{"id":40962,"date":"2016-10-06T15:14:56","date_gmt":"2016-10-06T20:14:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-junio-de-2010-ordenacion-presbiteral-de-los-diaconos-de-la-diocesis-de-roma\/"},"modified":"2016-10-06T15:14:56","modified_gmt":"2016-10-06T20:14:56","slug":"20-de-junio-de-2010-ordenacion-presbiteral-de-los-diaconos-de-la-diocesis-de-roma","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-junio-de-2010-ordenacion-presbiteral-de-los-diaconos-de-la-diocesis-de-roma\/","title":{"rendered":"20 de junio de 2010: Ordenaci\u00f3n presbiteral de los di\u00e1conos de la di\u00f3cesis de Roma"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2010\/20100620.pdf\">ORDENACI&Oacute;N PRESBITERAL <br \/> DE LOS DI&Aacute;CONOS DE LA DI&Oacute;CESIS DE ROMA<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\"> HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Domingo 20 de junio de 2010 <\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\">(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/ordinazione_presbiterale20062010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\"><font color=\"#663300\">V&iacute;deo<\/font><\/a>)<br \/> <\/font><\/b><\/font> <i> <font color=\"#663300\" size=\"2\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20100620\/index.html\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/a><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; <br \/> queridos ordenandos; <br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>Como obispo de esta di&oacute;cesis me alegra particularmente acoger en el <i>presbyterium<\/i> romano a catorce nuevos sacerdotes. Junto con el cardenal vicario, los obispos auxiliares y todos los presb&iacute;teros, doy las gracias al Se&ntilde;or por el don de estos nuevos pastores del pueblo de Dios. Quiero dirigiros un saludo particular a vosotros, queridos ordenandos: hoy est&aacute;is en el centro de la atenci&oacute;n del pueblo de Dios, un pueblos simb&oacute;licamente representado por la gente que llena esta bas&iacute;lica vaticana: la llena de oraci&oacute;n y de cantos, de afecto sincero y profundo, de aut&eacute;ntica conmoci&oacute;n, de alegr&iacute;a humana y espiritual. En este pueblo de Dios ocupan un lugar especial vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compa&ntilde;eros, vuestros superiores y formadores del seminario, las distintas comunidades parroquiales y las diferentes realidades de la Iglesia de las que proced&eacute;is y que os han acompa&ntilde;ado en vuestro camino, y a las que vosotros mismos ya hab&eacute;is servido pastoralmente. Sin olvidar la singular cercan&iacute;a, en este momento, de numeros&iacute;simas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como por ejemplo las monjas de clausura, los ni&ntilde;os y los enfermos. Os acompa&ntilde;an con el don precios&iacute;simo de su oraci&oacute;n, de su inocencia y de su sufrimiento.<\/p>\n<p>Por tanto, toda la Iglesia de Roma hoy da gracias a Dios y reza por vosotros, pone gran confianza y esperanza en vuestro futuro, y espera frutos abundantes de santidad y de bien de vuestro ministerio sacerdotal. S&iacute;, la Iglesia cuenta con vosotros, cuenta much&iacute;simo con vosotros. La Iglesia os necesita a cada uno, consciente como es de los dones que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la absoluta necesidad del coraz&oacute;n de todo hombre de encontrarse con Cristo, salvador &uacute;nico y universal del mundo, para recibir de &eacute;l la vida nueva y eterna, la verdadera libertad y la alegr&iacute;a plena. As&iacute; pues, todos nos sentimos invitados a entrar en el &laquo;misterio&raquo;, en el acontecimiento de gracia que se est&aacute; realizando en vuestro coraz&oacute;n con la ordenaci&oacute;n presbiteral, dej&aacute;ndonos iluminar por la Palabra de Dios que se ha proclamado.<\/p>\n<p>El Evangelio que hemos escuchado nos presenta un momento significativo del camino de Jes&uacute;s, en el que pregunta a los disc&iacute;pulos qu&eacute; piensa la gente de &eacute;l y c&oacute;mo lo consideran ellos mismos. Pedro responde en nombre de los Doce con una confesi&oacute;n de fe que se diferencia de forma sustancial de la opini&oacute;n que la gente tiene sobre Jes&uacute;s; &eacute;l, en efecto, afirma: &laquo;T&uacute; eres el Cristo de Dios&raquo; (cf. <i>Lc<\/i> 9, 20). &iquest;De d&oacute;nde nace este acto de fe? Si vamos al inicio del pasaje evang&eacute;lico, constatamos que la confesi&oacute;n de Pedro est&aacute; vinculada a un momento de oraci&oacute;n: &laquo;Jes&uacute;s oraba a solas y sus disc&iacute;pulos estaban con &eacute;l&raquo; (<i>Lc<\/i> 9, 18). Es decir, los disc&iacute;pulos son