{"id":41014,"date":"2016-10-06T15:17:34","date_gmt":"2016-10-06T20:17:34","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-mayo-de-2011-santa-misa-en-el-parque-san-julian-de-mestre\/"},"modified":"2016-10-06T15:17:34","modified_gmt":"2016-10-06T20:17:34","slug":"8-de-mayo-de-2011-santa-misa-en-el-parque-san-julian-de-mestre","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-mayo-de-2011-santa-misa-en-el-parque-san-julian-de-mestre\/","title":{"rendered":"8 de mayo de 2011: Santa Misa en el Parque San Juli\u00e1n de Mestre"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\" size=\"4\"> <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2011\/index_aquileia-venezia.html\">VISITA PASTORAL A AQUILEA Y VENECIA<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><strong>SANTA MISA<\/strong><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HO<\/i><\/b><\/font><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">MIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><em>Parque San Juli&aacute;n &#8211; Mestre<br \/> Domingo 8 de mayo de 2011<\/em><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"3\" face=\"Times New Roman \"> <b> <font face=\"Times New Roman\"> (<a target=\"_blank\" href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_LEMHRQK4\">V&iacute;deo<\/a>)<\/font><\/b><\/font><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>Me alegra mucho estar hoy entre vosotros y celebrar con vosotros y para vosotros esta solemne Eucarist&iacute;a. Es significativo que el lugar escogido para esta liturgia sea el parque de San Juli&aacute;n: un espacio en donde normalmente no se celebran ritos religiosos, sino manifestaciones culturales y musicales. Hoy este espacio acoge a Jes&uacute;s resucitado, realmente presente en su Palabra, en la asamblea del pueblo de Dios con sus pastores y, de modo eminente, en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. A vosotros venerados hermanos obispos, con los presb&iacute;teros y los di&aacute;conos, y a vosotros, religiosos, religiosas y laicos, os dirijo mi m&aacute;s cordial saludo, pensando en particular en los enfermos aqu&iacute; presentes, acompa&ntilde;ados por la UNITALSI. &iexcl;Gracias por vuestra cordial acogida! Saludo con afecto al patriarca, cardenal Angelo Scola, a quien agradezco las sentidas palabras que me ha dirigido al inicio de la santa misa. Dirijo un deferente saludo al alcalde, al ministro de Bienes y actividades culturales, en representaci&oacute;n del Gobierno, al ministro de Trabajo y pol&iacute;ticas sociales, y a las autoridades civiles y militares, que con su presencia han querido honrar este encuentro. Un sentido agradecimiento a todos aquellos que generosamente han prestado su colaboraci&oacute;n para la preparaci&oacute;n y el desarrollo de <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2011\/index_aquileia-venezia.html\">mi visita pastoral<\/a>. &iexcl;Gracias de coraz&oacute;n!<\/p>\n<p>El Evangelio del tercer domingo de Pascua, que acabamos de escuchar, presenta el episodio de los disc&iacute;pulos de Ema&uacute;s (cf. <i>Lc<\/i> 24, 13-35), un relato que no acaba nunca de sorprendernos y conmovernos. Este episodio muestra las consecuencias de la obra de Jes&uacute;s resucitado en los dos disc&iacute;pulos: conversi&oacute;n de la desesperaci&oacute;n a la esperanza; conversi&oacute;n de la tristeza a la alegr&iacute;a; y tambi&eacute;n conversi&oacute;n a la vida comunitaria. A veces, cuando se habla de conversi&oacute;n, se piensa &uacute;nicamente a su aspecto arduo, de desprendimiento y de renuncia. En cambio, la conversi&oacute;n cristiana es tambi&eacute;n y sobre todo fuente de gozo, de esperanza y de amor. Es siempre obra de Jes&uacute;s resucitado, Se&ntilde;or de la vida, que nos ha obtenido esta gracia por medio de su pasi&oacute;n y nos la comunica en virtud de su resurrecci&oacute;n.<\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, he venido a vosotros como Obispo de Roma y continuador del ministerio de Pedro, para confirmaros en la fidelidad al Evangelio y en la comuni&oacute;n. He venido para compartir con los obispos y los presb&iacute;teros el celo del anuncio misionero, que debe involucrarnos a todos en un serio y bien coordinado servicio a la causa del reino de Dios. Vosotros, aqu&iacute; presentes hoy, represent&aacute;is a las comunidades eclesiales nacidas de la Iglesia madre de Aquileya. Como en el pasado, cuando esas Iglesias se distinguieron por el fervor apost&oacute;lico y el dinamismo pastoral, as&iacute; tambi&eacute;n hoy es necesario promover y defender con valent&iacute;a la verdad y la unidad de la fe. Es necesario dar raz&oacute;n de la esperanza cristiana al hombre moderno, a menudo agobiado por grandes e inquietantes problem&aacute;ticas que ponen en crisis los cimientos mismos de su ser y de su actuar.