{"id":40988,"date":"2016-10-06T15:15:35","date_gmt":"2016-10-06T20:15:35","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/6-de-enero-de-2010-solemnidad-de-la-epifania-del-senor\/"},"modified":"2016-10-06T15:15:35","modified_gmt":"2016-10-06T20:15:35","slug":"6-de-enero-de-2010-solemnidad-de-la-epifania-del-senor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/6-de-enero-de-2010-solemnidad-de-la-epifania-del-senor\/","title":{"rendered":"6 de enero de 2010: Solemnidad de la Epifan\u00eda del Se\u00f1or"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font size=\"3\" color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2010\/20100106.pdf\">SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFAN&Iacute;A DEL SE&Ntilde;OR<\/a><\/font><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b>H<\/b><\/font><b><font color=\"#663300\" size=\"4\">OMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Martes 6 de enero de 2010 <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> (<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/messa06012010.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\">V&iacute;deo<\/a>)<i><br \/> <\/i> <\/b><\/font><i> <font color=\"#663300\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2010\/20100106\/index.html\">Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n<\/a><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Queridos hermanos y hermanas: <\/i> <\/p>\n<p align=\"left\">Hoy, solemnidad de la Epifan&iacute;a, la gran luz que irradia desde la cueva de Bel&eacute;n, a trav&eacute;s de los Magos procedentes de Oriente inunda a toda la humanidad. La primera lectura, tomada del libro del profeta Isa&iacute;as, y el pasaje del Evangelio de san Mateo, que acabamos de escuchar, ponen la promesa junto a su cumplimiento, en la tensi&oacute;n particular que se produce cuando se leen sucesivamente pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. As&iacute; se nos presenta la espl&eacute;ndida visi&oacute;n del profeta Isa&iacute;as, el cual, tras las humillaciones infligidas al pueblo de Israel por las potencias de este mundo, ve el momento en el que la gran luz de Dios, aparentemente sin poder e incapaz de proteger a su pueblo, surgir&aacute; sobre toda la tierra, de modo que los reyes de las naciones se inclinar&aacute;n ante &eacute;l, vendr&aacute;n desde todos los confines de la tierra y depositar&aacute;n a sus pies sus tesoros m&aacute;s preciosos. Y el coraz&oacute;n del pueblo se estremecer&aacute; de alegr&iacute;a. <\/p>\n<p align=\"left\">En comparaci&oacute;n con esa visi&oacute;n, la que nos presenta el evangelista san Mateo es pobre y humilde: nos parece imposible reconocer all&iacute; el cumplimiento de las palabras del profeta Isa&iacute;as. En efecto, no llegan a Bel&eacute;n los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, tal vez vistos con sospecha; en cualquier caso, no merecen particular atenci&oacute;n. Los habitantes de Jerusal&eacute;n son informados de lo sucedido, pero no consideran necesario molestarse, y parece que ni siquiera en Bel&eacute;n hay alguien que se preocupe del nacimiento de este Ni&ntilde;o, al que los Magos llaman Rey de los jud&iacute;os, o de estos hombres venidos de Oriente que van a visitarlo. De hecho, poco despu&eacute;s, cuando el rey Herodes da a entender qui&eacute;n tiene efectivamente el poder obligando a la Sagrada Familia a huir a Egipto y ofreciendo una prueba de su crueldad con la matanza de los inocentes (cf. <i>Mt<\/i> 2, 13-18), el episodio de los Magos parece haberse borrado y olvidado. Por tanto, es comprensible que el coraz&oacute;n y el alma de los creyentes de todos los siglos se hayan sentido m&aacute;s atra&iacute;dos por la visi&oacute;n del profeta que por el sobrio relato del evangelista, como atestiguan tambi&eacute;n las representaciones de esta visita en nuestros belenes, donde aparecen los camellos, los dromedarios, los reyes poderosos de este mundo que se arrodillan ante el Ni&ntilde;o y depositan a sus pies sus dones en cofres preciosos. Pero conviene prestar m&aacute;s atenci&oacute;n a lo que los dos textos nos comunican. <\/p>\n<p align=\"left\">En realidad, &iquest;qu&eacute; vio Isa&iacute;as con su mirada prof&eacute;tica? En un solo momento, vislumbra una realidad destinada a marcar toda la historia. Pero el acontecimiento que san Mateo nos narra no es un breve episodio intrascendente, que se concluye con el regreso apresurado de los Magos a sus tierras. Al contrario, es un comienzo. Esos personajes procedentes de Oriente no son los &uacute;ltimos, sino los primeros de la gran procesi&oacute;n de aquellos que, a lo largo de todas las &eacute;pocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben avanzar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, as&iacute;, a Aquel que aparentemente es d&eacute;bil y fr&aacute;gil, pero que en cambio puede dar la alegr&iacute;a m&aacute;s grande y m&aacute;s profunda al coraz&oacute;n del hombre. De hecho, en &eacute;l se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y est&aacute; cerca de nosotros, de que su grandeza y su poder no se manifiestan en la l&oacute;gica del mundo, sino en la l&oacute;gica de un ni&ntilde;o inerme, cuya fuerza es s&oacute;lo la del amor que se conf&iacute;a a nosotros. A lo largo de la historia siempre hay personas que son iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan a &eacute;l. Todas viven, cada una a su manera, la misma experiencia que los Magos. <\/p>\n<p align=\"left\">Llevaron oro, incienso y mirra. Esos dones, ciertamente, no responden a necesidades primarias o cotidianas. En ese momento la Sagrada Familia habr&iacute;a tenido mucha m&aacute;s necesidad de algo distinto del incienso y la mirra, y tampoco el oro pod&iacute;a serle inmediatamente &uacute;til. Pero estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. De hecho, seg&uacute;n la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisi&oacute;n. