{"id":41032,"date":"2016-10-06T15:18:55","date_gmt":"2016-10-06T20:18:55","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-noviembre-2012-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales\/"},"modified":"2016-10-06T15:18:55","modified_gmt":"2016-10-06T20:18:55","slug":"25-de-noviembre-2012-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-noviembre-2012-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales\/","title":{"rendered":"25 de noviembre 2012: Santa Misa con los nuevos cardenales"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/2012\/documents\/ns_lit_doc_20121124_index-concistoro_sp.html\"> CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO<br \/> PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"> <b><font color=\"#663300\"><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2012\/20121125.pdf\"> SANTA MISA CON LOS NUEVOS CARDENALES<\/a><\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><b><i><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p> <i>Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Solemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo, Rey del Universo<br \/> Domingo 25 de noviembre de 2012<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <strong>[<\/strong><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><b><a href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_AK7NAOKU\" target=\"_blank\">V&iacute;deo<\/a><\/b><\/font><strong>]<br \/> <\/strong> <font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.photogallery.va\/content\/photogallery\/es\/messacardinali25-xi-2012.html\"> <em><strong>Galer<span class=\"style1\">&iacute;<\/span>a Fotogr&aacute;fica<\/strong><\/em><\/a><\/font><\/p>\n<p> &nbsp;<\/p>\n<p> <em>Se&ntilde;ores cardenales,<br \/> venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio,<br \/> queridos hermanos y hermanas:<\/em><\/p>\n<p> La solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronaci&oacute;n del a&ntilde;o lit&uacute;rgico, se enriquece con la recepci&oacute;n en el Colegio cardenalicio de seis nuevos miembros que, seg&uacute;n la tradici&oacute;n, he invitado esta ma&ntilde;ana a concelebrar conmigo la Eucarist&iacute;a. Dirijo a cada uno de ellos mi m&aacute;s cordial saludo, agradeciendo al Cardenal James Michael Harvey sus amables palabras en nombre de todos. Saludo a los dem&aacute;s purpurados y a todos los obispos presentes, as&iacute; como a las distintas autoridades, se&ntilde;ores embajadores, a los sacerdotes, religiosos y a todos los fieles, especialmente a los que han venido de las di&oacute;cesis encomendadas al cuidado pastoral de los nuevos cardenales.<\/p>\n<p> En este &uacute;ltimo domingo del a&ntilde;o lit&uacute;rgico la Iglesia nos invita a celebrar al Se&ntilde;or Jes&uacute;s como Rey del universo. Nos llama a dirigir la mirada al futuro, o mejor a&uacute;n en profundidad, hacia la &uacute;ltima meta de la historia, que ser&aacute; el reino definitivo y eterno de Cristo. Cuando fue creado el mundo, al comienzo, &eacute;l estaba con el Padre, y manifestar&aacute; plenamente su se&ntilde;or&iacute;o al final de los tiempos, cuando juzgar&aacute; a todos los hombres. Las tres lecturas de hoy nos hablan de este reino. En el pasaje evang&eacute;lico que hemos escuchado, sacado del Evangelio de san Juan, Jes&uacute;s se encuentra en la situaci&oacute;n humillante de acusado, frente al poder romano. Ha sido arrestado, insultado, escarnecido, y ahora sus enemigos esperan conseguir que sea condenado al suplicio de la cruz. Lo han presentado ante Pilato como uno que aspira al poder pol&iacute;tico, como el sedicioso rey de los jud&iacute;os. El procurador romano indaga y pregunta a Jes&uacute;s: &laquo;&iquest;Eres t&uacute; el rey de los jud&iacute;os?