incluidos en el ser y hablar absolutamente &uacute;nico de Jes&uacute;s con el Padre. Y de este modo se les concede ver al Maestro en lo &iacute;ntimo de su condici&oacute;n de Hijo, se les concede ver lo que otros no ven; del &laquo;ser con &eacute;l&raquo;, del &laquo;estar con &eacute;l&raquo; en oraci&oacute;n, deriva un conocimiento que va m&aacute;s all&aacute; de las opiniones de la gente, alcanzando la identidad profunda de Jes&uacute;s, la verdad. Aqu&iacute; se nos da una indicaci&oacute;n bien precisa para la vida y la misi&oacute;n del sacerdote: en la oraci&oacute;n est&aacute; llamado a redescubrir el rostro siempre nuevo del Se&ntilde;or y el contenido m&aacute;s aut&eacute;ntico de su misi&oacute;n. Solamente quien tiene una relaci&oacute;n &iacute;ntima con el Se&ntilde;or es aferrado por &eacute;l, puede llevarlo a los dem&aacute;s, puede ser enviado. Se trata de un &laquo;permanecer con &eacute;l&raquo; que debe acompa&ntilde;ar siempre el ejercicio del ministerio sacerdotal; debe ser su parte central, tambi&eacute;n y sobre todo en los momentos dif&iacute;ciles, cuando parece que las &laquo;cosas que hay que hacer&raquo; deben tener la prioridad. Donde estemos, en cualquier cosa que hagamos, debemos &laquo;permanecer siempre con &eacute;l&raquo;.<\/p>\n<p>Quiero subrayar un segundo elemento del Evangelio de hoy. Inmediatamente despu&eacute;s de la confesi&oacute;n de Pedro, Jes&uacute;s anuncia su pasi&oacute;n y resurrecci&oacute;n, y tras este anuncio imparte una ense&ntilde;anza relativa al camino de los disc&iacute;pulos, que consiste en seguirlo a &eacute;l, el Crucificado, seguirlo por la senda de la cruz. Y a&ntilde;ade despu&eacute;s \u2014con una expresi&oacute;n parad&oacute;jica\u2014 que ser disc&iacute;pulo significa &laquo;perderse a s&iacute; mismo&raquo;, pero para volverse a encontrar plenamente a s&iacute; mismo (cf. <i>Lc<\/i> 9, 22-24). &iquest;Qu&eacute; significa esto para cada cristiano, pero sobre todo qu&eacute; significa para un sacerdote? El seguimiento, pero podr&iacute;amos tranquilamente decir: el sacerdocio jam&aacute;s puede representar un modo para alcanzar la seguridad en la vida o para conquistar una posici&oacute;n social. El que aspira al sacerdocio para aumentar su prestigio personal y su poder entiende mal en su ra&iacute;z el sentido de este ministerio. Quien quiere sobre todo realizar una ambici&oacute;n propia, alcanzar el &eacute;xito personal, siempre ser&aacute; esclavo de s&iacute; mismo y de la opini&oacute;n p&uacute;blica. Para ser tenido en consideraci&oacute;n deber&aacute; adular; deber&aacute; decir lo que agrada a la gente; deber&aacute; adaptarse al cambio de las modas y de las opiniones y, as&iacute;, se privar&aacute; de la relaci&oacute;n vital con la verdad, reduci&eacute;ndose a condenar ma&ntilde;ana aquello que hab&iacute;a alabado hoy. Un hombre que plantee as&iacute; su vida, un sacerdote que vea de esta forma su ministerio, no ama verdaderamente a Dios y a los dem&aacute;s; s&oacute;lo se ama a s&iacute; mismo y, parad&oacute;jicamente, termina por perderse a s&iacute; mismo. El sacerdocio \u2014record&eacute;moslo siempre\u2014 se funda en la valent&iacute;a de decir s&iacute; a otra voluntad, con la conciencia, que debe crecer cada d&iacute;a, de que precisamente conform&aacute;ndose a la voluntad de Dios, &laquo;inmersos&raquo; en esta voluntad, no s&oacute;lo no ser&aacute; cancelada nuestra originalidad, sino que, al contrario, entraremos cada vez m&aacute;s en la verdad de nuestro ser y de nuestro ministerio.<\/p>\n<p>Queridos ordenandos, quiero proponer a vuestra reflexi&oacute;n un tercer pensamiento, estrechamente relacionado con el que acabo de exponer: la invitaci&oacute;n de Jes&uacute;s a &laquo;perderse a s&iacute; mismo&raquo;, a tomar la cruz, remite al misterio que estamos celebrando: la Eucarist&iacute;a. Hoy, con el sacramento del Orden, se os concede presidir la Eucarist&iacute;a. Se os conf&iacute;a el sacrificio redentor de Cristo; se os conf&iacute;a su cuerpo entregado y su sangre derramada. Ciertamente, Jes&uacute;s ofrece su sacrificio, su entrega de amor humilde y completo a la Iglesia, su Esposa, en la cruz. Es en ese le&ntilde;o donde el grano de trigo que el Padre dej&oacute; caer sobre el campo del mundo muere para convertirse en fruto maduro, dador de vida. Pero, en el plan de Dios, esta entrega de Cristo se hace presente en la Eucarist&iacute;a gracias a la <i>potestas sacra<\/i> que el sacramento del Orden os confiera a vosotros, los presb&iacute;teros. Cuando celebramos la santa misa tenemos en nuestras manos el pan del cielo, el pan de Dios, que es Cristo, grano partido para multiplicarse y convertirse en el verdadero alimento de vida para el mundo. Es algo que no puede menos de llenaros de &iacute;ntimo asombro, de viva alegr&iacute;a y de inmensa gratitud: el amor y el don de Cristo crucificado y glorioso ya pasan a trav&eacute;s de vuestras manos, de vuestra voz y de vuestro coraz&oacute;n. Es una experiencia siempre nueva de asombro ver que en mis manos, en mi voz, el Se&ntilde;or realiza este misterio de su presencia.