{"id":40972,"date":"2016-10-06T15:15:09","date_gmt":"2016-10-06T20:15:09","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-mayo-de-2010-celebracion-de-las-exequias-del-cardenal-paul-augustin-mayer\/"},"modified":"2016-10-06T15:15:09","modified_gmt":"2016-10-06T20:15:09","slug":"3-de-mayo-de-2010-celebracion-de-las-exequias-del-cardenal-paul-augustin-mayer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-mayo-de-2010-celebracion-de-las-exequias-del-cardenal-paul-augustin-mayer\/","title":{"rendered":"3 de mayo de 2010: Celebraci\u00f3n de las exequias del cardenal Paul Augustin Mayer"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">CAPILLA PAPAL PARA LAS EXEQUIAS <br \/> DEL CARDENAL PAUL AUGUSTIN MAYER, O.S.B.<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana, Altar de la C&aacute;tedra <br \/>Lunes 3 de mayo de 2010<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> (<a onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/mayer03052010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\" href=\"#\">V&iacute;deo<\/a>)<br \/> <\/b><\/font> <i> <font color=\"#663300\" size=\"2\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20100420\/index.html\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/a><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Venerados hermanos, <br \/> ilustres se&ntilde;ores y se&ntilde;oras, <br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>Tambi&eacute;n para nuestro amado hermano el cardenal Paul Augustin Mayer ha llegado la hora de partir de este mundo. Hab&iacute;a nacido, hace casi un siglo, en mi misma tierra, precisamente en Alt&ouml;tting, donde se yergue el c&eacute;lebre santuario mariano al que est&aacute;n unidos muchos afectos y recuerdos nuestros, de los b&aacute;varos. As&iacute; es el destino de la existencia humana: florece de la tierra \u2014en un punto preciso del mundo\u2014 y est&aacute; llamada al cielo, a la patria de la que proviene misteriosamente. &laquo;<i>Desiderat anima mea ad te, Deus<\/i>&raquo; (<i>Sal<\/i> 42, 2). En este verbo &laquo;<i>desiderat<\/i>&raquo; est&aacute; todo el hombre, su ser carne y esp&iacute;ritu, tierra y cielo. Es el misterio originario de la imagen de Dios en el hombre. El joven Paul \u2014que, despu&eacute;s, de monje se llamar&aacute; Augustin Mayer\u2014 estudi&oacute; este tema en los escritos de Clemente de Alejandr&iacute;a, para el doctorado en teolog&iacute;a. Es el misterio de la vida eterna, depositado en nosotros como una semilla desde el Bautismo, y que pide ser acogido en el viaje de nuestra vida, hasta el d&iacute;a en que devolvemos el esp&iacute;ritu a Dios Padre.<\/p>\n<p>&laquo;<i>Pater, in manus tuas commendo spiritum meum<\/i>&raquo; (<i>Lc<\/i> 23, 46). Las &uacute;ltimas palabras de Jes&uacute;s en la cruz nos gu&iacute;an en la oraci&oacute;n y en la meditaci&oacute;n, mientras estamos reunidos en torno al altar para dar la &uacute;ltima despedida a nuestro hermano difunto. Cada celebraci&oacute;n nuestra de exequias est&aacute; marcada por el signo de la esperanza: en el &uacute;ltimo suspiro de Jes&uacute;s en la cruz (cf. <i>Lc<\/i> 23, 46; <i>Jn<\/i> 19, 30), Dios se entreg&oacute; enteramente a la humanidad, colmando el vac&iacute;o abierto por el pecado y restableciendo la victoria de la vida sobre la muerte. Por esto, cada hombre que muere en el Se&ntilde;or participa por la fe en este acto de amor infinito, de alg&uacute;n modo entrega el esp&iacute;ritu junto con Cristo, en la segura esperanza de que la mano del Padre lo resucitar&aacute; de entre los muertos y lo introducir&aacute; en el reino de la vida.<\/p>\n<p>&laquo;La esperanza no defrauda \u2014afirma el ap&oacute;stol san Pablo, escribiendo a los cristianos de Roma\u2014, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp&iacute;ritu Santo que nos ha sido dado&raquo; (<i>Rm<\/i> 5, 5). La grande e indefectible esperanza, fundada en la s&oacute;lida roca del amor de Dios, nos asegura que la vida de los que mueren en Cristo &laquo;no termina, se transforma&raquo;; y &laquo;al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansi&oacute;n eterna en el cielo&raquo; (<i>Prefacio I de difuntos<\/i>). En una &eacute;poca como la nuestra, en la que el miedo a la muerte lleva a muchas personas a la desesperaci&oacute;n y a la b&uacute;squeda de consuelos ilusorios, el cristiano se distingue por el hecho de que pone su seguridad en Dios, en un Amor tan grande que puede renovar el mundo entero. &laquo;Mira que hago un mundo nuevo&raquo; (<i>Ap<\/i> 21, 5), declara \u2014hacia el final del libro del Apocalipsis\u2014 Aquel que se sienta en el trono. La visi&oacute;n de la nueva Jerusal&eacute;n expresa la realizaci&oacute;n del deseo m&aacute;s profundo de la humanidad: el de vivir juntos en paz, ya sin la amenaza de la muerte, sino gozando de la plena comuni&oacute;n con Dios y entre nosotros. La Iglesia, y en particular la comunidad mon&aacute;stica, constituyen una prefiguraci&oacute;n en la tierra de esta meta final. Es una anticipaci&oacute;n imperfecta, marcada por l&iacute;mites y pecados y, por tanto, necesitada siempre de conversi&oacute;n y purificaci&oacute;n; y, con todo, en la comunidad eucar&iacute;stica se pregusta la victoria del amor de Cristo sobre aquello que divide y mortifica. &laquo;<i>Congregavit nos in unum Christi amor<\/i>&raquo;, &laquo;El amor de Cristo nos ha reunido en la unidad&raquo;: este es el lema episcopal de nuestro venerado hermano que nos ha dejado. Como hijo de san Benito, experiment&oacute; la promesa del Se&ntilde;or: &laquo;Esta ser&aacute; la herencia del vencedor: yo ser&eacute; Dios para &eacute;l, y &eacute;l ser&aacute; hijo para m&iacute;&raquo; (<i>Ap<\/i> 21, 7).