{"id":41024,"date":"2016-10-06T15:17:48","date_gmt":"2016-10-06T20:17:48","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-enero-de-2011-fiesta-de-la-conversion-del-apostol-san-pablo-celebracion-de-las-visperas\/"},"modified":"2016-10-06T15:17:48","modified_gmt":"2016-10-06T20:17:48","slug":"25-de-enero-de-2011-fiesta-de-la-conversion-del-apostol-san-pablo-celebracion-de-las-visperas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-enero-de-2011-fiesta-de-la-conversion-del-apostol-san-pablo-celebracion-de-las-visperas\/","title":{"rendered":"25 de enero de 2011: Fiesta de la conversi\u00f3n del ap\u00f3stol san Pablo &#8211; Celebraci\u00f3n de las V\u00edsperas"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2011\/20110125.pdf\">CELEBRACI&Oacute;N DE LAS SEGUNDAS V&Iacute;SPERAS <br \/>AL CONCLUIR LA SEMANA DE ORACI&Oacute;N <br \/>POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i>Fiesta<\/i><\/font><i><font color=\"#663300\"> de la Conversi&oacute;n de San Pablo Ap&oacute;stol<br \/> Bas&iacute;lica de San Pablo Extramuros<br \/> Martes 25 de enero de 2011<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <font size=\"3\" face=\"Times New Roman\"> <b> (<a href=\"#\" onclick=\"window.open('http:\/\/vod.vatican.va\/vespri25012011.mov','','height=260,width=320,left=200,top=200,resizable=0,scrollbars=0,toolbar=0,status=0');\">V&iacute;deo<\/a>)<br \/> <\/b><\/font> <span lang=\"es\"> <i> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <font color=\"#663300\" face=\"Times New Roman\" size=\"2\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2011\/20110125\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/font><\/b><\/font><\/i><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas: <\/i> <\/p>\n<p>Siguiendo el ejemplo de Jes&uacute;s, que en la v&iacute;spera de su pasi&oacute;n or&oacute; al Padre por sus disc&iacute;pulos &laquo;para que todos sean uno&raquo; (<i>Jn<\/i> 17, 21), los cristianos siguen invocando incesantemente de Dios el don de la unidad. Esta petici&oacute;n se hace m&aacute;s intensa durante la Semana de oraci&oacute;n que hoy concluye, cuando las Iglesias y comunidades eclesiales meditan y rezan juntas por la unidad de todos los cristianos. Este a&ntilde;o el tema ofrecido a nuestra meditaci&oacute;n ha sido propuesto por las comunidades cristianas de Jerusal&eacute;n, a las que quiero expresar mi vivo agradecimiento, acompa&ntilde;ado por la seguridad del afecto y de la oraci&oacute;n tanto por mi parte como por parte de toda la Iglesia. Los cristianos de la ciudad santa nos invitan a renovar y reforzar nuestro compromiso por el restablecimiento de la unidad plena meditando sobre el modelo de vida de los primeros disc&iacute;pulos de Cristo reunidos en Jerusal&eacute;n, los cuales \u2014como leemos en los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>\u2014 &laquo;perseveraban en la ense&ntilde;anza de los Ap&oacute;stoles, en la comuni&oacute;n, en la fracci&oacute;n del pan y en las oraciones&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 42). Este es el retrato de la primera comunidad, nacida en Jerusal&eacute;n el mismo d&iacute;a de Pentecost&eacute;s, suscitada por la predicaci&oacute;n que el ap&oacute;stol san Pedro, lleno del Esp&iacute;ritu Santo, dirige a todos aquellos que hab&iacute;an llegado a la ciudad santa para la fiesta. Una comunidad no cerrada en s&iacute; misma, sino, desde su nacimiento, cat&oacute;lica, universal, capaz de abrazar a gentes de lenguas y culturas distintas, como nos atestigua el mismo libro de los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>. Una comunidad no fundada sobre un pacto entre sus miembros, ni surgida simplemente de compartir un proyecto o un ideal, sino de la comuni&oacute;n profunda con Dios, que se revel&oacute; en su Hijo, del encuentro con Cristo muerto y resucitado.<\/p>\n<p>En un breve sumario, que concluye el cap&iacute;tulo iniciado con la narraci&oacute;n de la venida del Esp&iacute;ritu Santo en el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s, el evangelista san Lucas presenta de modo sint&eacute;tico la vida de esta primera comunidad: quienes hab&iacute;an acogido la palabra predicada por san Pedro y hab&iacute;an sido bautizados, escuchaban la Palabra de Dios, transmitida por los Ap&oacute;stoles; estaban juntos de buen grado, haci&eacute;ndose cargo de los servicios necesarios y compartiendo libre y generosamente los bienes materiales; celebraban el sacrificio de Cristo en la cruz, su misterio de muerte y resurrecci&oacute;n, en la Eucarist&iacute;a, repitiendo el gesto del partir