<\/p>\n<p>&iexcl;C&oacute;mo no rezar, por tanto, al Se&ntilde;or para que os d&eacute; una conciencia siempre vigilante y entusiasta de este don, que est&aacute; puesto en el centro de vuestro ser sacerdotes! Para que os d&eacute; la gracia de saber experimentar en profundidad toda la belleza y la fuerza de este servicio presbiteral y, al mismo tiempo, la gracia de poder vivir cada d&iacute;a este ministerio con coherencia y generosidad. La gracia del presbiterado, que dentro de poco se os dar&aacute;, os unir&aacute; &iacute;ntimamente, m&aacute;s a&uacute;n, estructuralmente a la Eucarist&iacute;a. Por eso, en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de vuestro coraz&oacute;n os unir&aacute; a los sentimientos de Jes&uacute;s que ama hasta el extremo, hasta la entrega total de s&iacute;, a su ser pan multiplicado para el santo banquete de la unidad y la comuni&oacute;n. Esta es la efusi&oacute;n pentecostal del Esp&iacute;ritu, destinada a inflamar vuestra alma con el amor mismo del Se&ntilde;or Jes&uacute;s. Es una efusi&oacute;n que, mientras manifiesta la absoluta gratuidad del don, graba en vuestro coraz&oacute;n una ley indeleble, la ley nueva, una ley que os impulsa a insertaros y a hacer que surja en el tejido concreto de las actitudes y de los gestos de vuestra vida de cada d&iacute;a el mismo amor de entrega de Cristo crucificado. Volvamos a escuchar la voz del ap&oacute;stol san Pablo; m&aacute;s a&uacute;n, reconozcamos en ella la voz potente del Esp&iacute;ritu Santo: &laquo;Cuantos hab&eacute;is sido bautizados en Cristo, hab&eacute;is sido revestidos de Cristo&raquo; (<i>Ga<\/i> 3, 27) Ya con el Bautismo, y ahora en virtud del sacramento del Orden, hab&eacute;is sido revestidos de Cristo. Que al cuidado por la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica acompa&ntilde;e siempre el empe&ntilde;o por una vida eucar&iacute;stica, es decir, vivida en la obediencia a una &uacute;nica gran ley, la del amor que se entrega totalmente y sirve con humildad, una vida que la gracia del Esp&iacute;ritu Santo hace cada vez m&aacute;s semejante a la de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, siervo de Dios y de los hombres.<\/p>\n<p>Queridos hermanos, el camino que nos indica el Evangelio de hoy es la senda de vuestra espiritualidad y de vuestra acci&oacute;n pastoral, de su eficacia e incisividad, incluso en las situaciones m&aacute;s arduas y &aacute;ridas. M&aacute;s a&uacute;n, este es el camino seguro para encontrar la verdadera alegr&iacute;a. Mar&iacute;a, la esclava del Se&ntilde;or, que conform&oacute; su voluntad a la de Dios, que engendr&oacute; a Cristo don&aacute;ndolo al mundo, que sigui&oacute; a su Hijo hasta el pie de la cruz en el acto supremo de amor, os acompa&ntilde;e cada d&iacute;a de vuestra vida y de vuestro ministerio. Gracias al afecto de esta madre tierna y fuerte podr&eacute;is ser gozosamente fieles a la consigna que como presb&iacute;teros se os da hoy: la de configuraros a Cristo sacerdote, que supo obedecer a la voluntad del Padre y amar al hombre hasta el extremo.<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>ORDENACI&Oacute;N PRESBITERAL DE LOS DI&Aacute;CONOS DE LA DI&Oacute;CESIS DE ROMA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Domingo 20 de junio de 2010 (V&iacute;deo) Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos ordenandos; queridos hermanos y hermanas: Como obispo de esta di&oacute;cesis me alegra particularmente acoger en &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-junio-de-2010-ordenacion-presbiteral-de-los-diaconos-de-la-diocesis-de-roma\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab20 de junio de 2010: Ordenaci\u00f3n presbiteral de los di\u00e1conos de la di\u00f3cesis de Roma\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40962","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40962","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40962"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40962\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40962"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40962"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40962"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}