{"id":41022,"date":"2016-10-06T15:17:45","date_gmt":"2016-10-06T20:17:45","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/5-de-febrero-de-2011-santa-misa-y-rito-de-ordenacion-episcopal\/"},"modified":"2016-10-06T15:17:45","modified_gmt":"2016-10-06T20:17:45","slug":"5-de-febrero-de-2011-santa-misa-y-rito-de-ordenacion-episcopal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/5-de-febrero-de-2011-santa-misa-y-rito-de-ordenacion-episcopal\/","title":{"rendered":"5 de febrero de 2011: Santa Misa y Rito de ordenaci\u00f3n episcopal"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\" class=\"style1\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2011\/20110205.pdf\">CAPILLA PAPAL PARA LA ORDENACI&Oacute;N DE CINCO ARZOBISPOS<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HOMIL&Iacute;A<\/i><\/b><\/font><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\"> DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i> Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> S&aacute;bado 5 de febrero de 2011<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font size=\"3\" face=\"Times New Roman\"> <b>(<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/ordinazioniepiscopali05022011.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\">V&iacute;deo<\/a>)<br \/> <\/b><\/font> <i> <font color=\"#663300\" size=\"2\"><b> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2011\/20110205\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p>Saludo con afecto a estos cinco hermanos presb&iacute;teros que dentro de poco recibir&aacute;n la ordenaci&oacute;n episcopal: monse&ntilde;or Savio Hon Tai-Fai, monse&ntilde;or Marcello Bartolucci, monse&ntilde;or Celso Morga Iruzubieta, monse&ntilde;or Antonio Guido Filipazzi y monse&ntilde;or Edgar Pe&ntilde;a Parra. Deseo expresarles mi gratitud y la de la Iglesia por el servicio que han prestado hasta ahora con generosidad y entrega, y formular la invitaci&oacute;n a acompa&ntilde;arles con la oraci&oacute;n en el ministerio al que est&aacute;n llamados en la Curia romana y en las representaciones pontificias como sucesores de los Ap&oacute;stoles, para que el Esp&iacute;ritu Santo los ilumine y los gu&iacute;e siempre en la mies del Se&ntilde;or.<\/p>\n<p>&laquo;La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al due&ntilde;o de la mies que env&iacute;e obreros a su mies&raquo; (<i>Lc<\/i> 10, 2). Estas palabras del Evangelio de la misa de hoy nos tocan especialmente de cerca en esta hora. Es la hora de la misi&oacute;n: queridos amigos, el Se&ntilde;or os env&iacute;a a vosotros a su mies. Deb&eacute;is cooperar en la tarea de la que habla el profeta Isa&iacute;as en la primera lectura: &laquo;El Se&ntilde;or me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados&raquo; (<i>Is<\/i> 61, 1). Este es el trabajo para la mies en el campo de Dios, en el campo de la historia humana: llevar a los hombres la luz de la verdad, liberarlos de la pobreza de verdad, que es la verdadera tristeza y la verdadera pobreza del hombre. Llevarles la buena noticia que no es s&oacute;lo palabra, sino tambi&eacute;n acontecimiento: Dios, &eacute;l mismo, ha venido a nosotros. Nos toma de la mano, nos lleva hacia lo alto, hacia s&iacute; mismo, y as&iacute; cura el coraz&oacute;n desgarrado. Damos gracias al Se&ntilde;or porque manda obreros a la mies de la historia del mundo. Le damos gracias porque os manda a vosotros, porque hab&eacute;is dicho s&iacute; y porque en esta hora pronunciar&eacute;is nuevamente vuestro &laquo;s&iacute;&raquo; a ser obreros del Se&ntilde;or para los hombres.