{"id":40967,"date":"2016-10-06T15:15:03","date_gmt":"2016-10-06T20:15:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/23-de-mayo-de-2010-solemnidad-de-pentecostes\/"},"modified":"2016-10-06T15:15:03","modified_gmt":"2016-10-06T20:15:03","slug":"23-de-mayo-de-2010-solemnidad-de-pentecostes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/23-de-mayo-de-2010-solemnidad-de-pentecostes\/","title":{"rendered":"23 de mayo de 2010: Solemnidad de Pentecost\u00e9s"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2010\/20100523.pdf\"> CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA<\/a> EN LA <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/liturgical_year\/pentecost\/2010\/index_pentecoste_sp.htm\">SOLEMNIDAD DE PENTECOST&Eacute;S<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Domingo 23 de mayo de 2010<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <i> <font color=\"#663300\" size=\"2\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20100523\/index.html\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/a><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p align=\"left\"> En la celebraci&oacute;n solemne de Pentecost&eacute;s se nos invita a profesar nuestra fe en la presencia y en la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo y a invocar su efusi&oacute;n sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero. Por tanto, hagamos nuestra, y con especial intensidad, la invocaci&oacute;n de la Iglesia: <i>Veni, Sancte Spiritus!<\/i> Una invocaci&oacute;n muy sencilla e inmediata, pero a la vez extraordinariamente profunda, que brota ante todo del coraz&oacute;n de Cristo. En efecto, el Esp&iacute;ritu es el don que Jes&uacute;s pidi&oacute; y pide continuamente al Padre para sus amigos; el primer y principal don que nos ha obtenido con su Resurrecci&oacute;n y Ascensi&oacute;n al cielo.<\/p>\n<p align=\"left\"> De esta oraci&oacute;n de Cristo nos habla el pasaje evang&eacute;lico de hoy, que tiene como contexto la &uacute;ltima Cena. El Se&ntilde;or Jes&uacute;s dijo a sus disc&iacute;pulos: &laquo;Si me am&aacute;is, guardar&eacute;is mis mandamientos; y yo pedir&eacute; al Padre y os dar&aacute; otro Par&aacute;clito, para que est&eacute; con vosotros para siempre&raquo; (<i>Jn<\/i> 14, 15-16). Aqu&iacute; se nos revela el coraz&oacute;n orante de Jes&uacute;s, su coraz&oacute;n filial y fraterno. Esta oraci&oacute;n alcanza su cima y su cumplimiento en la cruz, donde la invocaci&oacute;n de Cristo es una cosa sola con el don total que &eacute;l hace de s&iacute; mismo, y de ese modo su oraci&oacute;n se convierte \u2014por decirlo as&iacute;\u2014 en el sello mismo de su entrega en plenitud por amor al Padre y a la humanidad: invocaci&oacute;n y donaci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo se encuentran, se compenetran, se convierten en una &uacute;nica realidad. &laquo;Y yo rogar&eacute; al Padre y os dar&aacute; otro Par&aacute;clito, para que est&eacute; con vosotros para siempre&raquo;. En realidad, la oraci&oacute;n de Jes&uacute;s \u2014la de la &uacute;ltima Cena y la de la cruz\u2014 es una oraci&oacute;n que contin&uacute;a tambi&eacute;n en el cielo, donde Cristo est&aacute; sentado a la derecha del Padre. Jes&uacute;s, de hecho, siempre vive su sacerdocio de intercesi&oacute;n en favor del pueblo de Dios y de la humanidad y, por tanto, reza por todos nosotros pidiendo al Padre el don del Esp&iacute;ritu Santo.<\/p>\n<p align=\"left\"> El relato de Pentecost&eacute;s en el libro de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i> \u2014lo hemos escuchado en la primera lectura (cf. <i>Hch<\/i> 2, 1-11)\u2014 presenta el &laquo;nuevo curso&raquo; que la obra de Dios inici&oacute; con la resurrecci&oacute;n de Cristo, obra que implica al hombre, a la historia y al cosmos. Del Hijo de Dios muerto, resucitado y vuelto al Padre brota ahora sobre la humanidad, con in&eacute;dita energ&iacute;a, el soplo divino, el Esp&iacute;ritu Santo. Y &iquest;qu&eacute; produce esta nueva y potente auto-comunicaci&oacute;n de Dios? Donde hay laceraciones y divisiones, crea unidad y comprensi&oacute;n. Se pone en marcha un proceso de reunificaci&oacute;n entre las partes de la familia humana, divididas y dispersas; las personas, a menudo reducidas a individuos que compiten o entran en conflicto entre s&iacute;, alcanzadas por el Esp&iacute;ritu de Cristo, se abren a la experiencia de la comuni&oacute;n, que puede tocarlas hasta el punto de convertirlas en un nuevo