&raquo; (<em>Jn<\/em> 18,33). Jes&uacute;s, respondiendo a esta pregunta, aclara la naturaleza de su reino y de su mismo mesianismo, que no es poder mundano, sino amor que sirve; afirma que su reino no se ha de confundir en absoluto con ning&uacute;n reino pol&iacute;tico: &laquo;Mi reino no es de este mundo \u2026 no es de aqu&iacute;&raquo; (v. 36).<\/p>\n<p> Est&aacute; claro que Jes&uacute;s no tiene ninguna ambici&oacute;n pol&iacute;tica. Tras la multiplicaci&oacute;n de los panes, la gente, entusiasmada por el milagro, quer&iacute;a hacerlo rey, para derrocar el poder romano y establecer as&iacute; un nuevo reino pol&iacute;tico, que ser&iacute;a considerado como el reino de Dios tan esperado. Pero Jes&uacute;s sabe que el reino de Dios es de otro tipo, no se basa en las armas y la violencia. Y es precisamente la multiplicaci&oacute;n de los panes la que se convierte, por una parte, en signo de su mesianismo, pero, por otra, en un punto de inflexi&oacute;n de su actividad: desde aquel momento el camino hacia la Cruz se hace cada vez m&aacute;s claro; all&iacute;, en el supremo acto de amor, resplandecer&aacute; el reino prometido, el reino de Dios. Pero la gente no comprende, est&aacute;n defraudados, y Jes&uacute;s se retira solo al monte a rezar, a hablar con el Padre (cf. <em>Jn<\/em> 6,1-15). En la narraci&oacute;n de la pasi&oacute;n vemos c&oacute;mo tambi&eacute;n los disc&iacute;pulos, a pesar de haber compartido la vida con Jes&uacute;s y escuchado sus palabras, pensaban en un reino pol&iacute;tico, instaurado adem&aacute;s con la ayuda de la fuerza. En Getseman&iacute;, Pedro hab&iacute;a desenvainado su espada y comenz&oacute; a luchar, pero Jes&uacute;s lo detuvo (cf.<em> Jn<\/em> 18,10-11). No quiere que se le defienda con las armas, sino que quiere cumplir la voluntad del Padre hasta el final y establecer su reino, no con las armas y la violencia, sino con la aparente debilidad del amor que da la vida. El reino de Dios es un reino completamente distinto a los de la tierra.<\/p>\n<p> Y es esta la raz&oacute;n de que un hombre de poder como Pilato se quede sorprendido delante de un hombre indefenso, fr&aacute;gil y humillado, como Jes&uacute;s; sorprendido porque siente hablar de un reino, de servidores. Y hace una pregunta que le parecer&iacute;a una paradoja: &laquo;Entonces, &iquest;t&uacute; eres rey?&raquo;. &iquest;Qu&eacute; clase de rey puede ser un hombre que est&aacute; en esas condiciones? Pero Jes&uacute;s responde de manera afirmativa: &laquo;T&uacute; lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz&raquo; (18,37). Jes&uacute;s habla de rey, de reino, pero no se refiere al dominio, sino a la verdad. Pilato no comprende: &iquest;Puede existir un poder que no se obtenga con medios humanos? &iquest;Un poder que no responda a la l&oacute;gica del dominio y la fuerza? Jes&uacute;s ha venido para revelar y traer una nueva realeza, la de Dios; ha venido para dar testimonio de la verdad de un Dios que es amor (cf. <em>1Jn<\/em> 4,8-16) y que quiere establecer un reino de justicia, de amor y de paz (cf. <em>Prefacio<\/em>). Quien est&aacute; abierto al amor, escucha este testimonio y lo acepta con fe, para entrar en el reino de Dios.<\/p>\n<p> Esta perspectiva la volvemos a encontrar en la primera lectura que hemos escuchado. El profeta Daniel predice el poder de un personaje misterioso que est&aacute; entre el cielo y la tierra: &laquo;Vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanz&oacute; hacia el anciano y lleg&oacute; hasta su presencia. A &eacute;l se le dio poder, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesar&aacute;. Su reino no acabar&aacute;&raquo; (7,13-14). Se trata de palabras que anuncian un rey que domina de mar a mar y hasta los confines de la tierra, con un poder absoluto que nunca ser&aacute; destruido. Esta visi&oacute;n del profeta, una visi&oacute;n mesi&aacute;nica, se ilumina y realiza en Cristo: el poder del verdadero Mes&iacute;as, poder que no tiene ocaso y que no ser&aacute; nunca destruido, no es el de los reinos de la tierra que surgen y caen, sino el de la verdad y el amor. As&iacute; comprendemos que la realeza anunciada por Jes&uacute;s de palabra y revelada de modo claro y expl&iacute;cito ante el Procurador romano, es la realeza de la verdad, la &uacute;nica que da a todas las cosas su luz y su grandeza.