<\/p>\n<p>&laquo;La mies es abundante&raquo; tambi&eacute;n hoy, precisamente hoy. Aunque pueda parecer que grandes partes del mundo moderno, de los hombres de hoy, dan las espaldas a Dios y consideran que la fe es algo del pasado, existe el anhelo de que finalmente se establezcan la justicia, el amor, la paz, de que se superen la pobreza y el sufrimiento, de que los hombres encuentren la alegr&iacute;a. Todo este anhelo est&aacute; presente en el mundo de hoy, el anhelo hacia lo que es grande, hacia lo que es bueno. Es la nostalgia del Redentor, de Dios mismo, incluso donde se lo niega. Precisamente en esta hora el trabajo en el campo de Dios es muy urgente y precisamente en esta hora sentimos de modo especialmente doloroso la verdad de las palabras de Jes&uacute;s: &laquo;Son pocos los obreros&raquo;. Al mismo tiempo el Se&ntilde;or nos da a entender que no podemos ser simplemente nosotros solos quienes enviemos obreros a su mies; que no es una cuesti&oacute;n de gesti&oacute;n, de nuestra propia capacidad organizativa. Los obreros para el campo de su mies los puede enviar s&oacute;lo Dios mismo. Pero los quiere enviar a trav&eacute;s de la puerta de nuestra oraci&oacute;n. Nosotros podemos cooperar a la venida de los obreros, pero s&oacute;lo podemos hacerlo cooperando con Dios. As&iacute; esta hora del agradecimiento porque se realiza un env&iacute;o a la misi&oacute;n es tambi&eacute;n especialmente la hora de la oraci&oacute;n: Se&ntilde;or, env&iacute;a obreros a tu mies. Abre los corazones a tu llamada. No permitas que nuestra s&uacute;plica sea vana.<\/p>\n<p>La liturgia del d&iacute;a de hoy nos da, por tanto, dos definiciones de vuestra misi&oacute;n de obispos, de sacerdotes de Jesucristo: ser obreros en la mies de la historia del mundo con la tarea de curar abriendo las puertas del mundo al se&ntilde;or&iacute;o de Dios, a fin de que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Y nuestro ministerio se describe como cooperaci&oacute;n a la misi&oacute;n de Jesucristo, como participaci&oacute;n en el don del Esp&iacute;ritu Santo, que se le dio a &eacute;l en cuanto Mes&iacute;as, el Hijo ungido de Dios. La <i>Carta a los Hebreos<\/i> \u2014la segunda lectura\u2014 completa esto a partir de la imagen del sumo sacerdote Melquisedec, que remite misteriosamente a Cristo, el verdadero Sumo Sacerdote, el Rey de paz y de justicia.<\/p>\n<p>Pero quiero decir unas palabras sobre c&oacute;mo poner en pr&aacute;ctica esta gran tarea, sobre lo que exige concretamente de nosotros. Para la Semana de oraci&oacute;n por la unidad de los cristianos, este a&ntilde;o las comunidades cristianas de Jerusal&eacute;n hab&iacute;an elegido un pasaje de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>, en el que san Lucas quiere ilustrar de modo normativo cu&aacute;les son los elementos fundamentales de la existencia cristiana en la comuni&oacute;n de la Iglesia de Jesucristo. Se expresa as&iacute;: &laquo;Perseveraban en la ense&ntilde;anza de los Ap&oacute;stoles, en la comuni&oacute;n, en la fracci&oacute;n del pan y en las oraciones&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 42). En estos cuatro elementos b&aacute;sicos del ser de la Iglesia est&aacute; descrita a la vez tambi&eacute;n la tarea esencial de sus pastores. Los cuatro elementos est&aacute;n unidos mediante la expresi&oacute;n &laquo;perseveraban&raquo; \u2014&laquo;<i>erant perseverantes<\/i>&raquo;\u2014: la Biblia latina traduce as&iacute; la expresi&oacute;n griega &#x3c0;&#x3c1;&#x3bf;&#x3c3;&#x3ba;&#x3b1;&#x3c1;&#x3c4;&#x3b5;&#x3c1;&#x3ad;&#x3c9;: la perseverancia, la asiduidad, pertenece a la esencia del ser cristianos y es fundamental para la tarea de los pastores, de los obreros en la mies del Se&ntilde;or. El pastor no debe ser una ca&ntilde;a que se dobla seg&uacute;n sopla el viento, un siervo del esp&iacute;ritu del tiempo. El ser intr&eacute;pido, la valent&iacute;a de oponerse a las corrientes del momento pertenece de modo esencial a la tarea del pastor. No debe ser una ca&ntilde;a, sino \u2014seg&uacute;n la imagen del primer salmo\u2014 debe ser como un &aacute;rbol que tiene ra&iacute;ces profundas en las cuales permanece firme y bien fundamentado. Lo cual no tiene nada que ver con la rigidez o la inflexibilidad. S&oacute;lo donde hay estabilidad hay tambi&eacute;n crecimiento. El cardenal Newman, cuyo camino estuvo marcado por tres conversiones, dice que vivir es transformarse. Sin embargo, sus tres conversiones y las transformaciones acontecidas en ellas son un &uacute;nico camino coherente: el camino de la obediencia hacia la verdad, hacia Dios; el camino de la verdadera continuidad que precisamente as&iacute; hace progresar.