{"id":41005,"date":"2016-10-06T15:17:16","date_gmt":"2016-10-06T20:17:16","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-septiembre-de-2011-concelebracion-eucaristica-al-final-del-xxv-congreso-eucaristico-nacional-italiano-en-el-astillero-de-ancona\/"},"modified":"2016-10-06T15:17:16","modified_gmt":"2016-10-06T20:17:16","slug":"11-de-septiembre-de-2011-concelebracion-eucaristica-al-final-del-xxv-congreso-eucaristico-nacional-italiano-en-el-astillero-de-ancona","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-septiembre-de-2011-concelebracion-eucaristica-al-final-del-xxv-congreso-eucaristico-nacional-italiano-en-el-astillero-de-ancona\/","title":{"rendered":"11 de septiembre de 2011: Concelebraci\u00f3n Eucar\u00edstica al final del XXV Congreso Eucar\u00edstico Nacional Italiano en el astillero de Ancona"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2011\/index_ancona.html\">VISITA PASTORAL A ANCONA <\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SANTA MISA<br \/> PARA LA CLAUSURA DEL XXV CONGRESO EUCAR&Iacute;STICO NACIONAL ITALIANO<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HO<\/i><\/b><\/font><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">MIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <br \/> <\/font><\/b><br \/> <em>Astillero de Ancona<\/em><br \/> Domingo 11 de septiembre de 2011 <\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> [<a target=\"_blank\" href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_T5Y3H9GD\">V&iacute;deo<\/a><\/b><strong>]<\/strong><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p><i>Querid&iacute;simos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>Hace seis a&ntilde;os, el primer viaje apost&oacute;lico en Italia de mi pontificado me llev&oacute; a Bari, con ocasi&oacute;n del <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2005\/index_bari.html\"> 24&deg; Congreso eucar&iacute;stico nacional<\/a>. Hoy he venido a clausurar solemnemente el 25&deg;, aqu&iacute; en Ancona. Doy gracias al Se&ntilde;or por estos intensos momentos eclesiales que refuerzan nuestro amor a la Eucarist&iacute;a y nos ven reunidos en torno a la Eucarist&iacute;a. Bari y Ancona, dos ciudades que se asoman al mar Adri&aacute;tico; dos ciudades ricas de historia y de vida cristiana; dos ciudades abiertas a Oriente, a su cultura y su espiritualidad; dos ciudades que los temas de los Congresos eucar&iacute;sticos han contribuido a acercar: en Bari hemos hecho memoria de c&oacute;mo &laquo;sin el Domingo no podemos vivir&raquo;; hoy, nuestro reencuentro se caracteriza por la &laquo;Eucarist&iacute;a para la vida cotidiana&raquo;.<\/p>\n<p>Antes de ofreceros alguna reflexi&oacute;n, quiero agradecer vuestra coral participaci&oacute;n: en vosotros abrazo espiritualmente a toda la Iglesia que est&aacute; en Italia. Dirijo un saludo agradecido al presidente de la Conferencia episcopal, cardenal Angelo Bagnasco, por las cordiales palabras que me ha dirigido tambi&eacute;n en nombre de todos vosotros; a mi legado para este Congreso, cardenal Giovanni Battista Re; al arzobispo de Ancona-&Oacute;simo, monse&ntilde;or Edoardo Menichelli, a los obispos de la provincia eclesi&aacute;stica de Las Marcas y a los que han acudido numerosos de cada parte del pa&iacute;s. Junto con ellos, saludo a los sacerdotes, los di&aacute;conos, los consagrados y las consagradas, y a los fieles laicos, entre los cuales veo muchas familias y muchos j&oacute;venes. Mi agradecimiento va tambi&eacute;n a las autoridades civiles y militares y a cuantos, de diversas maneras, han contribuido al buen &eacute;xito de este acontecimiento.<\/p>\n<p>&laquo;Este modo de hablar es duro, &iquest;qui&eacute;n puede hacerle caso?