organismo, un nuevo sujeto: la Iglesia. Este es el efecto de la obra de Dios: la unidad; por eso, la unidad es el signo de reconocimiento, la &laquo;tarjeta de visita&raquo; de la Iglesia a lo largo de su historia universal. Desde el principio, desde el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s, habla todas las lenguas. La Iglesia universal precede a las Iglesias particulares, y estas deben conformarse siempre a ella, seg&uacute;n un criterio de unidad y de universalidad. La Iglesia nunca llega a ser prisionera de fronteras pol&iacute;ticas, raciales y culturales; no se puede confundir con los Estados ni tampoco con las Federaciones de Estados, porque su unidad es de otro tipo y aspira a cruzar todas las fronteras humanas.<\/p>\n<p align=\"left\"> De esto, queridos hermanos, deriva un criterio pr&aacute;ctico de discernimiento para la vida cristiana: cuando una persona, o una comunidad, se cierra en su modo de pensar y de actuar, es signo de que se ha alejado del Esp&iacute;ritu Santo. El camino de los cristianos y de las Iglesias particulares siempre debe confrontarse con el de la Iglesia una y cat&oacute;lica, y armonizarse con &eacute;l. Esto no significa que la unidad creada por el Esp&iacute;ritu Santo sea una especie de igualitarismo. Al contrario, este es m&aacute;s bien el modelo de Babel, es decir, la imposici&oacute;n de una cultura de la unidad que podr&iacute;amos definir &laquo;t&eacute;cnica&raquo;. La Biblia, de hecho, nos dice (cf. <i>Gn<\/i> 11, 1-9) que en Babel todos hablaban una sola lengua. En cambio, en Pentecost&eacute;s, los Ap&oacute;stoles hablan lenguas distintas de modo que cada uno comprenda el mensaje en su propio idioma. La unidad del Esp&iacute;ritu se manifiesta en la pluralidad de la comprensi&oacute;n. La Iglesia es por naturaleza una y m&uacute;ltiple, destinada como est&aacute; a vivir en todas las naciones, en todos los pueblos, y en los contextos sociales m&aacute;s diversos. S&oacute;lo responde a su vocaci&oacute;n de ser signo e instrumento de unidad de todo el g&eacute;nero humano (cf. <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>,<\/i> 1) si permanece aut&oacute;noma de cualquier Estado y de cualquier cultura particular. Siempre y en todo lugar la Iglesia debe ser verdaderamente cat&oacute;lica y universal, la casa de todos en la que cada uno puede encontrar su lugar. <\/p>\n<p align=\"left\"> El relato de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i> nos ofrece tambi&eacute;n otra sugerencia muy concreta. La universalidad de la Iglesia se expresa con la lista de los pueblos, seg&uacute;n la antigua tradici&oacute;n: &laquo;Somos partos, medos, elamitas&#8230;&raquo;, etc&eacute;tera. Se puede observar aqu&iacute; que san Lucas va m&aacute;s all&aacute; del n&uacute;mero 12, que siempre expresa ya una universalidad. Mira m&aacute;s all&aacute; de los horizontes de Asia y del noroeste de &Aacute;frica, y a&ntilde;ade otros tres elementos: los &laquo;romanos&raquo;, es decir, el mundo occidental; los &laquo;jud&iacute;os y pros&eacute;litos&raquo;, comprendiendo de modo nuevo la unidad entre Israel y el mundo; y, por &uacute;ltimo, &laquo;cretenses y &aacute;rabes&raquo;, que representan a Occidente y Oriente, islas y tierra firme. Esta apertura de horizontes confirma ulteriormente la novedad de Cristo en la dimensi&oacute;n del espacio humano, de la historia de las naciones: el Esp&iacute;ritu Santo abarca hombres y pueblos y, a trav&eacute;s de ellos, supera muros y barreras.<\/p>\n<p align=\"left\"> En Pentecost&eacute;s el Esp&iacute;ritu Santo se manifiesta como fuego. Su llama descendi&oacute; sobre los disc&iacute;pulos reunidos, se encendi&oacute; en ellos y les dio el nuevo ardor de Dios. Se realiza as&iacute; lo que hab&iacute;a predicho el Se&ntilde;or Jes&uacute;s: &laquo;He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y &iexcl;cu&aacute;nto desear&iacute;a que ya estuviera encendido!&raquo; (<i>Lc<\/i> 12, 49). Los Ap&oacute;stoles, junto a los fieles de las distintas comunidades, han llevado esta llama divina hasta los &uacute;ltimos confines de la tierra; han abierto as&iacute; un camino para la humanidad, un camino luminoso, y han colaborado con Dios que con su fuego quiere renovar la faz de la tierra. &iexcl;Qu&eacute; distinto este fuego del de las guerras y las bombas! &iexcl;Qu&eacute; distinto el incendio de Cristo, que la Iglesia propaga, respecto a los que encienden los dictadores de toda &eacute;poca, incluido el siglo pasado, que dejan detr&aacute;s de s&iacute; tierra quemada! El fuego de Dios, el fuego del Esp&iacute;ritu Santo, es el de la zarza que arde sin quemarse (cf. <i>Ex<\/i> 3, 2). Es una llama que arde, pero no destruye; m&aacute;s a&uacute;n, ardiendo hace emerger la mejor parte del hombre, su parte m&aacute;s verdadera, como en una fusi&oacute;n hace emerger su forma interior, su vocaci&oacute;n a la verdad y al amor.