{"id":40990,"date":"2016-10-06T15:16:55","date_gmt":"2016-10-06T20:16:55","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-diciembre-de-2011-visperas-de-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-y-te-deum\/"},"modified":"2016-10-06T15:16:55","modified_gmt":"2016-10-06T20:16:55","slug":"31-de-diciembre-de-2011-visperas-de-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-y-te-deum","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-diciembre-de-2011-visperas-de-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-y-te-deum\/","title":{"rendered":"31 de diciembre de 2011: V\u00edsperas de la solemnidad de Santa Mar\u00eda, Madre de Dios y Te Deum"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2011\/20111231.pdf\"> V&Iacute;SPERAS DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MAR&Iacute;A, MADRE DE DIOS, <br \/> Y CANTO DEL &quot;TE DEUM&quot; <\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font size=\"4\" color=\"#663300\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI <\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> S&aacute;bado 31 de diciembre de 2011<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\"><b> <span class=\"style1\">[<\/span><\/b><\/font><font face=\"Times New Roman\"><b><a href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_MLKDY3IN\" target=\"_blank\">V&iacute;deo<\/a><\/b><\/font><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\"><strong><span class=\"style1\">]<br \/> <\/span><\/strong><\/font><i><span lang=\"es\"><em><strong> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2011\/20111231\/index.html\"> Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/strong><\/em><\/span><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em>Se&ntilde;ores Cardenales,<br \/> Venerables Hermanos en el Episcopado y en el Presbiterado,<br \/> Distinguidas Autoridades,<br \/> Queridos hermanos y hermanas<\/em><\/p>\n<p> Estamos reunidos en la Bas&iacute;lica Vaticana para celebrar las primeras V&iacute;speras de la solemnidad de Santa Mar&iacute;a, Madre de Dios, y para dar gracias al Se&ntilde;or al final del a&ntilde;o, cantando juntos el <em>Te Deum<\/em>. Os agradezco a todos que hay&aacute;is querido uniros a mi en esta ocasi&oacute;n tan llena de sentimientos y de significado. Saludo en primer lugar a los se&ntilde;ores Cardenales, a los Venerables Hermanos en el Episcopado y en el Presbiterado, a los religiosos y religiosas, las personas consagradas y los fieles laicos que representan a toda la comunidad eclesial de Roma. Saludo de modo especial a las Autoridades presentes, comenzando por el Alcalde de Roma, al que agradezco por el c&aacute;liz que ha donado, seg&uacute;n una hermosa tradici&oacute;n que se renueva cada a&ntilde;o. Deseo de coraz&oacute;n que, con el esfuerzo de todos, la fisonom&iacute;a de nuestra Ciudad est&eacute; cada vez m&aacute;s en consonancia con los valores de fe, cultura y civilizaci&oacute;n que corresponden a su vocaci&oacute;n e historia milenaria.<\/p>\n<p> Otro a&ntilde;o llega a su t&eacute;rmino, mientras que, con la inquietud, los deseos y las esperanzas de siempre, aguardamos uno nuevo. Si pensamos en la experiencia de la vida, nos deja asombrados lo breve y fugaz que es en el fondo. Por eso, muchas veces nos asalta la pregunta: &iquest;Qu&eacute; sentido damos a nuestros d&iacute;as? M&aacute;s concretamente, &iquest;qu&eacute; sentido damos a los d&iacute;as de fatiga y dolor? Esta es una pregunta que atraviesa la historia, m&aacute;s a&uacute;n, el coraz&oacute;n de cada generaci&oacute;n y de cada ser humano. Pero hay una respuesta a este interrogante: se encuentra escrita en el rostro de un Ni&ntilde;o que hace dos mil a&ntilde;os naci&oacute; en Bel&eacute;n y que hoy es el Viviente, resucitado para siempre de la muerte. En el tejido de la humanidad, desgarrado por tantas injusticias, maldades y violencias, irrumpe de manera sorprendente la novedad gozosa y liberadora de Cristo Salvador, que en el misterio de su encarnaci&oacute;n y nacimiento nos permite contemplar la bondad y ternura de Dios. El Dios eterno ha entrado en nuestra historia y est&aacute; presente de modo &uacute;nico en la persona de Jes&uacute;s, su Hijo hecho hombre, nuestro Salvador, venido a la tierra para renovar radicalmente la humanidad y liberarla del pecado y de la muerte, para elevar al hombre a la dignidad de hijo de Dios. La Navidad no se refiere s&oacute;lo al cumplimiento hist&oacute;rico de esta verdad que nos concierne directamente, sino que nos la regala nuevamente de modo misterioso y real.