&raquo; (<i>Jn <\/i>6, 60). Ante el discurso de Jes&uacute;s sobre el pan de vida, en la Sinagoga de Cafarna&uacute;n, la reacci&oacute;n de los disc&iacute;pulos, muchos de los cuales abandonaron a Jes&uacute;s, no est&aacute; muy lejos de nuestras resistencias ante el don total que &eacute;l hace de s&iacute;. Porque acoger verdaderamente este don quiere decir perderse a s&iacute; mismo, dejarse fascinar y transformar, hasta vivir de &eacute;l, como nos ha recordado el ap&oacute;stol san Pablo en la segunda lectura: &laquo;Si vivimos, vivimos para el Se&ntilde;or; si morimos, morimos para el Se&ntilde;or; as&iacute; que ya vivamos ya muramos, somos del Se&ntilde;or&raquo; (<i>Rm 1<\/i>4, 8).<\/p>\n<p>&laquo;Este modo de hablar es duro&raquo;; es duro porque con frecuencia confundimos la libertad con la ausencia de v&iacute;nculos, con la convicci&oacute;n de poder actuar por nuestra cuenta, sin Dios, a quien se ve como un l&iacute;mite para la libertad. Y esto es una ilusi&oacute;n que no tarda en convertirse en desilusi&oacute;n, generando inquietud y miedo, y llevando, parad&oacute;jicamente, a a&ntilde;orar las cadenas del pasado: &laquo;Ojal&aacute; hubi&eacute;ramos muerto a manos del Se&ntilde;or en la tierra de Egipto&raquo;, dec&iacute;an los israelitas en el desierto (<i>Ex <\/i>16, 3), como hemos escuchado. En realidad, s&oacute;lo en la apertura a Dios, en la acogida de su don, llegamos a ser verdaderamente libres, libres de la esclavitud del pecado que desfigura el rostro del hombre, y capaces de servir al verdadero bien de los hermanos.<\/p>\n<p>&laquo;Este modo de hablar es duro&raquo;; es duro porque el hombre cae con frecuencia en la ilusi&oacute;n de poder &laquo;transformar las piedras en pan&raquo;. Despu&eacute;s de haber dejado a un lado a Dios, o haberlo tolerado como una elecci&oacute;n privada que no debe interferir con la vida p&uacute;blica, ciertas ideolog&iacute;as han buscado organizar la sociedad con la fuerza del poder y de la econom&iacute;a. La historia nos demuestra, dram&aacute;ticamente, c&oacute;mo el objetivo de asegurar a todos desarrollo, bienestar material y paz prescindiendo de Dios y de su revelaci&oacute;n concluy&oacute; dando a los hombres piedras en lugar de pan. El pan, queridos hermanos y hermanas, es &laquo;fruto del trabajo del hombre&raquo;, y en esta verdad se encierra toda la responsabilidad confiada a nuestras manos y nuestro ingenio; pero el pan es tambi&eacute;n, y ante todo, &laquo;fruto de la tierra&raquo;, que recibe de lo alto sol y lluvia: es don que se ha de pedir, quit&aacute;ndonos toda soberbia y nos hace invocar con la confianza de los humildes: &laquo;Padre (&#8230;), danos hoy nuestro pan de cada d&iacute;a&raquo; (<i>Mt<\/i> 6, 11).<\/p>\n<p>El hombre es incapaz de darse la vida a s&iacute; mismo, &eacute;l se comprende s&oacute;lo a partir de Dios: es la relaci&oacute;n con &eacute;l lo que da consistencia a nuestra humanidad y lo que hace buena y justa nuestra vida. En el Padrenuestro pedimos que sea santificado <i>su <\/i>nombre, que venga <i>su <\/i>reino, que se cumpla <i>su <\/i> voluntad. Es ante todo el primado de Dios lo que debemos recuperar en nuestro mundo y en nuestra vida, porque es este primado lo que nos permite reencontrar la verdad de lo que somos; y en el conocimiento y seguimiento de la voluntad de Dios donde encontramos nuestro verdadero bien. Dar tiempo y espacio a Dios, para que sea el centro vital de nuestra existencia.<\/p>\n<p>&iquest;De d&oacute;nde partir, como de la fuente, para recuperar y reafirmar el primado de Dios? De la Eucarist&iacute;a: aqu&iacute; Dios se hace tan cercano que se convierte en nuestro alimento, aqu&iacute; &eacute;l se hace fuerza en el camino con frecuencia dif&iacute;cil, aqu&iacute; se hace presencia amiga que transforma. Ya la Ley dada por medio de Mois&eacute;s se consideraba como &laquo;pan del cielo&raquo;, gracias al cual Israel se convierte en el pueblo de Dios; pero en Jes&uacute;s, la palabra &uacute;ltima y definitiva de Dios, se hace carne, viene a nuestro encuentro como Persona. &Eacute;l, Palabra eterna, es el verdadero man&aacute;, es el pan de la vida (cf. <i>Jn<\/i> 6, 32-35); y realizar las obras de Dios es creer en &eacute;l (cf. <i>Jn <\/i>6, 28-29). En la &uacute;ltima Cena Jes&uacute;s resume toda su existencia en un gesto que se inscribe en la gran