-asuncion-de-la-virgen-maria-santa-misa-en-la-parroquia-de-santo-tomas-de-villanueva-castelgandolfo\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab15 de agosto de 2010: Solemnidad de la Asunci\u00f3n de la Virgen Mar\u00eda &#8211; Santa Misa en la parroquia de Santo Tom\u00e1s de Villanueva, Castelgandolfo\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40957","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40957","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40957"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40957\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40957"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40957"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40957"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}