<\/p>\n<p align=\"left\"> Un Padre de la Iglesia, Or&iacute;genes, en una de sus homil&iacute;as sobre Jerem&iacute;as, refiere un dicho atribuido a Jes&uacute;s, que las Sagradas Escrituras no recogen, pero que quiz&aacute; sea aut&eacute;ntico; reza as&iacute;: &laquo;Quien est&aacute; cerca de m&iacute; est&aacute; cerca del fuego&raquo; (<i>Homil&iacute;a sobre Jerem&iacute;as<\/i> L. I [III]). En efecto, en Cristo habita la plenitud de Dios, que en la Biblia se compara con el fuego. Hemos observado hace poco que la llama del Esp&iacute;ritu Santo arde pero no se quema. Y, sin embargo, realiza una transformaci&oacute;n y, por eso, debe consumir algo en el hombre, las escorias que lo corrompen y obstaculizan sus relaciones con Dios y con el pr&oacute;jimo. Pero este efecto del fuego divino nos asusta, tenemos miedo de que nos &laquo;queme&raquo;, preferir&iacute;amos permanecer tal como somos. Esto depende del hecho de que muchas veces nuestra vida est&aacute; planteada seg&uacute;n la l&oacute;gica del tener, del poseer, y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide que pierdan algo de s&iacute; mismas, se echan atr&aacute;s, tienen miedo de las exigencias de la fe. Existe el temor de tener que renunciar a algo bello, a lo que uno est&aacute; apegado; el temor de que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos. Por un lado, queremos estar con Jes&uacute;s, seguirlo de cerca; y, por otro, tenemos miedo de las consecuencias que eso conlleva.<\/p>\n<p align=\"left\"> Queridos hermanos y hermanas, siempre necesitamos que el Se&ntilde;or Jes&uacute;s nos diga lo que repet&iacute;a a menudo a sus amigos: &laquo;No teng&aacute;is miedo&raquo;. Como Sim&oacute;n Pedro y los dem&aacute;s, debemos dejar que su presencia y su gracia transformen nuestro coraz&oacute;n, siempre sujeto a las debilidades humanas. Debemos saber reconocer que perder algo, m&aacute;s a&uacute;n, perderse a s&iacute; mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar m&aacute;s plenamente. Quien se encomienda a Jes&uacute;s experimenta ya en esta vida la paz y la alegr&iacute;a del coraz&oacute;n, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado. Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Esp&iacute;ritu Santo. El dolor que nos produce es necesario para nuestra transformaci&oacute;n. Es la realidad de la cruz: no por nada en el lenguaje de Jes&uacute;s el &laquo;fuego&raquo; es sobre todo una representaci&oacute;n del misterio de la cruz, sin el cual no existe cristianismo. Por eso, iluminados y confortados por estas palabras de vida, elevamos nuestra invocaci&oacute;n: &iexcl;Ven, Esp&iacute;ritu Santo! &iexcl;Enciende en nosotros el fuego de tu amor! Sabemos que esta es una oraci&oacute;n audaz, con la cual pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama \u2014y s&oacute;lo ella\u2014 tiene el poder de salvarnos. Para defender nuestra vida, no queremos perder la eterna que Dios nos quiere dar. Necesitamos el fuego del Esp&iacute;ritu Santo, porque s&oacute;lo el Amor redime. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOST&Eacute;S HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Domingo 23 de mayo de 2010 Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: En la celebraci&oacute;n solemne de Pentecost&eacute;s se nos invita a profesar nuestra fe en la presencia y en la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo y a &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/23-de-mayo-de-2010-solemnidad-de-pentecostes\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab23 de mayo de 2010: Solemnidad de Pentecost\u00e9s\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40967","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40967","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40967"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40967\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40967"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40967"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40967"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}