bendici&oacute;n pascual a Dios, gesto que &eacute;l, como hijo, vive en acci&oacute;n de gracias al Padre por su inmenso amor. Jes&uacute;s parte el pan y lo comparte, pero con una profundidad nueva, porque &eacute;l se dona a s&iacute; mismo. Toma el c&aacute;liz y lo comparte para que todos pueden beber de &eacute;l, pero con este gesto &eacute;l dona la &laquo;nueva alianza en su sangre&raquo;, se dona a s&iacute; mismo. Jes&uacute;s anticipa el acto de amor supremo, en obediencia a la voluntad del Padre: el sacrificio de la cruz. Se le quitar&aacute; la vida en la cruz, pero &eacute;l ya ahora la entrega por s&iacute; mismo. As&iacute;, la muerte de Cristo no se reduce a una ejecuci&oacute;n violenta, sino que &eacute;l la transforma en un libre acto de amor, en un acto de autodonaci&oacute;n, que atraviesa victoriosamente la muerte misma y reafirma la bondad de la creaci&oacute;n salida de las manos de Dios, humillada por el pecado y, al final, redimida. Este inmenso don es accesible a nosotros en el Sacramento de la Eucarist&iacute;a: Dios se dona a nosotros, para abrir nuestra existencia a &eacute;l, para involucrarla en el misterio de amor de la cruz, para hacerla part&iacute;cipe del misterio eterno del cual provenimos y para anticipar la nueva condici&oacute;n de la vida plena en Dios, en cuya espera vivimos. <\/p>\n<p>&iquest;Pero qu&eacute; comporta para nuestra vida cotidiana este partir de la Eucarist&iacute;a a fin de reafirmar el primado de Dios? La comuni&oacute;n eucar&iacute;stica, queridos amigos, nos arranca de nuestro individualismo, nos comunica el esp&iacute;ritu de Cristo muerto y resucitado, nos conforma a &eacute;l; nos une &iacute;ntimamente a los hermanos en el misterio de comuni&oacute;n que es la Iglesia, donde el &uacute;nico Pan hace de muchos un solo cuerpo (cf. <i>1 Co <\/i>10, 17), realizando la oraci&oacute;n de la comunidad cristiana de los or&iacute;genes que nos presenta el libro de la <i>Didach&eacute;<\/i>: &laquo;Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, as&iacute; sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino&raquo; (ix, 4). La Eucarist&iacute;a sostiene y transforma toda la vida cotidiana. Como record&eacute; en mi primera enc&iacute;clica, &laquo;en la comuni&oacute;n eucar&iacute;stica, est&aacute; incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros&raquo;, por lo cual &laquo;una Eucarist&iacute;a que no comporte un ejercicio concreto del amor es fragmentaria en s&iacute; misma&raquo; (<i><a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html\">Deus caritas est<\/a><\/i>, 14).<\/p>\n<p>La historia bimilenaria de la Iglesia est&aacute; constelada de santos y santas, cuya existencia es signo elocuente de c&oacute;mo precisamente desde la comuni&oacute;n con el Se&ntilde;or, desde la Eucarist&iacute;a nace una nueva e intensa asunci&oacute;n de responsabilidades a todos los niveles de la vida comunitaria; nace, por lo tanto, un desarrollo social positivo, que sit&uacute;a en el centro a la persona, especialmente a la persona pobre, enferma o necesitada. Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos, sino entrar en la misma l&oacute;gica de amor y de donaci&oacute;n del sacrificio de la cruz. Quien sabe arrodillarse ante la Eucarist&iacute;a, quien recibe el cuerpo del Se&ntilde;or no puede no estar atento, en el entramado ordinario de los d&iacute;as, a las situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse en primera persona hacia el necesitado, sabe partir el propio pan con el hambriento, compartir el agua con el sediento, vestir a quien est&aacute; desnudo, visitar al enfermo y al preso (cf. <i>Mt<\/i> 25, 34-36). En cada persona sabr&aacute; ver al mismo Se&ntilde;or que no ha dudado en darse a s&iacute; mismo por nosotros y por nuestra salvaci&oacute;n. Una espiritualidad eucar&iacute;stica, entonces, es un aut&eacute;ntico ant&iacute;doto ante el individualismo y el ego&iacute;smo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atenci&oacute;n en aliviar las heridas de aquellas