{"id":41029,"date":"2016-10-06T15:18:51","date_gmt":"2016-10-06T20:18:51","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-diciembre-de-2012-misa-de-nochebuena\/"},"modified":"2016-10-06T15:18:51","modified_gmt":"2016-10-06T20:18:51","slug":"24-de-diciembre-de-2012-misa-de-nochebuena","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-diciembre-de-2012-misa-de-nochebuena\/","title":{"rendered":"24 de diciembre de 2012: Misa de Nochebuena"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2012\/20121224.pdf\">MISA DE NOCHEBUENA<\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b>SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SE&Ntilde;OR<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Lunes 24 de diciembre de 2012<\/font><\/i><b>&nbsp;<\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <strong>[<\/strong><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><b><a href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_8556D188\" target=\"_blank\">V&iacute;deo<\/a><\/b><\/font><strong>] <br \/> <\/strong> <i> <span lang=\"es\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <b> <strong><font face=\"Times New Roman\"> <em> <a href=\"http:\/\/www.photogallery.va\/content\/photogallery\/es\/Natale2012.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/em><\/font><\/strong><\/b><\/font><\/span><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas<\/i><\/p>\n<p>Una vez m&aacute;s, como siempre, la belleza de este Evangelio nos llega al coraz&oacute;n: una belleza que es esplendor de la verdad. Nuevamente nos conmueve que Dios se haya hecho ni&ntilde;o, para que podamos amarlo, para que nos atrevamos a amarlo, y, como ni&ntilde;o, se pone confiadamente en nuestras manos. Dice algo as&iacute;: S&eacute; que mi esplendor te asusta, que ante mi grandeza tratas de afianzarte t&uacute; mismo. Pues bien, vengo por tanto a ti como ni&ntilde;o, para que puedas acogerme y amarme.<\/p>\n<p>Nuevamente me llega al coraz&oacute;n esa palabra del evangelista, dicha casi de pasada, de que no hab&iacute;a lugar para ellos en la posada. Surge inevitablemente la pregunta sobre qu&eacute; pasar&iacute;a si Mar&iacute;a y Jos&eacute; llamaran a mi puerta. &iquest;Habr&iacute;a lugar para ellos? Y despu&eacute;s nos percatamos de que esta noticia aparentemente casual de la falta de sitio en la posada, que lleva a la Sagrada Familia al establo, es profundizada en su esencia por el evangelista Juan cuando escribe: &laquo;Vino a su casa, y los suyos no la recibieron&raquo; (<i>Jn<\/i> 1,11). As&iacute; que la gran cuesti&oacute;n moral de lo que sucede entre nosotros a prop&oacute;sito de los pr&oacute;fugos, los refugiados, los emigrantes, alcanza un sentido m&aacute;s fundamental a&uacute;n: &iquest;Tenemos un puesto para Dios cuando &eacute;l trata de entrar en nosotros? &iquest;Tenemos tiempo y espacio para &eacute;l? &iquest;No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos? Y as&iacute; se comienza porque no tenemos tiempo para Dios. Cuanto m&aacute;s r&aacute;pidamente nos movemos, cuanto m&aacute;s eficaces son los medios que nos permiten ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible. &iquest;Y Dios? Lo que se refiere a &eacute;l, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya est&aacute; completamente ocupado. Pero la cuesti&oacute;n va todav&iacute;a m&aacute;s a fondo. &iquest;Tiene Dios realmente un lugar en nuestro pensamiento? La metodolog&iacute;a de nuestro pensar est&aacute; planteada de tal manera que, en el fondo, &eacute;l no debe existir. Aunque parece llamar a la puerta de nuestro pensamiento, debe ser rechazado con alg&uacute;n razonamiento. Para que se sea considerado serio, el pensamiento debe estar configurado de manera que la &laquo;hip&oacute;tesis Dios&raquo; sea superflua. No hay sitio para &eacute;l. Tampoco hay lugar para &eacute;l en nuestros sentimientos y deseos. Nosotros nos queremos a nosotros mismos, queremos las cosas tangibles, la felicidad que se pueda experimentar, el &eacute;xito de nuestros proyectos personales y de nuestras intenciones. Estamos completamente &laquo;llenos&raquo; de nosotros mismos, de modo que ya no queda espacio alguno para Dios. Y, por eso, tampoco queda espacio para los otros, para los ni&ntilde;os, los pobres, los extranjeros. A partir de la sencilla palabra sobre la falta de sitio en la posada, podemos darnos cuenta de lo necesaria que es la exhortaci&oacute;n de san Pablo: &laquo;Transformaos por la renovaci&oacute;n de la mente&raquo; (<i>Rm<\/i> 12,2). Pablo habla de