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad. La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos ya no pueden proseguir por su camino, ya no pueden volver a Herodes, ya no pueden ser aliados de aquel soberano poderoso y cruel. Han sido llevados para siempre al camino del Ni&ntilde;o, al camino que les har&aacute; desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y los llevar&aacute; a Aquel que nos espera entre los pobres, al camino del amor, el &uacute;nico que puede transformar el mundo. <\/p>\n<p align=\"left\">As&iacute; pues, no s&oacute;lo los Magos se pusieron en camino, sino que desde aquel acto comenz&oacute; algo nuevo, se traz&oacute; una nueva senda, baj&oacute; al mundo una nueva luz, que no se ha apagado. La visi&oacute;n del profeta se ha realizado: esa luz ya no puede ser ignorada en el mundo: los hombres se mover&aacute;n hacia aquel Ni&ntilde;o y ser&aacute;n iluminados por la alegr&iacute;a que s&oacute;lo &eacute;l sabe dar. La luz de Bel&eacute;n sigue resplandeciendo en todo el mundo. San Agust&iacute;n recuerda a cuantos la acogen: &quot;Tambi&eacute;n nosotros, reconociendo en Cristo a nuestro rey y sacerdote muerto por nosotros, lo honramos como si le hubi&eacute;ramos ofrecido oro, incienso y mirra; s&oacute;lo nos falta dar testimonio de &eacute;l tomando un camino distinto del que hemos seguido para venir&quot; (<i>Sermo 202. In Epiphania Domini, <\/i>3, 4). <\/p>\n<p align=\"left\">Por consiguiente, si leemos juntamente la promesa del profeta Isa&iacute;as y su cumplimiento en el Evangelio de san Mateo en el gran contexto de toda la historia, resulta evidente que lo que se nos dice, y lo que en el bel&eacute;n tratamos de reproducir, no es un sue&ntilde;o ni tampoco un juego vano de sensaciones y emociones, sin vigor ni realidad, sino que es la Verdad que se irradia en el mundo, a pesar de que Herodes parece siempre m&aacute;s fuerte y de que ese Ni&ntilde;o parece que puede ser relegado entre aquellos que no tienen importancia, o incluso pisoteado. Pero solamente en ese Ni&ntilde;o se manifiesta la fuerza de Dios, que re&uacute;ne a los hombres de todos los siglos, para que bajo su se&ntilde;or&iacute;o recorran el camino del amor, que transfigura el mundo. Sin embargo, aunque los pocos de Bel&eacute;n se han convertido en muchos, los creyentes en Jesucristo parecen siempre pocos. Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje. Los estudiosos de la Escritura del tiempo de Jes&uacute;s conoc&iacute;an perfectamente la Palabra de Dios. Eran capaces de decir sin dificultad alguna qu&eacute; se pod&iacute;a encontrar en ella acerca del lugar en el que habr&iacute;a de nacer el Mes&iacute;as, pero, como dice san Agust&iacute;n: &quot;Les sucedi&oacute; como a los hitos (que indican el camino): mientras dan indicaciones a los caminantes, ellos se quedan inertes e inm&oacute;viles&quot; (<i>Sermo 199. In Epiphania Domini, <\/i>1, 2). <\/p>\n<p align=\"left\">Entonces podemos preguntarnos: &iquest;cu&aacute;l es la raz&oacute;n por la que unos ven y encuentran, y otros no? &iquest;Qu&eacute; es lo que abre los ojos y el coraz&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: la excesiva seguridad en s&iacute; mismos, la pretensi&oacute;n de conocer perfectamente la realidad, la presunci&oacute;n de haber formulado ya un juicio definitivo sobre las cosas hacen que su coraz&oacute;n se cierre y se vuelva insensible a la novedad de Dios. Est&aacute;n seguros de la idea que se han hecho del mundo y ya no se dejan conmover en lo m&aacute;s profundo por la aventura de un Dios que quiere encontrarse con ellos. Ponen su confianza m&aacute;s en s&iacute; mismos que en &eacute;l, y no creen posible que Dios sea tan grande que pueda hacerse peque&ntilde;o, que se pueda acercar verdaderamente a nosotros. <\/p>\n<p align=\"left\">Al final, lo que falta es la humildad aut&eacute;ntica, que sabe someterse a lo que es m&aacute;s grande, pero tambi&eacute;n la valent&iacute;a aut&eacute;ntica, que lleva a creer en lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Ni&ntilde;o inerme. Falta la capacidad evang&eacute;lica de ser ni&ntilde;os en el coraz&oacute;n, de asombrarse y de salir de s&iacute; para avanzar por el camino que indica la estrella, el camino de Dios. Sin embargo, el Se&ntilde;or tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos. As&iacute; pues, pid&aacute;mosle que nos d&eacute; un coraz&oacute;n sabio e inocente, que nos permita ver la estrella de su misericordia, seguir su camino, para encontrarlo y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegr&iacute;a que &eacute;l ha tra&iacute;do a este mundo. Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2010 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFAN&Iacute;A DEL SE&Ntilde;OR HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Martes 6 de enero de 2010 (V&iacute;deo) Im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Hoy, solemnidad de la Epifan&iacute;a, la gran luz que irradia desde la cueva de Bel&eacute;n, a trav&eacute;s de los Magos procedentes &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/6-de-enero-de-2010-solemnidad-de-la-epifania-del-senor\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab6 de enero de 2010: Solemnidad de la Epifan\u00eda del Se\u00f1or\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40988","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40988","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40988"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40988\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40988"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40988"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40988"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}