{"id":40979,"date":"2016-10-06T15:15:22","date_gmt":"2016-10-06T20:15:22","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-abril-de-2010-santa-misa-crismal\/"},"modified":"2016-10-06T15:15:22","modified_gmt":"2016-10-06T20:15:22","slug":"1-de-abril-de-2010-santa-misa-crismal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-abril-de-2010-santa-misa-crismal\/","title":{"rendered":"1 de abril de 2010: Santa Misa crismal"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2010\/20100401crisma.pdf\">SANTA MISA CRISMAL<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HO<\/i><\/b><\/font><i><b><font color=\"#663300\" size=\"4\">MIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"> Bas&iacute;lica Vaticana<br \/>Jueves Santo <\/font><\/i> <font color=\"#663300\"><i>1 de abril de 2010<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b>(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messa01042010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\">V&iacute;deo<\/a>)<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><span lang=\"es\"> <i> <font color=\"#663300\" size=\"2\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20100401_crisma\/index.html\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/a><\/b><\/font><\/i><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas<\/i><\/p>\n<p> El sacramento es el centro del culto de la Iglesia. Sacramento significa, en primer lugar, que no somos los hombres los que hacemos algo, sino que es Dios el que se anticipa y viene a nuestro encuentro con su actuar, nos mira y nos conduce hacia &eacute;l. Pero hay algo todav&iacute;a m&aacute;s singular: Dios nos toca por medio de realidades materiales, a trav&eacute;s de dones de la creaci&oacute;n, que &eacute;l toma a su servicio, convirti&eacute;ndolos en instrumentos del encuentro entre nosotros y &eacute;l mismo. Los elementos de la creaci&oacute;n, con los cuales se construye el cosmos de los sacramentos, son cuatro: el agua, el pan de trigo, el vino y el aceite de oliva. El agua, como elemento b&aacute;sico y condici&oacute;n fundamental de toda vida, es el signo esencial del acto por el que nos convertimos en cristianos en el bautismo, del nacimiento a una vida nueva. Mientras que el agua, por lo general, es el elemento vital, y representa el acceso com&uacute;n de todos al nuevo nacimiento como cristianos, los otros tres elementos pertenecen a la cultura del ambiente mediterr&aacute;neo. Nos remiten as&iacute; al ambiente hist&oacute;rico concreto en el que el cristianismo se desarroll&oacute;. Dios ha actuado en un lugar muy determinado de la tierra, verdaderamente ha hecho historia con los hombres. Estos tres elementos son, por una parte, dones de la creaci&oacute;n pero, por otra, est&aacute;n relacionados tambi&eacute;n con lugares de la historia de Dios con nosotros. Son una s&iacute;ntesis entre creaci&oacute;n e historia: dones de Dios que nos unen siempre con aquellos lugares del mundo en los que Dios ha querido actuar con nosotros en el tiempo de la historia, y hacerse uno de nosotros.<\/p>\n<p> En estos tres elementos hay una nueva gradaci&oacute;n. El pan remite a la vida cotidiana. Es el don fundamental de la vida diaria. El vino evoca la fiesta, la exquisitez de la creaci&oacute;n y, al mismo tiempo, con el que se puede expresar de modo particular la alegr&iacute;a de los redimidos. El aceite de oliva tiene un amplio significado. Es alimento, medicina, embellece, prepara para la lucha y da vigor. Los reyes y sacerdotes son ungidos con &oacute;leo, que es signo de dignidad y responsabilidad, y tambi&eacute;n de la fuerza que procede de Dios. El misterio del aceite est&aacute; presente en nuestro nombre de \u201ccristianos\u201d. En efecto, la palabra \u201ccristianos\u201d, con la que se designaba a los disc&iacute;pulos de Cristo ya desde el comienzo de