desintegradas. Una espiritualidad eucar&iacute;stica es el alma de una comunidad eclesial que supera divisiones y contraposiciones y valora la diversidad de carismas y ministerios poni&eacute;ndolos al servicio de la unidad de la Iglesia, de su vitalidad y de su misi&oacute;n. Una espiritualidad eucar&iacute;stica es el camino para restituir dignidad a las jornadas del hombre y, por lo tanto, a su trabajo, en la b&uacute;squeda de conciliaci&oacute;n de los tiempos dedicados a la fiesta y a la familia y en el compromiso por superar la incertidumbre de la precariedad y el problema del paro. Una espiritualidad eucar&iacute;stica nos ayudar&aacute; tambi&eacute;n a acercarnos a las diversas formas de fragilidad humana, conscientes de que ello no ofusca el valor de la persona, pero requiere cercan&iacute;a, acogida y ayuda. Del Pan de la vida sacar&aacute; vigor una renovada capacidad educativa, atenta a testimoniar los valores fundamentales de la existencia, del saber, del patrimonio espiritual y cultural; su vitalidad nos har&aacute; habitar en la ciudad de los hombres con la disponibilidad a entregarnos en el horizonte del bien com&uacute;n para la construcci&oacute;n de una sociedad m&aacute;s equitativa y fraterna.<\/p>\n<p>Queridos amigos, volvamos de esta tierra de Las Marcas con la fuerza de la Eucarist&iacute;a en una constante &oacute;smosis entre el misterio que celebramos y los &aacute;mbitos de nuestra vida cotidiana. No hay nada aut&eacute;nticamente humano que no encuentre en la Eucarist&iacute;a la forma adecuada para ser vivido en plenitud: que la vida cotidiana se convierta en lugar de culto espiritual, para vivir en todas las circunstancias el primado de Dios, en relaci&oacute;n con Cristo y como donaci&oacute;n al Padre (cf. Exhort. ap. postsin. <i> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_ben-xvi_exh_20070222_sacramentum-caritatis.html\">Sacramentum caritatis<\/a><\/i>, 71). S&iacute;, &laquo;no s&oacute;lo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios&raquo; (<i>Mt<\/i> 4, 4): nosotros vivimos de la obediencia a esta palabra, que es pan vivo, hasta entregarnos, como Pedro, con la inteligencia del amor: &laquo;Se&ntilde;or, &iquest;a qui&eacute;n vamos a acudir? T&uacute; tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que t&uacute; eres el Santo de Dios&raquo; (<i>Jn <\/i>6, 68-69).<\/p>\n<p>Como la Virgen Mar&iacute;a, seamos tambi&eacute;n nosotros &laquo;regazo&raquo; disponible que done a Jes&uacute;s al hombre de nuestro tiempo, despertando el deseo profundo de aquella salvaci&oacute;n que s&oacute;lo viene de &eacute;l. Buen camino, con Cristo Pan de vida, a toda la Iglesia que est&aacute; en Italia. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2011 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL A ANCONA SANTA MISA PARA LA CLAUSURA DEL XXV CONGRESO EUCAR&Iacute;STICO NACIONAL ITALIANO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Astillero de Ancona Domingo 11 de septiembre de 2011 [V&iacute;deo] &nbsp; Querid&iacute;simos hermanos y hermanas: Hace seis a&ntilde;os, el primer viaje apost&oacute;lico en Italia de mi pontificado me llev&oacute; a Bari, con ocasi&oacute;n del &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-septiembre-de-2011-concelebracion-eucaristica-al-final-del-xxv-congreso-eucaristico-nacional-italiano-en-el-astillero-de-ancona\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab11 de septiembre de 2011: Concelebraci\u00f3n Eucar\u00edstica al final del XXV Congreso Eucar\u00edstico Nacional Italiano en el astillero de Ancona\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41005","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41005","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41005"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41005\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41005"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41005"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41005"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}