{"id":40978,"date":"2016-10-06T15:15:20","date_gmt":"2016-10-06T20:15:20","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-abril-de-2010-santa-misa-in-cena-domini\/"},"modified":"2016-10-06T15:15:20","modified_gmt":"2016-10-06T20:15:20","slug":"1-de-abril-de-2010-santa-misa-in-cena-domini","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-abril-de-2010-santa-misa-in-cena-domini\/","title":{"rendered":"1 de abril de 2010: Santa Misa in cena Domini"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2010\/20100401cena-domini.pdf\">SANTA MISA EN LA CENA DEL SE&Ntilde;OR<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HO<\/i><\/b><\/font><i><b><font color=\"#663300\" size=\"4\">MIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"> Bas&iacute;lica de San Juan de Letr&aacute;n<br \/> Jueves Santo 1 de abril de 2010 <\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b>(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messacoenadomini01042010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\">V&iacute;deo<\/a>)<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><span lang=\"es\"> <i> <font color=\"#663300\" size=\"2\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20100401\/index.html\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/a><\/b><\/font><\/i><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas<\/i><\/p>\n<p>San Juan, de modo m&aacute;s amplio que los otros evangelistas y con un estilo propio, nos ofrece en su evangelio los discursos de despedida de Jes&uacute;s, que son casi como su testamento y s&iacute;ntesis del n&uacute;cleo esencial de su mensaje. Al inicio de dichos discursos aparece el lavatorio de los pies, gesto de humildad en el que se resume el servicio redentor de Jes&uacute;s por la humanidad necesitada de purificaci&oacute;n. Al final, las palabras de Jes&uacute;s se convierten en oraci&oacute;n, en su Oraci&oacute;n sacerdotal, en cuyo trasfondo, seg&uacute;n los exegetas, se halla el ritual de la fiesta jud&iacute;a de la Expiaci&oacute;n. El sentido de aquella fiesta y de sus ritos \u2014la purificaci&oacute;n del mundo, su reconciliaci&oacute;n con Dios\u2014, se cumple en el rezar de Jes&uacute;s, un rezar en el que, al mismo tiempo, se anticipa la pasi&oacute;n, y la transforma en oraci&oacute;n. As&iacute;, en la Oraci&oacute;n sacerdotal, se hace visible tambi&eacute;n de un modo particular el misterio permanente del Jueves santo: el nuevo sacerdocio de Jesucristo y su continuaci&oacute;n en la consagraci&oacute;n de los ap&oacute;stoles, en la participaci&oacute;n de los disc&iacute;pulos en el sacerdocio del Se&ntilde;or. De este texto inagotable, quisiera ahora escoger tres palabras de Jes&uacute;s que pueden introducirnos m&aacute;s profundamente en el misterio del Jueves santo.<\/p>\n<p>En primer lugar tenemos aquella frase: &laquo;Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, &uacute;nico Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo&raquo; (<i>Jn<\/i> 17,3). Todo ser humano quiere vivir. Desea una vida verdadera, llena, una vida que valga la pena, que sea gozosa. Al deseo de vivir, se une al mismo tiempo, la resistencia a la muerte que, no obstante, es ineludible. Cuando Jes&uacute;s habla de la vida eterna, entiende la vida aut&eacute;ntica, verdadera, que merece ser vivida. No se refiere simplemente a la vida que viene despu&eacute;s de la muerte. Piensa en el modo aut&eacute;ntico de la vida, una vida que es plenamente vida y por esto no est&aacute; sometida a la muerte, pero que de hecho puede comenzar ya en este mundo, m&aacute;s a&uacute;n, debe comenzar aqu&iacute;: s&oacute;lo si aprendemos desde ahora a vivir de forma aut&eacute;ntica, si conocemos la vida que la muerte no puede arrebatar, tiene sentido la promesa de la eternidad. Pero, &iquest;c&oacute;mo acontece esto? &iquest;Qu&eacute; es realmente esta vida