<\/p>\n<p> Resulta sumamente sugestivo, en el ocaso del a&ntilde;o, escuchar nuevamente el anuncio gozoso que el ap&oacute;stol Pablo dirig&iacute;a a los cristianos de Galacia: &laquo;Cuando se cumpli&oacute; el tiempo, envi&oacute; Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibi&eacute;ramos la adopci&oacute;n filial&raquo; (<em>Ga <\/em>4,4-5). Estas palabras tocan el coraz&oacute;n de la historia de todos y la iluminan, m&aacute;s a&uacute;n, la salvan, porque desde el d&iacute;a en que naci&oacute; el Se&ntilde;or la plenitud del tiempo ha llegado a nosotros. As&iacute; pues, no hay lugar para la angustia frente al tiempo que pasa y no vuelve; ahora es el momento de confiar infinitamente en Dios, de quien nos sabemos amados, por quien vivimos y a quien nuestra vida se orienta en espera de su retorno definitivo. Desde que el Salvador descendi&oacute; del cielo el hombre ya no es m&aacute;s esclavo de un tiempo que avanza sin un porqu&eacute;, o que est&aacute; marcado por la fatiga, la tristeza y el dolor. El hombre es hijo de un Dios que ha entrado en el tiempo para rescatar el tiempo de la falta de sentido o de la negatividad, y que ha rescatado a toda la humanidad, d&aacute;ndole como nueva perspectiva de vida el amor, que es eterno.<\/p>\n<p> La Iglesia vive y profesa esta verdad y quiere proclamarla en la actualidad con renovado vigor espiritual. En esta celebraci&oacute;n tenemos motivos especiales para alabar a Dios por su misterio de salvaci&oacute;n, que act&uacute;a en el mundo mediante el ministerio eclesial. Tenemos muchos motivos de agradecimiento al Se&ntilde;or por todo lo que nuestra comunidad eclesial, en el coraz&oacute;n de la Iglesia universal, realiza al servicio del Evangelio en esta Ciudad. En este sentido, junto al Cardenal Vicario, Agostino Vallini, los Obispos auxiliares, los P&aacute;rrocos y todo el presbiterio diocesano, deseo agradecer al Se&ntilde;or, de modo particular, por el prometedor camino comunitario dirigido a adecuar la pastoral ordinaria a las exigencias de nuestro tiempo, a trav&eacute;s del proyecto &laquo;Pertenencia eclesial y corresponsabilidad pastoral&raquo;. Su objetivo es el de poner la evangelizaci&oacute;n en el primer lugar, para hacer m&aacute;s responsable y fruct&iacute;fera la participaci&oacute;n de los fieles en los sacramentos, de tal manera que cada uno pueda hablar de Dios al hombre contempor&aacute;neo y anunciar el Evangelio de manera incisiva a los que nunca lo han conocido o lo han olvidado.<\/p>\n<p> La<em> quaestio fidei <\/em>es tambi&eacute;n para la di&oacute;cesis de Roma el desaf&iacute;o pastoral prioritario. Los disc&iacute;pulos de Cristo est&aacute;n llamados a reavivar en s&iacute; mismos y en los dem&aacute;s la nostalgia de Dios y la alegr&iacute;a de vivirlo y testimoniarlo, partiendo de la pregunta siempre tan personal: &iquest;Por qu&eacute; creo? Hay que dar el primado a la verdad, acreditar la alianza entre fe y raz&oacute;n como las dos alas con las que el esp&iacute;ritu humano se eleva a la contemplaci&oacute;n de la Verdad (cf. Juan Pablo II, Enc. <em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/edocs\/ESL0036\/_INDEX.HTM\">Fides et ratio<\/a><\/em>, Prologo); hacer fecundo el di&aacute;logo entre cristianismo y cultura moderna; hacer descubrir de nuevo la belleza y actualidad de la fe, no como acto en s&iacute;, aislado, que ata&ntilde;e a alg&uacute;n momento de la vida, sino como orientaci&oacute;n constante, tambi&eacute;n de las opciones m&aacute;s simples, que lleva a la unidad profunda de la persona haci&eacute;ndola justa, laboriosa, ben&eacute;fica, buena. Se trata de reavivar una fe que instaure un nuevo humanismo capaz de generar cultura y compromiso social.<\/p>\n<p> En este marco de referencia, en la Asamblea diocesana de junio pasado, la di&oacute;cesis de Roma inici&oacute; un camino de profundizaci&oacute;n sobre la iniciaci&oacute;n cristiana y sobre la alegr&iacute;a de engendrar nuevos cristianos a la fe. En efecto, el coraz&oacute;n de la misi&oacute;n de la Iglesia es anunciar la fe en el Verbo que se ha hecho carne, y toda la comunidad eclesial debe descubrir con renovado ardor misionero esta tarea imprescindible. Las j&oacute;venes generaciones, que acusan m&aacute;s la desorientaci&oacute;n agravada adem&aacute;s por la crisis actual, no solo econ&oacute;mica sino tambi&eacute;n de valores, tienen necesidad sobre todo de reconocer a Jesucristo como &laquo;la clave, el centro y el fin de toda la historia humana&raquo; (Conc. Vat. II, Const. <em> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 10).