{"id":40997,"date":"2016-10-06T15:17:04","date_gmt":"2016-10-06T20:17:04","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-noviembre-de-2011-misa-en-sufragio-de-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-durante-el-ano\/"},"modified":"2016-10-06T15:17:04","modified_gmt":"2016-10-06T20:17:04","slug":"3-de-noviembre-de-2011-misa-en-sufragio-de-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-durante-el-ano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-noviembre-de-2011-misa-en-sufragio-de-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-durante-el-ano\/","title":{"rendered":"3 de noviembre de 2011: Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos durante el a\u00f1o"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">MISA EN SUFRAGIO DE LOS CARDENALES <br \/> Y OBISPOS FALLECIDOS DURANTE EL A&Ntilde;O<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font size=\"4\" color=\"#663300\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI<\/font><font size=\"4\"><br \/> <\/font><\/i><\/b><br \/> <font color=\"#663300\"> <i>Altar de la C&aacute;tedra, Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Jueves 3 de noviembre de 2011<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> [<a target=\"_blank\" href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_HKSKPUM4\">V&iacute;deo<\/a><\/b><strong>]<br \/> <\/strong><\/font><span lang=\"es\"> <i><b> <font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2011\/20111103\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/font><\/b><\/i><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Venerados hermanos, <br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>Al d&iacute;a siguiente de la conmemoraci&oacute;n lit&uacute;rgica de todos los fieles difuntos, nos reunimos en torno al altar del Se&ntilde;or para ofrecer su Sacrificio en sufragio de los cardenales y de los obispos que, en el curso del &uacute;ltimo a&ntilde;o, han concluido su peregrinaci&oacute;n terrena. Con gran afecto recordamos a los venerados miembros del Colegio cardenalicio que nos han dejado: Urbano Navarrete, s.j., Michele Giordano, Varkey Vithayathil, c.ss.r., Giovanni Saldarini, Agust&iacute;n Garc&iacute;a-Gasco Vicente, Georg Maximilian Sterzinsky, Kazimierz &#x15a;wi&#x105;tek, Virgilio No&egrave;, Aloysius Matthew Ambrozic y Andrzej Maria Deskur. Juntamente con ellos presentamos al trono del Alt&iacute;simo las almas de los hermanos en el episcopado fallecidos. Por todos y por cada uno elevamos nuestra oraci&oacute;n, animados por la fe en la vida eterna y en el misterio de la comuni&oacute;n de los santos. Una fe llena de esperanza, iluminada tambi&eacute;n por la Palabra de Dios que hemos escuchado.<\/p>\n<p>El texto, tomado del <i>Libro del profeta Oseas<\/i>, nos hace pensar inmediatamente en la resurrecci&oacute;n de Jes&uacute;s, en el misterio de su muerte y de su despertar a la vida inmortal. Este pasaje de Oseas \u2014la primera mitad del cap&iacute;tulo VI\u2014 estaba profundamente grabado en el coraz&oacute;n y en la mente de Jes&uacute;s. En efecto, \u2014en los Evangelios\u2014 retoma m&aacute;s de una vez el vers&iacute;culo 6: &laquo;Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, m&aacute;s que holocaustos&raquo;. En cambio, Jes&uacute;s no cita el vers&iacute;culo 2, pero lo hace suyo y lo realiza en el misterio pascual: &laquo;En dos d&iacute;as nos volver&aacute; la vida y al tercero nos har&aacute; resurgir; viviremos en su presencia&raquo;. El Se&ntilde;or Jes&uacute;s, a la luz de esta palabra, afront&oacute; la pasi&oacute;n, emprendi&oacute; con decisi&oacute;n el camino de la cruz. Hablaba abiertamente a sus disc&iacute;pulos de lo que deb&iacute;a sucederle en Jerusal&eacute;n, y el or&aacute;culo del profeta Oseas resonaba en sus mismas palabras: &laquo;El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matar&aacute;n; y despu&eacute;s de muerto, a los tres d&iacute;as resucitar&aacute;&raquo; (<i>Mc<\/i> 9, 31). <\/p>\n<p>El evangelista anota que los disc&iacute;pulos &laquo;no entend&iacute;an lo que dec&iacute;a, y les daba miedo preguntarle&raquo; (v. 32). Tambi&eacute;n nosotros, ante la muerte, no podemos menos de experimentar los sentimientos y los pensamientos que brotan de nuestra condici&oacute;n humana. Y siempre nos sorprende y nos supera un Dios que se hace tan cercano a nosotros que no se detiene ni siquiera ante el abismo de la muerte, m&aacute;s a&uacute;n, que lo atraviesa, permaneciendo durante dos d&iacute;as en el sepulcro. Pero precisamente aqu&iacute; se realiza el misterio del &laquo;tercer d&iacute;a&raquo;. Cristo asume hasta las &uacute;ltimas consecuencias nuestra carne mortal a fin de que sea revestida del poder glorioso de Dios, por el viento del Esp&iacute;ritu vivificante, que la transforma y la regenera. Es el bautismo de la pasi&oacute;n (cf. <i>Lc<\/i> 12, 50), que Jes&uacute;s recibi&oacute; por nosotros y del que san Pablo escribe en la <i>Carta a los Romanos<\/i>. La expresi&oacute;n que el Ap&oacute;stol utiliza \u2014&laquo;bautizados en su muerte&raquo; (<i>Rm<\/i> 6, 3)\u2014 