<\/p>\n<p>&laquo;Perseverar en la ense&ntilde;anza de los Ap&oacute;stoles&raquo;: la fe tiene un contenido concreto. No es una espiritualidad indeterminada, una sensaci&oacute;n indefinible para la trascendencia. Dios ha actuado y precisamente &eacute;l ha hablado. Realmente ha hecho algo y realmente ha dicho algo. Ciertamente, la fe es, en primer lugar, confiarse a Dios, una relaci&oacute;n viva con &eacute;l. Pero el Dios al cual nos confiamos tiene un rostro y nos ha dado su Palabra. Podemos contar con la estabilidad de su Palabra. La Iglesia antigua resumi&oacute; el n&uacute;cleo esencial de la ense&ntilde;anza de los Ap&oacute;stoles en la llamada <i>Regula fidei<\/i>, que, substancialmente, es id&eacute;ntica a las profesiones de fe. Este es el fundamento seguro, sobre el cual nos basamos tambi&eacute;n hoy los cristianos. Es la base segura sobre la cual podemos construir la casa de nuestra fe, de nuestra vida (cf. <i>Mt <\/i>7, 24 ss). Y de nuevo, la estabilidad y el car&aacute;cter definitivo de lo que creemos no significan rigidez. San Juan de la Cruz compar&oacute; el mundo de la fe a una mina en la cual descubrimos siempre nuevos tesoros, tesoros en los cuales se desarrolla la &uacute;nica fe, la profesi&oacute;n del Dios que se manifiesta en Cristo. Como pastores de la Iglesia vivimos de esta fe y as&iacute; tambi&eacute;n podemos anunciarla como la buena noticia que hace que estemos seguros del amor de Dios y de que &eacute;l nos ama.<\/p>\n<p>El segundo pilar de la existencia eclesial, san Lucas lo llama &#x3ba;&#x3bf;&#x3b9;&#x3bd;&#x3c9;&#x3bd;&#x3af;&#x3b1;: <i> communio<\/i>. Despu&eacute;s del concilio Vaticano II, este t&eacute;rmino se ha convertido en una palabra central de la teolog&iacute;a y del anuncio, porque en &eacute;l, de hecho, se expresan todas las dimensiones del ser cristianos y de la vida eclesial. Lo que san Lucas quiere expresar exactamente con esta palabra en este texto, no lo sabemos. Por tanto, podemos tranquilamente comprenderla bas&aacute;ndonos en el contexto global del Nuevo Testamento y de la Tradici&oacute;n apost&oacute;lica. Una primera gran definici&oacute;n de <i>communio<\/i> la da san Juan al comienzo de su <i>primera carta<\/i>: Lo que hemos visto y o&iacute;do, lo que palparon nuestras manos, os lo anunciamos, para que est&eacute;is en comuni&oacute;n con nosotros. Y nuestra <i>communio<\/i> es comuni&oacute;n con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. <i>1 Jn<\/i> 1, 1-4). Dios se ha hecho para nosotros visible y tangible y as&iacute; ha creado una comuni&oacute;n real con &eacute;l mismo. Entramos en esa comuni&oacute;n a trav&eacute;s del creer y el vivir juntamente con quienes lo han palpado. Con ellos y a trav&eacute;s de ellos, nosotros mismos de alg&uacute;n modo lo vemos, y palpamos al Dios que se ha hecho cercano. As&iacute; la dimensi&oacute;n horizontal y la vertical est&aacute;n aqu&iacute; inseparablemente enlazadas una con otra. Al estar en comuni&oacute;n con los Ap&oacute;stoles, al estar en su fe, nosotros mismos estamos en contacto con el Dios vivo. Queridos amigos, para esto sirve el ministerio de los obispos: que esta cadena de la comuni&oacute;n no se interrumpa. Esta es la esencia de la sucesi&oacute;n apost&oacute;lica: conservar la comuni&oacute;n con aquellos que han encontrado al Se&ntilde;or de modo visible y tangible y as&iacute; tener abierto el cielo, la presencia de Dios entre nosotros. S&oacute;lo mediante la comuni&oacute;n con los sucesores de los Ap&oacute;stoles estamos tambi&eacute;n en contacto con el Dios encarnado. Pero vale igualmente lo contrario: s&oacute;lo gracias a la comuni&oacute;n con Dios, s&oacute;lo gracias a la comuni&oacute;n con Jesucristo esta cadena de los testigos permanece unida. Nunca somos obispos solos, nos dice el Vaticano II, sino siempre y solamente en el colegio de los obispos. Este, adem&aacute;s, no puede encerrarse en el tiempo de la propia generaci&oacute;n. A