<\/p>\n<p>Viv&iacute;s en un contexto en el que el cristianismo se presenta como la fe que ha acompa&ntilde;ado, a lo largo de siglos, el camino de tantos pueblos, incluso a trav&eacute;s de persecuciones y pruebas muy duras. Son elocuentes expresiones de esta fe los m&uacute;ltiples testimonios diseminados por todas partes: las iglesias, las obras de arte, los hospitales, las bibliotecas, las escuelas; el ambiente mismo de vuestras ciudades, as&iacute; como los campos y las monta&ntilde;as, todos ellos salpicados de referencias a Cristo. Sin embargo, hoy este ser de Cristo corre el riesgo de vaciarse de su verdad y de sus contenidos m&aacute;s profundos; corre el riesgo de convertirse en un horizonte que s&oacute;lo toca la vida superficialmente, en aspectos m&aacute;s bien sociales y culturales; corre el riesgo de reducirse a un cristianismo en el que la experiencia de fe en Jes&uacute;s crucificado y resucitado no ilumina el camino de la existencia, como hemos escuchado en el Evangelio de hoy a prop&oacute;sito de los dos disc&iacute;pulos de Ema&uacute;s, los cuales, tras la crucifixi&oacute;n de Jes&uacute;s, regresaban a casa embargados por la duda, la tristeza y la desilusi&oacute;n. Esa actitud tiende, lamentablemente, a difundirse tambi&eacute;n en vuestro territorio: esto ocurre cuando los disc&iacute;pulos de hoy se alejan de la Jerusal&eacute;n del Crucificado y del Resucitado, dejando de creer en el poder y en la presencia viva del Se&ntilde;or. El problema del mal, del dolor y del sufrimiento, el problema de la injusticia y del atropello, el miedo a los dem&aacute;s, a los extra&ntilde;os y a los que desde lejos llegan hasta nuestras tierras y parecen atentar contra aquello que somos, llevan a los cristianos de hoy a decir con tristeza: <i>nosotros esper&aacute;bamos <\/i>que el Se&ntilde;or nos liberara del mal, del dolor, del sufrimiento, del miedo, de la injusticia.<\/p>\n<p>Por tanto, cada uno de nosotros, como ocurri&oacute; a los dos disc&iacute;pulos de Ema&uacute;s, necesita aprender la ense&ntilde;anza de Jes&uacute;s: ante todo escuchando y amando la Palabra de Dios, le&iacute;da a la luz del misterio pascual, para que inflame nuestro coraz&oacute;n e ilumine nuestra mente, y nos ayude a interpretar los acontecimientos de la vida y a darles un sentido. Luego es necesario sentarse a la mesa con el Se&ntilde;or, convertirse en sus comensales, para que su presencia humilde en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre nos restituya la mirada de la fe, para mirarlo todo y a todos con los ojos de Dios, y a la luz de su amor. Permanecer con Jes&uacute;s, que ha permanecido con nosotros, asimilar su estilo de vida entregada, escoger con &eacute;l la l&oacute;gica de la comuni&oacute;n entre nosotros, de la solidaridad y del compartir. La Eucarist&iacute;a es la m&aacute;xima expresi&oacute;n del don que Jes&uacute;s hace de s&iacute; mismo y es una invitaci&oacute;n constante a vivir nuestra existencia en la l&oacute;gica eucar&iacute;stica, como un don a Dios y a los dem&aacute;s.<\/p>\n<p>El Evangelio refiere tambi&eacute;n que los dos disc&iacute;pulos, tras reconocer a Jes&uacute;s al partir el pan, &laquo;levant&aacute;ndose en aquel momento, se volvieron a Jerusal&eacute;n&raquo; (<i>Lc<\/i> 24, 33). Sienten la necesidad de regresar a Jerusal&eacute;n y contar la extraordinaria experiencia vivida: el encuentro con el Se&ntilde;or resucitado. Hace falta realizar un gran esfuerzo para que cada cristiano, aqu&iacute; en el nordeste como en todas las dem&aacute;s partes del mundo, se transforme en testigo, dispuesto a anunciar con vigor y con alegr&iacute;a el acontecimiento de la muerte y de la resurrecci&oacute;n de Cristo. Conozco el empe&ntilde;o que, como Iglesias del Triv&eacute;neto, pon&eacute;is para tratar de comprender las razones del coraz&oacute;n del hombre moderno y c&oacute;mo, refiri&eacute;ndoos a las antiguas tradiciones cristianas, os preocup&aacute;is por trazar las l&iacute;neas program&aacute;ticas de la nueva evangelizaci&oacute;n, mirando con atenci&oacute;n a los numerosos desaf&iacute;os del tiempo presente y repensando el futuro de esta regi&oacute;n. Con mi presencia deseo apoyar vuestra obra e infundir en todos confianza en el intenso programa pastoral puesto en marcha por vuestros pastores, deseando un fruct&iacute;fero compromiso por parte de todos los componentes de la comunidad eclesial.