<\/p>\n<p>Formado en la escuela de los padres benedictinos de la abad&iacute;a de San Miguel en Metten, en 1931 emiti&oacute; la profesi&oacute;n mon&aacute;stica. Durante toda su existencia trat&oacute; de realizar lo que san Benito dice en la Regla: &laquo;Nada se anteponga al amor de Cristo&raquo;. Tras los estudios en Salzburgo y en Roma, emprendi&oacute; una larga y apreciada actividad de ense&ntilde;anza en el Pontificio Ateneo San Anselmo, donde lleg&oacute; a ser rector en 1949; desempe&ntilde;&oacute; este cargo durante 17 a&ntilde;os. Precisamente en aquel periodo se fund&oacute; el Pontificio Instituto Lit&uacute;rgico, que se convirti&oacute; en punto de referencia fundamental para la preparaci&oacute;n de los formadores en el campo de la liturgia. Elegido, tras el Concilio, abad de su amada abad&iacute;a de Metten, desempe&ntilde;&oacute; este cargo durante 5 a&ntilde;os, pero ya en 1972 el siervo de Dios Papa Pablo VI lo nombr&oacute; secretario de la Congregaci&oacute;n para los religiosos y los institutos seculares, y quiso consagrarlo obispo personalmente el 13 de febrero de 1972.<\/p>\n<p>Durante los a&ntilde;os de servicio en este dicasterio, promovi&oacute; la progresiva puesta en pr&aacute;ctica de las disposiciones del concilio Vaticano II respecto a las familias religiosas. En este &aacute;mbito particular, en su calidad de religioso, demostr&oacute; una notable sensibilidad eclesial y humana. En 1984 el venerable Juan Pablo II le confi&oacute; el cargo de prefecto de la Congregaci&oacute;n para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, cre&aacute;ndolo despu&eacute;s cardenal en el consistorio del 25 de mayo de 1985 y asign&aacute;ndole el t&iacute;tulo de San Anselmo en el Aventino. Seguidamente, lo nombr&oacute; primer presidente de la Comisi&oacute;n pontificia &laquo;Ecclesia Dei&raquo;; y tambi&eacute;n en este nuevo y delicado cargo el cardenal Mayer se confirm&oacute; servidor fiel y celoso, tratando de aplicar el contenido de su lema: &laquo;El amor de Cristo nos ha reunido en la unidad&raquo;.<\/p>\n<p>Queridos hermanos, nuestra vida est&aacute; en las manos del Se&ntilde;or en cada instante, sobre todo en el momento de la muerte. Por esto, con la confiada invocaci&oacute;n de Jes&uacute;s en la cruz: &laquo;Padre, en tus manos encomiendo mi esp&iacute;ritu&raquo;, queremos acompa&ntilde;ar a nuestro hermano Paul Augustin, mientras realiza su paso de este mundo al Padre. En este momento mi pensamiento no puede menos de dirigirse al santuario de la Madre de las gracias de Alt&ouml;tting. Espiritualmente presentes en ese lugar de peregrinaci&oacute;n, encomendemos a la Virgen sant&iacute;sima nuestra oraci&oacute;n de sufragio por el difunto cardenal Mayer. &Eacute;l naci&oacute; cerca de ese santuario, conform&oacute; su vida a Cristo seg&uacute;n la Regla benedictina y ha muerto a la sombra de esta bas&iacute;lica vaticana. Que la Virgen, san Pedro y san Benito acompa&ntilde;en a este fiel disc&iacute;pulo del Se&ntilde;or a su reino de luz y de paz. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CAPILLA PAPAL PARA LAS EXEQUIAS DEL CARDENAL PAUL AUGUSTIN MAYER, O.S.B. HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana, Altar de la C&aacute;tedra Lunes 3 de mayo de 2010 (V&iacute;deo) Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Venerados hermanos, ilustres se&ntilde;ores y se&ntilde;oras, queridos hermanos y hermanas: Tambi&eacute;n para nuestro amado hermano el cardenal Paul Augustin Mayer &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-mayo-de-2010-celebracion-de-las-exequias-del-cardenal-paul-augustin-mayer\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab3 de mayo de 2010: Celebraci\u00f3n de las exequias del cardenal Paul Augustin Mayer\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40972","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40972","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40972"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40972\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40972"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40972"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40972"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}