la Iglesia que proced&iacute;a del paganismo, viene de la palabra \u201cCristo\u201d (cf. <i>Hch<\/i> 11,20-21), que es la traducci&oacute;n griega de la palabra \u201cMes&iacute;as\u201d, que significa \u201cUngido\u201d. Ser cristiano quiere decir proceder de Cristo, pertenecer a Cristo, al Ungido de Dios, a Aquel al que Dios ha dado la realeza y el sacerdocio. Significa pertenecer a Aquel que Dios mismo ha ungido, pero no con aceite material, sino con Aquel al que el &oacute;leo representa: con su Santo Esp&iacute;ritu. El aceite de oliva es de un modo completamente singular s&iacute;mbolo de c&oacute;mo el Hombre Jes&uacute;s est&aacute; totalmente colmado del Esp&iacute;ritu Santo.<\/p>\n<p> En la Misa crismal del Jueves Santo los &oacute;leos santos est&aacute;n en el centro de la acci&oacute;n lit&uacute;rgica. Son consagrados por el Obispo en la catedral para todo el a&ntilde;o. As&iacute;, expresan tambi&eacute;n la unidad de la Iglesia, garantizada por el Episcopado, y remiten a Cristo, el verdadero &laquo;pastor y guardi&aacute;n de nuestras almas&raquo;, como lo llama san Pedro (cf. <i>1 P<\/i> 2,25). Al mismo tiempo, dan unidad a todo el a&ntilde;o lit&uacute;rgico, anclado en el misterio del Jueves santo. Por &uacute;ltimo, evocan el Huerto de los Olivos, en el que Jes&uacute;s acept&oacute; interiormente su pasi&oacute;n. El Huerto de los Olivos es tambi&eacute;n el lugar desde el cual ascendi&oacute; al Padre, y es por tanto el lugar de la redenci&oacute;n: Dios no ha dejando a Jes&uacute;s en la muerte. Jes&uacute;s vive para siempre junto al Padre y, precisamente por esto, es omnipresente, y est&aacute; siempre junto a nosotros. Este doble misterio del monte de los Olivos est&aacute; siempre \u201cactivo\u201d tambi&eacute;n en el &oacute;leo sacramental de la Iglesia. En cuatro sacramentos, el &oacute;leo es signo de la bondad de Dios que llega a nosotros: en el bautismo, en la confirmaci&oacute;n como sacramento del Esp&iacute;ritu Santo, en los diversos grados del sacramento del orden y, finalmente, en la unci&oacute;n de los enfermos, en la que el &oacute;leo se ofrece, por decirlo as&iacute;, como medicina de Dios, como la medicina que ahora nos da la certeza de su bondad, que nos debe fortalecer y consolar, pero que, al mismo tiempo, y m&aacute;s all&aacute; de la enfermedad, remite a la curaci&oacute;n definitiva, la resurrecci&oacute;n (cf. <i>St<\/i> 5,14). De este modo, el &oacute;leo, en sus diversas formas, nos acompa&ntilde;a durante toda la vida: comenzando por el catecumenado y el bautismo hasta el momento en el que nos preparamos para el encuentro con Dios Juez y Salvador. Por &uacute;ltimo, la Misa crismal, en la que el signo sacramental del &oacute;leo se nos presenta como lenguaje de la creaci&oacute;n de Dios, se dirige, de modo particular, a nosotros los sacerdotes: nos habla de Cristo, que Dios ha ungido Rey y Sacerdote, de Aquel que nos hace part&iacute;cipes de su sacerdocio, de su \u201cunci&oacute;n\u201d, en nuestra ordenaci&oacute;n sacerdotal.<\/p>\n<p> Quisiera brevemente explicar el misterio de este signo santo en su referencia esencial a la vocaci&oacute;n sacerdotal. Ya desde la antig&uuml;edad, en la etimolog&iacute;a popular se ha unido la palabra griega \u201c<i>elaion<\/i>\u201d, aceite, con la palabra \u201c<i>eleos<\/i>\u201d, misericordia. De hecho, en varios sacramentos, el &oacute;leo consagrado es siempre signo de la misericordia de Dios. Por tanto, la unci&oacute;n para el sacerdocio significa tambi&eacute;n el encargo de llevar la misericordia de Dios a los hombres. En la l&aacute;mpara de nuestra vida nunca deber&iacute;a faltar el &oacute;leo de la misericordia. Obteng&aacute;moslo oportunamente del Se&ntilde;or, en el encuentro con su Palabra, al recibir los sacramentos, permaneciendo junto a &eacute;l en oraci&oacute;n.