verdaderamente eterna, a la que la muerte no puede da&ntilde;ar? Hemos escuchado la respuesta de Jes&uacute;s: Esta es la vida verdadera, que te conozcan a ti, Dios, y a tu enviado, Jesucristo. Para nuestra sorpresa, all&iacute; se nos dice que vida es conocimiento. Esto significa, ante todo, que vida es relaci&oacute;n. Nadie recibe la vida de s&iacute; mismo ni s&oacute;lo para s&iacute; mismo. La recibimos de otro, en la relaci&oacute;n con otro. Si es una relaci&oacute;n en la verdad y en el amor, un dar y recibir, entonces da plenitud a la vida, la hace bella. Precisamente por esto, la destrucci&oacute;n de la relaci&oacute;n que causa la muerte puede ser particularmente dolorosa, puede cuestionar la vida misma. S&oacute;lo la relaci&oacute;n con Aquel que es en s&iacute; mismo la Vida, puede sostener tambi&eacute;n mi vida m&aacute;s all&aacute; de las aguas de la muerte, puede conducirme vivo a trav&eacute;s de ellas. Ya en la filosof&iacute;a griega exist&iacute;a la idea de que el hombre puede encontrar una vida eterna si se adhiere a lo que es indestructible, a la verdad que es eterna. Por decirlo as&iacute;, deb&iacute;a llenarse de verdad, para llevar en s&iacute; la sustancia de la eternidad. Pero solamente si la verdad es Persona, puede llevarme a trav&eacute;s de la noche de la muerte. Nosotros nos aferramos a Dios, a Jesucristo, el Resucitado. Y as&iacute; somos llevados por Aquel que es la Vida misma. En esta relaci&oacute;n vivimos mientras atravesamos tambi&eacute;n la muerte, porque nunca nos abandona quien es la Vida misma.<\/p>\n<p>Pero volvamos a las palabras de Jes&uacute;s. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti y a tu enviado. El conocimiento de Dios se convierte en vida eterna. Obviamente, por \u201cconocimiento\u201d se entiende aqu&iacute; algo m&aacute;s que un saber exterior, como, por ejemplo, el saber cu&aacute;ndo ha muerto un personaje famoso y cu&aacute;ndo se ha inventado algo. Conocer, seg&uacute;n la sagrada escritura, es llegar a ser interiormente una sola cosa con el otro. Conocer a Dios, conocer a Cristo, siempre significa tambi&eacute;n amarlo, llegar a ser de alg&uacute;n modo una sola cosa con &eacute;l en virtud del conocer y del amar. Nuestra vida, pues, llega a ser una vida aut&eacute;ntica, verdadera y tambi&eacute;n eterna, si conocemos a Aquel que es la fuente de la existencia y de la vida. De este modo, la palabra de Jes&uacute;s se convierte para nosotros en una invitaci&oacute;n: seamos amigos de Jes&uacute;s, intentemos conocerlo cada vez m&aacute;s. Vivamos en di&aacute;logo con &eacute;l. Aprendamos de &eacute;l la vida recta, seamos sus testigos. Entonces seremos personas que aman y act&uacute;an de modo justo. Entonces viviremos de verdad.<\/p>\n<p>En la Oraci&oacute;n sacerdotal, Jes&uacute;s habla dos veces de la revelaci&oacute;n del nombre de Dios: &laquo;He manifestado tu Nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo&raquo; (v. 6); &laquo;Les he dado a conocer y les dar&eacute; a conocer tu Nombre, para que el amor que me ten&iacute;an est&eacute; en ellos, como tambi&eacute;n yo estoy en ellos&raquo; (v. 26). El Se&ntilde;or se refiere aqu&iacute; a la escena de la zarza ardiente, cuando Dios, respondiendo a la pregunta de Mois&eacute;s, revel&oacute; su nombre. Jes&uacute;s quiso decir, por tanto, que &eacute;l lleva a cumplimiento lo que hab&iacute;a comenzado junto a la zarza ardiente; que en &eacute;l Dios, que se hab&iacute;a dado a conocer a Mois&eacute;s, ahora se revela plenamente. Y que con esto &eacute;l lleva a cabo la reconciliaci&oacute;n; que el amor con el que Dios ama a su Hijo en el misterio de la Trinidad, llega ahora a los hombres en esa circulaci&oacute;n divina del amor. Pero, &iquest;qu&eacute; significa exactamente que la revelaci&oacute;n de la zarza ardiente llega a su t&eacute;rmino, alcanza plenamente su meta? Lo