el pan; alababan y daban gracias continuamente al Se&ntilde;or, invocando su ayuda en las dificultades. Esta descripci&oacute;n, sin embargo, no es simplemente un recuerdo del pasado ni tampoco la presentaci&oacute;n de un ejemplo a imitar o de una meta ideal por alcanzar. Es m&aacute;s bien la afirmaci&oacute;n de la presencia y de la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo en la vida de la Iglesia. Es un testimonio, lleno de confianza, de que el Esp&iacute;ritu Santo, uniendo a todos en Cristo, es el principio de la unidad de la Iglesia y hace que los fieles creyentes sean uno. <\/p>\n<p>La ense&ntilde;anza de los Ap&oacute;stoles, la comuni&oacute;n fraterna, el partir el pan y la oraci&oacute;n son las formas concretas de vida de la primera comunidad cristiana de Jerusal&eacute;n reunida por la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo, pero al mismo tiempo constituyen los rasgos esenciales de todas las comunidades cristianas, de todo tiempo y de todo lugar. En otras palabras, podr&iacute;amos decir que representan tambi&eacute;n las dimensiones fundamentales de la unidad del Cuerpo visible de la Iglesia.<\/p>\n<p>Debemos reconocer que, en el curso de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, el movimiento ecum&eacute;nico, &laquo;surgido con la ayuda de la gracia del Esp&iacute;ritu Santo&raquo; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html\">Unitatis redintegratio<\/a>, <\/i>1), ha dado significativos pasos adelante, que han permitido alcanzar convergencias alentadoras y consensos sobre diversos puntos, desarrollando entre las Iglesias y las comunidades eclesiales relaciones de estima y respeto rec&iacute;proco, as&iacute; como de colaboraci&oacute;n concreta frente a los desaf&iacute;os del mundo contempor&aacute;neo. Con todo, sabemos bien que a&uacute;n estamos lejos de la unidad por la que Cristo or&oacute;, y que encontramos reflejada en el retrato de la primera comunidad de Jerusal&eacute;n. La unidad a la que Cristo, mediante su Esp&iacute;ritu, llama a la Iglesia no se realiza s&oacute;lo en el plano de las estructuras organizativas, sino que se configura, en un nivel mucho m&aacute;s profundo, como unidad expresada &laquo;en la confesi&oacute;n de una sola fe, en la celebraci&oacute;n com&uacute;n del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios&raquo; (<i>ib.<\/i>, 2). La b&uacute;squeda del restablecimiento de la unidad entre los cristianos divididos, por tanto, no puede reducirse a un reconocimiento de las diferencias rec&iacute;procas y a la consecuci&oacute;n de una convivencia pac&iacute;fica: lo que anhelamos es la unidad por la que Cristo mismo or&oacute; y que por su naturaleza se manifiesta en la comuni&oacute;n de la fe, de los sacramentos, del ministerio. El camino hacia esta unidad se debe percibir como imperativo moral, respuesta a una llamada precisa del Se&ntilde;or. Por eso es necesario vencer la tentaci&oacute;n de la resignaci&oacute;n y del pesimismo, que es falta de confianza en el poder del Esp&iacute;ritu Santo. Nuestro deber es proseguir con pasi&oacute;n el camino hacia esta meta con un di&aacute;logo serio y riguroso para profundizar en el patrimonio teol&oacute;gico, lit&uacute;rgico y espiritual com&uacute;n; con el conocimiento rec&iacute;proco; con la formaci&oacute;n ecum&eacute;nica de las nuevas generaciones y, sobre todo, con la conversi&oacute;n del coraz&oacute;n y con la oraci&oacute;n. De hecho, como declar&oacute; el concilio Vaticano ii, el &laquo;santo prop&oacute;sito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de una sola y &uacute;nica Iglesia de Cristo, supera las fuerzas y las capacidades humanas&raquo; y, por ello, nuestra esperanza debe ponerse en primer lugar &laquo;en la oraci&oacute;n de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre por nosotros y en el poder del Esp&iacute;ritu Santo&raquo; (<i>ib.<\/i>, 24).