renovaci&oacute;n, de abrir nuestro intelecto (<i>nous<\/i>); habla, en general, del modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos. La conversi&oacute;n que necesitamos debe llegar verdaderamente hasta las profundidades de nuestra relaci&oacute;n con la realidad. Roguemos al Se&ntilde;or para que estemos vigilantes ante su presencia, para que oigamos c&oacute;mo &eacute;l llama, de manera callada pero insistente, a la puerta de nuestro ser y de nuestro querer. Oremos para que se cree en nuestro interior un espacio para &eacute;l. Y para que, de este modo, podamos reconocerlo tambi&eacute;n en aquellos a trav&eacute;s de los cuales se dirige a nosotros: en los ni&ntilde;os, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres de este mundo.<\/p>\n<p>En el relato de la Navidad hay tambi&eacute;n una segunda palabra sobre la que quisiera reflexionar con vosotros: el himno de alabanza que los &aacute;ngeles entonan despu&eacute;s del mensaje sobre el Salvador reci&eacute;n nacido: &laquo;Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes &eacute;l se complace&raquo;. Dios es glorioso. Dios es luz pura, esplendor de la verdad y del amor. &Eacute;l es bueno. Es el verdadero bien, el bien por excelencia. Los &aacute;ngeles que lo rodean transmiten en primer lugar simplemente la alegr&iacute;a de percibir la gloria de Dios. Su canto es una irradiaci&oacute;n de la alegr&iacute;a que los inunda. En sus palabras o&iacute;mos, por decirlo as&iacute;, algo de los sonidos melodiosos del cielo. En ellas no se supone ninguna pregunta sobre el porqu&eacute;, aparece simplemente el hecho de estar llenos de la felicidad que proviene de advertir el puro esplendor de la verdad y del amor de Dios. Queremos dejarnos embargar de esta alegr&iacute;a: existe la verdad. Existe la pura bondad. Existe la luz pura. Dios es bueno y &eacute;l es el poder supremo por encima de todos los poderes. En esta noche, deber&iacute;amos simplemente alegrarnos de este hecho, junto con los &aacute;ngeles y los pastores. <\/p>\n<p>Con la gloria de Dios en las alturas, se relaciona la paz en la tierra a los hombres. Donde no se da gloria a Dios, donde se le olvida o incluso se le niega, tampoco hay paz. Hoy, sin embargo, corrientes de pensamiento muy difundidas sostienen lo contrario: la religi&oacute;n, en particular el monote&iacute;smo, ser&iacute;a la causa de la violencia y de las guerras en el mundo; ser&iacute;a preciso liberar antes a la humanidad de la religi&oacute;n para que se estableciera despu&eacute;s la paz; el monote&iacute;smo, la fe en el &uacute;nico Dios, ser&iacute;a prepotencia, motivo de intolerancia, puesto que por su naturaleza quisiera imponerse a todos con la pretensi&oacute;n de la &uacute;nica verdad. Es cierto que el monote&iacute;smo ha servido en la historia como pretexto para la intolerancia y la violencia. Es verdad que una religi&oacute;n puede enfermar y llegar as&iacute; a oponerse a su naturaleza m&aacute;s profunda, cuando el hombre piensa que debe tomar en sus manos la causa de Dios, haciendo as&iacute; de Dios su propiedad privada. Debemos estar atentos contra esta distorsi&oacute;n de lo sagrado. Si es incontestable un cierto uso indebido de la religi&oacute;n en la historia, no es verdad, sin embargo, que el &laquo;no&raquo; a Dios restablecer&iacute;a la paz. Si la luz de Dios se apaga, se extingue tambi&eacute;n la dignidad divina del hombre. Entonces, ya no es la imagen de Dios, que debemos honrar en cada uno, en el d&eacute;bil, el extranjero, el pobre. Entonces ya no somos todos hermanos y hermanas, hijos del &uacute;nico Padre que, a partir del Padre, est&aacute;n relacionados mutuamente. Qu&eacute; g&eacute;neros de violencia arrogante aparecen entonces, y c&oacute;mo el hombre desprecia y aplasta al hombre, lo hemos visto en toda su crueldad el siglo pasado. S&oacute;lo cuando la luz de Dios brilla sobre el hombre y en el hombre, s&oacute;lo cuando cada hombre es querido, conocido y amado por Dios, s&oacute;lo entonces, por miserable que sea su situaci&oacute;n, su dignidad es inviolable. En la Noche Santa, Dios mismo se ha hecho hombre, como hab&iacute;a anunciado el profeta Isa&iacute;as: el ni&ntilde;o nacido aqu&iacute; es &laquo;Emmanuel&raquo;, Dios con nosotros (cf. <i>Is<\/i> 7,14). Y, en el transcurso de todos estos siglos, no se han dado ciertamente s&oacute;lo casos de uso indebido de la religi&oacute;n, sino que la fe en ese Dios que se ha hecho hombre ha provocado siempre de nuevo fuerzas de reconciliaci&oacute;n y de bondad. En la oscuridad del pecado y de la violencia, esta fe ha insertado un rayo luminoso de paz y de bondad que sigue brillando.