esencial de lo sucedido en el monte Horeb no fue la palabra misteriosa, el \u201cnombre\u201d, que Dios, por as&iacute; decir, hab&iacute;a entregado a Mois&eacute;s como signo de reconocimiento. Comunicar el nombre significa entrar en relaci&oacute;n con el otro. La revelaci&oacute;n del nombre divino significa, por tanto, que Dios, que es infinito y subsiste en s&iacute; mismo, entra en el tejido de relaciones de los hombres; que &eacute;l, por decirlo as&iacute;, sale de s&iacute; mismo y llega a ser uno de nosotros, uno que est&aacute; presente en medio de nosotros y para nosotros. Por esto, el nombre de Dios en Israel no se ha visto s&oacute;lo como un t&eacute;rmino rodeado de misterio, sino como el hecho del ser-con-nosotros de Dios. El templo, seg&uacute;n la sagrada escritura, es el lugar en el que habita el nombre de Dios. Dios no est&aacute; encerrado en ning&uacute;n espacio terreno; &eacute;l est&aacute; infinitamente por encima del mundo. Pero en el templo est&aacute; presente para nosotros como Aquel que puede ser llamado, como Aquel que quiere estar con nosotros. Este estar de Dios con su pueblo se cumple en la encarnaci&oacute;n del Hijo. En ella, se completa realmente lo que hab&iacute;a comenzado ante la zarza ardiente: a Dios, como hombre, lo podemos llamar y &eacute;l est&aacute; cerca de nosotros. Es uno de nosotros y, sin embargo, es el Dios eterno e infinito. Su amor sale, por as&iacute; decir, de s&iacute; mismo y entra en nosotros. El misterio eucar&iacute;stico, la presencia del Se&ntilde;or bajo las especies del pan y del vino es la mayor y m&aacute;s alta condensaci&oacute;n de este nuevo ser-con-nosotros de Dios. &laquo;Realmente, t&uacute; eres un Dios escondido, el Dios de Israel&raquo;, rezaba el profeta Isa&iacute;as (45,15). Esto es siempre verdad. Pero tambi&eacute;n podemos decir: realmente t&uacute; eres un Dios cercano, t&uacute; eres el Dios-con-nosotros. T&uacute; nos has revelado tu misterio y nos has mostrado tu rostro. Te has revelado a ti mismo y te has entregado en nuestras manos\u2026 En este momento, debemos dejarnos invadir por la alegr&iacute;a y la gratitud, porque &eacute;l se nos ha mostrado; porque &eacute;l, el infinito e inabarcable para nuestra raz&oacute;n, es el Dios cercano que ama, el Dios al que podemos conocer y amar.<\/p>\n<p>La petici&oacute;n m&aacute;s conocida de la Oraci&oacute;n sacerdotal es la petici&oacute;n por la unidad de sus disc&iacute;pulos, los de entonces y los que vendr&aacute;n. Dice el Se&ntilde;or: &laquo;No s&oacute;lo por ellos ruego \u2014esto es, la comunidad de los disc&iacute;pulos reunida en el cen&aacute;culo\u2014 sino tambi&eacute;n por los que crean en m&iacute; por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como t&uacute;, Padre, en m&iacute; y yo en ti, que ellos tambi&eacute;n lo sean en nosotros, para que el mundo crea que t&uacute; me has enviado&raquo; (v. 20; cf. vv. 11 y 13). &iquest;Qu&eacute; pide aqu&iacute; el Se&ntilde;or? Ante todo, reza por los disc&iacute;pulos de aquel tiempo y de todos los tiempos venideros. Mira hacia delante en la amplitud de la historia futura. Ve sus peligros y encomienda esta comunidad al coraz&oacute;n del Padre. Pide al Padre la Iglesia y su unidad. Se ha dicho que en el evangelio de Juan no aparece la Iglesia, y es verdad que no hallamos el t&eacute;rmino <i>ekklesia<\/i>. Pero aqu&iacute; aparece con sus caracter&iacute;sticas esenciales: como la comunidad de los disc&iacute;pulos que, mediante la palabra apost&oacute;lica, creen en Jesucristo y, de este modo, son una sola cosa. Jes&uacute;s pide la Iglesia como una y apost&oacute;lica. As&iacute;, esta oraci&oacute;n es justamente un acto fundacional de la Iglesia. El Se&ntilde;or pide la Iglesia al Padre. Ella nace de la oraci&oacute;n de Jes&uacute;s y mediante el anuncio de los ap&oacute;stoles, que dan a conocer el nombre de