<\/p>\n<p> Los padres son los primeros educadores de la fe de sus hijos, desde su m&aacute;s tierna edad; por tanto, es necesario sostener a las familias en su misi&oacute;n educativa, a trav&eacute;s de iniciativas adecuadas. Al mismo tiempo, es deseable que el camino bautismal, primera etapa del itinerario formativo de la iniciaci&oacute;n cristiana, adem&aacute;s de favorecer una consciente y digna preparaci&oacute;n para la celebraci&oacute;n del sacramento, cuide de manera adecuada los a&ntilde;os inmediatamente sucesivos al Bautismo, con itinerarios apropiados que tengan en cuenta las condiciones de vida de las familias. Animo pues a las comunidades parroquiales y a las dem&aacute;s realidades eclesiales a seguir reflexionando para promover una mejor comprensi&oacute;n y recepci&oacute;n de los sacramentos, a trav&eacute;s de los cuales el hombre se hace part&iacute;cipe de la vida misma de Dios. Que la Iglesia de Roma pueda contar siempre con fieles laicos dispuestos a ofrecer su propia aportaci&oacute;n en la edificaci&oacute;n de comunidades vivas, que hagan posible el que la Palabra de Dios irrumpa en el coraz&oacute;n de los que todav&iacute;a no han conocido al Se&ntilde;or o se han alejado de &eacute;l. Al mismo tiempo, es oportuno crear ocasiones de encuentro con la Ciudad, que permitan un di&aacute;logo provechoso con cuantos buscan la verdad.<\/p>\n<p> Queridos amigos, desde el momento en que Dios envi&oacute; a su Hijo unig&eacute;nito para que obtuvi&eacute;semos la filiaci&oacute;n adoptiva (cf. <em>Ga <\/em>4,5), no hay tarea m&aacute;s importante para nosotros que la de estar totalmente al servicio del proyecto divino. A este respecto, deseo animar y agradecer a todos los fieles de la di&oacute;cesis de Roma, que sienten la responsabilidad de devolver el alma a nuestra sociedad. Gracias a vosotras, familias romanas, c&eacute;lulas primeras y fundamentales de la sociedad. Gracias a los miembros de las m&uacute;ltiples Comunidades, Asociaciones y Movimientos comprometidos en la animaci&oacute;n de la vida cristiana de nuestra Ciudad.<\/p>\n<p> &laquo;<em>Te Deum laudamus!<\/em>&raquo;. A ti, oh Dios, te alabamos. La Iglesia nos sugiere terminar el a&ntilde;o dirigiendo al Se&ntilde;or nuestro agradecimiento por todos sus beneficios. Nuestra &uacute;ltima hora, la &uacute;ltima hora del tiempo y de la historia, termina en Dios. Olvidar este final de nuestra vida significar&iacute;a caer en el vac&iacute;o, vivir sin sentido. Por eso la Iglesia pone en nuestros labios el antiguo himno Te Deum. Es un himno repleto de la sabidur&iacute;a de tantas generaciones cristianas, que sienten la necesidad de elevar sus corazones, conscientes de que todos estamos en las manos misericordiosas del Se&ntilde;or.<\/p>\n<p> &laquo;<em>Te Deum laudamus!<\/em>&raquo;. As&iacute; canta tambi&eacute;n la Iglesia que est&aacute; en Roma, por las maravillas que Dios ha realizado y realiza en ella. Con el alma llena de gratitud nos disponemos a cruzar el umbral del 2012, recordando que el Se&ntilde;or vela sobre nosotros y nos cuida. Esta tarde queremos confiarle a &eacute;l el mundo entero. Ponemos en sus manos las tragedias de nuestro mundo y le ofrecemos tambi&eacute;n las esperanzas de un futuro mejor. Depositamos estos deseos en las manos de Mar&iacute;a, Madre de Dios, <em>Salus Populi Romani<\/em>. Amen.<\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2011 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <span class=\"style2\">&nbsp;<\/span>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>V&Iacute;SPERAS DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MAR&Iacute;A, MADRE DE DIOS, Y CANTO DEL &quot;TE DEUM&quot; HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana S&aacute;bado 31 de diciembre de 2011 [V&iacute;deo] Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Se&ntilde;ores Cardenales, Venerables Hermanos en el Episcopado y en el Presbiterado, Distinguidas Autoridades, Queridos hermanos y hermanas Estamos reunidos en la Bas&iacute;lica &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-diciembre-de-2011-visperas-de-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-y-te-deum\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab31 de diciembre de 2011: V\u00edsperas de la solemnidad de Santa Mar\u00eda, Madre de Dios y Te Deum\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40990","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40990","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40990"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40990\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40990"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40990"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40990"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}