<\/p>\n<p>En este camino de b&uacute;squeda de la unidad plena visible entre todos los cristianos nos acompa&ntilde;a y nos sostiene el ap&oacute;stol san Pablo, de quien hoy celebramos solemnemente la fiesta de la Conversi&oacute;n. Antes de que se le apareciera Cristo resucitado en el camino de Damasco dici&eacute;ndole: &laquo;Yo soy Jes&uacute;s, a quien t&uacute; persigues&raquo; (<i>Hch<\/i> 9, 5), era uno de los m&aacute;s encarnizados adversarios de las primeras comunidades cristianas. El evangelista san Lucas describe a Saulo entre aquellos que aprobaron la muerte de Esteban, en los d&iacute;as en que estall&oacute; una violenta persecuci&oacute;n contra los cristianos de Jerusal&eacute;n (cf. <i>Hch<\/i> 8, 1). Saulo parti&oacute; de la ciudad santa para extender la persecuci&oacute;n de los cristianos hasta Siria y, despu&eacute;s de su conversi&oacute;n, volvi&oacute; all&iacute; para ser presentado a los Ap&oacute;stoles por Bernab&eacute;, el cual se hizo garante de la autenticidad de su encuentro con el Se&ntilde;or. Desde entonces san Pablo fue admitido, no s&oacute;lo como miembro de la Iglesia, sino tambi&eacute;n como predicador del Evangelio junto con los dem&aacute;s Ap&oacute;stoles, habiendo recibido, como ellos, la manifestaci&oacute;n del Se&ntilde;or resucitado y la llamada especial a ser &laquo;instrumento elegido&raquo; para llevar su nombre a los pueblos (cf. <i>Hch<\/i> 9, 15). En sus largos viajes misioneros, san Pablo, peregrinando por ciudades y regiones diversas, no olvid&oacute; nunca el v&iacute;nculo de comuni&oacute;n con la Iglesia de Jerusal&eacute;n. La colecta en favor de los cristianos de esa comunidad, los cuales, muy pronto, tuvieron necesidad de ayuda (cf. <i>1 Co<\/i> 16, 1), ocup&oacute; un lugar importante entre las preocupaciones de san Pablo, que la consideraba no s&oacute;lo una obra de caridad, sino el signo y la garant&iacute;a de la unidad y de la comuni&oacute;n entre las Iglesias fundadas por &eacute;l y la primitiva comunidad de la ciudad santa, un signo de la unidad de la &uacute;nica Iglesia de Cristo.<\/p>\n<p>En este clima de intensa oraci&oacute;n, dirijo mi cordial saludo a todos los presentes: al cardenal Francesco Monterisi, arcipreste de esta bas&iacute;lica, al cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo pontificio para la promoci&oacute;n de la unidad de los cristianos, y a los dem&aacute;s cardenales, a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, al abad y a los monjes benedictinos de esta antigua comunidad, a los religiosos y las religiosas, a los laicos que representan a toda la comunidad diocesana de Roma. De modo especial quiero saludar a los hermanos y hermanas de las dem&aacute;s Iglesias y comunidades eclesiales aqu&iacute; representadas esta tarde. Entre ellos me es particularmente grato dirigir mi saludo a los miembros de la Comisi&oacute;n mixta internacional para el di&aacute;logo teol&oacute;gico entre la Iglesia cat&oacute;lica y las Iglesias orientales ortodoxas, cuya reuni&oacute;n tiene lugar aqu&iacute; en Roma en estos d&iacute;as. Encomendamos al Se&ntilde;or el &eacute;xito de vuestro encuentro, para que pueda representar un paso adelante hacia la unidad tan deseada.<\/p>\n<p>Quiero dirigir un saludo particular tambi&eacute;n a los representantes de la Iglesia evang&eacute;lica luterana alemana, que han llegado a Roma encabezados por el obispo de la Iglesia de Baviera. <\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, confiando en la intercesi&oacute;n de la Virgen Mar&iacute;a, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, invocamos, por tanto, el don de la unidad. Unidos a Mar&iacute;a, que el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s estaba presente en el Cen&aacute;culo junto a los Ap&oacute;stoles, nos dirigimos a Dios, fuente de todo bien, para que se renueve para nosotros hoy el milagro de Pentecost&eacute;s y, guiados por el Esp&iacute;ritu Santo, todos los cristianos restablezcan la unidad plena en Cristo. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2011 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CELEBRACI&Oacute;N DE LAS SEGUNDAS V&Iacute;SPERAS AL CONCLUIR LA SEMANA DE ORACI&Oacute;N POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Fiesta de la Conversi&oacute;n de San Pablo Ap&oacute;stol Bas&iacute;lica de San Pablo Extramuros Martes 25 de enero de 2011 (V&iacute;deo) Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Siguiendo el ejemplo de Jes&uacute;s, &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-enero-de-2011-fiesta-de-la-conversion-del-apostol-san-pablo-celebracion-de-las-visperas\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab25 de enero de 2011: Fiesta de la conversi\u00f3n del ap\u00f3stol san Pablo &#8211; Celebraci\u00f3n de las V\u00edsperas\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41024","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41024","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41024"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41024\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41024"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41024"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41024"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}