la colegialidad pertenece el entrelazado de todas las generaciones, la Iglesia viva de todos los tiempos. Vosotros, queridos hermanos, ten&eacute;is la misi&oacute;n de conservar esta comuni&oacute;n cat&oacute;lica. Sab&eacute;is que el Se&ntilde;or encomend&oacute; a san Pedro y a sus sucesores que estuvieran en el centro de esa comuni&oacute;n, que fueran los garantes del estar en la totalidad de la comuni&oacute;n apost&oacute;lica y de su fe. Ofreced vuestra ayuda para que permanezca vivo el gozo por la gran unidad de la Iglesia, por la comuni&oacute;n de todos los lugares y todos los tiempos, por la comuni&oacute;n de la fe que abraza el cielo y la tierra. Vivid la <i>communio<\/i>, y vivid con el coraz&oacute;n, d&iacute;a tras d&iacute;a, su centro m&aacute;s profundo en ese momento sagrado, en el cual el Se&ntilde;or mismo se dona en la santa Comuni&oacute;n.<\/p>\n<p>Con esto hemos llegado al elemento fundamental sucesivo de la existencia eclesial, mencionado por san Lucas: la fracci&oacute;n del pan. La mirada del Evangelista, en este punto, vuelve atr&aacute;s, a los disc&iacute;pulos de Ema&uacute;s, que reconocieron al Se&ntilde;or por el gesto de partir el pan. Y desde all&iacute; la mirada vuelve todav&iacute;a m&aacute;s atr&aacute;s, a la hora de la &uacute;ltima Cena, en la cual Jes&uacute;s, al partir el pan, se distribuy&oacute; a s&iacute; mismo, se hizo pan por nosotros y anticip&oacute; su muerte y su resurrecci&oacute;n. Partir el pan, la santa Eucarist&iacute;a, es el centro de la Iglesia y debe ser el centro de nuestro ser cristianos y de nuestra vida sacerdotal. El Se&ntilde;or se nos da. Cristo resucitado entra en mi interior y quiere transformarme para hacerme entrar en una profunda comuni&oacute;n con &eacute;l. As&iacute; me abre tambi&eacute;n a todos los dem&aacute;s: nosotros, siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, dice san Pablo (cf. <i>1 Co<\/i> 10, 17). Tratemos de celebrar la Eucarist&iacute;a con una entrega, un fervor cada vez m&aacute;s profundo; tratemos de organizar nuestros d&iacute;as seg&uacute;n su medida; tratemos de dejarnos plasmar por ella. Partir el pan: as&iacute; se expresa asimismo el compartir, el transmitir nuestro amor a los dem&aacute;s. La dimensi&oacute;n social, el compartir no es un ap&eacute;ndice moral que se a&ntilde;ade a la Eucarist&iacute;a, sino que es parte de ella. Esto resulta claramente del vers&iacute;culo que en los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i> sigue al que acabamos de citar: &laquo;Los creyentes\u2026 ten&iacute;an todo en com&uacute;n&raquo;, dice san Lucas (2, 44). Prestemos atenci&oacute;n a que la fe se exprese siempre en el amor y en la justicia de unos con otros y que nuestra pr&aacute;ctica social se inspire en la fe; que la fe se viva en el amor.<\/p>\n<p>Como &uacute;ltimo pilar de la existencia eclesial, san Lucas menciona &laquo;las oraciones&raquo;. Habla en plural: oraciones. &iquest;Qu&eacute; quiere decir con esto? Probablemente piensa en la participaci&oacute;n de la primera comunidad de Jerusal&eacute;n en las oraciones en el templo, en los ordenamientos comunes de la oraci&oacute;n. As&iacute; se pone de relieve algo importante. La oraci&oacute;n, por una parte, debe ser muy personal, un unirme en lo m&aacute;s profundo a Dios. Debe ser mi lucha con &eacute;l, mi b&uacute;squeda de &eacute;l, mi agradecimiento a &eacute;l y mi alegr&iacute;a en &eacute;l. Sin embargo, nunca es solamente algo privado de mi &laquo;yo&raquo; individual, que no ata&ntilde;e a los dem&aacute;s. Esencialmente, orar es tambi&eacute;n un orar en el &laquo;nosotros&raquo; de los hijos de Dios. S&oacute;lo en este &laquo;nosotros&raquo; somos hijos de <i>nuestro <\/i>Padre, a quien el Se&ntilde;or nos ha ense&ntilde;ado a orar. S&oacute;lo este &laquo;nosotros&raquo; nos abre el acceso al Padre. Por una parte, nuestra oraci&oacute;n debe ser cada vez m&aacute;s personal, tocar y penetrar cada vez m&aacute;s profundamente el n&uacute;cleo de nuestro &laquo;yo&raquo;. Por otra, debe alimentarse