Dios e introducen a los hombres en la comuni&oacute;n de amor con Dios. Jes&uacute;s pide, pues, que el anuncio de los disc&iacute;pulos contin&uacute;e a trav&eacute;s de los tiempos; que dicho anuncio re&uacute;na a los hombres que, gracias a este anuncio, reconozcan a Dios y a su Enviado, el Hijo Jesucristo. Reza para que los hombres sean llevados a la fe y, mediante la fe, al amor. Pide al Padre que estos creyentes &laquo;lo sean en nosotros&raquo; (v. 21); es decir, que vivan en la &iacute;ntima comuni&oacute;n con Dios y con Jesucristo y que, a partir de este estar en comuni&oacute;n con Dios, se cree la unidad visible. Por dos veces dice el Se&ntilde;or que esta unidad deber&iacute;a llevar a que el mundo crea en la misi&oacute;n de Jes&uacute;s. Por tanto, debe ser una unidad que se vea, una unidad que, yendo m&aacute;s all&aacute; de lo que normalmente es posible entre los hombres, llegue a ser un signo para el mundo y acredite la misi&oacute;n de Jesucristo. La oraci&oacute;n de Jes&uacute;s nos garantiza que el anuncio de los ap&oacute;stoles continuar&aacute; siempre en la historia; que siempre suscitar&aacute; la fe y congregar&aacute; a los hombres en unidad, en una unidad que se convierte en testimonio de la misi&oacute;n de Jesucristo. Pero esta oraci&oacute;n es siempre tambi&eacute;n un examen de conciencia para nosotros. En este momento, el Se&ntilde;or nos pregunta: &iquest;vives gracias a la fe, en comuni&oacute;n conmigo y, por tanto, en comuni&oacute;n con Dios? O, &iquest;acaso no vives m&aacute;s bien para ti mismo, alej&aacute;ndote as&iacute; de la fe? Y &iquest;no eres as&iacute; tal vez culpable de la divisi&oacute;n que oscurece mi misi&oacute;n en el mundo, que impide a los hombres el acceso al amor de Dios? Haber visto y ver todo lo que amenaza y destruye la unidad, ha sido un elemento de la pasi&oacute;n hist&oacute;rica de Jes&uacute;s, y sigue siendo parte de su pasi&oacute;n que se prolonga en la historia.<\/p>\n<p>Cuando meditamos la pasi&oacute;n del Se&ntilde;or, debemos tambi&eacute;n percibir el dolor de Jes&uacute;s porque estamos en contraste con su oraci&oacute;n; porque nos resistimos a su amor; porque nos oponemos a la unidad, que debe ser para el mundo testimonio de su misi&oacute;n.<\/p>\n<p>En este momento, en el que el Se&ntilde;or en la Sant&iacute;sima Eucarist&iacute;a se da a s&iacute; mismo, su cuerpo y su sangre, y se entrega en nuestras manos y en nuestros corazones, queremos dejarnos alcanzar por su oraci&oacute;n. Queremos entrar nosotros mismos en su oraci&oacute;n, y as&iacute; le pedimos: S&iacute;, Se&ntilde;or, danos la fe en ti, que eres uno solo con el Padre en el Esp&iacute;ritu Santo. Conc&eacute;denos vivir en tu amor y as&iacute; llegar a ser uno como t&uacute; eres uno con el Padre, para que el mundo crea. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA EN LA CENA DEL SE&Ntilde;OR HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica de San Juan de Letr&aacute;n Jueves Santo 1 de abril de 2010 (V&iacute;deo) Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Queridos hermanos y hermanas San Juan, de modo m&aacute;s amplio que los otros evangelistas y con un estilo propio, nos ofrece en su &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-abril-de-2010-santa-misa-in-cena-domini\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab1 de abril de 2010: Santa Misa in cena Domini\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40978","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40978","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40978"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40978\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40978"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40978"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40978"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}