<\/p>\n<p>Mediante la historia de la paloma con el ramo de olivo, que anunciaba el fin del diluvio y, con ello, el restablecimiento de la paz de Dios con los hombres, no s&oacute;lo la paloma, sino tambi&eacute;n el ramo de olivo y el aceite mismo, se transformaron en s&iacute;mbolo de la paz. Los cristianos de los primeros siglos sol&iacute;an adornar las tumbas de sus difuntos con la corona de la victoria y el ramo de olivo, s&iacute;mbolo de la paz. Sab&iacute;an que Cristo hab&iacute;a vencido a la muerte y que sus difuntos descansaban en la paz de Cristo. Ellos mismos estaban seguros de que Cristo, que les hab&iacute;a prometido la paz que el mundo no era capaz de ofrecerles, estaba esper&aacute;ndoles. Recordaban que la primera palabra del Resucitado a los suyos hab&iacute;a sido: &laquo;Paz a vosotros&raquo; (<i>Jn <\/i>20,19). &Eacute;l mismo lleva, por as&iacute; decir, el ramo de olivo, introduce su paz en el mundo. Anuncia la bondad salvadora de Dios. &Eacute;l es nuestra paz. Los cristianos deber&iacute;an ser, pues, personas de paz, personas que reconocen y viven el misterio de la cruz como misterio de reconciliaci&oacute;n. Cristo no triunfa por medio de la espada, sino por medio de la cruz. Vence superando el odio. Vence mediante la fuerza m&aacute;s grande de su amor. La cruz de Cristo expresa su \u201cno\u201d a la violencia. Y, de este modo, es el signo de la victoria de Dios, que anuncia el camino nuevo de Jes&uacute;s. El sufriente ha sido m&aacute;s fuerte que los poderosos. Con su autodonaci&oacute;n en la cruz, Cristo ha vencido la violencia. Como sacerdotes estamos llamados a ser, en la comuni&oacute;n con Jesucristo, hombres de paz, estamos llamados a oponernos a la violencia y a fiarnos del poder m&aacute;s grande del amor.<\/p>\n<p> Al simbolismo del aceite pertenece tambi&eacute;n el que fortalece para la lucha. Esto no contradice el tema de la paz, sino que es parte de &eacute;l. La lucha de los cristianos consist&iacute;a y consiste no en el uso de la violencia, sino en el hecho de que ellos estaban y est&aacute;n todav&iacute;a dispuestos a sufrir por el bien, por Dios. Consiste en que los cristianos, como buenos ciudadanos, respetan el derecho y hacen lo que es justo y bueno. Consiste en que rechazan lo que en los ordenamientos jur&iacute;dicos vigentes no es derecho, sino injusticia. La lucha de los m&aacute;rtires consist&iacute;a en su \u201cno\u201d concreto a la injusticia: rechazando la participaci&oacute;n en el culto idol&aacute;trico, en la adoraci&oacute;n del emperador, no aceptaban doblegarse a la falsedad, a adorar personas humanas y su poder. Con su \u201cno\u201d a la falsedad y a todas sus consecuencias han realzado el poder del derecho y la verdad. As&iacute; sirvieron a la paz aut&eacute;ntica. Tambi&eacute;n hoy es importante que los cristianos cumplan el derecho, que es el fundamento de la paz. Tambi&eacute;n hoy es importante para los cristianos no aceptar una injusticia, aunque sea retenida como derecho, por ejemplo, cuando se trata del asesinato de ni&ntilde;os inocentes a&uacute;n no nacidos. As&iacute; servimos precisamente a la paz y as&iacute; nos encontramos siguiendo las huellas de Jes&uacute;s, del que san Pedro dice: &laquo;Cuando lo insultaban, no devolv&iacute;a el insulto; en su pasi&oacute;n no profer&iacute;a amenazas; al contrario, se pon&iacute;a en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subi&oacute; al le&ntilde;o, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia&raquo; (<i>1 P <\/i>2,23s.).