<\/p>\n<p>Sin embargo, tambi&eacute;n un pueblo tradicionalmente cat&oacute;lico puede experimentar de forma negativa o asimilar casi de manera inconsciente los contragolpes de una cultura que acaba por insinuar una manera de pensar en la que el mensaje evang&eacute;lico se rechaza abiertamente o se lo obstaculiza solapadamente. S&eacute; cu&aacute;n grande ha sido y sigue siendo vuestro compromiso por defender los valores perennes de la fe cristiana. Os aliento a no ceder jam&aacute;s a las recurrentes tentaciones de la cultura hedonista y a las llamadas del consumismo materialista. Acoged la invitaci&oacute;n del ap&oacute;stol Pedro, presente en la segunda lectura de hoy, a comportaros &laquo;con temor de Dios durante el tiempo de vuestra peregrinaci&oacute;n&raquo; (<i>1 P<\/i> 1, 17), invitaci&oacute;n que se hace realidad en una existencia vivida intensamente por los caminos de nuestro mundo, con la conciencia de la meta que hay que alcanzar: la unidad con Dios, en Cristo crucificado y resucitado. De hecho, nuestra fe y nuestra esperanza est&aacute;n dirigidas hacia Dios (cf. <i>1 P<\/i> 1, 21): dirigidas a Dios por estar arraigadas en &eacute;l, fundadas en su amor y en su fidelidad. En los siglos pasados, vuestras Iglesias han conocido una rica tradici&oacute;n de santidad y de generoso servicio a los hermanos gracias a la obra de celosos sacerdotes, religiosos y religiosas de vida activa y contemplativa. Si queremos ponernos a la escucha de su ense&ntilde;anza espiritual, no nos es dif&iacute;cil reconocer la llamada personal e inconfundible que nos dirigen: <i>sed santos<\/i>. Poned a Cristo en el centro de vuestra vida. Construid sobre &eacute;l el edificio de vuestra existencia. En Jes&uacute;s encontrar&eacute;is la fuerza para abriros a los dem&aacute;s y para hacer de vosotros mismos, siguiendo su ejemplo, un don para toda la humanidad. <\/p>\n<p>En torno a Aquileya se unieron pueblos de lenguas y culturas diversas, que convergieron no s&oacute;lo por exigencias pol&iacute;ticas sino sobre todo por la fe en Cristo y por la civilizaci&oacute;n inspirada en la ense&ntilde;anza evang&eacute;lica, la civilizaci&oacute;n del amor. Las Iglesias nacidas de Aquileya est&aacute;n hoy llamadas a reforzar aquella antigua unidad espiritual, en particular a la luz del fen&oacute;meno de la inmigraci&oacute;n y de las nuevas circunstancias geopol&iacute;ticas actuales. La fe cristiana seguramente puede contribuir a poner en pr&aacute;ctica este programa, que afecta al desarrollo armonioso e integral del hombre y de la sociedad en la que vive. Por esto, mi presencia entre vosotros quiere ser tambi&eacute;n un vivo apoyo a los esfuerzos que se realizan para favorecer la solidaridad entre vuestras di&oacute;cesis del nordeste. Quiere ser, adem&aacute;s, un est&iacute;mulo para toda iniciativa orientada a la superaci&oacute;n de las divisiones que podr&iacute;an hacer vanas las aspiraciones concretas a la justicia y a la paz. <\/p>\n<p>Este, hermanos, es mi deseo; esta es la oraci&oacute;n que dirijo a Dios por todos vosotros, invocando la intercesi&oacute;n celestial de la Virgen Mar&iacute;a y de tantos santos y beatos, entre los cuales me es grato recordar a san P&iacute;o&nbsp;X y al beato Juan XXIII, pero tambi&eacute;n al venerable Giuseppe Toniolo, cuya beatificaci&oacute;n ya est&aacute; pr&oacute;xima. Estos luminosos testigos del Evangelio son la mayor riqueza de vuestro territorio: seguid sus ejemplos y sus ense&ntilde;anzas, conjug&aacute;ndolos con las exigencias actuales. Tened confianza: el Se&ntilde;or resucitado camina con vosotros ayer, hoy y siempre. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2011 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL A AQUILEA Y VENECIA SANTA MISA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Parque San Juli&aacute;n &#8211; Mestre Domingo 8 de mayo de 2011 (V&iacute;deo) &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Me alegra mucho estar hoy entre vosotros y celebrar con vosotros y para vosotros esta solemne Eucarist&iacute;a. 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