<\/p>\n<p> En la segunda lectura, el autor del Apocalipsis afirma que tambi&eacute;n nosotros participamos de la realeza de Cristo. En la aclamaci&oacute;n dirigida a aquel &laquo;que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre&raquo; declara que &eacute;l &laquo;nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre&raquo; (1,5-6). Tambi&eacute;n aqu&iacute; aparece claro que no se trata de un reino pol&iacute;tico sino de uno fundado sobre la relaci&oacute;n con Dios, con la verdad. Con su sacrificio, Jes&uacute;s nos ha abierto el camino para una relaci&oacute;n profunda con Dios: en &eacute;l hemos sido hechos verdaderos hijos adoptivos, hemos sido hechos part&iacute;cipes de su realeza sobre el mundo. Ser, pues, disc&iacute;pulos de Jes&uacute;s significa no dejarse cautivar por la l&oacute;gica mundana del poder, sino llevar al mundo la luz de la verdad y el amor de Dios. El autor del Apocalipsis amplia su mirada hasta la segunda venida de Cristo para juzgar a los hombres y establecer para siempre el reino divino, y nos recuerda que la conversi&oacute;n, como respuesta a la gracia divina, es la condici&oacute;n para la instauraci&oacute;n de este reino (cf. 1,7). Se trata de una invitaci&oacute;n apremiante que se dirige a todos y cada uno de nosotros: convertirse continuamente en nuestra vida al reino de Dios, al se&ntilde;or&iacute;o de Dios, de la verdad. Lo invocamos cada d&iacute;a en la oraci&oacute;n del &laquo;Padre nuestro&raquo; con la palabras &laquo;Venga a nosotros tu reino&raquo;, que es como decirle a Jes&uacute;s: Se&ntilde;or que seamos tuyos, vive en nosotros, re&uacute;ne a la humanidad dispersa y sufriente, para que en ti todo sea sometido al Padre de la misericordia y el amor.<\/p>\n<p> Queridos y venerados hermanos cardenales, de modo especial pienso en los que fueron creados ayer, a vosotros se os ha confiado esta ardua responsabilidad: dar testimonio del reino de Dios, de la verdad. Esto significa resaltar siempre la prioridad de Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus potencias. Sed imitadores de Jes&uacute;s, el cual, ante Pilato, en la situaci&oacute;n humillante descrita en el Evangelio, manifest&oacute; su gloria: la de amar hasta el extremo, dando la propia vida por las personas que amaba. &Eacute;sta es la revelaci&oacute;n del reino de Jes&uacute;s. Y por esto, con un solo coraz&oacute;n y una misma alma, rezamos: &laquo;<em>Adveniat regnum tuum<\/em>&raquo;. Am&eacute;n.<\/p>\n<p> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2012 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES SANTA MISA CON LOS NUEVOS CARDENALES HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Solemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo, Rey del Universo Domingo 25 de noviembre de 2012 [V&iacute;deo] Galer&iacute;a Fotogr&aacute;fica &nbsp; Se&ntilde;ores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas: &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-noviembre-2012-santa-misa-con-los-nuevos-cardenales\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab25 de noviembre 2012: Santa Misa con los nuevos cardenales\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41032","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41032","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41032"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41032\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41032"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41032"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41032"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}