nunca deja de asombrarnos, tal es la concisi&oacute;n con la que resume el vertiginoso misterio. La muerte de Cristo es fuente de vida, porque en ella Dios ha volcado todo su amor, como en una inmensa cascada, que hace pensar en la imagen contenida en el Salmo 41: &laquo;Una sima grita a otra sima, con voz de cascadas; tus torrentes y tus olas me han arrollado&raquo; (v. 8). El abismo de la muerte es colmado por otro abismo, a&uacute;n m&aacute;s grande, el abismo del amor de Dios, de modo que la muerte ya no tiene ning&uacute;n poder sobre Jesucristo (cf. <i>Rm<\/i> 8, 9), ni sobre aquellos que, por la fe y el Bautismo, son asociados a &eacute;l: &laquo;Si hemos muerto con Cristo \u2014dice san Pablo\u2014 creemos que tambi&eacute;n viviremos con &eacute;l&raquo; (<i>Rm<\/i> 6, 8). Este &laquo;vivir con Jes&uacute;s&raquo; es la realizaci&oacute;n de la esperanza profetizada por Oseas: &laquo;Viviremos en su presencia&raquo; (6, 2).<\/p>\n<p>En realidad, s&oacute;lo en Cristo esa esperanza encuentra su fundamento real. Antes corr&iacute;a el peligro de reducirse a una ilusi&oacute;n, a un s&iacute;mbolo tomado del ritmo de las estaciones: &laquo;como la lluvia de oto&ntilde;o, como la lluvia de primavera&raquo; (cf. <i> Os<\/i> 6, 3). En tiempos del profeta Oseas, la fe de los israelitas amenazaba contaminarse con las religiones naturalistas de la tierra de Cana&aacute;n, pero esta fe no era capaz de salvar a nadie de la muerte. En cambio, la intervenci&oacute;n de Dios en el drama de la historia humana no obedece a ning&uacute;n ciclo natural, obedece solamente a su gracia y a su fidelidad. La vida nueva y eterna es fruto del &aacute;rbol de la cruz, un &aacute;rbol que florece y fructifica por la luz y la fuerza que provienen del sol de Dios. Sin la cruz de Cristo toda la energ&iacute;a de la naturaleza permanece impotente ante la fuerza negativa del pecado. Era necesaria una fuerza ben&eacute;fica m&aacute;s grande que la que impulsa los ciclos de la naturaleza, un Bien m&aacute;s grande que la creaci&oacute;n misma: un Amor que procede del &laquo;coraz&oacute;n&raquo; mismo de Dios y que, mientras revela el sentido &uacute;ltimo de la creaci&oacute;n, la renueva y la orienta a su meta originaria y &uacute;ltima.<\/p>\n<p>Todo esto sucede en aquellos &laquo;tres d&iacute;as&raquo;, cuando el &laquo;grano de trigo&raquo; cay&oacute; en la tierra, permaneci&oacute; all&iacute; el tiempo necesario para colmar la medida de la justicia y de la misericordia de Dios, y finalmente produjo &laquo;mucho fruto&raquo;, no quedando solo, sino como primicia de una multitud de hermanos (cf. <i>Jn<\/i> 12, 24; <i>Rm<\/i> 8, 29). Ahora s&iacute;, gracias a Cristo, gracias a la obra realizada en &eacute;l por la Sant&iacute;sima Trinidad, las im&aacute;genes tomadas de la naturaleza ya no son s&oacute;lo s&iacute;mbolos, mitos ilusorios, sino que nos hablan de una realidad. Como fundamento de la esperanza est&aacute; la voluntad del Padre y del Hijo, que hemos escuchado en el evangelio de esta liturgia: &laquo;Padre, este es mi deseo: que los que me has dado est&eacute;n conmigo donde yo estoy&raquo; (<i>Jn<\/i> 17, 24). Y entre estos que el Padre ha dado a Jes&uacute;s est&aacute;n tambi&eacute;n los venerados hermanos por los cuales ofrecemos esta Eucarist&iacute;a: ellos &laquo;han conocido&raquo; a Dios mediante Jes&uacute;s, han conocido su nombre, y el amor del Padre y del Hijo, el Esp&iacute;ritu Santo, ha vivido en ellos (cf. <i>Jn<\/i> 12, 25-26), abriendo su vida al cielo, a la eternidad. Demos gracias a Dios por este don inestimable. Y, por intercesi&oacute;n de Mar&iacute;a sant&iacute;sima, recemos para que este misterio de comuni&oacute;n, que ha colmado toda su existencia, se realice plenamente en cada uno de ellos.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2011 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA EN SUFRAGIO DE LOS CARDENALES Y OBISPOS FALLECIDOS DURANTE EL A&Ntilde;O HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Altar de la C&aacute;tedra, Bas&iacute;lica Vaticana Jueves 3 de noviembre de 2011 [V&iacute;deo] Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Venerados hermanos, queridos hermanos y hermanas: Al d&iacute;a siguiente de la conmemoraci&oacute;n lit&uacute;rgica de todos los fieles difuntos, nos reunimos en &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-noviembre-de-2011-misa-en-sufragio-de-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-durante-el-ano\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab3 de noviembre de 2011: Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos durante el a\u00f1o\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40997","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40997","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40997"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40997\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40997"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40997"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40997"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}