<\/p>\n<p>As&iacute; pues, Cristo es nuestra paz, y ha anunciado la paz a los de lejos y a los de cerca (cf. <i>Ef<\/i> 2,14.17). C&oacute;mo dejar de implorarlo en esta hora: S&iacute;, Se&ntilde;or, an&uacute;ncianos tambi&eacute;n hoy la paz, a los de cerca y a los de lejos. Haz que, tambi&eacute;n hoy, de las espadas se forjen arados (cf. <i>Is<\/i> 2,4), que en lugar de armamento para la guerra lleguen ayudas para los que sufren. Ilumina la personas que se creen en el deber aplicar la violencia en tu nombre, para que aprendan a comprender lo absurdo de la violencia y a reconocer tu verdadero rostro. Ay&uacute;danos a ser hombres &laquo;en los que te complaces&raquo;, hombres conformes a tu imagen y, as&iacute;, hombres de paz.<\/p>\n<p>Apenas se alejaron los &aacute;ngeles, los pastores se dec&iacute;an unos a otros: Vamos, pasemos all&aacute;, a Bel&eacute;n, y veamos esta palabra que se ha cumplido por nosotros (cf. <i>Lc<\/i> 2,15). Los pastores se apresuraron en su camino hacia Bel&eacute;n, nos dice el evangelista (cf. 2,16). Una santa curiosidad los impulsaba a ver en un pesebre a este ni&ntilde;o, que el &aacute;ngel hab&iacute;a dicho que era el Salvador, el Cristo, el Se&ntilde;or. La gran alegr&iacute;a, a la que el &aacute;ngel se hab&iacute;a referido, hab&iacute;a entrado en su coraz&oacute;n y les daba alas.<\/p>\n<p>Vayamos all&aacute;, a Bel&eacute;n, dice hoy la liturgia de la Iglesia. <i> Trans-eamus<\/i> traduce la Biblia latina: &laquo;atravesar&raquo;, ir al otro lado, atreverse a dar el paso que va m&aacute;s all&aacute;, la &laquo;traves&iacute;a&raquo; con la que salimos de nuestros h&aacute;bitos de pensamiento y de vida, y sobrepasamos el mundo puramente material para llegar a lo esencial, al m&aacute;s all&aacute;, hacia el Dios que, por su parte, ha venido ac&aacute;, hacia nosotros. Pidamos al Se&ntilde;or que nos d&eacute; la capacidad de superar nuestros l&iacute;mites, nuestro mundo; que nos ayude a encontrarlo, especialmente en el momento en el que &eacute;l mismo, en la Sagrada Eucarist&iacute;a, se pone en nuestras manos y en nuestro coraz&oacute;n.<\/p>\n<p>Vayamos all&aacute;, a Bel&eacute;n. Con estas palabras que nos decimos unos a otros, al igual que los pastores, no debemos pensar s&oacute;lo en la gran traves&iacute;a hacia el Dios vivo, sino tambi&eacute;n en la ciudad concreta de Bel&eacute;n, en todos los lugares donde el Se&ntilde;or vivi&oacute;, trabaj&oacute; y sufri&oacute;. Pidamos en esta hora por quienes hoy viven y sufren all&iacute;. Oremos para que all&iacute; reine la paz. Oremos para que israel&iacute;es y palestinos puedan llevar una vida en la paz del &uacute;nico Dios y en libertad. Pidamos tambi&eacute;n por los pa&iacute;ses circunstantes, por el L&iacute;bano, Siria, Irak, y as&iacute; sucesivamente, de modo que en ellos se asiente la paz. Que los cristianos en aquellos pa&iacute;ses donde ha tenido origen nuestra fe puedan conservar su morada; que cristianos y musulmanes construyan juntos sus pa&iacute;ses en la paz de Dios.<\/p>\n<p>Los pastores se apresuraron. Les mov&iacute;a una santa curiosidad y una santa alegr&iacute;a. Tal vez es muy raro entre nosotros que nos apresuremos por las cosas de Dios. Hoy, Dios no forma parte de las realidades urgentes. Las cosas de Dios, as&iacute; decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, &eacute;l es la realidad m&aacute;s importante, el &Uacute;nico que, en definitiva, importa realmente. &iquest;Por qu&eacute; no deber&iacute;amos tambi&eacute;n nosotros dejarnos llevar por la curiosidad de ver m&aacute;s de cerca y conocer lo que Dios nos ha dicho? Pid&aacute;mosle que la santa curiosidad y la santa alegr&iacute;a de los pastores nos inciten tambi&eacute;n hoy a nosotros, y vayamos pues con alegr&iacute;a all&aacute;, a Bel&eacute;n; hacia el Se&ntilde;or que tambi&eacute;n hoy viene de nuevo entre nosotros. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2012 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA DE NOCHEBUENA SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SE&Ntilde;OR HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Lunes 24 de diciembre de 2012&nbsp; [V&iacute;deo] Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Queridos hermanos y hermanas Una vez m&aacute;s, como siempre, la belleza de este Evangelio nos llega al coraz&oacute;n: una belleza que es esplendor de la verdad. 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