<\/p>\n<p> Los Padres de la Iglesia estaban fascinados por unas palabras del salmo 45 [44], seg&uacute;n la tradici&oacute;n el salmo nupcial de Salom&oacute;n, que los cristianos rele&iacute;an como el salmo de bodas de Jesucristo, el nuevo Salom&oacute;n, con su Iglesia. En &eacute;l se dice al Rey, Cristo: &laquo;Has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Se&ntilde;or, tu Dios, te ha ungido con aceite de j&uacute;bilo entre todos tus compa&ntilde;eros&raquo; (v. 8). &iquest;Qu&eacute; es el aceite de j&uacute;bilo con el que fue ungido el verdadero Rey, Cristo? Los Padres no ten&iacute;an ninguna duda al respecto: el aceite de j&uacute;bilo es el mismo Esp&iacute;ritu Santo, que fue derramado sobre Jesucristo. El Esp&iacute;ritu Santo es el j&uacute;bilo que procede de Dios. Cristo derrama este j&uacute;bilo sobre nosotros en su Evangelio, en la buena noticia de que Dios nos conoce, de que &eacute;l es bueno y de que su bondad es m&aacute;s poderosa que todos los poderes; de que somos queridos y amados por Dios. La alegr&iacute;a es fruto del amor. El aceite de j&uacute;bilo, que ha sido derramado sobre Cristo y por &eacute;l llega a nosotros, es el Esp&iacute;ritu Santo, el don del Amor que nos da la alegr&iacute;a de vivir. Ya que conocemos a Cristo y, en Cristo, al Dios verdadero, sabemos que es algo bueno ser hombre. Es algo bueno vivir, porque somos amados. Porque la verdad misma es buena.<\/p>\n<p> En la Iglesia antigua, el aceite consagrado fue considerado de modo particular como signo de la presencia del Esp&iacute;ritu Santo, que se nos comunica por medio de Cristo. &Eacute;l es el aceite de j&uacute;bilo. Este j&uacute;bilo es distinto de la diversi&oacute;n o de la alegr&iacute;a exterior que la sociedad moderna anhela. La diversi&oacute;n, en su justa medida, es ciertamente buena y agradable. Es algo bueno poder re&iacute;r. Pero la diversi&oacute;n no lo es todo. Es s&oacute;lo una peque&ntilde;a parte de nuestra vida, y cuando quiere ser el todo se convierte en una m&aacute;scara tras la que se esconde la desesperaci&oacute;n o, al menos, la duda de que la vida sea aut&eacute;nticamente buena, o de si tal vez no habr&iacute;a sido mejor no haber existido. El gozo que Cristo nos da es distinto. Es un gozo que nos proporciona alegr&iacute;a, s&iacute;, pero que sin duda puede ir unido al sufrimiento. Nos da la capacidad de sufrir y, sin embargo, de permanecer interiormente gozosos en el sufrimiento. Nos da la capacidad de compartir el sufrimiento ajeno, haciendo as&iacute; perceptible, en la mutua disponibilidad, la luz y la bondad de Dios. Siempre me hace reflexionar el episodio de los Hechos de los Ap&oacute;stoles, en el que los Ap&oacute;stoles, despu&eacute;s de que el sanedr&iacute;n los hab&iacute;a mandado flagelar, salieron &laquo;contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jes&uacute;s&raquo; (<i>Hch<\/i> 5,41). Quien ama est&aacute; siempre dispuesto a sufrir por el amado y a causa de su amor y, precisamente as&iacute;, experimenta una alegr&iacute;a m&aacute;s profunda. La alegr&iacute;a de los m&aacute;rtires era m&aacute;s grande que los tormentos que les inflig&iacute;an. Este gozo, al final, ha vencido y ha abierto a Cristo las puertas de la historia. Como sacerdotes, como dice San Pablo, &laquo;contribuimos a vuestro gozo&raquo; (<i>2 Co<\/i> 1,24). En el fruto del olivo, en el &oacute;leo consagrado, nos alcanza la bondad del Creador, el amor del Redentor. Pidamos que su j&uacute;bilo nos invada cada vez m&aacute;s profundamente y que seamos capaces de llevarlo nuevamente a un mundo que necesita urgentemente el gozo que nace de la verdad. <\/p>\n<p>Am&eacute;n.<\/p>\n<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><font color=\"#663300\"><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"> <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA CRISMAL HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica VaticanaJueves Santo 1 de abril de 2010 (V&iacute;deo) Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Queridos hermanos y hermanas El sacramento es el centro del culto de la Iglesia. 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