siempre de la comuni&oacute;n de los orantes, de la unidad del Cuerpo de Cristo, para plasmarme verdaderamente a partir del amor de Dios. As&iacute; orar, en &uacute;ltima instancia, no es una actividad entre otras, una parte de mi tiempo. Orar es la respuesta al imperativo que est&aacute; al inicio del Canon en la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica: <i>Sursum corda:<\/i> levantemos el coraz&oacute;n. Se trata de elevar mi existencia hacia la altura de Dios. En san Gregorio Magno se encuentra una hermosa palabra al respecto. Recuerda que Jes&uacute;s llama a Juan el Bautista una &laquo;l&aacute;mpara que ard&iacute;a y brillaba&raquo; (<i>Jn <\/i>5, 35) y sigue: &laquo;ardiente por el deseo celestial, brillante por la palabra. Por tanto, a fin de que se conserve la veracidad del anuncio, se debe conservar la altura de la vida&raquo; (<i>Hom. en Ez.<\/i> 1, 11: 7 ccl 142, 134). La altura, la medida alta de la vida, que precisamente hoy es tan esencial para el testimonio en favor de Jesucristo, s&oacute;lo la podemos encontrar si en la oraci&oacute;n nos dejamos atraer continuamente por &eacute;l hacia su altura.<\/p>\n<p><i>Duc in altum<\/i> (<i>Lc<\/i> 5, 4): Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca. Esto lo dijo Jes&uacute;s a Pedro y a sus compa&ntilde;eros cuando los llam&oacute; a convertirse en &laquo;pescadores de hombres&raquo;. <i>Duc in altum<\/i>: el Papa Juan Pablo II, en sus &uacute;ltimos a&ntilde;os, retom&oacute; con fuerza esta palabra y la proclam&oacute; en voz alta a los disc&iacute;pulos del Se&ntilde;or de hoy. <i>Duc in altum<\/i> os dice a vosotros el Se&ntilde;or en esta hora, queridos amigos. Hab&eacute;is sido llamados a tareas que conciernen a la Iglesia universal. Est&aacute;is llamados a echar la red del Evangelio en el mar agitado de este tiempo para obtener la adhesi&oacute;n de los hombres a Cristo; para sacarlos, por as&iacute; decir, de las aguas salinas de la muerte y de la oscuridad en la cual la luz del cielo no penetra. Deb&eacute;is llevarlos a la tierra de la vida, en la comuni&oacute;n con Jesucristo.<\/p>\n<p>En un pasaje del primer libro de su obra sobre la sant&iacute;sima Trinidad, san Hilario de Poitiers prorrumpe improvisamente en una oraci&oacute;n: Por esto rezo &laquo;para que t&uacute; hinches las velas desplegadas de nuestra fe y de nuestra profesi&oacute;n con el soplo de tu Esp&iacute;ritu y me impulse hacia adelante en la traves&iacute;a de mi anuncio&raquo; (I 37 CCL 62, 35s). S&iacute;, por esto rezamos en esta hora por vosotros, queridos amigos. Por tanto, desplegad las velas de vuestras almas, las velas de la fe, de la esperanza, del amor, a fin de que el Esp&iacute;ritu Santo pueda hincharlas y concederos un viaje bendito como pescadores de hombres en el oc&eacute;ano de nuestro tiempo. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2011 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CAPILLA PAPAL PARA LA ORDENACI&Oacute;N DE CINCO ARZOBISPOS HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana S&aacute;bado 5 de febrero de 2011 (V&iacute;deo) Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Saludo con afecto a estos cinco hermanos presb&iacute;teros que dentro de poco recibir&aacute;n la ordenaci&oacute;n episcopal: monse&ntilde;or Savio Hon Tai-Fai, monse&ntilde;or Marcello Bartolucci, monse&ntilde;or Celso &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/5-de-febrero-de-2011-santa-misa-y-rito-de-ordenacion-episcopal\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab5 de febrero de 2011: Santa Misa y Rito de ordenaci\u00f3n episcopal\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41022","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41022","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41022"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41022\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41022"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41022"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41022"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}